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martes, 8 de abril de 2014

Desnuda para ti.


     Rob el Perro se jactaba de ser fiel, de saber guardar secretos, aunque esto último no era muy difícil, dado lo poquísimo que hablaba, pero aún así, uno podía estar seguro de poder contarle cualquier cosa, que él no la iría contando por ahí. 

     -No te apures, Perro… no ha sido fácil sacártelo, has resistido como un tigre… cualquiera estaría orgulloso – le consoló Sofía, peinándose, si bien con el montón de lana desordenada que tenía como cabello, eso de “peinarlo”, era un término bastante elástico. Sofía, a quien llamaban la Zorra con Suerte (Zcs, para acortar), se conformaba con desenredarlo, dado que cosas como “alisarlo”, hacían que sonase en un su cabeza la sintonía de Misión: Imposible.

    -Zcs tiene razón, Perro… no te sientas triste, casi nos matas antes de confesar… - corroboró Toñito, un chico gordito, de cara y cuerpo redondos, buscando una de sus zapatillas, que habían salido disparadas. Una había logrado encontrarla, colgada por un cordón de la lámpara del techo, pero la otra no había aparecido aún.

   A pesar de las reconfortantes palabras de sus amigos, el Perro se sentía mal aún por que se le hubiera escapado el secreto de Pastor, y estaba enfurruñado en el suelo, abrazándose las rodillas y mirando a sus amigos con gesto furibundo.

   Pastor Carvallo era el que completaba el cuarteto de amigos, y quien tenía tácitamente, el puesto de líder. Era hijo de un famoso inspector de Hacienda, y eso le había hecho tomarse la vida con cierta rigidez: quería ser siempre el mejor en todo. El más estudioso, el más aplicado, el más severo, el más perfeccionista… Cuando empezó la universidad, se propuso ir a curso por año, igual que lo había hecho hasta ese momento, y sacar notas con el mismo nivel de excelencia también. Jamás había hecho novillos, ni una sola vez. Consideraba que las chicas eran una distracción, jamás se había enamorado, y durante el curso, no se permitía fiestas ni salidas nocturnas más allá de tres o cuatro al año… es cierto que los fines de semana, sobre todo los sábados, quedaba con su “hermana” Zcs (no eran hermanos de sangre, pero se habían criado juntos y el padre de Pastor le había metido en la cabeza que, como era un poco mayor que ella, tenía que cuidarla y protegerla de otros chicos, y ambos estaban acostumbrados a verse como si fueran realmente hermanos), con Toñito, y desde que lo conocieron, también con el Perro, pero el resto del tiempo libre, era para estudiar y para hacer gimnasia… con la que mantener a raya posibles tentaciones carnales.

     Pastor había sufrido un desengaño amoroso durante su adolescencia, y desde entonces, se había vuelto un firme detractor del sexo prematrimonial. Consideraba que él, había sido utilizado, y había hecho propósito de que nadie volviera a hacerlo, ni tampoco se aprovechase nadie de su hermana… qué poco se imaginaba que Zcs tenía desde hacía algún tiempo un novio, Tony, el joven profesor de Arte Dramático, con quien se veía a escondidas, y…. no tenían precisamente una relación platónica. Zorra sabía que su hermano la mataría si se enteraba que había dejado de ser virgen como le había prometido años atrás, y precisamente por eso, había intentado buscarle una novia, Traviesa, una amiga de Tony, con la esperanza de que, si se enamoraba de ella, no fuese tan duro porque ella hubiese roto su promesa, dado que él, también habría roto la suya.

