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domingo, 6 de abril de 2014

Dulce castigo


     Me sentía confusa. Traicionada, dolida, como si me hubieran sido infiel, y en parte lo sentía así… Mi esclavo, me había sido infiel… conmigo misma. Y yo me había traicionado a mí misma. Detestaba sentirme así, lo odiaba de veras, y hubiera querido pagarlo con Imbécil, hacerle daño, hacerle sufrir, hacerle llorar de pena… quería verle lamentarse, arrepentirse y suplicar como otras veces… pero no podía. Y eso me ponía aún de peor humor. Porque quería hacerle daño para sentirme bien, pero si me imaginaba haciéndole sufrir, eso no me hacía sentir mejor, al contrario, me ponía triste… me daba cuenta de que estaba empezando a perder el control, y eso me aterraba. Me producía un miedo cerval como hacía muchos años que no sentía, un pánico que me hacía tener ganas de abrazarme las rodillas y mecerme… quería dejarle, alejarme de él… pero tampoco quería eso. Quería seguir viéndole, seguir jugando… pero no soportaba la idea de su juego conmigo. 

    Como Mariposa, llevaba cerca de dos años esclavizando a Imbécil. Como Ocaso, él me había pedido una oportunidad de conocernos, de… enamorarnos. Yo le había dicho que era imposible, pero había cometido un error fatal: concederle esa oportunidad, a cambio de un castigo a mi elección si no lo conseguía. Debí haber rehusado, haberle puesto en su sitio entonces, pero no podía dejar escapar un reto. Yo sabía que tenía razón, o al menos eso creía. O pensaba que podría disimular de un modo bastante convincente, y estaba en lo cierto… de no haber sido por su modo de actuar cuando trataba conmigo como Ocaso, cuando él era mi amo. No es que me molestase cambiar las tornas y ser su esclava, al contrario, me divertía, porque, en el fondo, yo era quien seguía llevando las riendas. Imbécil, como mi amo Athos, era infantilmente predecible, como todos los hombres. Ellos no lo saben, pero lo que tienen entre las piernas, no es un pene, es un perrito. Hay algunos que muerden, sí, pero a la mayoría, basta con acariciarlos un poquito para que hagan todo cuanto tú les mandes, vengan cuando los llames y te traigan todo cuanto tú desees. También Miguel, ya fuera Imbécil, ya fuera Athos, era así, y bastaban unas caricias, un beso, una palabra susurrada al oído, para que toda su cacareada parodia de amo, se viniese abajo como un castillo de naipes. Podía controlarlo. No pasaba nada, podía controlarle, yo siempre mandaba, y nuestros encuentros, aún siendo yo la esclava, era yo quien los dirigía. A quien no podía dirigir, era a… su estupidez.

     Miguel tenía ideas de película romántica, de novela rosa barata, y estaba convencido de que el mundo, realmente funcionaba así, que podía ser un romántico en estos tiempos y que su pareja no se reiría ni aprovecharía de su debilidad, sino que lo encontraría bonito y fascinante y caería rendida a sus pies… por eso Nélida se había aprovechado de él y le había tenido como pagafantas, y, me molesta decirlo, por eso era tan buen esclavo. Su mente funcionaba así: “si soy muy bueno, si soy perfecto y beso la tierra que ella pisa, si me arrastro como un gusano para que me pisotee y beso sus zapatos cuando lo haga, ella quedará tan enternecida por el amor que la profeso, que se enamorará de mí”. El típico esquema mental del que ha nacido para ser pagafantas, pagamalibús, y pagakinders (aunque sean conocidos en todas sus edades por el primer apodo, el segundo define al pagafantas treintañero, franja de edad en la que está Imbécil, cuando paga malibús con piña a las chicas de las que es amigo, y el término pagakinders, se refiere al pagafantas cuarentón, que paga dulces y chucherías a los hijos de la mujer de la que se enchocha. Así funciona el mundo).

