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jueves, 29 de mayo de 2014

La más dulce tortura es el dolor de corazón.


   



     


      Estaba blanco de yeso, me dolían los brazos, tenía los hombros agarrotados y estaba lo que se dice un poco bastante hasta los cojones… pero si aguantaba, me daría por satisfecho. Jibó con el juguetito de las narices, no había sido suficiente vergüenza comprarlo, y eso que me habían ayudado… estaba frente a ellos en el sex-shop, y cogí uno, casi el primero que vi, porque era baratito, pero había un tipo a mi lado, un tipo trajeado, altísimo y un poco mofletudo, que olía mucho a colonia barata, que me dijo “no se lleve ese… créame, es incomodísimo y no aguanta nada. Éste otro es un poco más caro, pero es mejor, más resistente, y lo que es más importante: muchísimo más cómodo…. Puedo garantizárselo”, y la verdad que me convenció, pero tenía un modo de hablar tan… natural, de algo tan íntimo, que admito que me sentí tan cortado como una vez que mi padre me compró preservativos. Lo hizo con buena intención y se lo agradecí, pero, caray, qué rato… Pero por lo visto, el tipo sabía lo que se decía, porque el de la tienda le tuteaba y todo, en plan “hola, Jean, buenas tardes, ¿qué tal hoy…?”… En fin, que no contentos con la vergüenza, me estaba costando Dios y ayuda instalarlo, ya era la tercera vez que se caía, y me había cargado parte del techo con la tontería, que había tenido que arreglar yo solito, porque como para explicar algo así al seguro… En fin, había que probarlo… por favor, por favor, que aguantase de una cochina vez… Me agarré a las cintas negras y tiré, no quería colgarme a lo loco y pegarme otra culatada, como antes, todavía me dolía, ibas a ver qué risa  cuando Mariposa viese el moratón que me iba a salir en el culo… Tiré, y los pernos siguieron en su sitio. Con cuidado, retiré un pie de la escalera e hice fuerza. Aguantaba… retiré los dos pies y me colgué por completo. ¡Y aguantó! Quise reír a carcajadas, ¡por fin! Llevaba toda la tarde, y el día anterior, peleándome con él, pero al final lo había conseguido. Y si aguantaba mi peso, aguantaría de sobras el de mi esclava.

     Sonreí al pensar en ella. Ocaso, Mariposa, Milady… daba igual qué nombre utilizase, era ELLA. Punto. Como mi ama, hacía su antojo de mí, y me encantaba, lo adoraba. Como mi esclava, era yo quien, al menos, intentaba cogerla lo suficientemente por sorpresa como para tenerla a mi  merced por un ratito, y la última vez, lo había conseguido. Tenía que volver a conseguirlo, no quería pensar que el mes que ella me había concedido para comprobar si nos enamorábamos, o si al menos yo conseguía interesarla lo suficiente para seguir viéndome fuera de sus sesiones habituales de dominación, estaba a punto de extinguirse, quedaba poco menos de una semana para que cumpliese el plazo. No quería pensarlo, pero mi cerebro me machacaba con ello. Quería hacerme la ilusión de que lo estaba logrando, que nuestro último encuentro le había gustado de verdad, que no querría perder eso… pero tenía un miedo  espantoso a haber sido capaz de interesarla sólo una vez. Si no conseguía repetirlo, Milady perdería el interés y yo la apuesta, y mi oportunidad de tener una relación fija con ella, de hacerla mi pareja definitivamente, o al menos de que me permitiera estar con ella de otro modo aparte del sexual, por más que me encantase tener sexo con ella.

      “No te apures, Imbécil” me dije a mí mismo “Si te pones nervioso, ella lo aprovechará, se pondrá encima y perderás tu oportunidad. Mantente frío y tranquilo, y no dejes de ser tú mismo…”. Sabía que tenía razón, pero eso, era más sencillo decirlo que hacerlo.


*************


     “Hoy tengo una sorpresa para ti, Milady, voy a divertirme mucho contigo esta tarde”, decía el mensaje que me envió, esa misma mañana. ¿Qué pretendía, ponerme nerviosa? ¿Creía que yo iba a desbocarme como hacía él, que sería incapaz de dominarme? Pues estaba equivocado. Sí, es cierto que la vez anterior, en nuestro último encuentro, no había estado mal. Me había cogido por sorpresa, lo admito, me hizo salir con él poco menos que medio desnuda, y llevando un tanga de perlas que me había encantado usar… pero eso, no quería decir que fuese ningún maestro del sexo, ni menos aún que pudiese sorprenderme. Sorprenderme él a mí… qué gracioso. YO era su ama, este jueguecito de fingir que él era el amo para ver si así conseguía interesarme lo suficiente para seguir saliendo con él pasado el mes de prueba que me había pedido, no era más que eso, un juego. Un estúpido juego, en el que yo ganaría, como siempre. Llevaba ejerciendo de ama con él ya casi dos años, y antes que a él, había tenido muchos esclavos más, incluso esclavas un par de veces. No dejaba de reconocer que Imbécil, había sido el mejor, con mucho. Había nacido para ser esclavo, era humilde, dócil, servil, vivía su autoestima a través de lo satisfecha que yo quedaba de él, y se le daba muy bien suplicar… no había nada con lo que me pudiese atacar, no podía quedar por encima de mí. En nuestro último encuentro, se lo había trabajado, y por eso yo, yo le había permitido tener la ilusión de que mandaba y le había dado mimos y había sido buena con él. Pero yo sabía que el más tonto, puede acertar por una vez en la vida. No lo lograría una segunda vez.

     Oí un “crac” justo bajo mi cara, y miré. Mi bolígrafo estaba roto, yo misma lo había partido en dos con las manos, a pesar de no haber movido ni un músculo de la cara. Tiré los restos a la papelera y cogí un boli nuevo del bote de escritorio. No.

     …No lo iba a admitir, no lo admitiría jamás… nunca diría, ni siquiera a mí misma, que mi modo de actuar de nuestra cita anterior, no había sido tanto por su inventiva, sino por su modo de portarse y de ser. Por… por dejarme elegir.

    Me llamo Ocaso y sufrí abusos sexuales durante mi niñez y parte de mi adolescencia, por un familiar. Me hizo odiar al género humano, a los hombres, y al sexo por “amor”. Decía quererme mucho, decía que lo hacía para protegerme de los niños malos, para que yo supiera qué cosas no me tenían que hacer, pero que él podía hacérmelas porque era mi tío y me quería mucho. Yo no quería que me quisiera tanto, ni que me hiciera esas cosas. Se lo dije, se lo pedí muchas veces. Nunca me escuchó. Siempre me decía que era lo normal, lo natural, que un tío se preocupara por su sobrina sin padre y la cuidara y quisiera. Que debía dar gracias a Dios por tener un tío tan bueno como él, un ministro del Señor que se ocupaba de ella… yo, creyente entonces como niña que era, rezaba porque Dios matase a mi tío. Tampoco Él me escuchó nunca. Y entonces, empecé a pensar que no hay nada más horrible que alguien te obligue a hacer algo que tú no deseas. Que alguien decida por ti, que no te dejen actuar como tú crees que debes o tomar decisiones en tu propia vida… Mientras viví con él, yo nunca pude hacer nada de lo que yo quería. No podía leer lo que quería, sólo lo que él me daba. Jamás leí un tebeo o un cuento, sólo vidas de santos y la Biblia. No podía ver la televisión, no podía jugar con otros niños, no podía pasear, ni hacer deporte, ni hablar con nadie, ni siquiera beber bebidas con gas. Para él, todo eso era pecado, y yo, que ya estaba manchada del pecado por ser hija ilegítima, debía cuidar especialmente mi alma y no hacer nada de eso. Él decía que cuando creciese lo suficiente, me metería en un convento para ser una excelente monja y purgar así mi pecado de haber nacido de madre soltera, y para él, era un hecho consumado que no aceptaba discusión. Yo también lo acepté por un tiempo, hasta que decidí que no iba a dejarle dirigir por más tiempo mi vida.

     En nuestra última cita, de “mi amo” y yo, nos habíamos encontrado con una compañera del trabajo, Nélida, quien había tenido de pagafantas a mi compañero durante casi medio año, calentándole las pelotas sin llegar jamás a nada… La relación que mantenemos Imbécil y yo, o Athos y yo, que es como desea que le llame cuando juega a ser mi amo, es secreta. Nadie sabe que tenemos sexo, ni menos aún, que lo tenemos en una relación de dominación… cuando nos descubrió, me sentí aterrada, no quería que nadie anduviese haciendo bromitas o diciendo que éramos pareja… pero mi amo, después de despacharla para que nos dejase en paz, me dijo que, en realidad, Nélida no sabía nada. Sólo nos había visto, y él le había dicho que salíamos juntos y llevábamos poco. Que yo podía decirle el lunes que sólo éramos un rollo de temporada, que no había nada serio entre nosotros, que… que podía decirle lo que YO quisiera. Me dejó elegir. Me dejó ser yo misma quien tomara la decisión que más me conviniera. Y eso me desarmó.