    Pero Pastor había llevado su relación con una discreción absoluta, y, salvando ciertos cambios en su carácter, como mayor paciencia, menos rigidez… no había manera de confirmar si efectivamente, Pastor había caído. Sólo el Perro podía saberlo con exactitud, dado que era capaz de oler hasta de qué lado caía una moneda. Rob el Perro, con sus expresivos ojos, había dado a entender a sus amigos que Carvallo olía a… “mmmmmmmmmmmmmmmmmmmh, todavía me zumba el sexo y me parece sentir su piel en la mía”; y a… “haaaaaaaaah….voy a tener que pasarme una semana bebiendo vinagre, para que se me quite la sonrisa de alelado satisfecho”. Claro está, el Perro no hablaba, Sofía sólo le había interrogado con la mirada, y él había asentido. Estaba claro que acababa de disfrutar del goce más absoluto que puede experimentar un ser humano (salvando un gran helado de chocolate belga con trocitos), pero cuando Zcs quiso saber si Pastor había experimentado ése placer él solito (cosa harto improbable, porque es cierto que cuando lo hacía se quedaba más relajado, pero no tenía ni por asomo esa sonrisa ni se le endulzaba para nada el carácter), o con otra persona, y si había sido con otra persona, con quién, con quién, con quién, y si había sido con Traviesa…. El Perro se negó a corroborar datos. Zorra intentó convencerle, él no tenía que hablar, sólo tenía que asentir o negar con la cabeza cuando ella le preguntase… aún así, se negó, lo consideraba traicionar a Carvallo. De modo que, puesto que preguntar al propio Pastor quedaba descartado (dado que la intención de Zcs era cogerle desprevenido) y que tanto Sofía como Toñito TENÍAN que saberlo, no quedó más remedio que recurrir a la tortura, y aquélla tarde de viernes, tan pronto como el Perro apareció en el cuarto de la joven, Toñito y ella, al grito de “¡A por él!”, se le habían lanzado encima a hacerle cosquillas. Perro se resistió, pero entre los dos, sobre todo gracias al peso de Toñito, lograron tumbarle, Perro rugió y gruñó, tiró mordiscos, intentó ganar la puerta para escapar, pero Zorra se le abrazó a una pierna como una lapa mientras gritaba “¡Confiesa, confiesa, ¿con quién lo ha hecho?!” y le hizo caer de nuevo, Toñito se le sentó encima, y Perro se le sacudió con tal fuerza que le hizo dar una vuelta de campana y sus zapatillas salieron disparadas, agarró un bote de kétchup que tenían preparado entre otras cosas para la merienda y se lo estrujó del todo a Zorra en la cara y el pelo; Toñito, aprovechando que estaba descalzo, se quitó los calcetines y se los estampó al Perro en la cara, que emitió un gañido lastimero, intentando desembarazarse de él. Aprovechando su descuido, Zorra, goteando kétchup pringoso del cabello, le levantó la camiseta raída al Perro y empezó a hacer pedorretas en su tripa peluda, mientras le hacía cosquillas en los costados a toda velocidad. El Perro empezó a reír y a chillar, con la voz ahogada bajo la pelota de calcetines apestosos, y finalmente aulló en tonos agudos de piedad.

    -¡Confiesa, Morgan! – bromeó Zorra - ¿Ha hecho el amor mi hermano con una chica, sí o no? – Perro la miró con expresión de súplica, y Zcs, implacable, subió a los sobacos de su amigo y sus dedos aletearon allí, y el Perro cerró los ojos y chilló una carcajada, mientras asentía violentamente con la cabeza. Zorra paró y preguntó de nuevo – Ha sido con Traviesa, ¿verdad? ¿Ha sido con ella? – Rob no fue capaz de mirarla a los ojos. Asintió levemente - ¡Perro, te quiero! – Gritó Sofía y le estampó un sonoro beso en la mejilla a su amigo, dejándole la cara pringada de kétchup, y luego chocó los cinco con Toñito - ¡Lo hemos conseguido! – Corearon.

     Zorra había tenido que lavarse el pelo, y no había sido moco de pavo quitarse el pringue pegajoso de la cabeza, Toñito tenía más de un moretón, y el Perro seguía tan enfurruñado que no había querido ni probar la botella de tinta china que Sofía le había ofrecido para que se consolase, pero había merecido la pena.

     “Mi hermanito tiene novia… Pastor… ¡me siento orgullosa de ti, lo has superado! ¡Has vencido tu miedo!”, pensaba la joven. Ahora, sólo hacía falta que Pastor venciese no sólo el miedo a volver a entregarse, sino que fuese capaz de admitir ante sus amigos que tenía una novia y… que se había replanteado todas sus teorías acerca del sexo prematrimonial. Una vez lo hiciese, el que ella tuviese un novio, no sería ya grave. O al menos, eso esperaba Sofía.


******************

          “Qué suave es su lengua… mmmh, sigue, bésame… hmmm, jijiji… sí, sí…” pensaba Pastor, divertido mientras Traviesa le besaba, acariciándole suavemente la lengua con la suya, y, abandonando su boca, pasaba a besarle dulcemente por el cuello, la garganta, y a desabrocharle la camisa a besos. El joven sabía qué venía después, sabía que iban a acabar inevitablemente haciéndolo, a pesar de que él insistía en no hacerlo… le gustaba, le encantaba, claro que sí, pero seguía pensando que no estaba bien, que Traviesa era una señorita, que si alguien le hiciese algo semejante a su hermana, lo destriparía… pero es que Traviesa sabía pedir tan bien… intentaba negarse, pero no tenía fuerzas.