    Miguel, en su, llamémosla ingenuidad, por no decir directamente estupidez, pensaba realmente que el amor existía, que dos seres humanos pueden emparejarse por más razones que la atracción física o las ventajas fiscales, y seguir sintiendo atracción pasados los años. Yo sé que es imposible. El “amor” dura cuando eres joven, a partir de cierta edad, existe sólo la comodidad, el deseo de no estar solo, el miedo a la vejez y a la muerte… son cosas a las que no queremos enfrentarnos solos, y disfrazamos eso de “amor”, cuando en realidad no es más que egoísmo y miedo. Si a un hombre que lleve diez años casado y presuma de ser feliz, le ofrecen el irse con una voluptuosa modelo, ¿creéis que alguno, que uno solo, diría que no? ¿O más bien, le darían una patada a la infeliz a la que han engañado durante ese tiempo y se irían con la nueva, sólo por es más guapa? En el caso inverso, ¿pensáis que alguna mujer no cambiaría a su gordo y envejecido marido por un atractivo guaperas de gimnasio, y al marido que quizá la mantuvo y le dio caprichos, que le den por ahí? Claro que no, no habrá ninguna que no lo hiciera, aunque fuese sólo por una noche, por unas horas… Y no digamos si hablamos de riqueza en lugar de belleza, entonces ya sí que no hay más fidelidad que la del equipo del sonido. El “amor”, no existe, yo lo sé, pero Miguel cree que sí. Y eso me revienta.

   Me revienta, porque… tiene un modo de tratar a su esclava, que no trata a su ama. En nuestro último encuentro, el primero que tuvimos físicamente ejerciendo él de amo y yo de esclava, llevaba un pijama, un pijama precioso, de raso negro, suave y brillante como si fuera seda. Tenía los bordes, los botones y sus iniciales bordadas en el lado derecho del pecho, en color rojo sangre, y la chaquetilla era entallada, y le hacía parecer más alto y menos tripón…. Llevaba perfume. Había quemado incienso en su casa, y me la enseñó toda, me contó todos los detalles, me abrió su vida y me contó secretos. Y eso me molestó profundamente, ¿por qué nunca me había recibido con un bonito pijama siendo yo su ama? Yo tenía que darle todas las instrucciones, que estuviera limpio y bien aseado, que tuviese la casa recogida para mí… si no se lo hubiera advertido, hubiera sido muy capaz de recibirme con la camiseta con rodalones de sudor, los calzoncillos amarillentos y la bata raída con la que le conocí, ¿y con Ocaso, le salía de dentro ponerse guapo, nadie tenía que recordarle nada? ¿Por qué?

     Pensar en aquello me daba cien patadas. Y más patadas aún cuanto más me importaba, cuanto más sentía que debía darme igual, pero no me daba. ¿Por qué Imbécil no podía ser como el resto del mundo, egoísta  y cómodo, y pensar sólo en el sexo y darse por satisfecho por tenerme como ama e importarle un cuerno lo demás…? ¿Por qué tenía que ser tan estúpidamente fiel, tan cargantemente servicial y tan increíblemente tonto e iluso? Iba pensando en aquello mientras conducía mi coche hacia su casa, era jueves, víspera de festivo, y de nuevo habíamos quedado, hasta el viernes a las seis, yo sería su esclava, a partir de esa hora, él sería mi esclavo. Ya la vez anterior había usado un truco para acortar mi período de esclavitud, de modo que para esta vez, Imbécil estaría muy avisado de la hora, no se dejaría volver a engañar de la misma forma. No me quedaba más que aguantar o que se me ocurriese algo… bajé la ventanilla, y dejé que el fresco de la tarde me acariciase el rostro. No fue lo único que me acarició.