     He conocido muchos hombres en mi vida. La mayoría, por no decir todos, pasado un tiempo, se cansaban de ser esclavos, y querían mandar, tomar, decidir… lo de la esclavitud, era sólo un pasatiempo, y yo misma lo tomaba así. Cuando querían pasar a mayores, cuando querían quedar por encima, entonces, todo se acababa. Yo rompía, porque no les quería como nada más que como mis esclavos, porque no quería que me pasase lo que a mi madre, no quería verme abandonada después de haber depositado mi confianza en otra persona. Todos me prometían amor, pero ni ellos se lo creían. Imbécil es un caso aún más grave, porque él también me lo promete, pero es que encima, SE LO CREE. Es un caso perdido, piensa que el amor, existe, ¿se puede imaginar memez mayor? La palabra “amor” es lo que se utiliza para conseguir cosas de las personas. Para conseguir sexo, dinero, comodidades, compañía, que te hagan el desayuno… y generalmente, uno siempre da, y otro siempre recibe, y la dirección nunca se cambia. Lo que conocemos como amor, es la más egoísta de las pasiones humanas. Lo disfrazamos de altruismo, desprendimiento y entrega en las canciones y en los poemas, y en realidad es la mayor expresión de salvaje avaricia y voracidad de la que somos capaces, y a las pruebas me remito: mi padre biológico, a quien tuve la fortuna de no conocer jamás, decía estar enamorado y querer mucho a mi madre… y la quería tanto que la violó y la abandonó después, acusándola de que si se había acostado con él, podía haberse acostado con cincuenta puestos en fila, y que si estaba embarazada, no era de él. Mi tío decía querer mucho a mi madre, y a mí. Nos quería tanto que abusó de mi madre, la hizo vivir castrada, la pegaba, y finalmente le estampó la cabeza contra el suelo en uno de sus habituales ataques de ira, y la dejó mentalmente lisiada para siempre. Mi madre no tiene aún cincuenta años, pero parece que tenga ochenta, aunque ella cree que tiene quince o dieciséis, cuando se quedó en estado de mí. Todo eso, le vino por el amor.

    Mi tío también decía quererme mucho. Tanto, que abusó de mí, me pegó, convirtió mi infancia en un infierno, y cuando le planté cara, me sacudió hasta señalarme y me encerró en el sótano de su parroquia durante meses, dándome para comer las sobras de sus comidas, y diciéndome día tras día que rezara pidiendo el perdón de Dios, porque él, no iba a darme el suyo. Que era una desagradecida y no merecía ni esas sobras, que con ellas podría alimentar a un perro que le sería más útil y más agradecido que yo. Tenía que hacer mis necesidades en un cubo que mi tío se llevaba día sí, día no, y dormir en el suelo, sobre una sábana doblada, sin mantas. Un día le pregunté cuándo me dejaría salir de allí. Me pegó en las costillas con su bastón y me dijo algo que ya estaba harta de oír desde mi infancia: “En el Infierno hay un reloj, que sólo marca dos cosas “Siempre” y “Jamás”. Cuando un condenado pregunta “¿hasta cuándo estaré aquí?”, el reloj marca “Siempre”, y cuando un condenado pregunta “¿cuándo me podré marchar?”, el reloj marca “Jamás””. Hubiera querido tirarme contra él, aunque sabía que era mucho más fuerte que yo, pero sólo por darme el gustazo de golpearle, morderle aunque fuera, de devolverle una pizca del daño que me estaba haciendo, pero estaba tan débil por el frío y el hambre que pasaba, que no pude. Se rió de mí, y vi con dolorosa claridad que estaba dispuesto a dejar que me pudriera allí. No sé qué inventaría para explicar que yo ya no iba al instituto, ni me importaba, sabía que era capaz de dejarme allí por siempre; me sentí tan impotente, tan rabiosa… que sólo quise llevarle la contraria de cualquier manera que pudiera, y, puesto que era imposible escapar por la puerta y en el sótano no había ventanas, ni troneras, ni nada similar, decidí que escaparía definitivamente matándome.

    Al día siguiente, cuando me llevó la comida (restos de una chuleta de cerdo, exactamente cuatro patatas fritas y un pico de pan, no podré olvidarlo nunca), le dejé sermonearme como hacía cada día, diciendo cuánto trabajo le daba a un pobre anciano como él, y qué ingrata era yo, y qué astuto el Diablo, que me había dado forma de niña inocente, incluso bella, y no era más que una mujer vil, un demonio, una criatura impura… cuando se marchó, tomé el cuchillo de la carne, cerré los ojos y me corté las muñecas, primero la izquierda, luego la derecha. Me tumbé. Y esperé. Sintiendo mi sangre acariciar mi piel con tanta suavidad, pensé que, irónicamente, la muerte era lo más agradable que me sucedía en mucho tiempo…

     Recuerdo que vi una luz, y pensé estúpidamente “¿será verdad que existe el Cielo?”, hasta que me di cuenta que era una lámpara fluorescente, colgada de un techo blanco. Y una parte de mí quiso gritar “¡NO, MIERDA!”, pero ni para eso tenía fuerzas, cuando me di cuenta que estaba viva… aborrecí esa luz con todas mis fuerzas, la detesté, hubiera dado cualquier cosa por apagarla, por apagar todas las luces. Estaba en un hospital, con las muñecas vendadas y un gotero conectado al brazo, lleno de líquido rojo. Quise arrancármelo de cuajo, pero la enfermera que estaba a mi lado, me lo impidió, y avisó fuera que yo me había despertado.

     Pensé que volvería al sótano, que mi tío me mataría a bastonazos o que me dejaría sencillamente morir de hambre y sed… pero en lugar de eso, renací. Mi tío dijo que se declaraba incapaz de ocuparse de una criatura ingrata y malvada como yo, que sólo conseguiría matarlo a él a disgustos, o tal vez asesinarlo, visto el poco respeto que me inspiraba la vida humana, y cedió mi custodia al Estado. Como había intentado matarme, me internaron en una clínica de salud mental. Dicho así, suena horrible. Para mí, fue el paraíso. Libre por primera vez en mi vida. En la clínica tenías que despertarte a una hora, estudiar, comer, tomar tus medicinas y acostarte a otra hora, sí pero si querías leer algo, podías hacerlo. Si querías ver la televisión, podías hacerlo. Podías hablar con quien quisieras, es más, te animaban a ello. Llevaba pocos meses allí cuando dijeron que parecía imposible que yo hubiera intentado suicidarme en alguna ocasión, y prepararon mi marcha, a una residencia juvenil, donde viviría hasta que pudiese independizarme.

     En aquélla residencia, conocí a un chico. Él fue mi primer esclavo, aunque ya no recuerdo cómo se llamaba, fue más una relación de aprendizaje. Me di cuenta que por una vez, no solamente era libre, sino que era capaz de mandar en otros, además de en mí misma. Y que el amor, no existía. Aquél chico, igual que el que violó a mi madre, sólo deseaba sexo de mí, y cuando se lo ganó, se lo concedí, con mis condiciones. Y le hice saber que serían esas, y no otras, que si quería sexo, sería donde, cuando y como yo lo decidiera, y él lo tomaría así, y estaría agradecido. Porque si no, tendría que usar la manita y el Canal Plus sin descodificar. Aquél chaval me hizo darme cuenta que, cuando los hombres piensan con el cerebro de abajo, cosa que les sucede muy a menudo, son muy fáciles de manejar; ellos dicen “prometer hasta meter, y una vez metido, olvidar lo prometido”, pero esa frase, se les puede aplicar a ellos a la perfección. Promételes que podrán guardar su cosita en tu cuerpo, menos aún, que vas a dedicarles sólo un rato de mimos, y los tendrás dispuestos a hacer cualquier cosa a cambio. Cualquier cosa. Mi tío usaba bastón por culpa de un esguince mal curado en el tobillo izquierdo. Después de mi primer esclavo, se convirtió en una fractura de rodilla mal curada, causada por la agresión de un gamberro con un bate de beisbol.