     -Por… por favor, Traviesa… Travis… mmmh… no, no seas mala, no continúes…

     -Mmh… ¿es que no te gusta, Melocotoncito? – susurró, desabrochando ya el tercer botón, ambos sentados sobre la cama, deshecha, de la joven.

     -…No me llames “melocotoncito”, mi vida… que me pongo muy tontón… Claro que me gusta, pero… esto no está bien… Deberíamos… Yo aún no he terminado de estudiar… no podremos casarnos hasta dentro de algunos años… no podría mantenerte… no… no está bien que me aproveche de ti…

      -Mi Melocotón, qué bueno y qué responsable… - Traviesa se sacó la ceñida camiseta por la cabeza, dejando bambolearse sus pechos, y abrazó a Pastor contra ellos, quien se puso hasta bizco de gusto, ¡qué calentitos…! – No hace falta que me mantengas, cariño, ya trabajo yo para eso… no me importa que no nos casemos hasta dentro de unos años… No pienso renunciar a darnos mimos por eso…

      -Bueno… es que mimos, tendría pase…. Pero esto, no son mimos, Traviesa, no son mimos… ¡haaaaaaaah…. No toques ahí! – gimió Pastor cuando sintió su virilidad acariciada por la joven, aún a través del pantalón de pana.

      -Claro que son mimos, cielito… ¿acaso alguna vez lo hemos hecho a lo bestia, me has tirado del pelo o te he arañado la espalda, o cosas así, mi amor?

     -No… - convino Pastor.

     -Entonces, son mimos… siempre lo hacemos a la cariñosa, lo hacemos porque nos amamos, no por vicio, no hay nada malo ahí…. Mmmmh… ahí, sí… ahí… - musitó Traviesa, al sentir la mano de Pastor acariciar su pecho.

     “Yo… yo ya estaba vestido para irme a mi Residencia…” pensaba Pastor, aupándose ligeramente en la cama para bajarse el pantalón y el calzoncillo, y notando que su cuerpo se recostaba solo, y giraba para quedar encima. “De hecho, es la tercera vez esta tarde que intento marcharme y que ella consigue que me quede un poco más, pero, ¿cómo hemos llegado a esto otra vez?”. Pero entonces, su cuerpo se ensartó en el de Traviesa, y sus pensamientos se derritieron como la nieve bajo el sol, y una deliciosa impresión de que la mitad inferior de su cuerpo estaba sumergida en agua caliente, le inundó por completo.

     -Haaaaaaaaaah… mi Melocotón, ¡cómo me gusta estar contigo! – Sonrió la joven, abrazándole con brazos, piernas y con todo el cuerpo. Pastor la llenaba, sentirse atravesada por él, era tocar el Cielo. Traviesa sabía que ella era muy apasionada y caprichosa, había tenido relaciones con muchos chicos, y ninguno la había tomado en serio, precisamente por su forma de ser; se había llevado palos emocionales muy duros, porque los chicos pensaban que ella no iba en serio, que sólo quería un polvo rápido, pero ella se entregaba en cuerpo y alma… sólo Pastor la había correspondido, quizá porque él llevaba mucho tiempo esperando alguien que quisiera entregarse, y aunque su insaciable deseo le hiciese pasar apuros morales, lo cierto es que se sentía tan feliz cuando se unía a ella… En el caso de Traviesa, la joven parecía pensar que el mundo no estaba bien ordenado: el sitio de Pastor, era dentro de ella, nunca fuera. Así que cada vez que estaban juntos y a solas, el no estar unidos era casi una molestia física para ella, era como ver un cuadro torcido o un lápiz tirado en el suelo, ¡no tenía que estar así!

