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jueves, 6 de marzo de 2014

Hermano contra hermano.


     -Aaah… ¡ah!... haaaaaah…. – Coral sentía contra su espalda el golpeteo del corazón de su esposo, su sudor cosquilleándole la piel. De su propia frente caían gotas a la tierra, entre sus jadeos satisfechos. Alan dolía dentro de ella, en un dolor agradable. Su cuerpo se ensanchaba lentamente una vez más, acostumbrándose al nudo. Alan, como licántropo, cuando hacía el amor, poseía; su pene se hinchaba por la base y empujaba hasta introducirlo por completo en su mujer. El bulto latía y bullía dentro de ella, el dolor se iba mitigando lentamente, conforme la elástica vagina de Coral se adaptaba a aquél, y entonces el placer comenzaba de nuevo.

     Alan dejó escapar un gemido que le salió del centro del alma cuando Coral empezó a tirar de los músculos de su sexo para masajearle a él, y el licántropo comenzó a moverse, lentamente, para no salirse… sólo aquél roce fue demasiado para la excitación que tenía, y notó que comenzaba a derramarse. El gemido que se escapó de sus labios, quemó las orejas de su mujer, que jadeó una sonrisa y se extasió en la dulzura que inundaba sus entrañas… mmmh, qué caliente, cómo palpitaba el nudo... Podía sentir los latidos, tocando en sus puntos secretos, tentando su interior y llevándola de nuevo al placer, delicioso placer…. Sí, ahí estaba, un poderoso escalofrío la hizo temblar de pies a cabeza y su piel se puso de gallina, ¡qué gusto! Su vagina se contrajo de placer, apretando más aún el bulto de su marido. Alan empujaba con las caderas, temblando de pura delicia, sintiendo un nuevo orgasmo ir y venir por su cuerpo, hasta estallar en su sexo, chorreando más y más esperma dentro del vientre de Coral.

     Su compañera aguantó las embestidas, gozando de ellas, hasta que ambos perdieron la noción del tiempo, hasta que sus sexos quedaron casi adormecidos, zumbando y con hormigueo. Alan notó que el bulto se desinflaba progresivamente, hasta desvanecerse. Mmmmmmmmmmmmmh…. Un agradable sueño le invadió, y cuando salió por completo de Coral, apoyó las manos desnudas en la tierra húmeda y se dejó deslizar al suelo. Antes de hacerse un ovillo, ya estaba dormido, con una dulce sonrisa de placer en los labios. Coral permaneció arrodillada unos segundos, mirando el rostro feliz de su marido, y luego se sentó sobre los tobillos, mirándole. “Ahora mismo, le podría matar si quisiera…” pensó “podría morderle el bajo vientre y desgarrarle dulcemente las entrañas hasta la garganta, y separarle la cabeza del cuello…. Cuánto le amo. Oh, Alan, maldito cabrón presuntuoso, cruel y sanguinario, ¡cuánto te amo!”. Coral sonrió, se metió en el río a cuyas orillas habían hecho el amor, y se sentó en el agua.

     ¡Qué maravillosa sensación de alivio sentir el agua fría en su sexo! Mmmh… Alan siempre la dejaba dolorida y castigada. Le encantaba ese dolor, pero reconocía que el alivio, era una bendición. Su esposo y ella llevaban casados más de siglo y medio. Se entendían muy bien, se seguían amando, y el sexo era tan fogoso como la primera vez, con la salvedad de que ahora conocían bien sus cuerpos y sabían exactamente qué le gustaba al otro. Coral sintió un reguero tibio salir de su sexo, era parte del esperma de su compañero. Se acarició el vientre, liso y sin estrías, a pesar de dos embarazos, uno de ellos de gemelas, y se entristeció ligeramente al pensar en sus niñas.

    Bet y Jet, las gemelas, seguían presas en un terrario en casa. Eran serpientes, como su madre, y a raíz de una violenta disputa familiar provocada porque las habían pescado teniendo sexo con los perros de Alan, éste había intentado matarlas o desterrarlas, pero su madre había conseguido que sólo las maldijera, condenadas a permanecer en forma animal permanente, y presas en casa, hasta que… bueno, hasta que a su padre se le pasase el enfado, cosa que no parecía probable que fuese a suceder mañana. Su hermana pequeña, Junior, vivía con un humano. Aquello no había puesto a Alan precisamente de buen humor, pero el joven humano y su hija lucharon con todas sus fuerzas para hacerse un hueco entre la familia. Ahora, el amante de su hija era licántropo por adopción, y Alan lo… toleraba. A fin de cuentas, el muchacho le había salvado la vida.

     Entre unas cosas y otras, Alan y Coral se habían quedado solos, y habían decidido tener un cuarto cachorro. Coral deseaba con todas sus fuerzas darle el hijo varón que había deseado siempre, pero el nuevo embarazo se hacía esperar. Habían probado ya muchas veces, en medio de su periodo fértil, pero la semilla de Alan no arraigaba en ella, no sabían por qué. Alan le quitaba importancia, decía que lo prefería, que no tenía ganas de volver a compartir su cuerpo con nadie, pero Coral sabía que él también se sentía dolido, como ella. ¿Es que había envejecido? Sabía que era mayor, pero aún seguía menstruando, todavía podía tener cachorros, y sin duda podría seguir teniéndolos durante varios siglos aún, pero aún así, el embarazo no llegaba. Coral se dejó caer agua por los pechos, algo doloridos y con las señales rojizas de los apretones de su esposo, y se concentró en su vientre. No era exactamente una bruja, pero sí tenía ciertos… poderes. Ventajas adicionales, digamos. Dones.

    Nada. Escuchó una vez más, intentando notar algo, por pequeño que fuese, una señal. Una sensación… Nada. Su vientre estaba vacío, no había más vida en él que los diminutos nadadores que Alan le había metido y que morirían al cabo de algunas horas, sin fertilizar nada. Sabía que producía óvulos, sabía que en ese momento, había uno dentro de ella, ¿por qué no se quedaba en estado entonces? Un silbido.

