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martes, 20 de mayo de 2014

Turbulento verano, II




     El joven padre César se encargaba de cerrar la iglesia por las noches. Después de la misa de siete, la iglesita se quedaba abierta aún hasta más de las nueve, con el portón entreabierto, por si alguien quería entrar a confesar, a… a lo que fuese. De hecho, César sabía que estaba desobedeciendo, que d. Amalio, el viejo cura del que era coadjutor, le había dejado muy dicho que cerrase a las ocho, apenas saliese la gente de misa, que cualquiera sabía quién se podía colar, que podía entrar algún borracho a pasar allí la noche, y robar los cepillos… César había dicho que sí a todo, y luego se dedicaba a remolonear, haciendo como que hacía, hasta que d. Amalio salía para cenar. Le servía la cena doña Úrsula, una mujer de su edad, viuda y que compartía sus rancias y reaccionarias ideas, de modo que se ponían a hablar y se les iba el tiempo, y eso le venía muy bien a César, que podía quedarse en la iglesia por si aparecía alguien. Apenas llevaba una semana allí, pero ya habían venido un par de personas, dispuestas a ser confesadas por alguien… que quizá no fuese más indulgente que cualquier otro cura, pero sí más comprensivo. Al menos, no les insultaría. Estaba simplemente pensando en sus cosas, cuando una vocecita muy débil le llamó.

     -Padre. – se volvió. En la puerta, llorosa, con un vestido más arreglado que de costumbre y con una vieja maleta atada con cuerdas, estaba Esther. César hubiera querido alegrarse de verla, pensar que la chica se iba y que todo estaba bien, pero la expresión de la joven daba un mentís a esa idea. – He venido a despedirme. 

     -¿Qué ha pasado, Esther? – preguntó el joven cura, acercándose.

     -Ese hombre… con el que perdí el virgo, es un sinvergüenza. Tenía usted razón, yo no lo entendí cuando me lo dijo, pero ahora sí… queriendo hacer daño a los demás, me he hecho daño yo a mí misma. Pero usted me abrió los ojos. Me marcho de aquí, soy mayor de edad, no tengo por qué vivir con mis señores si ya no lo quiero, así que me marcho. 

      -¿Qué… pero… pero a dónde? – César sabía que la chica tenía que salir de aquélla casa, era lo mejor para ella, pero él no esperaba que fuese a largarse sola. 

     -Me bajo a Madrid, a servir. Hay otras chicas que lo han hecho, y por lo que cuentan, yo sé que no les va mal… a una de ellas, la Graci, la conozco medio bien… Voy a acercarme a la casa donde trabaja, y ella seguro que puede buscarme alguna. 

     -Pero… ¿Y esta noche? El autobús no saldrá ya hasta mañana…

     -Da igual, yo no voy a tomarlo, no tengo con qué, no tengo nada de dinero, iré en autostop o a pie, no son tantos quilómetros, puedo llegar en un día, pero seguro que alguien me lleva, por la carretera pasan muchos camiones y todos van a Madrid, alguno me acerca fijo.
      -Pero, ¿tú estás loca, hija mía? – la voz del cura tenía más de miedo que de reprimenda, y es posible que Esther estuviera ligeramente de acuerdo con él, dado que no se molestó porque él la llamase “hija”. - ¿No te das cuenta que te vas a la aventura, sola, sin poder llamar a nadie si estás en apuros, si alguien intenta hacerte daño o abusar de ti? Después de la vida que has llevado, ¿aún no sabes que el mundo está lleno de gente que puede querer hacerte mal?

     -No pueden robarme, no tengo nada… - agachó la cabeza – Y ya no soy virgen, así que… no me asusta que me violen.

     -¡Pues a mí, sí! ¡A mí sí me asusta que alguien te viole, o que te haga daño! – César se dio cuenta que había levantado la voz, e intentó calmarse. – Esther, no te puedes ir así. Es cierto que en esa casa te maltratan, y no voy a dejar que lo sigan haciendo, pero tampoco puedo consentir que una chiquilla de dieciocho años se lance al mundo sin siquiera una casa a la que volver; no puedo consentirlo. – el cura permaneció pensativo unos segundos, buscando una solución… ALGO, se podría hacer… - Ya sé. El desván de la parroquia está deshabitado. No está muy limpio, es cierto, pero ya lo acondicionaremos. De momento, te quedas en él, e intentaremos encontrarte un trabajo aquí en el pueblo, y cuando ahorres, podrás marcharte, pero mientras tanto, aquí sí sabré que no puede pasarte nada malo.

     Esther alzó la cabeza. Le corrían por la mejilla dos lagrimones brillantes, gordos como judías, que destellaban a la luz de las velas, como si fuesen de cristal, y que gotearon sobre la sotana del joven cura cuando la chica prácticamente se le tiró encima para abrazarle, llorando sin sollozar, pero temblando con todo el cuerpo, y con todo el sentimiento de su alma.