    -Traviesa… - dijo solo Pastor. Hubiera querido decir mucho más, decir que la quería, que era la mujer con la que llevaba soñando desde que dejó de pedir un poni por Navidad, que sería capaz por ella de cometer la mayor locura, de cometer incluso alguna locura, punto, porque en su rígida vida, no recordaba haber cometido nunca ninguna, salvo en una ocasión, con doce años, en la que le sopló medio examen de matemáticas a su hermana… pero no podía. Cuando estaba dentro de Traviesa, las sensaciones le embriagan, le superaban, le dominaban por completo. El calor delicioso le abrasaba desde los tobillos a los hombros y le hacía poner los ojos en blanco a poco que se movía; un temblor juguetón en las nalgas le hacía notar que, pese a moverse con toda suavidad sobre ella, no iba a ser capaz de resistir mucho… pero con qué alegría se iba a dejar derrotar, sabiendo que también Traviesa estaba en el mismo punto.

     La joven le acariciaba la espalda, mirándole a los ojos para que él tampoco los cerrara… Dios, cómo le gustaba eso, le encantaba hacerlo mirándose a los ojos todo el tiempo, le daba ese poquitín de vergüenza agradable que le hacía retemblar el estómago, y le parecía tan morboso, tan “qué pícaros somos…”, mmmmmmh… Traviesa estaba en la misma Gloria, Pastor se movía tan despacito, saboreando a centímetros cada inmersión dentro de ella, y, después de los dos orgasmos anteriores de la tarde, ella estaba tan sensible, que no iba a poder…. No… iba a…

      Traviesa se aferró a él en medio de un temblor espasmódico y un gemido en susurros, mientras el cosquilleo estallaba en el interior de su vagina y se expandía como lava ardiendo por sus muslos, por su vientre, dejándola dulcemente rendida y satisfecha una vez más… Pastor dio gracias a Dios, porque un par de embestidas y se hubiera derramado; se dejó ir, y derramarse fue exactamente lo que hizo, sin dejar de mirar a Traviesa, que ponía esas caritas, esas sonrisas de placer con ojos en blanco, esa expresión de dulce abandono… Pastor no lo sabía pero él ponía la misma expresión mientras la vida se le escapaba por entre las piernas, y las nalgas se le comprimían para soltar la descarga, y sus piernas daban pequeñas convulsiones, con los dedos de los pies encogidos… Se dejó caer sobre ella, y la joven gimió una vez más, era tan reconfortante sentir su peso, aún fundidos… Notó que su sexo goteaba, gotitas de semen se escurrían de ella, y casi lo lamentó. No quería que nada que Pastor pudiera darle, fuese desperdiciado por su cuerpo, quería que se quedase dentro todo… El semen que salía, escocía en su sexo. Era un escozor bueno, agradable.

     -Melocotón, cielito, ¿por qué no te quedas a dormir?

     -Mmmmmmmh… ¡No!

     -¿Por qué no, vidita? Mañana es sábado, no tienes que ir a clase… anda, quédate con tu Traviesa – sonrió la joven, acariciándole las piernas con los pies, casi llegando hasta las nalgas. – Dormimos abrazaditos, mañana jugamos antes del desayuno…. ¿a que nunca te han hecho una mamada en ayunas, aprovechando una erección matinal…? Dicen que coges al cuerpo tan desprevenido, y tan fresco por el sueño nocturno, que el placer es increíble… Luego pedimos a la cafetería que nos suban el desayuno aquí, como unos duques, y luego ya, te vuelves a tu cuarto tranquilamente, y estarás todo el día con una sonrisa hasta las orejas… anda, sí…

      -No, Traviesa… Quiero, lo sabes, pero no puedo. Tengo que dormir en mi cuarto, nadie debe verme salir del tuyo.

     -¿Por qué? – preguntó ella, haciendo un puchero.

     -Mujer, porque… no sería correcto, ni para ti, ni para mí. Tú eres una señorita, y una profesora de Teatro. Si se supiera que estás con un alumno, aunque no sea tu alumno, correrías peligro, la gente pensaría mal…. Y… y yo…

     -Tú no quieres dar tu brazo a torcer con tu hermana, ¿verdad? – sonrió Traviesa. Melocotón asintió. Traviesa y Zcs se habían conocido en Arte Dramático, ella era la ayudante de Tony, y, visto el interés que había tomado por Pastor, lo mucho que le gustaba éste y con qué ternura le había estado persiguiendo día y noche por la Universidad mientras que él no daba su brazo a torcer, convencido de que Traviesa “sólo le quería por su cuerpo”, Zorra la había juzgado como la chica que convenía a su hermano y había conseguido que salieran juntos. Pastor había intentado poner reglas a la cita, lo que provocó el enfado de Traviesa y hasta de su propia hermana. Más tarde, había intentado reparar el asunto con una identidad falsa, acercándose a Traviesa bajo ella. La joven le había reconocido, pero de esto, nada sabía su hermana, y Pastor no tenía ninguna prisa porque se enterara.