     Coral se volvió, a tiempo para atrapar la flecha casi en el aire, pero la punta se había hincado ya parcialmente en su piel, un reguero de sangre se deslizaba por su hombro, tiró del virote y se lo arrancó, mientras se lanzaba en dirección al cadáver. Aún estaba vivo, pero era un cadáver.

    -¡Dios santo! – murmuró una voz cuando Coral hundió los colmillos en la garganta de su atacante, y éste moría sin gritar, sus piernas daban estúpidas convulsiones y la boca se le llenaba de espuma. Ya sabía que el otro estaba ahí sin necesidad de que hablara, sabía que había dos más, pero el imprudente estaba más cerca, y se tiró hacia él, siseando, sintiendo el sabor a sangre en su lengua. Salado. Humanos. - ¡No, no…!

      El hombre, armado con una escopeta, se la lanzó en lugar de disparar, aturdido de puro terror e intentó echar a correr. Coral estaba en forma híbrida, la mitad de su cuerpo era una sinuosa cola de serpiente, la parte superior era humana, y parecía un hermoso demonio, un hermoso demonio letal, que no necesitó más que un segundo para alcanzar al aterrado asesino, abrazarlo y besarle el cuello. Un torrente de veneno fluyó de sus colmillos, sus glándulas se vaciaban satisfactoriamente mientras su víctima pataleaba, intentaba golpearla, y enseguida empezó a dar estertores y convulsionar. Su cuerpo temblaba con fuerza. Coral ahogó una risa, aún prendida de su víctima y tragando sangre, cuando notó que la columna vertebral de ésta acababa de partirse en un terrible chasquido. Sin duda el aspirante habría gritado de dolor, pero pese a estar consciente, no podía emitir sonido alguno, el veneno le había abrasado la garganta. Coral soltó su presa. Murió antes de llegar al suelo.

    Sabía que quedaba el tercero. Olfateó, pero tenía el sabor de la sangre y de su propio veneno, metidos en la nariz hasta la garganta, no era así de fácil oler nada, pero sabía que estaba cerca. La sangre seguía goteando de la herida de su hombro. Se deslizó sobre su cola de serpiente, en absoluto sigilo, de nuevo hacia la orilla del arroyo. No lo oyó. Lo sintió. Se volvió con las fauces abiertas, y un “clic” le sonó a menos de medio metro del rostro.

     -Plata – anunció el tercero. Llevaba un rifle en las manos, y, sorprendentemente, no temblaba al apuntar. – Llevo balas de plata, zorra. Si te disparo en la cara, a lo mejor no te mato, pero seguro que te dejo bien jodida, ¿no…? – El cazador estaba bastante seguro de sí mismo. Tenía razones para estarlo, llevando balas de plata a menos de medio metro. – Tú, ahora, vas a portarte muy bien. Y vas a venir conmigo como una niña buena, sin matar a nadie, sin oponer resistencia y en forma humana. Hay alguien que ha ofrecido mucho dinero por ti, zorra, y quieren que te lleve viva, pero no les importa si primero te follo hasta hartarme… - y de pronto, su cuerpo tembló violentamente, su cara cambió a un estúpido rictus de sorpresa, y enseguida de dolor, mientras caía al suelo, de rodillas.

      -No se le habla de ese modo a una señora. – Alan estaba tras él. En su garra derecha tenía un amasijo sanguinolento que, muy probablemente, fuese parte del hígado del pobre idiota. Desnudo, manchado de barro y sangre, y oliendo a miedo y a muerte, Coral pensó que estaba increíblemente deseable. - ¿Quién te envía? – Quiso saber el licántropo, agachándose ligeramente, mientras se llevaba la carne a la boca y comía. La sangre le resbalaba por las comisuras y por el brazo, y caía encima del desgraciado, que boqueaba, sin duda demasiado asustado para hablar. También Coral se acercó, de nuevo en forma humana.

     -No creo que nos diga nada. Ya no.

     -Peor para él. – Alan arrojó el trozo de carne, se arrodilló junto a su víctima y empezó de inmediato a comer, mordió el estómago, sin molestarse en separar ropas, y desgarró tela y carne, escupió y hundió la cara en los intestinos. Su víctima tomó aire y gritó. Gritó con fuerza suficiente para despertar a los muertos, apretando los puños, con el cuerpo tenso de dolor, mientras Alan mordía y tragaba. De haberle dicho lo que deseaba saber, se hubiera alimentado de él de todas maneras… pero le habría matado antes. No se puede calcular cuánto tiempo tardó el desgraciado en morir, pero sin duda, a él le pareció muchísimo. Alan levantó la cara en medio de un rugido satisfecho, empapado en sangre y coágulos hasta la mitad del pecho. El olor fresco atrajo pronto a los carroñeros, a cuervos, zorros y lobos que esperaban una comida fácil. El rugido del licántropo atronó la noche y los mantuvo a raya. Mientras él estuviera allí, nadie tocaría los cadáveres. Coral, arrodillada junto a él, le miraba, arrobada. Sentía mucho calor. Demasiado calor, de hecho. Estaba sudando, pese a que no… y de pronto, todo se volvió borroso.

     Alan abandonó su festín de inmediato cuando su esposa se derrumbó sobre la tierra húmeda, y la tomó en brazos, llamándola por su nombre. Coral sudaba, pero estaba fría como el hielo, y pálida como… “no. Eso no”, pensó el licántropo. Miró la herida del hombro de su mujer, aún sangraba, hace ya mucho que debería haber cicatrizado. Llevó sus dedos a ella, y se quemó. La flecha tenía la punta de plata, pero eso no era lo más grave: también la boca de Coral estaba quemada, y ella ni siquiera lo había notado. Aquéllas piezas de carne que había mordido, no eran más que una distracción puesta por el primer cazador, el único de los tres que valía algo, y el muy cabrón se había asegurado de que esos cebos, fueran letales. Les había untado la piel con nitrato de plata. Coral se lo había tragado inadvertidamente al morderles…. No… no…

     Un aullido aterrador rompió la noche como un lienzo desgarrado. Alan, con el cuerpo de su esposa en brazos, gritó aún más fuerte de lo que lo había hecho el asesino.