     -¡Esther! – se escandalizó el cura, pero la joven no le soltaba. César sintió que el rubor le subía a la cara; fuera de su madre, ninguna mujer le había abrazado nunca. Esther se apretaba contra su pecho, agarrándole como si temiera que fueran a separarla de él. Su cabello olía a jabón Lagarto, y a César le pareció… dulce. Era evidente que la chica estaba increíblemente necesitada de calor y afecto, es probable que fuese la primera vez que alguien se preocupaba genuinamente por ella. El joven cura, intentando no quedarse rígido como un farol, alzó las manos para dar unas palmaditas de consuelo en los hombros de la chica. – Anda, no llores más… Venga, será mejor que subamos ahora, mientras don Amalio cena, que no te vea. 

     Esther se retiró, y asintió, limpiándose las lágrimas del rostro. Ella también conocía a d. Amalio y sabía que él, ni loco le permitiría quedarse. “Esto es serio” pensaba César, subiendo con ella la escalera hasta el desván “Si Amalio la descubre aquí, la echará a la calle, y me denunciará al Obispado, y quién sabe qué pasará entonces. A mí me da igual si les da por mandarme a otro destino, pero ¿qué será de ella? Es fuerte, sí; es decidida, sí… pero es una chiquilla, poco más que una niña. Necesita que alguien cuide de ella, ha sufrido ya bastante…. Señor, por favor, ayúdanos. Ayúdala. Yo soy un soberbio y un desobediente, soy un pecador, pero ella es inocente. Ayúdala, por favor”.


**************


     A la mañana siguiente, César se levantó muy temprano, como solía. Poco antes de las seis de la mañana, ya estaba en pie y terminando de asearse en el baño del pasillo. Volvió a su habitación para hacer la cama. El que d. Amalio le había dejado,  era un cuartito casi mísero: una cama, un estante y un tablón adosado a la pared que permitía escribir, sentándose en la cama para ello, porque ni había sillas, ni hubiera cabido una. No obstante, César se sentía muy a gusto con su alojamiento, y se recordaba a sí mismo que había muchos hijos de Dios en el mundo que no tenían la suerte de disponer de un techo, así que sólo por eso, ya podía considerarse afortunado. Y la verdad que esa mañana, la idea de que podía haber salvado a una joven de quién sabe qué, le ponía de muy buen humor. 
 
    Una vez hecha su cama, salió para desayunar con d. Amalio; el anciano cura le permitía tomar un café antes de despacharle para la iglesia, para que lo arreglase todo para la misa de siete. Desde que César había llegado, el viejo párroco sólo daba sus siniestras homilías, repletas de insultos, amenazas y promesas de condenación eterna para prácticamente todo el mundo. No era de extrañar que la iglesia estuviese año a año más vacía, que los sacramentos que se impartían fuesen cada día más escasos y que las familias prefiriesen bautizar o celebrar ritos en pueblos vecinos. Pero esto, no había manera de hacérselo entender al anciano. Fuera de celebrar misa, nada más hacía ya. Las labores de hogar, todas las hacía doña Úrsula; el viejo la llamaba hasta para ponerle hielo en el vaso. Y de labores eclesiásticas, habían quedado todas para César, salvo la de gritar en el púlpito. 

     César llegó a la cocina de la rectoría, donde doña Úrsula ya tenía el desayuno listo, pero d. Amalio no estaba allí. 

     -Buenos días, ¿no está el padre Amalio? – preguntó. 

     -A ese dormilón se le han pegado las sábanas. – la mujer, una viuda cincuentona de enormes formas, se refería al cura con tanta confianza porque llevaba casi desde los veinte ocupándose de él. - ¡Tres veces le he llamado ya! No hay forma. 

     -Voy yo a intentarlo. – sonrió César. Doña Úrsula era tan… antigua como el viejo cura, pero de trato mucho más agradable; al joven le recordaba a una de sus abuelas, una mujer oronda y opulenta, que cuando sacaba la mala leche habría hecho temblar al general Espartero, pero que tenía tantos kilos como cariño para dar, y lo daba. Llegó a la puerta de la habitación del cura, y llamó con los nudillos – Don Amalio. Son más de las seis. – No hubo respuesta. - ¿Don Amalio? 

    Cesar golpeó más fuerte, elevando la voz, pero nadie contestaba. Aquello ya no era normal. El anciano era dormilón, es cierto, pero algo se debería oír en el cuarto. Giró el picaporte, pero la puerta no se abrió, y César directamente voceó el nombre del anciano. Al no obtener respuesta por tercera vez, se lanzó contra la puerta, y el cerrojo, viejo como todo en esa casa, se partió. 

     -¿Qué has hecho, chico? – se escandalizó doña Úrsula, tras él. César se volvió para cerrarle el paso, para que no viera… - Doña Úrsula, llame usted al médico, ¿quiere?

     -¿Qué le ha pasado? – la mujer se volvió pura ansiedad, e intentó abrirse camino, pero el joven cura no se apartó. 