     Estudié oposiciones de contabilidad, pude entrar a trabajar de auxiliar en un banco, y más tarde, obtener un puesto fijo, tener más esclavos con el tiempo… pero lo mejor, lo mejor de todo, era ser mi propia ama. Nadie volverá a engañarme nunca más con cuentos del amor, e Imbécil no va a conseguirlo tampoco. Pero admito que su invitación animosa a que fuese yo quien conservase las riendas… nunca hubiese esperado algo así de nadie, y menos aún, de un hombre. De un esclavo que pretende que me enamore de él… a veces, eso me saca de quicio; Imbécil, en su estupidez, es impredecible. No obstante, fuese como fuese, le había dado ya su premio la otra vez. No lo conseguirá una segunda, yo lo sabía.


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     “Cuando salgamos, hazte la remolona y camina despacio”, le dije en un correo. Milady no me contestó, pero cuando miré por el borde del panel de mi puesto de trabajo y capté su mirada, oculta tras las gafas de sol,  vi como asentía muy levemente con la cabeza. Suficiente. Aquél día era viernes, salíamos antes, a las dos menos cuarto, las dos como muy tarde, todos nos hemos largado… y yo estaba deseando, deseandito que llegase la hora. Cuando por fin dieron menos cuarto, la mayoría se desconectaron, salvo los que estaban en mitad de alguna cosa o alguna llamada… que no serían más de dos o tres, porque todo el mundo deja de hacer cosas a eso de menos veinte… y Ocaso. Ella, no se levantó, ni dio muestras de empezar a recoger nada. El ver cómo me obedecía, me empezó a poner contento sin que pudiera evitarlo, y tuve que ponerme freno, no podía levantarme de la silla con una erección. Mi amigo Ricardo pasó por mi lado dándome una palmada en el hombro y guiñándome un ojo. No era idiota, todo lo contrario, era muy listo, y se daba perfecta cuenta que, curiosamente, sólo “La chica invisible” y yo no estábamos recogiendo, pero afortunadamente también fue discreto y se marchó sin abrir la boca. También Nélida, mi ex princesa, recogía muy despacio, quería quedarse a curiosear, hasta yo me daba cuenta. Empecé a ordenar todo, a guardar cosas en cajones y cerrar sistemas, y, mágicamente, también ellas aceleraron. Nélida no podía quedarse ahí mucho rato sin que su presencia fuese incómoda, así que, puesto que yo recogía con toda calma, y ella hacía tiempo que había acabado, pasados un par de minutos tuvo finalmente que marcharse, fingiendo (muy mal, por cierto) una sonrisa amistosa y diciendo “hasta el lunes”. Cuando salió por la puerta, me dieron ganas de abalanzarme sobre Ocaso como un sátiro furioso y empezar a bombear con las caderas; me imaginé desnudo, abrazado a su pierna y frotándome contra ella como un perrito, jadeando, babeando, lamiéndole el muslo, sintiendo mi polla acariciarse contra su piel suave… Buffffffffffff…. “cálmate, Athos… no eres Imbécil, eres Athos, TÚ eres el amo, no ella. Sé fuerte”.

     Pero eso, era más fácil pensarlo que conseguirlo. Me ahuequé un poco el pantalón, intentando que mi estado se disimulase, y me puse a pensar en cosas aburridas mientras me levantaba y cogía la chaqueta que había colgada en mi silla. La sostuve doblada en mi brazo, frente al cuerpo, de modo que me ocultase el mástil. Ay… ni siquiera era fácil andar así. La molestia y el ligero dolor me ayudaron, y sentí que empezaba a descansar armas, menos mal. Pasé junto a Ocaso y la miré de refilón. Ella ya se estaba poniendo el chaquetón azul oscuro que llevaba sobre el vestido marrón de escote cuadrado que yo conocía bien. Ese vestido le dejaba al descubierto el cuello, ese cuello tan sensible que podía llevarla al orgasmo si uno sabía dónde morder y chupar, y aunque en aquélla ocasión me había suplicado que parara, que por favor me detuviera, aunque hubiera podido ver los ojos de mi ama detrás de la máscara de mi esclava ordenándome que parara de inmediato, aún así, se había vuelto a poner ese tentador vestido. “Le gustó”, pensé. Y hubiera querido pegarme un martillazo en la entrepierna, otra vez estaba pidiendo guerra.

     Salí del banco, que está dentro del centro comercial, en cuyo interior también está la parada del Metro por la que salía todos los días, pero hoy no iba a tomarla. No aquí. Paseé muy despacio por el centro, fingiendo mirar las tiendas, hasta la salida. Un sol luminoso y brillante me hizo entornar los ojos. Di un par de pasos y  me volví hacia la puerta, mirando la gente entrar y salir, y esperando… ahí estaba. Milady se acercó a la puerta, miró el cielo y vaciló. Lleva siempre gafas de sol porque es fotofóbica, por eso prácticamente nunca, recordé, la había visto salir del centro comercial, siempre se metía directamente al Metro, si bien tomaba una línea distinta a la mía. Por eso le gustaba que siempre mi casa estuviese a oscuras, por eso le gustaba venir a eso de las cinco o las seis, cuando las peores horas de luz ya habían pasado. Ahora, la estaba haciendo salir al sol, y no al sol flojito del atardecer, sino al solazo de las dos de la tarde que, a pesar de ser otoño, aún podía achicharrarte vivo y te hacía lagrimear los ojos. Milady no se movía. Miraba el cielo. Me miraba a mí. Sabía que no podía desobedecerme. Había logrado, como astuta que era, dominarme algunas veces pese a ser esclava, quedar por encima de mí, pero no podía desobedecer. Sonreí y le hice un gesto con la cabeza para que saliera.

     Mi esclava se mordió el labio inferior, y aún a distancia y a través de sus gafas de sol, me pareció leer en su gesto un “pagarás por esto, Imbécil”, pero tomó la barra de la puerta y empujó. La vi cerrar los ojos y protegerse con una mano el rostro. Sé que debí haberla dejado recorrer sola los pocos pasos que la separaban de mí, pero… pero lo cierto es que me encontré frente a ella, haciéndole sombra y tomándola por los brazos. Milady abrió los ojos al notar mi sombra y sonrió aliviada al verme allí. La tomé de los hombros y echamos a andar. No dijimos absolutamente nada, y no me pareció raro. No nos hacía falta.

     Me sentía tan bien caminando junto a ella, teniéndola cogida de los hombros, era tan agradable pasear como una pareja normal, como una pareja, punto. Mi mano, en su hombro, empezó a acariciar arriba y abajo por su brazo. Milady me miró y sonreí. Había muchas preguntas en sus ojos, muchas, pero ninguna salió de sus labios. En lugar de eso, casi con miedo, como si temiera que le dijese que no, reclinó suavemente la cabeza hasta apoyarla en mi hombro. Se me descolgó la cara en una sonrisa tan estúpida, que a un chiquillo que venía en dirección contraria se le escapó la risa con disimulo, y cuando nos rebasó, le oír reír con ganas. Qué me importaba, estaba contento, y la apreté un poco más contra mí, y, creo que de forma instintiva, el brazo de Ocaso me rodeó por la cintura, ¡qué dulce escalofrío! Temblé de tal modo, que la oí sonreír, y era su sonrisa pura, no su sonrisa de superioridad, de ama… sino su risa de niña, la risa que tiene cuando olvida todo, cuando es Ella.

     Hubiera querido permanecer en ese momento perfecto para siempre, pero al mover la cabeza para estirar el cuello, en la acera de enfrente, vi una figura familiar. Familiar y detestable. Era Nélida, nos estaba siguiendo. Quedaba claro que, aunque ella me hubiese tenido a mí de pagafantas y me hubiese rechazado después de seis meses bailándole el agua, aunque yo lo hubiese pasado fatal por ella y por su rechazo, si me reponía, iba detrás de otra chica y ella me correspondía, aquello no le gustaba ni una pizca. De repente, había perdido a un admirador, ya no era la más guapa, la más adorada ni la princesita, y eso le molestaba. Para el lunes, Ocaso y yo íbamos a ser el runrún de toda la oficina, nos iban a llamar los tortolitos, nos cantarían aquello de “somos novios, nos brindamos un cariño limpio y purooo…”, y otras chorradas. Y yo soy vergonzoso, pero a mí me daría más o menos igual, es más, seguro que me daba la risa, pero Ocaso no era yo, ella era fuerte como Mariposa, pero como Ocaso era muy tímida, lo pasaría fatal… pues vale, si íbamos a estar en boca de todo el banco, se me ocurría una manera mejor de estarlo.

     -Milady. – susurré. – tenemos un espía, ¡no, no te vuelvas! – susurré, casi atenazándola contra mí, porque su primer instinto fue mirar a todas partes. – Sabes quién es sin verla, ¿verdad?

     -Temo que sí, amo, ¿Nélida?