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     Era casi medianoche. Rob el Perro sabía que no debía andar por allí, no si apreciaba en algo su pellejo… pero quería ir. Sólo la había visto un par de veces, y ella no había puesto interés en él, todo lo contrario. Cuando se dio cuenta que él la miraba, ella hizo como que no se daba cuenta y escapó al interior de la residencia femenina de la Universidad. Rob Era un joven licántropo, tenía cerca de cuarenta años, aunque su edad aparente fuese bastante indefinida, y no era virgen ya, las hembras humanas nunca le habían llamado gran cosa la atención, más que como una diversión pasajera, pero ésta… no, no es que tuviese nada especial. No es que fuese más guapa que cualquier otra hembra, simplemente, le había gustado su forma de correr, cómo olía su timidez. Era virgen, podía olerlo, y él nunca se había llevado una virginidad por delante. Qué espléndido trofeo si pudiera conseguirlo…

      Para Rob el Perro, las relaciones no eran demasiado fáciles. No cuando hablábamos de una chica virgen. Con chicas con experiencia, era muy sencillo. Bastaba con mirarlas. Rob llenaba de deseo sus ojos azules, y alzaba las cejas con picardía… y lo siguiente, era embestir hasta que la hembra en cuestión ponía los ojos en blanco y se estremecía. Sabía que su padre, no lo aprobaba. Pero en fin, su padre no aprobaba prácticamente nada de él, ni de su hermano mayor. Sólo Dolly, su hermana, parecía digna de la aprobación de Padre. Era la mediana en edad, una gata pequeña y menuda como Madre, encantadora, seductora, ágil, delicada, amable,… y letal. Capaz de merendarse a sus dos hermanos sin pestañear y dedicando a Padre una sonrisa de dulce inocencia después. Dolly había sido admitida en las reuniones de Padre antes que él mismo, pero eso no era serio, era dos años mayor que él; lo grave, es que lo había hecho antes que su hermano Marcus, y éste, era siete años mayor que ella. De hecho, Marcus había estado en contadas ocasiones en los consejos de Padre, y Rob no había estado ni una, mientras que Dolly iba siempre. Recordó jocosamente una ocasión, en la que Marcus tenía veintiún años y su hermana catorce… Padre tenía reunión, y Dolly, que iba a ellas desde el año anterior, se levantó con él, y Marcus la siguió. Su madre gritó “¡Bob, el niño!”. Padre se volvió a mirar a Marcus. No necesitó ni hablar. Su hermano agachó la cabeza y dio un paso atrás. “Es por eso por lo que no vienes, hijo”, había dicho Padre. “Tu hermana no hubiera agachado las orejas, se hubiera enfrentado a mí. Y hubiese venido, con mi permiso o sin él”.

    A Rob, todo aquello de las empresas de su padre se la traía bastante al pairo. Sabía que su familia tenía dinero, que invertía aquí y allá, que luchaba contra otros clanes de licántropos por controlar negocios o sectores de los mismos… y todo aquello se la repampinflaba. Él, de momento, podía estudiar y vivir como le diera la gana. Mientras Padre estuviese a la cabeza de la familia, no le faltaría de nada, pero cuando su hermana Dolly empezase a llevar el mando, sabía de sobra que tendría que convertirse en un renegado o… o convertirse en un renegado, porque la otra opción, era plegarse a la voluntad de su hermana, y eso no lo haría jamás.

   Era consciente que eso significaba vivir fuera del clan, no tener derecho a nombre ni a posesiones, y estar condenado a estar solo, salvo que consiguiera emparejarse con otra renegada como él, y, había que ser claros: no abundaban. Pero lo prefería antes que obedecer a nadie. No es que su hermana le cayera especialmente mal, es que eso de obedecer, sencillamente, no era para él. Es posible que según su hermana no llegase a lobo y se hubiera quedado en perro, pero no lo era hasta semejante punto. Por eso se había marchado a estudiar, para tener un pretexto para no estar en casa y no tener que aguantar órdenes de nadie, porque podría perfectamente haber estudiado en casa, pero eso de vivir solo, ¡qué agradable era!

    Lo que desde luego no había entrado nunca en sus planes, había sido el encontrarse con un pariente en la Universidad. Al principio pensó que se trataba sólo de otro licántropo, el lavandero de la Residencia femenina, que olía a pelo como una alfombra barata… (eso era un dicho común en su raza: cuando un licántropo se encuentra a otro, en especial si éste vive camuflado, se dice que huele a pelo). Pero poco después, se dio cuenta que no era él. El lavandero era un licántropo, sí, pero vivía con otro, una hembra, y de la misma sangre que Rob. Éste había sido capaz de olerla en la ropa tendida, que, pese a estar recién lavada, no podía enmascarar el olor de una licántropo, y menos de su rama familiar. Y como su hermana y su madre seguían en su casa, sólo podía ser parte de los hijos del hermano de Padre.

    Los tres sabían que Padre tenía un hermano. Pero lo sabían porque lo habían leído en libros familiares, diarios y árboles genealógicos. Por lo demás, no quedaba ninguna prueba de su existencia, ninguna foto, nada en absoluto. Al parecer, se había llamado Allan, Allan Wolfson, aunque quién sabe si seguiría usando el mismo nombre, y algo había sucedido con él, que había sido desterrado y convertido en renegado. Ninguno de los tres sabía qué había sido, y Padre no hablaba jamás de él. Madre tampoco parecía saber nada, de modo que ellos habían hecho conjeturas; Dolly afirmaba que sin duda había intentado enfrentarse a Padre y al perder, había tenido que exiliarse. Marcus pensaba que podía haber asesinado a la abuela para acelerar la sucesión, habían descubierto su traición y lo habían desterrado. El Perro sospechaba que, siendo el primogénito, dado que la herencia era enterita para él, dado que no tenía más obligación que pasárselo en grande puesto que el abuelo era quien se ocupaba de todo, dado que tenía la vida resuelta y la Fortuna le sonreía sólo por ser el primero en nacer… lo más fácil es que le hubieran ahorcado con un pelo de coño. Que se hubiera encaprichado de quien no debía, y hubiera preferido abandonarlo todo antes que vivir sin ella. Sus hermanos no sabían nada de su teoría, porque, como él sabía que la considerarían estúpida, se la callaba, pero él sabía que tonterías más grandes se habían visto.