     “He roto mi promesa. La que yo mismo le hice hacer.” Pensaba el joven Carvallo “¿Qué valor tengo, cómo le puedo exigir ahora que no rompa ella la suya? ¿Sólo diciéndole que si ella rompe su promesa, a ella la rompo yo? Creo que ya la oigo decir “te lo dije, te lo dije”

     -Cariño, tu hermana te quiere. No deberías sentir vergüenza por admitir que estabas equivocado frente a alguien que te quiere. Sé que pica el orgullo, y más siendo tú el mayor, pero Zorra te tiene en un pedestal, aunque a veces disfrute chinchándote; si te pones frente a ella y le dices: “No tenía tanta razón como creía tener, tú también estabas en lo cierto”, no se va a burlar de ti, ni nada semejante, vas a crecer aún más para ella, puedes creerme. – Pastor se enfurruñó.

     -Adoro a mi hermana, pero… ¡a veces, tener familia, es un asco!

     -¡Pastor, no digas eso! – le recriminó ella – No sabes la suerte que tienes al tener una familia. - Pastor asintió. Quería mucho a Sofía. Puede su madre fuese una pesada que le seguiría llamando “Pastorín” aunque tuviese cincuenta, que su padre fuese lo más estrictamente legalista que hubiera en el mundo, puede que hubiese llevado una relación de supervivencia con sus hermanos, peleándose por la propiedad de juguetes, ropa y útiles escolares hasta el límite de lo absurdo, como en cierta ocasión que su hermano mayor le cruzó la cara por quedarse con un lápiz que había tirado a la basura… pero los quería. Los quería a todos, y sabía que, en comparación con Traviesa, era muy afortunado de tenerlos. Traviesa no parecía tener familia. Por lo menos, jamás hablaba de ellos. El joven aprovechó la ocasión e interrogó a su novia con la mirada. Traviesa volvió la cara, como si le diese vergüenza, pero habló.

     -No conocí a mi madre. Las monjas me dijeron que murió al darme a luz. Luego me enteré que era mentira, mi madre sencillamente llegó allí en estado y cuando nací, se marchó. Hubieran podido adoptarme, yo era una recién nacida, todo el mundo quiere a los bebés, se adoptan rápido… Pero mi padre se negó. Dijo que él se haría cargo de mí, cuando su situación mejorase, así que me criaron las monjas, con el resto de niños que había allí. No es que me tratasen mal, pero aquello era un colegio de monjas, no una casa. No tenías familia, apenas tenías amigos. Mi padre solía venir en vacaciones y pasaba con él los veranos. Es feriante, tiene una barraca de tiro al blanco y no es que sea un mal tipo, pero… caray, no vale para ser Papá. Venía bebido muchas noches. Me decía “acuéstate, cariño, no esperes a papá despierto”, y se iba a jugar a las cartas y volvía haciendo eses. Una vez me pescó, y me gritó, “¡¿No te dije que te acostaras, que no quería verte despierta!?”. Temí que me pegase, y me eché a llorar. Me abrazó y dijo que no volvería a beber. No lo cumplió… pero tardó casi una semana en beber de nuevo.

     Pastor no quería opinar. Estaba pensando “jolín, vaya joya”, pero se lo calló, no quería herir a Traviesa.