     -Premio. – mi esclava agachó la cabeza, avergonzada, temiéndose exactamente lo mismo que yo respecto al lunes. Tenía que contarle mi idea enseguida, o se echaría atrás, y quizá no quisiese continuar. – Milady, escucha… Ahora mismo, tú tienes vergüenza porque nos ha visto, y temes que se vaya de la lengua, y se irá. En este momento, ella está rabiando de ganas porque llegue el lunes para contárselo a todo el mundo. Pero podemos hacer que sea ella la que sienta tanta vergüenza, que no se atreva ni a contarlo. O que si lo cuenta, quede ella peor. ¿Te atreves? – imperceptiblemente, Ocaso asintió. Lentamente, detuve nuestro paseo y me puse frente a ella, tomándola de una mano y acariciándole la cara con la mano libre – Voy a darte un beso. Y no va a ser un besito inocente, y quiero que hagas ver que no sólo te gusta, sino que me lo devuelvas con la misma intensidad. Quiero que la gente se pare a mirar y le den ganas de echar monedas, ¿entendido? – Ocaso se puso colorada, y qué bien le sentaba; asintió.

     No me importa reconocerlo: las rodillas me temblaron un poquitín. Sólo un poquitín, pero es que era la primera vez que la besaba a la luz del día, a la vista de todos. Tomé aire, le acaricié la cara y lentamente puse mi boca en la suya, sin cerrar los ojos. Milady entornó los suyos, pero viendo que yo no los cerraba, también ella me miró. El corazón parecía querer salir de mi pecho cuando mi lengua se encontró sus labios entreabiertos y se abrió paso entre ellos, y la lengua de mi esclava salió a recibirme. Apreté a Ocaso en mis brazos, cabeceando contra ella, mis ojos querían cerrarse de placer, pero no se lo permití, quería seguirla mirando; durante un breve instante, al apretarla contra mi pecho, puso los ojos en blanco, y mis caderas dieron un empellón sin que pudiera frenarlas; la pierna de mi esclava acarició las mías, y de pronto la sentí casi en mis nalgas, mmmmmh… me estaba abrazando con la pierna, acariciándome con ella, sentí su talón en mis corvas y mis manos bajaron de golpe a sus nalgas y las apretaron con furia, moviéndolas. Empecé a oír silbidos, un “¡pero qué vergüenza!”, pero me importaba dos pimientos, no pensaba parar, ni… ni podía hacerlo. Las manos de Ocaso se paseaban a placer por mi espalda, bajando también hasta mis… ooh, cuando sus manos me apretaron del  culo, un sonoro gemido salió de mi garganta, y oí sonreír a mi esclava, que había notado el golpe de aire en su paladar. Dios, ahora SÍ que tenía que parar, por favor, tenía que frenarme, por favor que fuese capaz de detenerme… ¡o era capaz de hacerle el amor en mitad de la calle!

    Con todo el dolor de mi corazón, pero me fui separando de su boca, Ocaso parecía no querer dejarme escapar, gimió lastimeramente cuando notó que me alejaba, y apresó mi labio inferior entre los suyos, qué suavecito, cómo resbalaba; me besó la barbilla, lamió mi puntiaguda perilla negra, el cuello, y yo gemía sin poder contenerme, apretándola contra mí como si la quisiera exprimir…. “¿Qué están haciendo, mamá? ¿Qué hacen?” oí como de muy lejos. Con los ojos casi cerrados de gusto, pero logré mirar hacia la acera de enfrente. Como yo suponía, Nélida no estaba allí. “Creo que la hemos asustado”, me dije, sintiendo dulces cosquillas de los besitos suaves de Ocaso en mi cuello. Sonreí, acariciando las nalgas de mi esclava, el hueco de los riñones, la raya de la columna… agaché la cara y besé su cuello, y Ocaso se estremeció de la cabeza a los pies, tapándose la boca para ahogar un gemido. Noté que alguien nos miraba fijamente, y volví la cara al otro lado. Había cuatro chicos sentados en un banco. Uno de ellos era muy alto y estirado, con el pelo rizado de color rubio anaranjado, el mismo color de un melocotón, la otra estoy por asegurar que era una chica, porque parecía tener tetas y tenía un rostro bastante bonito y fino para ser un chico, pero por sus ropas de camuflaje y su pelo desastrado, nadie lo hubiera jurado. El tercero era un chico de cara redonda sin afeitar y pelo negro, que bebía de una lata metálica de aceite para motores diesel, y el cuarto era un muchacho gordito con una diminuta perilla bajo el labio inferior, que llevaba una gorra roja vuelta del revés y tenía sobre las rodillas un Manual de Dungeon Master y un cuaderno, del cual arrancó hojas para todos. Mirándome mientras asentían levemente, levantaron las hojas: 8.9; 9.1; 7.9; 9.9.


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     -Aún no te desnudes, sólo siéntate y mécete. – Pedí. Mi esclava me miró, y miró el cachivache que pendía del techo de mi cuarto, y me sonrió. Una sonrisa entre pícara y dulce. Se acercó al columpio que tanto trabajo me había costado colocar, y tocó las anchas cuerdas negras que lo sostenían, revisó las bandas acolchadas de los asientos, miró el estampado de corazoncitos rojos sobre fondo negro que decoraba el acolchado, y dio un par de tirones experimentales de las cuerdas… tal vez alguien que no la conociera como yo, podría pensar que ella se sentía un poco intimidada por el juguete. Yo sabía que estaba probando su solidez y haciéndose una idea de su comodidad, calidad… me alegré de haber hecho caso al tipo de la tienda cuando la vi asentir, satisfecha.

     Nada más llegar a casa, había hecho que Ocaso se sentase en mi salón, donde las persianas estaban bajadas y las cortinas corridas, y apenas se veía nada, salvo la mesa que yo había preparado la tarde anterior, con velitas y todo. Encendí las velas y le pedí que aguardara mientras me cambiaba. La verdad,  hubiera deseado desnudarme ante ella, ver en su cara qué pensaba cuando me quitase la ropa, pero yo era un amo, tenía que conservar el misterio, de modo que fui a la cocina, puse el horno a gratinar y enseguida me desnudé a toda prisa en mi habitación, y me puse el elegante pijama negro que uso con ella. Para entonces, un agradable aroma inundaba toda la casa. Saqué del horno la lasaña de verduras que había hecho (particularmente, opino que la lasaña, TIENE que ser de carne pero era mejor que el plato fuese un poco ligero, o después de zampárnoslo, no nos íbamos a poder ni mover), y la llevé al salón. Mi ama tenía una expresión de estupor decididamente cómica cuando puse una porción en su plato. Y cuando soltó un “hmmm…” al probarla y me sonrió, creo que me sonrojé un poco, pero a la luz de las velas, no se notó.

     Mientras comíamos, quise sonsacar, o simplemente hablar de algo con Milady, pero era muy difícil traspasar su muro; cada vez que la conversación iba más allá de lo intrascendente (el trabajo, el tiempo, su estado de ánimo…), ella cambiaba radicalmente de tema, volviendo a lo delicioso de la comida, o a las ganas que tenía de estar conmigo. En una ocasión le pregunté directamente “¿Qué es lo que más te gusta?”. Milady contestó sin vacilar “Los espárragos trigueros, amo. Están perfectamente cocinados, porque habéis quitado la parte dura, y los habéis cortado para que no sean largos como spaghetti, y los habéis cocido sólo lo justo para que estén tiernos sin que pierdan vitaminas, y no queden con fibras sueltas de esas largas que sobresalen por las láminas de pasta… es un error muy común…”. Me puse serio, o al menos lo intenté, y dije “No te he preguntado eso, y tú lo sabes, ¿qué es lo que más te gusta?”. Milady también se puso seria, y de repente noté su pie apretar mis pelotas por debajo de la mesa, y casi se me salió la bechamel por la nariz. “Esto” contestó. Y me maldije por ser tan blando, pero nadie me había acariciado nunca con los pies, y menos eso tan travieso de hacerlo bajo una mesa. Cerré los ojos de placer mientras sentía cómo mi erección crecía, y a fin de cuentas, tampoco había ido tan mal: puede que mi esclava no me hubiese contestado directamente, pero ahora sabía algo más de ella. Que sabía cocinar.

     Milady se sentó en una de las bandas acolchadas del columpio, primero con prudencia. Luego, viendo que aguantaba bien, se acomodó y empezó a mecerse como le había pedido. Lentamente, me agaché y coloqué debajo de ella. Con el vestido que llevaba, no se veía gran cosa, pero tenía su redondo  y precioso trasero justo sobre mí, y sus piernas… vistas desde ese ángulo, parecían más bonitas todavía. Alcé la mano y dejé que, sólo con el balanceo, su piel se acariciase contra mis dedos.