     Fuera como fuese, el hermano de Padre llevaba desaparecido siglo y medio. Por lo que sabían, lo que se oía por ahí, lo que se le “escapaba” a Dolly (quien gustaba de presumir de su posición de superioridad con sus hermanos), parecía que Padre había intentado encontrarlo y echarle los brazos, pero no precisamente para estrecharle entre ellos, sino para estrangularlo. Pero de momento, le estaba dando esquinazo. Y hete aquí que él, el hijo pequeño, el inútil, el Perro, el tonto, el raro, el mudo… se encontraba a una hija suya. ¿Qué le daría su Padre por esa información? Es posible que no sirviese de nada, pero ¿y si a través de la hija, se pudiera hallar el paradero del padre? Al suyo, quisiera ocultarlo o no, le encantó saberlo. A Rob no le había hecho gracia comunicárselo, pero sabía que eso, al menos le granjearía cierta tranquilidad, que su padre le tuviera un poquito, sino de aprecio, al menos de consideración. Era duro pensar así de un padre, pero había que ser prácticos: su padre le había hecho saber desde siempre y muy declaradamente, que era un hijo de tercera clase. Ni siquiera de segunda, porque ese puesto era para Marcus. El, el Perro, era el hijo al que había que… soportar, porque había salido así. Había que aceptarle, tratarle bien, y tenerle cariño, pero tener cariño, no es lo mismo que querer.

    Se sentía un idiota pensando así, pero no podía evitarlo. También por eso se había marchado; era muy duro ver a Padre jugar con su hermana, a veces incluso con Marcus… pero a él no se acercaba. Le sonreía, le tocaba, a veces una caricia o un lametón eran para él, pero nunca había juegos, ni abrazos, ni luchas, ni charlas… a Padre le ponía nervioso su continuo silencio, él lo sabía. Hubiera sido muy fácil abrir la boca y decirle “no soy sordo, ni imbécil. Ni siquiera soy mudo, gilipollas. No hablo porque no me da la gana”. Pero no quería.  Hablar no era… Hablar NO ERA, punto.

     Eso había sido lo más raro para él al vivir entre humanos, ellos le entendían. Le miraban a los ojos, y sabían qué quería decir. A veces tenía que hacer un gesto, hacer señas, señalar cosas o levantar dedos, pero por regla general, le entendían siempre con mucha claridad. Casi por primera vez en su vida, pero se sintió… escuchado. Claro que sus amigos no eran los humanos más normales del mundo, eso también había que reconocerlo, pero le habían aceptado tal cual era, sin esperar jamás que hablara, sin extrañarse de sus gustos culinarios, y… le querían así. Perro se daba cuenta de cómo era sentirse querido, y le resultaba muy… exótico. Mientras no vivió con ellos, él había pensado en los humanos como si fueran animalitos o cosa así: seres a los que no había que hacer daño a no ser que fuese verdaderamente necesario, pero ganado a fin cuentas. Servían para sacar provecho de ellos y nada más… quizá Padre tenía razón cuando también él decía que no era un lobo, que parecía que no fuese más que un perro… porque Rob el Perro había aprendido a querer a los humanos.

     Pensaba en aquello mientras intentaba decidir si espiaba a su pariente o a la chica que había llamado su atención, cuando un olor familiar le inundó la nariz, y levantó la cara, siguiéndolo. Un chico venía desde la Residencia docente, donde se alojaban algunos profesores de la Universidad… no iba exactamente escondiéndose, pero sí con cierta cautela… cuando comprobó que el camino estaba desierto, tomó aire con satisfacción y caminó con placer, con una gran sonrisa en la cara. El Perro no podía creer lo que olía… ¿¿¿Pastor Carvallo??? Era uno de sus amigos, el peor legalista, insensible y cabezón que uno se pudiera echar en cara, luchador acérrimo en contra de las relaciones prematrimoniales, y ahora… porque aunque bastaba mirarle la sonrisa de bobo satisfecho para saber que acababa de meterla en adobo, Perro además podía olerlo. Olía lo bien que lo había pasado, sabía que no había usado preservativo… y… no hacía falta, ella tomaba la píldora, pero de todos modos, no estaba en un día fértil, podía olerlo en el aroma que aún despedía Pastor… Melocotón, como ELLA le llamaba. Sí, también sabía con quién lo había hecho. De pronto, cambió el viento.

     El Perro pensó que la tripa se le soltaba de miedo. Pensó en echar a correr, pero ya era tarde, su olor seguiría ahí, él podría captarlo y seguirle el rastro… Piensa, piensa… ¡La lavandería! Saltó por la ventana del cuarto de las lavadoras, agarró un frasco de suavizante y se lo tiró por encima, con la esperanza de que el aroma “frescor salvaje del Caribe”, tapase su olor, eso es, todo por encima… cerró los ojos mientras el denso líquido le escurría por la cara… inconscientemente, sacó la lengua para probar… mmh. ‘Tá rico…


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     -He venido a despedirme.

     -Papá… - Rob no había sido el único en oler a Alan, Junior también lo había hecho, y había olido también su estado de ánimo, por eso corrió a abrir, y se encontró a su padre en la puerta, con una expresión que no le había visto jamás. Estaba triste. Junior vaciló un momento, y luego abrazó a su padre. Alan intentó mantener la compostura, pero casi enseguida se aferró a su hija, agachando la cabeza. Roy, el compañero de Junior, mirando la escena con estupor, sabía que Alan no estaba llorando. Su suegro no lloraría jamás, así que no lo estaba haciendo. – Papá, no puedes hablar en serio.

     -Lo hago, hija. Sé quién ha hecho esto. Y voy a matarlo. Hubiera deseado que no fuese así, hubiera deseado tener paz con él… pero no se puede. Por eso voy a matarlo, y luego dejaré que sus hombres me maten a mí.