     -También se traía chicas a la caravana. No es que montase el espectáculo, pero se oía todo. Una noche, recuerdo que tuve una pesadilla y me metí en su cama a dormir, a pesar que él aún no había vuelto. Volvió con una tía, me cogió en brazos y me sacó al sofá. Me echó su camisa por encima y me dijo que me tapase los oídos y cantase fuerte, y se marchó. Recuerdo que la tía me dijo algo y se rió de mí mientras se desnudaba, pero yo no lo recuerdo, tenía tanto sueño… no tuve ni que cantar, caí rendida. A veces, hacían la partida de cartas en la caravana. Mi padre me mandaba a dormir, pero yo me quedaba espiando por una rendija de la puerta. Había tanto humo, que no podía ni ver, tosí y me pescó. Creí que iba a enfadarse conmigo, pero ya iba “contento”, y me dejó salir y sentarme en sus rodillas, y me dio a beber de su cerveza. Dijo que yo le traía suerte. Siempre que jugaban en nuestra roulotte, me dejaba quedarme, y a todos les hacía mucha gracia verme allí, escupiendo en la mano a mi padre para darle suerte, mientras él me explicaba cómo se jugaba al chinchorro, al cinquillo, al gañote, al tute, al póker, al mus… Me daba traguitos de su cerveza y caladas de su cigarro, y yo me lo pasaba bomba. A pesar de todo, estaba deseando que llegase el verano para que viniese a por mí. Es cierto que no era el hombre más adecuado para cuidar a una niña, pero no era… “malo”. Y también, era vivir en la feria. Estabas constantemente de fiesta; en el hospicio, nos daban de comer sesos y sardinas, y riñones, y no importaba si no te gustaba, te lo tenías que comer o no te levantabas de la mesa. Con él, comía algodón de azúcar, perritos calientes, patatas fritas, manzanas de caramelo, palomitas dulces, helado… y si algo no me gustaba, me daba dinero y podía comprarme cualquier cosa que yo quisiera en la feria. Muchas veces, sobre todo cuando estaba recién llegada, me paseaba por todo el recinto, y me presentaba a todos, “¡ha llegado mi chica favorita!”, decía a todos. Me subía en sus hombros y me llevaba a corderetas por toda la feria, y todos me saludaban y me daban algo: una muñeca, un dulce, una peonza, canicas… jugábamos en todas las casetas, subía conmigo a todas las atracciones… Para mí, era el paraíso. Odiaba el mes de septiembre.

   Pastor se había salido de ella dulcemente y con el mismo cuidado, se había deslizado a su lado y recolocado las gafas redondas, que, tras hacer el amor, tenía medio de lado, y escuchaba con atención, abrazándola por el vientre.

     -Pero eso, eran los primeros días. Luego, se cansaba de mí, yo lo notaba. Y conforme yo iba creciendo, más, porque empezaba a preguntar, y porque no era lo mismo la niña pequeñita, que la adolescente. No era tener un padre, era… un pariente. Simplemente. Era alguien con quien lo pasaba más o menos bien, pero no era un padre. Le importaba un pimiento que yo volviese tarde, o que no volviese en toda la noche. Me decía que tuviese cuidado, y me compraba preservativos alguna que otra vez, pero eso, no es cuidar de una chica. Yo aún no tenía motivos para usarlos, pero los tiraba por ahí, o los revendía, y dejaba la caja abierta, sólo para ver si me preguntaba, o me decía algo… me miraba, pero jamás decía nada. Un verano, teniendo dieciséis años, le dije que no volvía al hospicio, que me quedaba con él. Me preguntó si estaba loca. Dijo que no tenía idea de qué clase de vida llevaba él, que en verano se podía aguantar, pero en invierno, había que acostarse sin cenar muchas noches. Le dije que si no me dejaba quedarme con él, me buscaría la vida, pero que no iba a volver con las hermanas. No adivinarás qué hizo él.

    -¿Te pegó? – preguntó Pastor.

    -No. Pero casi lo hubiese preferido. Se me quedó mirando con orgullo, y dijo: “¡Esa es mi niña! Así me gusta, que no quieras depender de nadie y te busques la vida, ¿dónde vas a querer que te deje?”.

     -¡Jo-der! – canturreó Carvallo, y eso que él, no era de decir tacos. – Qué alegría de tío, hale, una niña de dieciséis años te dice que se va a buscar la vida, y tú encantado de la ídem… qué tranquilidad.

     -Así era él - sonrió Traviesa. – Bueno, así era y así sigue siendo. Me ayudó a buscarme una pensión, me dejó un poco de dinero, para aguantar un par de días, y me recomendó un par de bares donde le conocían y podría trabajar de camarera, me dio dos besos, y me dijo que al verano que viene, vendría a verme. Hubiese dado la vida porque me dijese algo como… “si no te va bien, llámame enseguida, o ven a buscarme, estaré en tal pueblo, en tal sitio…”. Pero no lo dijo.

     -¿Y… y cómo te fue?