     -Amo, ¿de verdad no queréis que me desnude? – preguntó Milady, columpiándose suavemente. Me alcé.

    -No. Tú no. – Acaricié la línea de su rostro, hasta la barbilla, y llevé mis dedos a sus labios. Sin dejar de mirarme a los ojos, mi esclava los capturó en su boca y lamió, succionó… quería mantenerme frío, pero su lengua paseándose por entre mis dedos me hacía ver las estrellas. Con esfuerzo, los saqué de entre sus labios y me puse a su espalda, para bajar la cremallera del vestido. –Tienes una espalda preciosa, Milady. – dije, acariciándole los hombros, suaves y… no había tirantes ¿dónde estaba su ropa interior? Mi corazón se aceleró, y continué tirando del vestido por sus brazos, para comprobar que no, no traía sostén. El vestido tenía refuerzos cosidos por dentro para alzar el pecho y sujetarlo, la otra vez no los llevaba. Milady me miró con picardía.

     -Espero no haber hecho mal… - musitó con una vocecita adorable – pero supuse que mi amo, querría los menos estorbos posibles.

     Me hinqué de rodillas ante ella, a la altura perfecta de sus preciosas tetas.

     -Has tenido un gran acierto. – ya fue un triunfo que la frase me saliera del tirón, sin ningún jadeo por medio. Milady me echó los brazos al cuello e intentó tirar de mí dulcemente, y Dios sabe que yo quería, que lo deseaba, que me moría de ganas por hundir mi cara entre sus pechos, abrazarla y cubrirle las tetas de besos, pero tenía algo mejor que hacer, y me resistí. Eché mano a su vestido y ella se levantó un poquito para dejar que se lo quitara. Un tanga negro, de encaje, cubría su sexo. Y al principio no me fijé, pero enseguida, esos dibujos del encaje… me acerqué un poco más, y tuve que cerrar los ojos y recurrir a toda mi fuerza de voluntad para levantarme, para no hacerle  a un lado la prenda y comérmela allí mismo. Los dibujos del encaje eran vulvas, perfectos coños abiertos. Dios, Mariposa, ¿por qué eras tan mala conmigo? ¿Por qué siempre querías mandar tú, quedar siempre por encima, y recurrías a tácticas tan sucias para intentar conseguirlo? Estaba de pie, con la respiración agitada y un dolor tremendo en la entrepierna, me iban a reventar las pelotas… La miré. Me sonreía con picardía, pero también con superioridad. Sabía que no me creía capaz de resistir, y en parte tenía razón. Tenía las piernas cruzadas y balanceaba un pie. Descruzó las piernas y las abrió descaradamente. El encaje negro transparentaba por completo lo que había debajo, su precioso coño cerrado y abultadito. Mariposa llevó su mano a su sexo, y pensé que se iba a acariciar, pero en lugar de eso, oí el siseo de una cremallera, y su tanga quedó abierto exactamente por la mitad. La tensa prenda se hizo a los lados y dejó ver su tesoro. Mi ama se echó hacia atrás para que yo la observara plenamente, y yo me dirigí hacia ella con la mano derecha extendida. Mariposa me ofreció la suya y se la apreté, acercándome más a ella, recorriendo su brazo, hasta llegar casi al pecho.

     -Poseedme, amo… llenadme de vos… - pidió mi ama – Folladme, ahora, os lo suplico… - pero yo sabía que no estaba suplicando. Estaba ordenando. Quería que cayera, quería que le demostrase que no la amaba, que sólo deseaba tirármela, y yo quería caer, quería hundirme dentro de ella, quería bombear hasta quedarme a gusto, diez, cien, mil veces… podía hacerlo, sólo por esta vez, me podía permitir caer, podría arreglarlo después, sabía que podía.  En realidad no importaba si caía sólo esta vez. Mariposa tenía su mano derecha muy cerca de mi rostro, por un momento pensé que iba a acariciarme la cara, pero en lugar de eso, dirigió la izquierda a mi erección, y ese fue su error. Me doblé de gusto, pero agarré su muñeca derecha y la até al riel del columpio, y apreté - ¿Qué? – Mariposa se sorprendió sinceramente, pensaba que ya me tenía ganado, y la verdad que había estado dispuesto a ceder, porque era muy agradable, y si ella me hubiera acariciado la cara, si me hubiera dado sólo ese diminuto gesto de cariño, verdad de Dios que lo habría hecho, habría caído con gusto y me hubiera dejado vencer. Pero en lugar de eso, se había quedado en lujuria, y eso me hizo reponerme. La sonrisa me llegaba a las orejas cuando vi su cara de intensa frustración y le cogí la mano izquierda de mi hombría, que no había soltado, y la llevé al otro riel, para atársela también.

      -Ten por seguro que lo haré. – susurré, agachándome y hablándole al oído. – Voy a meterme en éste coñito - acaricié su vientre, bajando, acaricié muy suavemente su monte de Venus, haciendo cosquillas en su piel – lo haré tan lentamente que me suplicarás que te taladre. Saborearé cada centímetro de tu interior, te apuñalaré con mi miembro hasta que te zumbe el coño, haré que babees de gusto y que las piernas se te queden tres días temblando, pero será después. Primero, voy a divertirme yo. Y creo que tú también vas a hacerlo. Por lo menos, vas a reírte mucho.

     Milady me miraba con recelo, y yo tenía mi cara tan cerca de la suya, que podía notar el calor que desprendía su rostro ruborizado. Recordé que la primera vez, había tenido que escribirme un discursito, aprendérmelo de memoria y ensayarlo ante el espejo para conseguir que ella se sintiera como ahora, indefensa, excitada, tímida… ahora, me había salido solo, del tirón, y había hablado en voz baja y saboreado las palabras sin pararme ni a pensarlo. Me erguí y tiré de las poleas del columpio para alzar casi un metro a mi esclava. Le coloqué las piernas y los pies en los estribos del columpio, y le alcé los pies. Atada, con las piernas abiertas y el sexo expuesto, no estaba tan deseable para mí como lo estaba sólo por tener la cara colorada y mirarme con expresión de “¿qué pretendes hacer conmigo?”.

     Intenté no sonreír cuando saqué del cajón de mi cómoda una linterna que me guardé en el bolsillo, un montón de plumas, una bala vibradora y un plumero de color rosa. Mariposa había usado conmigo todos aquéllos juguetes, recordé. La vez que me hizo correrme entre cosquillas, era tan inolvidable como el viajecito en autobús en que me torturó el glande con la bala vibradora. Para mí, había sido travieso, placentero, divertido… me había sentido totalmente a merced de mi ama, indefenso, a su capricho, y ella me había dado placeres que yo ni siquiera había soñado. Quería que ella también se sintiera así. Cuando me giré y mi esclava vio las plumas, una sonrisa de superioridad apareció en su rostro de forma automática. Me lo esperaba.

     Yo sé qué son las cosquillas, y desde luego, Mariposa lo sabía también. Papá puede hacer cosquillas a su hijo, y el niño se partirá de risa, pero es muy difícil que el niño haga cosquillas a Papá, sencillamente porque éstas, demuestran hacia dónde va la jerarquía: el escalón inferior es el que tiene cosquillas, el escalón superior carece de ellas. Mi ama puede hacerme cosquillas a mí, yo no podría hacérselas a ella, porque, aunque ahora mismo fuese yo el amo, ella siempre sería Mariposa… pero las cosquillas, también son otra cosa…

     -¡AH! – Milady gritó del susto y apartó la cara cuando el fogonazo de la linterna le dio en pleno rostro.  Y entonces, le pellizqué el costado y su chillido acabó en una carcajada. - ¡No, amo, eso no!  ¡Ah! – de nuevo la iluminé con la linterna y volvió a cerrar los ojos con fuerza, y moví frenéticamente el plumero rosa por su tripa. - ¡Nooooooooo, no, eso nooooo… mmmmh, jajajajajaja, bastaaaa…! - ¡Qué preciosa risa tenía! ¡Era su chillona risa de niña, lo había conseguido! Las cosquillas, no sólo son una demostración jerárquica, sino un reflejo de alivio… cuando inconscientemente temes una situación de peligro, y ésta resulta no ser peligrosa, sino amistosa, el alivio produce las cosquillas y la risa. Por eso, la mayor parte de las veces, los juegos de cosquillas van precedidos de una “amenaza”, estilo “que te come el monstruo….” O similar. Yo lo sabía, y por eso había usado la luz, lo que más temía y detestaba Mariposa; al hacerla sentir miedo con la luz, la había dejado con la guarda baja, indefensa para las cosquillas. Ahora que ya estaba sensible, podía torturarla a mi antojo, con suavidad.