    Si Junior no hubiera conocido tan bien a su padre, hubiera intentado convencerle, darle argumentos, hacerle razonar… precisamente porque le conocía, le abrazó de nuevo y le besó en la cara, asintiendo.

     -Y tú. – espetó Alan a Roy. Y éste concluyó que no le tenía demasiado asco hoy, cuando sólo le había llamado “tú”, y no “subcriatura, alimaña, animal”, o cosa parecida, como era su costumbre – No te hagas ilusiones porque yo no esté… Si se te ocurre hacer infeliz a mi cachorro, volveré del Infierno sólo para llevarte conmigo, ¿está claro?

     -¡Sí, señor! – asintió Roy, moviendo la cabeza. Alan miró una última vez a su hija, y se marchó. Pareció que intentaba sonreír, pero finalmente, la sonrisa no llegó a salir de sus labios. Era como si el gesto le doliera. – Junior… ¿qué pasa? – Roy, cómo es lógico, no tenía el mismo nivel de comunicación con Alan que su hija, y aunque podía oler su desesperación, su infinita tristeza… no sabía a qué obedecían. Junior bajó la cabeza y pareció a punto de entristecerse ella también, pero entonces le miró. Casi parecía enfadada.

    -Pasa, que vamos a comprobar si tu manía de querer aprender, sirve para algo, o no.


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          -¿Duele, verdad? No me alegro… pero tampoco lo siento. – Bobbie y Alan se miraban. Bobbie parecía indiferente, Alan, hosco, peligroso. Su garganta retumbaba en un rugido bajo. Le había llevado menos de una hora dar con su hermano, a diferencia de él, que llevaba buscándole siglo y medio… Pero hay que tener en cuenta que Bobbie no se ocultaba, todo lo contrario, dejó pistas claras en el mismo cuerpo del asesino de Coral, precisamente para que su hermano mayor pudiera encontrarle. Estaban en el amplio jardín de la casa de Alan, tanto le daba que su hermano supiera su ubicación, si pensaba dejarse matar tan pronto como destripase a Bobbie. Después de aquello, pensaba ir a su lujoso edificio, violar a su mujer, a sus hijas si tenía, y acabar con ellas. Tendría guardaespaldas, podría llevarse al menos a diez o doce antes de que lo mataran, sería un gustazo… - Ahora te haces una idea de cómo me sentí yo cuando lo de Dolly.

     Alan no le avisó, rugió y se lanzó contra él, Bobbie correspondió y ambos se mordieron ferozmente, rodaron por el suelo y se separaron, empujándose mutuamente.

    -¡Tu Dolly era una PUTA! – Tronó Alan – Una sucia perra humana que tenía el coño desbordado por la lefa de mil putos humanos como ella…. – Ahora fue Bobbie el que rugió y atacó, se agachó para buscar el vientre de Alan, pero éste le agarró de la nuca antes de que tuviera tiempo de morderle y le sacudió un rodillazo en la cara. La nariz de su hermano reventó en un crujido satisfactorio y un rosetón rojo que salpicó su pierna en un millón de gotitas. – Sigues siendo un pobre canijo, no tienes huevos para pelear… tuviste que mandar a tres asesinos, humanos… ni siquiera te atreviste a venir tú… y usaste veneno, en lugar de tus garras…

    Bobbie se levantó, con la nariz reventada y el oscuro pelo revuelto. Gritó y se lanzó de nuevo contra Alan, éste intentó frenarle por el hombro, pero su hermano atacó con la mano izquierda y le hundió las garras hasta los nudillos en el costado, intentando hacer que retrocediera. Alan acusó el dolor, sintiendo su carne atravesada, pero agarró a su hermano por los brazos y empujó hacia delante, a pura fuerza de terquedad. Era como ver desplazarse un alud de nieve. Lento, pero imparable… hasta que toma velocidad. Alan se sacó la garra de su hermano, y de un feroz empellón, le lanzó a varios metros. Al menos dos costillas rotas, se dijo. Tal vez tres. De un salto, estaba sobre él, y de un puñetazo, sus garras en su estómago, atravesando la carne. Bobbie no pudo evitar gritar de dolor, pero se incorporó de pura rabia y mordió a Alan en la cara, éste se levantó por reflejo y notó un terrible tirón en el lado izquierdo de su rostro, y una feroz sensación de quemadura, un dolor terrible, y el cosquilleo de la sangre acariciando su piel… parte de su mejilla estaba en la boca de Bobbie, que se levantó de un salto, chorreando sangre por el vientre.

     -Me lo quitaste todo… - susurró.

     -Te lo di todo. – masculló Alan. – Yo era el primogénito… no eras más que un canijo… cuando me marché con Coral, te lo di todo. La herencia, la casa, el nombre, los derechos… - La furia de Alan creció al recordarlo, al recordar a su mujer, y se tiró nuevamente contra su hermano. Un agudo quejido de dolor salió de la garganta de Bobbie sin que él pudiera evitarlo cuando su hermano le mordió el hombro y le clavó las garras en la herida abierta del vientre, y subió hacia el pecho, desgarrándole. El menor de los hermanos abrazó a su contrincante y le laceró la espalda con las garras, de los hombros hasta casi las nalgas; Alan rugió, apretando los dientes soltó la presa de las fauces y se revolvió, pero no gritó. De un empujón, se libró del abrazo y tiró a su hermano contra el suelo. Bobbie le mordió en el tobillo y tiró de él hasta hacerle caer de espaldas.