     “Me has mentido, y mereces un castigo”, me había dicho como mi amo Athos el pasado lunes, cuando volvimos a hablar. Yo me había mostrado muy arrepentida, pero él no se limitó a imponer un castigo, por lo demás, muy poco imaginativo, sino que quiso saber…

     -¿Por qué me engañaste?

     -Yo no os engañé, amo, yo sólo puse una alarma en mi reloj, porque a esa hora tomo siempre la píldora… fuisteis vos quien sacasteis la conclusión de que el plazo, había concluido… - le contesté a través del programa de videochat que usábamos para hablar, con voz inocente. No vi la cara de mi amo (nunca pone la cámara para que yo le mire, sólo él me mira a mí), pero me habló con una severidad ciertamente desacostumbrada:

      -Milady… no pretendas reírte de mí. Quiero saber por qué me engañaste. Yo confiaba en ti, creía que podía hacerlo, y por eso pudiste hacerme creer que era una hora diferente… pero me has demostrado que no puedo fiarme de ti. Te has hecho merecedora de un castigo.

    Sus castigos no me daban ningún miedo, ya suponía de qué se iba a tratar, y cuando lo dijo, tuve que agachar la cabeza para que no me viera sonreír, era tan predecible… mientras conducía hacia su casa, el frío de la tarde me puso erectos los pezones a través de la ropa, un vestido azul oscuro, de tul, semitransparente. No se notaba a simple vista, pero fijándose, se podía apreciar su castigo: que yo no llevaba ropa interior. “¿Qué cree, que puede humillarme con algo tan burdo?” pensé, divertida. En un principio, pensé incluso en engañarle una vez más, salir con la ropa interior puesta de mi casa y quitármela sólo al llegar a su garaje, pero, ¿para qué? No merecía la pena ni engañarle. Cuando me abriese la puerta y adivinase mis pezones y mi sexo a través del tul oscuro, se le apagaría el cerebro, y volvería a estar a mi merced…


************


     Estaba nervioso, esperando en casa a Milady, sin dejar de dar vueltas por el pasillo y el salón. Tenía que mantenerme sereno, si bien yo mismo sabía que, con lo que le había pedido, no iba a resultarme fácil. Le había ordenado que llevara ropa transparente y sin ropa interior. “No me importa que sea oscura, o negra”, le había dicho, “pero transparente, y nada de ropa interior. Sé que tienes un sostén que te sujeta los pechos sin tapártelos, pues no quiero ni eso, quiero todo al aire”. Milady había agachado la cabeza como con vergüenza, pero había prometido que obedecería.

     Cuando la viese llegar así a mi casa, me iba a costar Dios y ayuda seguir con el castigo, pero me forcé a pensar en lo divertido que iba  a ser, me decía mirando el sobre negro que había puesto en la mesita de la entrada, para no olvidar llevármelo. Milady pensaba que el castigo, consistía sólo en eso, en venir sin bragas ni sostén. Ella me había engañado a mí, ¿no? Pues yo la había engañado a ella; bueno, ni siquiera se podía llamar “engañar”, era más bien… “ocultación de información”, así que no era lo mismo… En ese momento, sonó el timbre del portero automático, y abrí. No necesité preguntar quién era, ya sabía que era ella.

     Mientras Milady subía en el ascensor, me miré en el espejo del vestíbulo. Llevaba el traje nuevo, de color negro, con rayas verticales. Lo había comprado porque me recordaba la ropa de los gangsters de los años treinta, y la verdad que me quedaba bien, o eso pensaba yo y eso me había dicho el dependiente cuando lo compré. Sonó el timbre y mi reflejo fue abrir de inmediato, pero me pegué una torta en la mano y esperé. Conté al revés de cinco a uno, y entonces abrí. Había abrigado la esperanza de que mi esclava llamase otra vez, pero no lo hizo, no obstante, me sentía más especial haciéndola esperar un poquito. La vi en el vano de la puerta al abrir, y tuve que acordarme de volver a respirar.