     Dejé el plumero y cogí una pluma, blanca, pequeña, muy suave, y empecé a acariciar el rostro de mi esclava, sus labios… Milady gimió dulcemente. Yo estaba colocado entre sus piernas, y ella se mecía, intentando frotarse contra mí, pese a que yo aún estaba vestido. Bajé la pluma por su cuello, y se rió entre gemidos, intentando encoger los hombros para ocultar su sensible cuello, pero sólo consiguió que yo siguiese bajando, hasta sus axilas, e hiciese cosquillas también allí. Milady se convulsionó, gimiendo más que riendo, su estómago se encogía, estaba empezando a sudar… tomé otra pluma similar, y empecé a pasearlas por sus costados, desde las caderas a los sobacos, aleteando, arriba una, abajo la otra… Mi esclava temblaba de la cabeza a los pies.

     -Nooo… no, amo, ¡basta, amo….! Aaaah… Piedad…. Piedad, tened piedaaaaaad…. ¡haaaaaaaaah….! Po… por favor, no… ¡no puedo más, me derritoooo….! – Milady ponía los ojos en blanco mientras se retorcía, y yo tenía una viciosa sonrisa en la boca abierta.

     -Sigue suplicando, Milady - musité, bajando la voz para intentar no jadear – Sigue suplicando para mí. Ni te imaginas qué bonita estás así. – Milady me miró a los ojos. Los suyos estaban brillantes, vidriosos de deseo, y su adorable carita en forma de corazón, totalmente roja.

     -Por favor, amo…. Amo…. No más, ya… ya no más…. – sonreía, a su pesar. Le gustaba, y no le gustaba. Se daba cuenta de que estaba indefensa, de que estaba a mi merced. Y que le estaba gustando mucho, tal vez demasiado. Eso la aterraba y molestaba, por eso me pedía que parase. Pero su sonrisa, sus ojitos suplicantes, su cuerpo temblorosos, sus pies crispándose… todo eso me decía “más, por favor, sigue, sigue, dame placer, continua, sé malo”, ¿y qué podía hacer yo, qué podía hacer cualquiera cuando tu chica te pide algo con tanta dulzura? Pues dárselo, naturalmente. - ¡Nooooooooooo…. No, ahí no, por favor, ahí noooo…! – gimió, cerrando los ojos y con las rodillas temblándole, cuando dirigí una pluma a su sexo.

    Hice cosquillas muy suaves, apenas acercando la pluma, pero a cada toquecito, Milady brincaba y se encogía, sonriendo mirando hacia abajo. Yo acercaba la pluma, y ella me miraba a mí y al instrumento alternativamente, sin dejar de sonreír, negando y asintiendo con la cabeza, y cuando la plumita tocaba sus labios y se movía, rápido, un aleteo, un giro, un “cuchi-cuchi”, toda ella temblaba y reía nerviosa, estremecida de gusto, qué preciosa estaba. Me arrodillé entre sus piernas, y le abrí los labios con la mano. Su sexo goteó, estaba muy excitada. La miré a los ojos, y Milady me sonrió… y apartó la mirada con una sonrisa. Casi me muero de la emoción, ¡sentía vergüenza! ¡Milady no había podido sostenerme la mirada! Besé su sexo sin poder contenerme, pero afortunadamente, tuve juicio de no meterle la lengua en su tibio agujerito, a pesar que ganas de ello, tenía todas y más. En lugar de eso, le conservé abierta la vulva, y empecé a hacer cosquillas con la pluma, justo en su clítoris rosadito.

      -¡Noooooooo… cosquillas, ahí, noooooooooooo….! ¡Me… me da demasiado placer, amoooo… haaaaaaaaaaaah… noooooooo! – Milady no podía no conservar los ojos abiertos, se retorcía de gusto y nervios bajo la caricia de la pluma sobre su garbancito jugoso… mmmh, mira, ahí estaba el agujerito del pis… tiqui, tiqui, tiqui… Mi esclava negaba con la cabeza, gimiendo, incapaz de hablar, y yo no dejaba de mover la pluma, ahora lo hacía deprisa, quería que gozara, quería que se corriera sólo con esa caricia tan suave. Mi polla quería reventar, apresada aún en el pantalón del pijama y los calzoncillos, pero de momento, se iba a tener que esperar, ¡esto era mucho mejor!

      El sexo de Milady goteaba de flujo, mientras ella intentaba desesperadamente separarse de la enloquecedora pluma, y yo no cesaba de moverla sobre el punto más traidor de su cuerpo, cada vez más deprisa, por la cabecita, por debajo, por los lados, en círculos… vi que mi esclava se agarraba a las cintas del columpio con ferocidad, sus piernas temblaban espasmódicamente y ella gemía sin parar, con los ojos en blanco y una sonrisa temblorosa en su cara, hasta que sus piernas dieron una sacudida, toda ella se sacudió, y un grito de alegría y placer, entrecortado y feliz, escapó de su pecho, y su sexo se contrajo con fuerza, al tiempo que un poderoso chorro de flujo y orina salió a presión de su coñito satisfecho, mientras ella no dejaba de temblar, ni su vulva de contraerse, expulsando líquido a golpes, y yo mismo me reí a carcajadas, la tomé de las nalgas y besé su coño sin poderme contener, y ahora sí que le metí la lengua, rebañando. Estaba empapado de la cara hasta la mitad del pecho en flujo y orina… y me gustaba.

     Milady gemía como una gata perezosa, intentando abrazarme con las piernas, mientras yo movía mi lengua dentro de ella. Lentamente la saqué, di un juguetón lametazo a su botoncito, y ella gritó y tembló una vez más, y me incorporé, quitándome la chaquetilla empapada del pijama, secándome con la espalda, que estaba seca, mientras ella me miraba, casi ronroneando de satisfacción.

      -¿Te parece bonito, Milady? ¿Poner perdido a tu amo? – Mi esclava me miraba el pecho. Sé que soy peludo, que tengo tripa… pero por el modo en que ella me recorría con los ojos, me sentía como el ser más deseable de la Tierra.

     -Lo… lo siento, amo Athos. Es que… he sentido tanto placer… - saboreó las palabras. – No pude aguantarlo, se me salió solo…

    -¿Te has quedado a gusto, mmh…? ¿Te ha dado gustito tu amo, Milady? – pregunté retóricamente mientras también me quitaba los pantalones y los calzoncillos, y mi esclava miraba atentamente mi erección.

     -Mmmmmmmmmmmh, sí, amo… me habéis dado muchísimo gustito.

     -Pero seguro que todavía quieres más ¿verdad que sí…? Sólo has sentido cosquillitas en tu botón, no en tu rajita… ¿a que quieres tener esto dentro de ella? – me señalé la polla erecta y me puse junto a su cara. Milady asintió con la cabeza y se relamió, mirándome la erección y a los ojos alternativamente. Una parte de mí tenía miedo de pensar si ella en realidad no querría hacerlo, si sólo lo hacía para ponerme cachondo a mí. Pero recordé el placer inenarrable que sentí cuando Mariposa se la metió en la boca por primera vez, y no pude resistir – Demuéstrame cuánto la quieres… bésala, anda.

    Milady no se lo hizo repetir, de hecho, parecía sufrir porque yo no le daba la orden. Con un tierno gemido, la albergó en su boca. ¡Dios….! Tuve que agarrarme al riel  del columpio, convencido de que iba a caerme, todo el cuarto me dio vueltas ¿Qué tenía mi Ocaso en la boca, que cada vez que me la besaba, me dejaba al borde del desmayo? Oía sus gemidos mientras su cabeza se movía, su lengua se paseaba a placer por el tronco… oh… oh, joder, qué dentro llegaba… aaah… ¿no se hacía daño….? Mmmmh… ¡me estaba lamiendo la tripa….! ¡Llegaba tan abajo, que, sacando la lengua, me llegaba a la tripa, mmmmmm! Haaaaaaaaah, ahora las pelotas, me daba lamiditas en las pelotas…. Basta, por favor, detente… no… puedo más…. ¡Aaaaaagh…..! Un borbotón de esperma se me escapó mientras tuve que agarrarme con fuerza al columpio, porque las rodillas me temblaban y las piernas no me sostenían, mientras sentía mis bolitas dar convulsiones y mi sexo estremecerse hasta el ano, mis hombros encogerse, y un placer increíble recorrerme todo el cuerpo…. Ooooh… no había durado nada. Cuando ella me chupaba, no podía durar nada, era asombroso cómo lo sabía hacer… haaaaaaaaah… quizá era que estaba muy excitado de antes, o que ella era la pera en verso chupando, pero me había dejado en la Gloria… hah… ah… unas caricias muy suavecitas me hicieron mirar abajo. Milady, con los ojos entornados, daba lamidas y besitos a mi glande limpio, frotaba su cara contra mi sexo, ¿dónde estaba el…? Y entonces caí: Milady se lo había tragado.