     -¡No, mi querido hermano! No me diste absolutamente nada, me lo arrebataste todo… rugió Bobbie, apresando el pie de su hermano, los dos en el suelo, jadeando y rugiendo por debajo de la voz -  ¿creías que Padre se contentaría conmigo como “premio de consolación”? Siempre me tuvo desprecio… tú eras su favorito, el que te marcharas con ella le ofendió y le hirió más de lo que imaginas… pero eso, no me dio ninguna ventaja a mí. Yo no era el heredero legítimo, ¡no era más que las sobras! – Alan le sacudió una desdeñosa patada con el pie libre, que hizo que el cuello de su hermano chasqueteara de un modo horrible. Un humano habría caído muerto con la cabeza en un ángulo imposible… Bobbie gimió de dolor y se recolocó la cabeza intentando ahogar el grito. Permaneció de rodillas mientras Alan se levantaba. El mayor de los hermanos estaba tocado, pero Bobbie, con diferencia, se estaba llevando la peor parte. Bobbie, de rodillas, se tambaleó, escupió sangre y cayó de culo. Alan empezó a caminar alrededor de él lentamente…. Bobbie sabía qué significaba aquello. Le estaba haciendo el cerco. No pensaba ni atacar, sólo esperaba que estuviera demasiado cansado para defenderse y darle el último golpe.  – Te odio.  Creo que siempre te he odiado… Siempre te tuve envidia, todo era para ti. Siempre fuiste el más salvaje de los dos, el más fuerte, el primero en matar, en Cambiar… en follar. Cuando mataste a Dolly… nunca te perdoné que no me matases a mí también.

     -¿Por eso has hecho esto…? – Musitó Alan, a la espalda de su hermano – Yo no te odiaba. Maté a esa chica porque… - estuvo a punto de decir “porque era humana… porque se atrevió a resistirse a mí… porque me apetecía, y podía hacerlo, porque entonces yo era así, joven, salvaje y no me paraba a pensar en consecuencias”… pero la verdad le golpeó como un mazo. “La maté por la misma razón que hubiera matado al compañero de mi hija si hubiera podido. La maté porque tenía la sensación de que me robaba tu cariño. Tú puedes decir que me odiabas, que me envidiabas… pero de niño, me admirabas. Cuando te sacaba a tus primeras  cacerías, me mirabas como si yo fuera un dios, y me imitabas, me seguías, y querías ser como yo… cuando apareció esa chica, perdí protagonismo.  Sencillamente no pude soportarlo.” – ya da igual porqué la matara, hace casi dos siglos de aquello. Dicen que la venganza se toma fría… Jodido cabrón, tú te la estás tomando helada. Pero te garantizo que no te va a aprovechar. Encontraré a tu mujer, a tu familia, y, ¿sabes lo que hice con Dolly antes de matarla, y poco después, cuando todavía estaba caliente…? Empecé a devorarla sin salirme de ella, mientras me miraba con los ojos vacíos y muertos, y la cabeza le colgaba de lado, con una expresión tan estúpida… cada vez que recuerdo esa cara bobalicona, me dan ganas de reír…

       Bobbie rugió como la bestia que era, y se revolvió contra Alan, le mordió el vientre y agitó la cara, desgarrando tejido, sintiendo la carne de su hermano estallarle en la boca, mientras él… se reía. Alan se reía, su risa era áspera y  feroz, sin alegría, agria como un veneno, parecía que estuviera tosiendo más que reír… pero lo hacía, tirado en el suelo, sin defenderse, dejando que su hermano le abriese las entrañas con ferocidad, y de pronto le agarró del cuello, clavando las garras. Bobbie abrió desmesuradamente la boca… de las fauces se le caían pedazos de sangre y coágulos. Agarró la mano de Alan, cerrada en su cuello, mientras gorgoteaba, luchando por aire, y su rostro empezaba a  ponerse morado.

     -Ya veo que te haces una idea… - masculló Alan, apretando más aún. Su hermano le golpeaba la garra, el brazo, pero cada vez con menor fuerza. Se acercó su cara a la suya. – Pues eso mismo, es lo que voy a hacer con tu mujer esta noche. La encontraré, la violaré y me pedirá más… te garantizo que querrá que se lo haga de nuevo… y mientras me la follo, la destriparé. Le abriré las entrañas mientras me corro encima de ella, y la devoraré, y estará viva mientras lo hago. – Bobbie intentó negar con la cabeza, una lágrima se escapó de su ojo derecho. – Ahora soy yo el que lo dice: ya sabes cómo me sentí cuando mataste a Coral.

    Los ojos de Bobbie se abrieron desmesuradamente de sorpresa, pero Alan, perdida la paciencia por esperar que su hermano se ahogase, le estrelló la cabeza contra el suelo. Una vez, y otra vez, y otra… hasta que dejó de moverse. Miró su cuerpo, sus ropas empapadas en sangre… Probablemente, no estaba muerto, se repondría… tanto mejor. Había pensado matarle, pero se merecía que le dejase vivo. Se merecía despertar y darse cuenta de que su esposa había muerto tal como Alan había descrito, y él no había podido hacer absolutamente nada para salvarla… igual que Alan.

     Las heridas de su vientre y su cuerpo se regeneraban lentamente. Dolía, dolía muchísimo… pero había cosas que dolían más. Se puso de pie, y, renqueando, tomó su largo abrigo negro. El calor sobre su cuerpo desnudo y maltratado era reconfortante… pero la prenda conservaba el olor de su mujer. “Llevar esto puesto, es casi como abrazarla…” pensó. Cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes… no había ningún dolor en el mundo, y había sentido muchos, que pudiese compararse a éste. Sintió un suave reguero húmedo en su mejilla. No era sangre.

     Alan sabía que iba a dejar su casa e ir a buscar a la mujer de su hermano, a la familia de éste, e iba a destrozarles, y le daba igual que fueran hombres capaces de defenderse, que fueran niños de pecho. Y después, se dejaría matar luchando… en cualquier caso, no regresaría vivo a casa. Por doloroso que fuera, quería ver a Coral por última vez. Había traído su cuerpo desde el bosque, y lo había dejado en casa, en su lecho nupcial, tendido y tapado con una sábana hasta el pecho, y se había pasado un buen rato mirándolo, antes de tomar su decisión e ir a ver a su hija para comunicársela… Coral parecía tan tranquila como si estuviese durmiendo. Estaba preciosa, con su cabello tan negro, con reflejos rojizos y blancos, su piel tan blanca y suave, y esos labios rojos… ahora apenas estaban de color rosa. Quería mirarla una vez más, quería llevarse un último recuerdo, besarle la frente y llevarse su olor y el roce de su piel en sus labios. Se encaminó hacia la casa. Y aún no había cruzado la puerta, cuando olió a un extraño.