     Milady llevaba un vestidito azul oscuro,  por las rodillas, sin mangas y con un pequeño escote picudo, pero el escote era innecesario, podría llevarlo cerrado hasta el cuello y seguiría siendo provocativo, porque… Dios, se le veía todo. Era necesario mirar bien, sí, a primera vista no se apreciaba, pero tan pronto te fijabas, podías ver los pezones, la curva de sus pechos, el ombligo, y… y su sexo, mirando bien, podías adivinar la tentadora rajita. Me di cuenta que me la estaba comiendo con los ojos, allí mismo, en el descansillo, y mi ama parecía sólo ligeramente tímida, su sonrisa tenía más de satisfacción por sí misma, que de vergüenza.

     -Amo… ¿puedo pasar? – musitó, y eso me devolvió a la realidad. Cogí las llaves de casa de la perchita de la entrada, el sobre negro, y salí.

     -No. Nos vamos.

     -¿¡Qué?! – Milady se llevó las manos al pecho y se encogió ligeramente sobre sí misma, ¡ahora sí que tenía cara de vergüenza! Sonreí con lo que esperaba fuese pícara maldad, y no sólo cachondez.

     -No pensarás que el castigo, consistía sólo en hacerte venir hasta aquí sin bragas, cuando sé que vienes protegida en tu coche, y aparcas en mi garaje, de modo que no corrías el riesgo de que te viese nadie… podrías incluso venir desnuda, y lo más fácil es que nadie se enterase. No, Milady, hoy voy a presumir de ti. Voy a disfrutar mirando cómo otros te miran… y pierde cuidado, no vas a ir por completo sin ropa interior. Dame las llaves de tu coche. – Milady vaciló. Estaba totalmente cogida por sorpresa, no esperaba algo así de mí, y el verla tan sorprendida me estaba poniendo juguetón. Finalmente, me tendió las llaves y le di a cambio el sobre negro. – Mientras conduzco yo, vas a ponerte eso. Y lo llevarás puesto toda la noche. – Milady me miraba a mí y al sobre alternativamente, parecía temerosa de lo que podría encontrar en su interior. – Ábrelo, Milady.

     Mi esclava abrió el sobre y dejó escapar un grito ahogado de sorpresa. Una fina cadena de perlitas blancas, sujetas a una goma cuajada de perlas también. A simple vista, podría parecer un collar, pero…

     -Amo… esto es…

     -Es un tanga de perlas. – me acerqué a ella y la acaricié de los brazos. Mírala, estaba colorada, se estaba ruborizando, hubiera querido comérmela viva allí mismo. – Te lo pondrás en el coche, andarás y pasearás con ello puesto, y cada paso que des, cada momento que estés sentada sobre él, las perlas suaves se clavarán en tu rajita y te acariciarán. Se empaparán de tus jugos. Te excitarán y darán placer, pero no te dejarán llegar. Y todo el tiempo, estarás medio desnuda y cachonda, y todo el mundo podrá verte, te mirarán y te devorarán, porque aunque no puedan saber exactamente qué te pasa, se lo imaginarán, porque no podrás dejar de tiritar y sudar, y estarás roja… como ahora.

     -¡Amo, por favor! – Milady estaba irreconocible, colorada como un tomate, y se tapó la cara con las manos, mi discursito la había puesto mala, y es que lo había ido vocalizando lentamente, susurrando con toda el alma; había podido ver cómo mi esclava se azoraba más a cada palabra y casi me sentí culpable. Casi. A fin de cuentas, para eso lo había escrito, memorizado y lo llevaba ensayando cuatro días delante del espejo - ¡Siento haberos engañado, de veras lo lamento, pero por favor, no me obliguéis a esto…!