     El mero pensamiento, hizo que mi miembro no fuese capaz ni de empezar a bajar. Otra vez quería fiesta, y esta vez, quería que fuese dentro de ella. Acaricié la cara de Milady, y ella me miró a los ojos, sonriendo. Una sonrisa tierna y dulce, una sonrisa cariñosa… “Te adoro, Ocaso”, pensé. Porque en ese momento, era Ocaso quien me miraba y me sonreía.

      -Te has portado muy bien, Milady… muy bien – sonreí, y me arrodillé para besarla. Quiso impedírmelo, quiso protestar, pero me dio igual, ¿qué me importaba que acabara de tragarse mi semen? Sus labios eran blanditos, suaves y húmedos, su lengua era cálida y dulce, y… mmh, se entrelazó con la mía y me acarició con ganas, me hizo cosquillas en el paladar… yo tenía su adorable carita en mis manos, acariciándola el cabello, y cuando, en medio de un suave chasquido, nos separamos, le abracé la cabeza contra mi pecho sin poder contenerme, besándole la frente, apretándola contra mí. Me dolía el pecho de no decirle en aquél momento cuánto la amaba, por decirle: “te quiero. Ocaso, te quiero con todo mi corazón.” Milady se dejó abrazar. Su respiración ni siquiera cambió. Por un instante, estuve a punto de perder toda esperanza, porque era igual que abrazar a una estatua, pero entonces un débil gemido, como si estuviera reprimiendo las ganas de echarse a llorar, se escapó de su garganta. Su cabeza se frotó muy despacio contra la mía, como si en realidad no quisiera hacerlo pero su deseo fuera más fuerte que ella misma. Y una sonrisa enorme se abrió en mi cara, y tuve la impresión de que no tocaba el suelo. No lo admitiría, no lo quería admitir, pero yo no le era indiferente ya. No sabría decir si ella realmente me amaba, pero desde luego, me tenía cariño, más del que quería reconocer. Me sentí tan feliz en ese momento que no pude reprimirme y empecé a llenarle la cara de besos.

     -¡Amo…! – sonrió Milady, sorprendida, mientras la besaba la frente, las mejillas, la nariz… - ¿Pero qué os sucede?

     -Que estoy contento, Milady… estoy verdaderamente contento.

     -¿Por qué? – quiso saber, y al mirarla a los ojos, me dije “cuidado, Imbécil”. Ya no estaba mirando a Ocaso, era Mariposa quien me hacía esa pregunta, y si decía algo como “porque te quiero”, me caería con todo el equipo, porque se pondría en guardia. Pero si contestaba algo referido al sexo, me caería igual, porque pensaría que le daba la razón respecto a mis deseos para con ella.

     -Tu amo tiene motivos para estar contento, y en buena parte, es gracias a ti. Eso te ha de bastar. – concluí. Mariposa me sonrió, y había una pizca de orgullo en su sonrisa, un “estás aprendiendo bien, Imbécil”. Me sentí como si acabara de pasar por un tribunal de exámenes, y sonreí con alivio. Me puse de pie nuevamente y me coloqué de nuevo entre sus piernas. – Bueno… te has ganado que te penetre, como me pediste al principio, ¿verdad que quieres?

     -Sí, amo… por favor, hacedlo, amo. – rogó Milady, sonriendo con ganas. Miré el columpio. Hasta ahora, había aguantado bien, esperaba que lo siguiera haciendo; me senté en la segunda cinta de banda acolchada y metí los pies en mis estribos, frente a mi esclava, agarrándome a los rieles. Le coloqué un cinturón en torno a la cintura y apreté, y yo mismo me coloqué otro, para que, en caso de que por el movimiento se nos escapara el culo del asiento, no nos cayésemos, y me dirigí a las cinchas que sujetaban sus manos a los rieles, pero antes le advertí – Voy a soltarte las manos para que puedas agarrarte y tocarme. Pero si otra vez intentas ponerme burro sin que yo te lo permita, me enfadaré, ¿está claro?

     -Sí, amo… os pido perdón. – me dijo, toda contrita y sumisa. Le solté las manos, y Milady me echó los brazos y me besó suavemente. “¿Qué intentas?” pensé “te cuesta un triunfo devolver un poquito de cariño, solamente un poquito cuando te abrazo, ¿y ahora me besas?”. Tal vez quería que me confundiera, que pensara que ese cabeceo, ese suspiro, habían sido tan fingidos como ese beso que, yo lo sabía bien, no era sentido ni de lejos, pero no podía. Ya no. Mariposa podía seguir fingiendo tanto como le viniera en gana, que yo ya sabía que tenía un corazón, y no iba a ser tan orgulloso de decir que ese corazón latía por mí ni mucho menos, pero no le era tan absolutamente indiferente como quería aparentar. No era sólo ganas de sexo lo que sentía hacia mí. Pero de todos modos, me balanceé, la tomé entre mis brazos y le devolví el beso, sintiendo mi sexo frotarse contra el suyo, resbalar entre sus piernas, y frotar su vientre… qué calorcito… nos besamos, jugando con nuestras lenguas, mientras nos frotábamos, columpiándonos… tenía a Milady sentada sobre mí, y sin embargo, no sentía su peso, era casi como volar. Mi pene se frotaba y acariciaba contra su sexo, sin penetrarlo, mi esclava juntaba sus muslos y me daba un calorcito delicioso, me hacía reír por lo bajo… - Amo, por favor… os necesito dentro…

    Asentí. Yo también lo quería, llevaba toda la semana esperando para esto, y orienté mi polla hacia su dulce refugio, y….. oooooooooh, qué placer, qué infinito placer deslizarse a su interior. Mi esclava gimió y se abrazó a mí, fuerte. Aquello me cogió de sorpresa, el beso había sido fingido, pero esto… Ocaso gemía entrecortadamente, como si acabara de correrse, pero… no pensé, sólo la abracé, la apreté contra mí, y empecé a balancearme lentamente.

         -Haaaaaaaaaaaaaaaaaaah….. mmmh, sí, amoo…. – gimió ella, como si se encontrase en el Séptimo Cielo, y de verdad que parecía estarlo, tenía cara de estarlo. Yo lo estaba. El balanceo del columpio era adormecedor, tan suave… era delicioso sentir cómo entraba y salía de ella tan suavecito, sin ningún esfuerzo… estaba tan húmeda y calentita por dentro… la miré a los ojos para hacer que ella me mirase, y me sonrió. Había placer en su mirada, y también otra cosa… pero entonces, apretó con su vagina mi miembro, y el placer me arrebató la capacidad de pensar.

       “Aaaaah, qué gustooo…” sólo era capaz de pensar frases así, de darme cuenta de lo bien que se sentía, del gusto que daba estar dentro de ella… pero no podía permitirme algo así, tenía que… mmmmmmmmh… tenía que mandar yooo… La abracé de nuevo, acariciando su espalda de arriba abajo, y Milady gimió, echando hacia atrás la cabeza de gusto. Bajé más las manos, y apreté sus nalgas, y ella respingó de placer y me sonrió, traviesa… y bajé más los dedos, sentí mi polla entrando y saliendo de ella a cada balanceo, con toda suavidad, y me mojé bien los dedos… y empecé a acariciarle el ano.

     -¡No… amo, eso no!

     -Relájate, Milady… yo no haré nunca nada que te duela, ni nada que no quieras, palabra. – No era una buena frase para un amo, me pareció, pero Milady me miró, casi extrañada, y me sonrió, apretándome de nuevo dentro de ella.

     -Tocadme, amo… - se abrazó a mí, dejándose caer sobre mi pecho, y mordiéndome levemente la oreja donde susurraba – sé que vos lo hacéis para darme placer, hacedlo… haced de mí lo que queráis – El lóbulo de mi oreja estaba entre sus labios, perfilado por sus dientes, y mi cerebro estaba hecho sopa, derretido por su tórrido aliento en mi oreja. “¿Qué valor tiene una frase susurrada al oído durante un polvo?” quise pensar. Pero mi instinto dio una patada giratoria a mi sentido común, y mi corazón ocupo el lugar de mi cerebro “me quiere… me quiere… me quiere…” sólo fui capaz de decirme, mientras empezaba a hacer caricias muy suaves en su agujerito trasero. Cada caricia, era correspondida por un dulce gemido en mi oreja, por un apretón en mi miembro, que, pese a estar recién vaciado, no veía capaz de hacerlo resistir mucho más antes del siguiente orgasmo. Hacía círculos en su culito, apretaba con suavidad, no quería meterme dentro de su culo sin que ella estuviera realmente preparada, sólo quería,… tentarlo. Darle un placer mayor, hacer que tuviera un orgasmo más intenso al sentir también caricias en la puerta trasera, y parecía que lo estaba logrando, Milady aceleraba sus balanceos, y yo la correspondí, casi dando gracias, porque estaba en las últimas, a punto de caramelo para soltarlo otra vez.