     El licántropo salvó los quince escalones y el pasillo de apenas dos saltos, embistió la puerta de la alcoba y se lanzó contra Roy.

     -¿¡Qué le haces a mi mujer?! – atronó, alzándolo del cuello.

     -¡Papá! – gritó Junior, viendo como la cara de Roy se ponía morada como una breva.

     -¡Bluaghs….! – Alguien acababa de vomitar. Alan soltó su presa, y Roy dio un quejido al aterrizar de culo en el suelo.

      Alan no quería volverse hacia la cama. No quería mirar. Siempre presumía de no haber tenido miedo jamás, pero ahora estaba aterrorizado. Porque había oído… y podía oler a… y si se daba la vuelta, y Coral aún permanecía inerte, tendida en la cama, sería demasiado terrible para él.

      -Señor… era… agua con mostaza… le estaba haciendo tragar agua con mostaza, señor… - se medio disculpó Roy, enseñando la botella que tenía la purga y el embudo con el que se lo había metido en la boca para intentar que tragara.

      -Alan… - musitó una vocecita débil. El licántropo se volvió lentamente. Su esposa estaba incorporada en la cama, tapándose los pechos con la sábana, mirándole con ternura. Junior fue hacia Roy para ayudarle a levantarse, sonriéndole, y le dio un beso húmedo, mientras su padre acercaba una mano ligeramente temblorosa a su mujer.

     Alan negaba con la cabeza, con una sonrisa en su cara que se hacía cada vez mayor, dejando a la vista sus afilados colmillos.

      -Junior.

      -¿Sí, papá…?

      -Largaos de aquí. Deprisa, fuera… ¡deprisa!

     Junior no se lo hizo repetir, agarró a Roy de la mano y echaron a correr.

        -¿Pero qué… qué pasa? – protestó Roy. Su suegro casi le estrangula, le deja caer desde un metro de altura, le salva la vida a su suegra, y ya no es que ni te den las gracias, es que encima, te dicen que te largues… hay para molestarse. - ¿se puede saber qué le pasa, por qué nos echa…?

      -Roy, conejito… - sonrió Junior, y a ella también se le veían esos encantadores colmillos que le daban tanta pinta de mala - Mi padre está desnudo, mi madre está desnuda, acaban de pasar un susto espantoso, y resulta que todo acaba bien, y son felices… no sé tú, pero yo no quiero ver lo “feliz” que está mi padre…

      -Ay, Dios… - Roy acababa de caer en la cuenta – Ay… ¿por qué me lo has explicado? No voy a visualizar, no voy a visualizar, no voy a…. ¡mierda, he visualizado!


************


     -Alan… no te quites el abrigo, ¿quieres? – A Alan le hubiera gustado contestar “lo quieras, Coral, hoy lo que tú quieras…”. Pero no podía. Si abría la boca, la voz le saldría gangosa, y no estaba dispuesto a que su esposa le oyese emocionado. Ella sabía que lo estaba, y eso bastaba, no era preciso más. La pareja estaba en la cama, y él no podía dejar de abrazarla. Se había tumbado junto a ella y la apresó con brazos y piernas, apretándola tan fuerte como si la quisiera exprimir… Satán maldito, qué noche tan horrible… no quería ni pensarlo… y lo peor, lo peor de todo, era que Coral no estaba muerta… sólo intoxicada por el nitrato de plata, en coma. Podía oír y ver, y sentir todo lo que pasaba a su alrededor, pero no moverse. Si él hubiera ido a matar a la esposa de Bobbie, y la hubiera abandonado allí, hubiera acabado muriendo por hambre y sed…. – Alan, no pienses en eso. Ya ha pasado…. Ya ha pasado todo.

     La mirada de Alan reflejaba deseo, pasión… pero también la emoción, la tristeza que había pasado… pero Coral, tampoco quería pensar en eso.

      -Métete aquí y házmelo muy dulcemente… - silbó Coral. No era una petición que Alan fuese a despreciar. Ya estaba erecto, lo estaba prácticamente desde que la vio incorporada en la cama. Coral lo abrazó con una pierna, los dos tendidos de lado. Alan movió las caderas y enseguida se encontró en el mejor sitio del mundo: en el interior de su mujer.

     Un gemido de placer le desgarró la garganta…. Coral le llevó la cabeza a sus pechos y le apretó contra sí, mientras Alan se quedaba quieto unos segundos… “pensé que nunca más volvería a sentir esto”, pensó, mientras una sonrisa de gustito se abría en su cara. Él no empezó a moverse. Fue Coral. Y Alan gimió de sorpresa y placer, y tiritó como un primerizo, ¡qué rico! Su esposa se movía sobre él y le apretaba el miembro a intervalos, dando tironcitos de él, y todo muy suavemente, muy despacio… mmmmmmmmh…. Alan le acarició la espalda, haciendo suaves cosquillas en la columna, pequeñas chispas que la hacían estremecerse, diablillos que picaban por debajo de la piel. Coral abrazaba a su esposo por debajo del largo abrigo negro de éste. La sangre del costado y el vientre de Alan ya estaba seca, y sus heridas empezando a cerrarse, pero en aquellos puntos tenía la piel tan tierna, que las caricias de Coral eran… haaaaaaaaaaah… le daba demasiado placer, demasiado… mmmmh…

      -¿Va a correrse mi animal…? – musitó Coral, con la cara a menos de un centímetro de la de Alan, viendo cómo éste hacía ímprobos esfuerzos para contenerse, pero las sensaciones de toda la noche le colmaban sin dejarle respirar… ponía unas caras de placer tan dulces… cerraba los ojos, se le abría la boca, se estremecía tiernamente entre sus brazos. – Hazlo. Córrete, lléname… goza.