     -Ooh… qué bonita te pones cuando suplicas… pero ya es tarde para eso. Andando. – Sólo yo sé cuánto trabajo me costó decir aquello. Todo mi cuerpo quería rendirse, pasar a casa con ella y dejar que ella ganase una vez, porque así podríamos follar, y así me sentiría el bueno, pero, ¡tenía que hacerlo, por una vez, tenía que ser malo! Tomé a Milady de la mano y la llevé de nuevo al ascensor. Parecía tan sorprendida al mirarme como si estuviese mirando a otra persona.


***********

     -Amo, me siento incómoda… por favor, ya… ya os habéis divertido, vamos a casa…

     -Relájate, Milady. Agárrate a mi brazo, y no me digas cuándo me he divertido, la diversión acaba de empezar. – Mi esclava caminaba junto a mí, y tenía que colgarse de mi brazo para lograr hacerlo erguida. Verla ponerse el tanga dentro del coche, me había puesto muy contento, había estado a punto de dejarlo correr y llevarla a un descampado en lugar de a donde tenía pensado, pero había conseguido ser fuerte una vez más… estaba notando que, aunque era duro contenerse, cada vez me costaba menos vencerme. Había dejado el coche lejos a propósito, para pasear con ella. Estábamos haciendo exactamente el mismo paseo que otra vez en la que habíamos salido juntos… cuando me obligó a vestirme de chica y ser Micaela, y mi ama lo sabía, sabía que íbamos al pub de cervezas donde, cuando iba conmigo como Micaela, ya nos llamaban las Lesbiprincess. El pub no estaba lejos de mi casa, hubiéramos podido ir a pie todo el camino, pero quería darle una vuelta en su coche. En parte porque era el sitio ideal para que ella se pusiera el tanga, en parte por pasearla y hacer que se sentara sobre él, sabía que así el efecto sería más rápido y cuando tuviese que caminar, estaría mucho más sensible.

     Milady cerraba los ojos cada pocos pasos y se estremecía cada tanto, debía estarle dando mucho gustito, y yo no podía dejar de fantasear en las perlitas rozando su clítoris sin parar, metiéndose por su rajita, acariciándola a cada paso… La calle no estaba abarrotada, pero sí concurrida, y todo el mundo miraba a mi esclava, tan bonita, tan guapa… y con un vestido transparente en una noche fresca que le ponía los pezones como balas.

     Finalmente, llegamos al pub, nos sentamos en la mesa que solíamos coger y eché una mirada al local. Caras conocidas nos miraron y susurraron, yo sabía que éramos el centro de atención, porque Ocaso, u Ocasito como decía mi ama en el pub, nunca había sido vista en compañía de hombres, sólo había traído a Micaela a ese pub, y la relación que tenían era más que evidente… se habían besado y metido mano delante de todos muchas veces, el que trajese ahora  a un hombre, era una novedad. Al sentarnos, le pasé el brazo por los hombros y la tomé de la mano.

     -Yérguete, Milady. Tienes un pecho precioso, quiero que todos lo miren.

     -Amo, por favor… todo el mundo…

     -Sí, todo el mundo te está mirando, lo sé. Precisamente para eso te he traído, ¿recuerdas? – la besé en la sien muy suavemente, y pude oír risitas en el local – Quiero que todos vean que esto tan bonito… es mío. – Milady me miró, y no supe si en su mirada había rencor o estupor, además, claro está, de la calentura que llevaba encima. – Voy a pedir bebidas. Si alguien se te acerca, sé amable, ¿vale?

    Mi esclava intentó retenerme, quizá pedirme que no la dejase sola, no llevando un vestido como ese y un tanga que le daba escalofríos de placer cada vez que se movía, pero le sonreí y me fui a la barra. Como me alejé, no vi que alguien le daba en los hombros a Ocaso, y cuando mi esclava se volvió, quiso morirse allí mismo.

     -¡Nélida! ¿Qué haces tú aquí? – dijo Ocaso. Que fue lo mismo que dije yo cuando volví con las bebidas y vi a la que había sido mi princesa, a la que me había tenido de pagafantas durante medio año, departiendo con mi esclava como si tal cosa.