     -No muy mal. Fui a los bares que me recomendó, y me dieron trabajo. Trabajaba como una esclava y cobraba poquísimo, pero podía ir tirando. Pero la verdad que cuando me acostaba, pensaba que desde luego, no era así como había imaginado mi vida cuando era pequeña, y lloraba. En el bar donde trabajaba, a veces había música, o actuaciones en directo… no muy buenas, pero tampoco era un gran sitio, ni un gran barrio. Un día, al dueño le falló una cantante y le dije que podía cantar yo, si quería. En un principio, no quiso, pero le dije que mi padre me había enseñado a cantar, bailar y hacer malabares (no era verdad, pero tampoco era del todo mentira: me había enseñado canciones, cuando podía cogerme en brazos bailaba conmigo, y me había enseñado a hacer malabares, pero con las cartas. A hacer trampas, vamos). Me dijo que probara, canté y no lo hice mal del todo. Entonces, decidí que quería ser cantante, o actriz. Cantaba muchas noches, y una noche, en primavera, llegó al barrio un concurso de karaoke. Lo presentaba Tony. Y lo gané. Así nos conocimos. Yo estaba… bueno, ya puedo decírtelo, ya no importa, estaba loquita, lo que se dice loquita por él. Yo tenía diecisiete años, y él casi veinte, y era un cantante, había actuado en la radio, tenía su propio programa y todo, el Canta Conmigo… - Sonrió. Pastor le devolvió la sonrisa, no se iba a poner celoso por algo que ya había pasado, sería igual de tonto que si Traviesa se pusiera celoso de Susana, la chica que le desvirgó. – Y él era tan amable conmigo, tan educado y correcto… y no se acostó conmigo, nunca lo hizo. Me pidió que por favor no me ofendiera, que yo era muy guapa, y que le gustaba, pero que me veía como a una hermana, que no podía enamorarse de mí. Y yo que… No te rías de mí por decirte esto, pero me puse a llorar como una magdalena, porque una vez que encontraba un hombre tan bueno y gentil, y resulta que no me amaba. Pero luego, fue mejor. Fue el primer verdadero amigo que tuve, y me alegré que nunca nos hubiéramos acostado.

    -¿Has vuelto a ver a tu padre? – quiso saber Pastor.

    -Oh, alguna que otra vez. A veces me llama… sobre todo, cuando necesita dinero. Soy tan imbécil que se lo doy, pero es que no puedo evitarlo, caray, sé que es un sinvergüenza, un borrachín, un granuja… Sé que tengo hermanastros tirados por el mundo, sólo en el hospicio sé que había otro más, y me enteré que años atrás, otra chica había llegado también en estado y se llevó a su hijo. Sé que es un desastre de persona, un tramposo, un tahúr, un seductor de jovencitas, pero es mi padre a fin de cuentas. Hace un par de años, cuando Tony y yo nos establecimos aquí, porque dejamos la radio y nos pasamos a animar un local nocturno y a dar clases de teatro, para celebrarlo, se presentó aquí y me trajo un peluche enorme, tan grande como yo, del gato Silvestre, con una gorra azul en la cabeza. Sé que es una tontería, que un peluche no compensa nada de lo que no hizo… pero esos puntos que a veces tiene, me desarman. Me hubiera gustado presentárselo a Tony, pero él no quiso verle. Dice que respeta que yo no pueda dejar de quererle, pero que si él se lo echa a la cara, se la parte por haberme tratado así. De entrada, por haberme negado una familia normal con su terquedad de no cederme en adopción, total para no ocuparse de mí de ningún modo.

     Pastor asintió con la cabeza. Él quizá no fuese tan expeditivo, pero estaba muy de acuerdo con el punto de vista de Tony. Cosa que no admitiría jamás, porque Tony, con eso de dedicarse al teatro, no le inspiraba pero que ninguna simpatía. Pero tenía que reconocer que había sido muy bueno con Traviesa. Eso la joven no se lo había dicho, porque no era algo que gustase de contar, pero, antes de conocer a Tony, mientras estuvo en el bar, Pastor sabía que la joven se había acostado con muchos tíos. Jóvenes de su edad, y tíos que hubieran podido ser sus abuelos, en busca de un poco de cariño, en busca del amor que en realidad, nunca había experimentado. Había fracasado miserablemente, claro está. Los hombres la usaban para un rato de sexo, y adiós muy buenas. Eso ponía triste a Traviesa, y buscaba consuelo en otros tíos, y así una, y otra, y otra vez. Tony la había sacado de ese círculo vicioso, y por primera vez, le había dado cariño sin necesidad de sexo. Pastor abrazó a Traviesa y ésta se rió bajito, enternecida.