    No quería. A Alan le gustaba que su esposa terminase antes, se sentía un patoso si pensaba en acabar él primero… pero la tristeza de toda la noche, la alegría de ahora… eran demasiado fuertes para ser contenidas… un dulcísimo hormigueo empezó en su bajo vientre y enseguida se alojó en la base de su miembro, bordoneó unos segundos, qué delicia, qué delicia… era un como sentir a la vez picor y cosquillas, se sentía a punto de estallar, ahí estaba, ahí estaba, ahí…. Haaaaaaaaaaaaah, síiiiiiiiii…  El dulce picor pareció expandirse en una ola de calor por todo su cuerpo, tiritó y notó que su miembro chorreaba dentro de ella… Coral sonreía y gemía, masajeándole el sexo, absorbiendo la descarga. Alan se encontró con la cabeza de nuevo apoyada en los pechos de su mujer. Sentía los dedos de ella acariciarle el corto, pero espeso cabello negro… qué bien se sentía… pero Coral no había gozado. No podía consentir aquello.

      -¿Qué haces…? – preguntó su mujer cuando él se retiró lentamente de su abrazo y se arrodilló sobre la cama. Alan sonrió.

      -¿Sabes…? Una de las cosas que pensé cuando creí perderte, es en todo lo que no te había hecho en el catre.

     Coral se rió. Sólo el cabronazo de su Alan sería capaz de pensar en algo semejante, y emitió un gritito alborozado cuando él la cogió de las piernas hasta hacer que se apoyase sólo en los hombros, para que quedase a su altura estando él de rodillas… Alan besó las nalgas de su mujer, y empezó a dar lametones, acercándose al sexo mojado y cálido de su compañera, que asentía, relamiéndose.

     -¡Mmmmmmmmmh…. Así, sí….! – gritó ella sin poder contenerse cuando la lengua de su esposo acarició su perlita temblorosa. Alan la tenía agarrada del vientre con un brazo, y con el otro le abría los labios para tener sitio para lamer. La lengua de su compañero aleteaba, volaba sobre su sexo, ¡ah, sí…! Mmmmmh, qué dulce, qué… ¡qué calentito era, qué suave! Alan la había besado en ocasiones, pero nunca… nunca le había comido el coño, pensó, divertida Coral, extasiada en sentir esa lengua áspera y ardiente… mmmmh… ahora acariciaba por fuera, ahora en el botón, ¡Sí! ¡Sí! ¡SÍ! Ooooh, así, ahí, ahí… mmmh, justo ahí abajo…. Oooh…

     Alan se reía por lo bajo. Nunca admitiría que tenía el corazón a cien por hora mirando cómo su mujer gozaba, y no era enteramente de deseo… sino de ternura. “Le gusta, le está encantando, zorra viciosa, ¿te da gustito, verdad…? ¿Y si meto mi lengua… mmmmh… justo aquí?”

     -¡Ooooh, Alaaaaaaaaaaaaaaaaaan….! – Gritó Coral sin poder contenerse. No era la primera vez que gritaba el nombre de su esposo durante una sesión de sexo… pero, Alan lo sabía, sí era la primera vez que era ella sola la que gritaba, que era quien daba placer y ella quien lo recibía. Coral se apretaba los pechos y se llevaba las manos a la cara, enloquecida de gusto. Alan exploraba con su lengua el interior de su mujer, era tan caliente… quemaba como chocolate ardiendo, y era picante por el veneno que destilaba incluso por allí, y a él le parecía lo más delicioso del mundo. Con una mano empezó a acariciar y pellizcar la perlita de su compañera, mientras metía y sacaba la lengua del tierno agujerito de Coral.

      “Haaaaaaaaaaah… me… estás matando de gusto….” Pensaba confusamente Coral, retorciéndose bajo la lengua de Alan. Estaba tan húmeda y caliente… su lengua era blandita, pero se metía en ella de forma tan decidida… haaaaaah, cómo raspaba, le rascaba por dentro, ¡qué delicioso! “No… no puedo aguantar má-aaaaas….”.

      Un poderoso gemido de pasión salió del pecho de Coral, sus piernas temblaron, con los dedos de los pies encogidos, y Alan sintió que su coño se cerraba en torno a su lengua, tirando de él, dándole apretoncitos tan graciosos… se le escapó la risa, sin dejar de lamer. No sacó su lengua, ni paró de acariciar, sólo lo hizo más lento… Coral se estremeció y dio botes sobre la cama, musitando “mmmmmh… mmmmmmmmmmh….mmmmmmmmmh…”, hasta que puso los ojos en blanco y dio un suspiro interminable. Fue vagamente consciente de que Alan le besaba el coño.

     -¿Qué tal? – preguntó retóricamente Alan.

     -Hmmmmmmmmmmmmh…. Voy a tener que morirme más a menudo, para que me des éste placer, animal…


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     -Nunca pretendí matarla, Alan, nunca quise haceros daño. Sólo arreglar esto de una vez para siempre. – Explicó Bobbie al día siguiente. Ni siquiera tenía la cabeza vendada, sus heridas habían curado ya, aunque todavía tenía la cara amoratada, igual que aún Alan sentía algunos dolores. – Es cierto que se untaron con nitrato de plata, pero yo mismo traía un vomitivo para ella. Sólo pretendía darte un susto.

     Era cierto que tenía un frasco de vomitivo encima, pero aún así, Alan no se fiaba de su hermano pequeño.

     -¿Un susto? – masculló.

      -Alan…. – Coral acarició la rodilla de su marido. Ella no estaba enfadada, estaba dispuesta a perdonar… al menos, si Bobbie renunciaba al menos a la mitad de su patrimonio en favor de Alan y le concedía de nuevo el nombre de la familia.

      -Sí, sólo eso… ¡era el único modo de conseguir que me escucharas! Sabía que peleando conmigo, te desahogarías. Te he dejado en paz todos estos años, porque… es cierto, siempre te he envidiado, y nunca podré perdonarte lo de Dolly. Pero ahora, te necesito con otra Dolly.

     -¿Te has liado con otra humana? – quiso saber Alan.

     -Ojalá fuera eso… se trata de mi hija.

(continuará, ¡vuelve mañana!)