    -¡Nélida! ¿Qué haces tú aquí?

    -Eres el segundo que me pregunta eso en menos de cinco minutos… ¿qué hacéis vosotros dos aquí… juntitos? – Nélida sonreía. No me gustaba nada esa sonrisa. “Imbécil, prepárate a jugar fuerte”, me dije, y me senté junto a Ocaso, tomándola de los hombros, mientras con la mano libre, me acaricié mi puntiaguda perilla alargada.

    -¿Recuerdas cuando te dije que esta barbita, no tenía que gustarte a ti? – sonreí. Ocaso parecía una tortuga, estaba haciendo ímprobos esfuerzos por ocultar la cabeza entre los hombros – Pues tiene que gustarle a ella. Mi ex princesa nos miró con falsa alegría.

     -Mira qué secreteros, qué calladito se lo tenían. ¿Y hace mucho de…?

     -No – corté. – No hace mucho. – Nélida pareció a punto de disparar el bombardeo de preguntas, y la corté antes de que empezase – Nélida, llevamos poco tiempo, así que comprenderás que nos apetece… estar solos. – Los hombros de mi esclava dieron un temblor y la sonrisa de mi ex princesa, vaciló.

     -Ah, sí, claro… bueno… ¡que me alegro un montón! Hasta el lunes… ¿o queréis que quedemos…?

     -Hasta el lunes – sonreí, y por fin se largó. – Eh… ya se ha ido, puedes alzar la cara.

     -Amo… esto, sobrepasa los límites.

     -¿Por qué?

     -¡Porque alguien se ha enterado de…!

     -¿De qué, Ocaso? – era la primera vez que la llamaba por su nombre, no Milady - ¿De que salimos juntos? Eso, no es nada horrible. Nélida sólo sabe que salimos juntos y que llevamos poco, no sabe nada de la naturaleza de nuestra relación, el lunes, si quieres puedes decirle que fui un rollete de temporada y que no vas a volverme a ver, o que sólo quedamos para tener sexo ocasional, o lo que tú quieras, pero tenía que sacárnosla de encima, ¿o hubieras preferido que la dejara aquí, y que se diera cuenta de lo que no llevas, y de lo que sí llevas?

     Ocaso pareció pensar con claridad al decirle aquello. Y algo debí decirle que le gustó, maldita sea mi sangre que no sé qué fue, pero se irguió con orgullo, echando hacia atrás los hombros y luciendo su precioso busto, y se pegó más a mí. Bajo la mesa, su mano acarició mi muslo.

     -Amo… me gustaría daros placer. Aquí y ahora. – Uno tiene su resistencia… pero hasta cierto punto. Y cuando la chica a la que quieres y te gusta, va sin ropa interior con un vestido transparente y un tanga de perlas, se te pega al pecho, te acaricia el muslo por debajo de la mesa y te dice esas cositas en voz baja, rebasas ese cierto punto, y lo rebasas como por seis kilómetros. Al menos eso me pasó a mí.

     -Voy al lavabo. Ven dentro de dos minutos – musité, y mi esclava sonrió. Y yo sonreí más todavía cuando, apenas pasé a los lavabos, casi ni se había cerrado la puerta cuando Ocaso estaba ya a mi espalda. Los lavabos olían a lejía y meados, pero yo sólo podía oler el aroma de su sexo, palabra que me llegaba a la nariz, su olor caliente y salado de cuando está excitada… Quise meternos en un cubículo, pero pensé “al cuerno con todo, quien entre que mire y rabie”, y la encajoné contra la pared, besándola, metiéndole la lengua hasta la campanilla.