     -Tienes razón. Tengo que presentarte a mi hermana, a mis amigos, a todos. Quiero que todos sepan que te quiero. – Traviesa le abrazó, fuerte, y empezó a besarle el cuello. Le abrazó con la pierna, y le acarició la espalda, en cosquillas suaves… “Ay, Dios mío… la cuarta… Jesús, esta noche voy a dormir como un bendito, si… si soy capaz de arrastrarme desde aquí a mi Residencia, porque veo que tengo que pedir un taxi para el medio quilómetro que las separa”, pensó Pastor, pero la besó y se dejó llevar de todos modos.


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     -Buenas noches, hijo mío.

     -Buenas noches, padre. – contestó Virgo, el joven lavandero de la Residencia femenina de la Universidad. El sacerdote, alto y entrado en años, canoso, le sonreía con benevolencia.

     -Vengo a ver a una de mis feligresas. No acostumbro a salir de mi parroquia en plena noche, pero me ha pedido confesión urgentísima, y un buen ministro de Dios no abandona nunca sus sagrados deberes… Se llama Sofía Salieri, ¿podrías por favor indicarme dónde está su cuarto?

     Virgo le miró de arriba abajo, sosteniendo su barreño de ropa recién lavada. Olfateó. Detrás de esa sotana, esas canas y ese gesto de dulce caridad cristiana, el joven licántropo podía oler la testosterona con tanta claridad como si en lugar de una sotana, llevase un calzón de cuero, cuernos y rabo y estuviese babeando de lujuria. Pero si a él le preguntaban si había dejado entrar a algún hombre a la Residencia, podía perfectamente decir que no; a él le pagaban por lavar ropa e impedir visitas masculinas, pero un sacerdote, no era un hombre como tal, y a él le vendría muy bien alguien caritativo…

     -Verá, señor cura, yo es que no puedo dejar pasar a ningún hombre, sea sacerdote o no…

     -Lo comprendo, hijo mío, y es muy sana tal precaución. Por eso, si quisieras acompañarme, la misma señorita Salieri podrá decirte que ha llamado a un religioso, no a un hombre.

     -Oh, eso no sería necesario. Bastaría si me entregase algún… documento que me pruebe que es usted cura…

     El sacerdote sonrió, con una sonrisa mucho menos benévola, y sacó un billete de diez euros.

    -¿Te vale el carné  del obispado? – Virgo lo miró de refilón, con cara de disconformidad. El cura resopló y sacó uno de veinte – Éste es el de numerario del Opus. – Virgo sonrió y tomó los dos billetes.

     -Quinta planta, sexta puerta.

     -Gracias, Virgo.

     -Buenas noches, don Tony.

    Tony pensó que más le valía que quedasen en el teatro, por incómodo que fuese, o que entrase por la escalerilla de incendios, porque como se tuviese que dejar treinta euros cada vez que fuese a verla, les salía más barato pagar un hotel. Llegó a la puerta de Sofía, y llamó. Apenas se abrió la puerta, Zorra, sólo en camiseta, le saltó a los brazos y la cogió, besándose desenfrenadamente, mientras Tony cerraba la puerta con el pie.

     -Dios, qué morbazo me da verte vestido de cura…. – Susurró Sofía, mientras caían en la cama del cuarto. - ¡No se te ocurra quitarte la sotana, sólo arremángala!

     -Zorra, ¿cuándo… cuándo piensas decirle a tu hermano que tú y yo…? – preguntó Tony, mientras se besaban como locos, y él metía las manos bajo su camiseta de AC-DC, ¡cómo le quemaban las tetas, mmmmh, y qué suaves!

     -Haaaaaaah… pronto, pronto… no te preocupes por eso ahora…. Cuando él nos diga que… aaaah, sí, chúpalas, así…. Que… que está con Traviesa, entonces, será el momento…

     -Aaaaaah… Zorra… para nosotros, AHORA es el momento. – rió traviesamente Tony, bajándose los pantalones lo justo para hacer lo que quería, y remangándose la sotana, mientras Zcs reía de ganas y le abrazaba con las piernas.

     -¡SÍ! – gritó la joven.

    -¡SÍ! – coreó Tony.

    -¡SÍ! – jadeó Traviesa.

    -¡SÍ! – Gimió Pastor…. Y Tony no sabía la razón que tenía. De haber podido decírselo en ese momento, ése hubiera sido El Momento, porque estando dentro de Traviesa, a Pastor, todo le parecería bien. Pero… ya era otro cantar lo que pudiera pensar después.