     -Milady… eres tan… - busqué la palabra… guapa, dulce, tierna, pícara, golfilla, traviesa, encantadora, astuta, perspicaz, malvada, irresistible… no hay adjetivo que defina todo eso. Mi esclava me sonrió, moviendo las caderas, con la frente sudada y las mejillas brillantes, y me besó de nuevo, mi mano en su culo se crispó, y un oportunista dedo índice traspasó la frontera sin que pudiera evitarlo.

     -¡Mmmmmmmmmmmmmh….! – Milady no me soltó la boca, pero sentí su estremecimiento en mi lengua, en mi polla, en todo mi ser; su sexo latía, apretándome el miembro, sentí un dulce derrame caliente y viscoso inundar mi bajo vientre, al tiempo que también su culo latía, atrapando mi dedo… no aguanté más, mi bajo vientre dio un empellón, y la apreté contra mí mientras sentía que la vida se me escapaba con toda dulzura por entre las piernas, Milady me masajeaba el miembro con sus palpitaciones, aspiraba mi descarga, mi cuerpo temblaba entre sus brazos y me quedaba satisfecho… qué gusto… qué gusto, Dios mío, qué gusto…

     Cuando quise darme cuenta, estaba recostado en el columpio, con Milady sobre mi pecho. Ah… había otra banda más en la que se apoyaban mis hombros, mira, y yo creyendo que era para meter a un tercero… mmmmmmh… todavía estaba dentro de ella, y mis manos acariciaban sus hombros. Milady tenía los ojos cerrados y me acariciaba el pecho, parecía tan feliz…

     -Sois bueno conmigo, amo… sois muy bueno… - ronroneó. - ¿por qué sois tan bueno conmigo?

     -Porque tú eres buena conmigo también. – susurré, acariciándola el cabello. – Así funciona. Las personas son buenas unas con otras.

     -Eso no es verdad. Las personas son malas con otras, aún cuando las otras no hagan nada malo.

     -Eso sucede con la gente mala, o… o con la gente que no te quiere. Yo nunca seré malo contigo… porque te quiero. – lo había dicho. La verdad que yo mismo no me esperaba esta conversación, no me esperaba la respuesta de mi esclava, no estaba preparado, me salió solo. Ocaso me miró. Ya no había sonrisa en sus ojos.

      -¿Y si yo fuera mala contigo, aún cuando tú no hicieras nada para merecértelo?

     -Yo nunca seré malo contigo. Querer, es eso. Cuando amas a una persona, no puedes hacerle daño aunque ella sí te lo haga a ti. – Ocaso permaneció pensativa unos segundos, y pude ver en su rostro el inminente cambio a Mariposa, cómo ella iba a decirme algo como “eres estúpido, Imbécil”, así que ataqué antes - ¿Serías tú capaz de hacerme daño gratuítamente a mí? ¿Sin que yo hiciera nada para merecerlo? ¿Podrías? – Había detenido el cambio, Mariposa no había salido, pero Ocaso seguía sin contestar - ¿Me querrías ver sufrir, hacerme sufrir tú, sabiendo que yo no te he hecho nunca nada malo, que sólo he querido hacerte feliz desde que nos conocimos?

    Ocaso dudaba. Parecía buscar una respuesta que no la comprometiera. No quería, o tal vez no podía ya mentirme y decirme que sí, que estaría dispuesta a hacerme daño si fuese lo bastante divertido, por ejemplo… yo me daría cuenta, ya era mucho tiempo estando con ella; pero tampoco podía admitirme a mí, y a sí misma, que jamás me haría daño.

      -El que no te haga daño, no significa que te quiera. – dijo por fin. – Tampoco he hecho nunca daño a nadie de los que trabajan con nosotros, y eso no significa que los quiera.

     -Desde luego que no. – admití, sonriendo. Ocaso me miró, como si desease que yo dijese algo más, para enfadarse conmigo, pero no era tan cretino de hacerlo. Ya era suficiente. Ya sabía lo que quería. – Ven aquí. – dije solo, señalando mi pecho con la cabeza, y Ocaso se recostó de nuevo sobre mí, y allí nos quedamos, balanceándonos…


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     -Imbécil, que sea la última vez, ¿entendido? La última.

     -Sí, ama. – Era medianoche, Milady había dejado de existir para ser reemplazada por Mariposa, y ésta no estaba de muy buen humor, porque no podíamos hacer nada, ninguno de los dos podía con su alma, lo único que nos apetecía, era dormir. No sabía ella, pero yo sentía un escozor la mar de agradable en mi entrepierna, pero era incapaz de levantarla ni con grúa, estábamos derrengados… fuese lo que fuese lo que quería hacer conmigo Mariposa, tendría que esperar hasta mañana, y ya me había advertido que, para el próximo encuentro que tuviese con Milady, más me valía reservar fuerzas, y no agotarla tampoco a ella. Yo estaba dispuesto a aceptarlo todo, todo lo que me pidiera. No podía ser más feliz… Ocaso no lo quería admitir, pero ahora ya estaba seguro de que me quería. Le tenía miedo al amor, un miedo espantoso, y yo no dejaba de reconocer, que, con lo mal que lo había pasado en su adolescencia por culpa de los abusos que sufrió, tenía motivos para tenerlo, pero yo quería hacerla reponerse, olvidar, desterrar ese miedo… y, no quería echarme flores, pero me parecía que lo estaba consiguiendo.

    Mariposa sacó de su bolso El conde de MonteCristo, se tendió en mi cama y se puso a leer. Yo no era capaz de hacerlo, estaba demasiado emocionado, quería… quería abrazarla. Casi disimuladamente, me acerqué a la minicadena  que tengo en el dormitorio y puse un cd de canciones lentas, el que yo llamo “canciones para deprimirse”, porque son en su mayoría canciones de amor, y que solía escuchar cuando estaba solo, o peor aún, cuando Nélida me tenía de pagafantas y no me decía ni sí ni no, y yo sufría como el imbécil que soy… pero la música empezó a sonar, y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí triste al oírla, sino feliz y con un calorcito muy rico por dentro… me moví lentamente por la habitación, acercándome a la cama, meciéndome al ritmo de la música, mirando a mi ama. Mariposa intentó ignorarme, pero finalmente me miró.

      -Imbécil, ¿qué pasa?

      -Nada… - sonreí, mientras, con las manos a la espalda, bailaba lentamente.

     -¿Entonces, por qué haces el tonto así? ¿Qué quieres?

     -Quiero bailar. –admití con franqueza. Mariposa me miró como si le hablase en chino.

     -¿Bailar?

      -Sí, ama… por favor, ama…. Sólo un baile. Por favor. – le tendí las manos, sin dejar de balancearme.

      -Imbécil… te has agotado tanto, me has agotado tanto a mí, que no podemos hacer absolutamente nada, ¿te parece que te has ganado un baile?

      -Sí… nos he agotado tanto, que mañana tendremos muchas más ganas, ama. He comprado un columpio para vos, para que me colguéis en él y hagáis en él vuestro capricho conmigo. Mañana podréis castigarme como deseéis, y seré tan bueno y obediente como siempre, más incluso, porque tendré más ganas de vos… por favor… - Mariposa me miró como diciendo “¿cómo tienes tanta cara dura?” Pero enseguida sonrió. Se daba cuenta que esa salida que yo usaba, era de las que Milady usaba con Athos, para llevarle a su terreno. Dejó el libro a un lado y se levantó de la cama.

      Mariposa tomó mis manos y las llevó a su cintura, mientras ella me abrazó por los hombros, y empezamos a bailar lentamente. La miraba a los ojos, y ella intentaba esquivarme la mirada. No lo conseguía, y se abrazó a mí para evitar que la mirara. Su cabeza se apoyó en mi pecho y sus brazos recorrieron mi espalda. Apenas nos mecíamos, y sus manos siguieron bajando, lentamente… antes de darme cuenta, las tenía en mis nalgas, y yo tenía las manos también en las suyas. Mariposa no me lo impidió, simplemente seguimos meciéndonos, el uno en brazos del otro, mientras sonaba la música…