     El cuerpo de Ocaso se estremeció al notar mi lengua sobre la suya, y mis manos acariciar su cuerpo. Quería ser más calmado, más juicioso, pero no podía, ¡no después de dos horas mirándola con ese vestidito transparente, y sabiendo lo que tenía en el coño! Hubiese dado cualquier cosa por destrozarle la ropa con las manos, y en su lugar, lo que hacía era sobarla, sabía que lo hacía con torpeza, con rudeza, como un adolescente alobado más como un amo dominante, pero qué importaba… qué importaba si Ocaso gemía de gusto y me tocaba a mí del mismo modo, apretándome los brazos, abrazándome por la nuca, dirigiendo sus manos a mis nalgas… y yo mismo se las llevé allí, invitándole a que apretara, lo que hizo de inmediato, y tuve que separar mi boca de la suya para tomar aire.

     -Oh, amo… amo, me hacéis perder la cabeza… me… me voy a perder por vos… - gemía Milady mientras le besaba el cuello, ese cuello tan sensible que tiene… a cada beso, a cada caricia de mi lengua en su piel, toda ella respingaba. Tenía una mano en sus pechos y otra en su culo, apretándola sin reparo, podía sentir su piel caliente bajo el estúpido tul, sus pezones erectos, y… y el tanga de perlas. Retiré la mano de sus tetas y le alcé el vestido, agarré el tanga y tiré de él. - ¡Aaaaaaaaaah….! – Milady se abrazó a mí con desesperación, tapándose la boca para intentar acallarse, tan roja que sudaba… ese grito de placer me sacó la poca cordura que aún me quedaba, me arrodillé frente a ella y lamí su sexo.

      Mi esclava tiritaba de gusto bajo mis caricias, mi lengua le acariciaba los labios húmedos y llenos de jugos, e hice a un lado la cadenita de perlas, chorreantes de su excitación, para lamerle el clítoris… pero apenas vi lo abultado y rojo que estaba, cuando me di cuenta de la piscina que tenía mi Milady en su entrepierna, decidí que necesitaba atenciones más ardientes que unas caricias con la lengua, de modo que me alcé nuevamente y me abrí la bragueta, mientras Ocaso asentía, abrazándome con una pierna. Me pegué a ella y embestí.

    Los dos nos quedamos sin aire… ¡Dios, qué estrecho, qué húmedo, qué calentito… aaah… me moría! Mi ama me miraba, sonriéndome, con su cara poniendo muecas de gusto preciosas y graciosísimas, y casi sin intervalo, empecé a bombear. No lo hacía con delicadeza, lo hacía a lo bruto, pero mi ama me sonreía, me miraba a los ojos sin casi parpadear, podía ver el placer en ellos, el deseo que había sentido durante todo el rato y que por fin le estaba saciando… yo, yo se lo estaba saciando. La tenía agarrada de las nalgas y se las apretaba y masajeaba sin descanso, y Milady me acariciaba la cara, el cuello, el pelo, mirándome a los ojos, dejándome leer su placer en ellos, gimiendo bajito mientras yo embestía como si quisiera atravesarla, saliéndome casi del todo para volver a meterme, qué bueno, qué buenísimo era, podía notar todo el recorrido, el calorcito bajarme hasta los huevos y picarme en el ano, me temblaban las piernas… y Milady me miraba con algo en los ojos… le brillaban. Toda ella brillaba.

     -Amo… amo… Amo, no paréis, por favor… - susurró, la voz entrecortada y los hombros temblorosos, y una sonrisa desencajada de placer en la cara, mientras sus dedos me acariciaban con una extraña ternura… y me pareció entender que se sentía feliz. Que algo de nuestro encuentro con Nélida, de mi modo de actuar con ella, le había tocado en el corazón. Fue demasiado para mí, el placer me atacó con tal fuerza que mis rodillas flaquearon y temí derrumbarme, mi polla tiró con fuerza de mis caderas y las embestidas se hicieron aún más salvajes. Ocaso dejó de acariciarme para agarrarse de mis hombros con fuerza y ocultó su cara en mi pecho, la pierna con la que me abrazaba dio un temblor, y supe que… que estaba llegando, se estaba corriendo entre mis brazos, conmigo dentro de ella, y el placer también me venció a mí, la apreté con fuerza, sintiendo que explotaba en su interior, que reventaba en un mar de dulzura y calor, cuyas olas se expandían maravillosamente por mi cuerpo, sintiendo los borbotones que escapaban de mi cuerpo, las contracciones en el culo, las tiritonas que me hacían temblar desde los hombros a las rodillas…

      Entre gemidos satisfechos, me sentí mimoso. Mi esclava frotaba su cara contra mi pecho, me abrazaba por la espalda y sus manos la recorrían a su antojo, metiéndose bajo mi chaqueta… le acaricié el cabello y la cara, apretando su cabeza más contra mi pecho, y cuando Ocaso dejó escapar un “mmmmmmh….”, me sentí el hombre más feliz del mundo. Quise preguntarle qué había dicho… qué había hecho que había ocasionado en ella tanto deseo de complacerme, y una bajada de la guardia tan bestial. Pero no lo hice, no podía hacerlo, un amo no hace esas preguntas. Me limité a recolocarle de nuevo el tanga de perlas, de modo que Ocaso dio un escalofrío delicioso, porque después del orgasmo estaba más sensible todavía, el tocarla “ahí”, le hacía ver las estrellas, si bien, no de dolor precisamente… Le estiré y coloqué bien el vestido y la besé una vez más, tomándola de la cara. Yo quería darle un besito pequeño, pero Ocaso me miró, una mirada como de… nostalgia, y fui incapaz de soltarla, y la besé de nuevo, un beso largo, en el que mi lengua franqueó sus labios lentamente y se encontró con la suya en medio de una caricia muy lenta, dulcísima, y permanecimos acariciándonos durante una eternidad de húmedo cariño. “No sé si va a durar….” Me dije “Pero durante este momento, estás enamorada de mí… puede que tanto como yo de ti.”.

     -Vámonos a casa, Milady. – susurré, con mi boca casi rozando la suya. Sus ojos entornados me miraban con deleite. Si en ese momento no me quería, es que era la mejor embustera que haya pisado jamás la Tierra. – Quiero seguir jugando, y quiero hacerlo con tranquilidad, donde nadie pueda molestarnos.

     -Sí, por favor, amo mío, mi buen amo…. – al oírla decir aquello con el tonito suplicante y melosón con que saboreó las palabras, de nuevo me tuve que contener, porque otra vez mi cuerpo empezaba a pedir fiesta.


************


     “Has sido listo. Más de lo que yo pensaba, no me importa admitirlo… porque cualquiera puede ser listo una vez”, pensaba mientras volvíamos a casa andando, el maldito tanga se deslizaba sobre mi sexo con una lentitud torturadora, no podía dejar de pensar en mi clítoris siendo acariciado por la redonda perlita, ahí… la notaba perfectamente, y cuando se desplazaba y mi clítoris quedaba atrapado entre dos perlas, ay… mmmh, qué gusto daba, los escalofríos me subían por la espalda hasta los hombros y temblaba… Mi amo Athos se daba cuenta de ello y me apretaba contra sí, invitándome a que me recargara más en su brazo, lo que hacía con gusto, porque las piernas me temblaban y casi no podía andar. Por un lado, quería quitarme la dichosa prenda torturadora, pero por otro… acariciaba tan dulcemente, la superficie lisa y redonda era tan suave y agradable, los escalofríos eran tan insoportablemente deliciosos… quería que mi amo jugase conmigo, tenía muchas ganas de llegar a su casa y que me diese gusto, y darle placer a él. Había que ser justos, hoy se lo había ganado. Por eso, no me importaba ser cariñosa hoy… hoy. Habría que ver si era capaz de seguírselo ganando, o si aquello había sido “sin reglas del arte, borriquitos hay, que una vez aciertan, por casualidad”.