     -Por favor, corra, llame al médico, deprisa, ¡corra! – la anciana se volvió, musitando “ay, Dios mío; ay, Dios mío”, mientras iba presurosa hacia la calle, a buscar la cabina pública. César entró en la habitación. Se arrodilló junto a la cama y se llevó un dedo a los labios, acariciando suavemente el cabello de la chica rubia que, llorosa, le miraba sentada en la cama. Sería de la misma edad que Esther. – Aquélla puerta, da a la sacristía – susurró – puedes salir por ahí. 

     -Yo… yo no le he matado… palabra de honor, yo no le hice nada malo… ¿va usted a denunciarme?

    -No, no te preocupes. Yo no voy a denunciarte, no te va a pasar nada… ¿él te pagó? – la chica negó con la cabeza. Fantástico. Venciendo el asco que le daba, rebuscó entre las  pocas ropas que aún llevaba puestas el difunto padre Amalio, tratando de encontrarle la cartera, mientras la joven gimoteaba.

     -Me dijo que si decía algo, que si lo contaba a alguien, me denunciaría y me meterían presa… a-antes solía llevarse a Adela la Chupacirios, una que dicen que siempre se lo hace a curas, pero como anoche no estaba, me cogió a mí, y llegamos aquí, y me pidió que le chupara, pero apenas empecé… se puso blanco, y… le salió espuma de la boca, y… yo me asusté, intenté salir por la ventana, pero está muy alta, y las puertas tenían todas la llave, y no sé dónde la guardaba… 

     -Toma. – al fin encontró la cartera, sacó un billete de cinco mil, y se lo dio a la joven, que lo miró sorprendida. Era indudable que ella habría hecho el trato por menos, pero después de la nochecita que habría pasado…  le abrió la puerta que daba a la sacristía, mostrándole la oscura escalera de caracol interior. – Por aquí, llegas a la iglesia, las puertas se abren desde dentro, cuida que por favor, nadie te vea. 

    -No se preocupe… y gracias. – la joven bajó las escaleras corriendo, César la oyó trotar por la sacristía hasta que sus pasos se perdieron. Luego, se volvió hacia el cadáver. Tenía que limpiarle y terminar de vestirle, estaba desnudo de cintura para abajo y con el miembro lleno de carmín, y era preciso hacerlo antes que llegasen el médico y Doña Úrsula y lo viesen en aquél estado… pero había algo más urgente que eso. De pie frente a la cama, extendió dos dedos de la mano derecha y musitó:

    -Dimite et absolvere, sed nunquam iudicare. Ego te absolvo a pecatis tuis in nomine Patris, et Fili, et Spiritu Santi. Amen. 

     No era preciso decir más. Así que se puso a trabajar.



**************

     Al día siguiente fue el entierro. No había mucha gente en él. César ofició el servicio fúnebre, y le preguntó a doña Úrsula si quería decir unas palabras. “¿Una mujer abriendo la boca en su entierro? Se volvería a morir cien veces”, le contestó la mujer, con una sonrisa triste. Ella misma le había pedido retirarse de sus funciones, era mayor, estaba cansada… César lo aceptó de inmediato, podía servirse solo. Lo del ayudante del Obispo lo recordaba como algo muy rápido; el mismo monseñor lo había definido así: “ha sido todo demasiado rápido”. A él lo habían mandado allí como coadjutor hacía apenas una semana, pero ya sabían que d. Amalio estaba enfermo del corazón. César sabía que el año pasado había tenido un infarto, pero no sabía lo que le contó el médico: “Este hombre, desde el año pasado, estaba viviendo tiempo de regalo”. 

    Y desde entonces, todo había ido más rápido aún. La gente había empezado a volver. Primero muy lentamente, aquéllos a los que él había confesado a escondidas, aún en vida del anciano, asomaron a la iglesia. Y esos, se lo contaron a otros, y esos otros empezaron a venir. Y César no podía creer que tuviera la parroquia a su cargo. “Es posible que aún sea usted algo joven, pero es una zona poco ambiciosa, pequeña… le vendrá bien para aprender”, había dicho el monseñor. Y César había empezado a actuar a sus anchas. 

      -Los terrenos de la Iglesia que están sin uso, ¿se podría edificar en ellos? – preguntó al alcalde, y éste quiso saber qué tenía pensado hacer en el solar adyacente a la iglesia, que en tiempos pasados había albergado un gallinero y un pequeño cementerio, pero que hoy eran sólo yerbajos que había que rastrojar todos los veranos para prevenir incendios, y César se lo contó. 

     -Si trabajo para usted por las tardes y también los festivos, en lugar de en dinero, ¿me daría usted materiales, ladrillo, cemento? – le preguntó a uno de los constructores, que quiso saber para qué quería el joven cura material de construcción, y César se lo contó. 

     -Sé que usted es bibliotecario de una universidad; dígame, cuando los libros son sustituidos, o se quedan muy viejos, ¿qué hacen con ellos? – preguntó a d. Román, el bibliotecario, y éste le contestó que, desgraciadamente, esos libros que ya no servían a la Universidad, se tiraban, y el joven cura le preguntó si podría quedárselos él, y d. Román, no tuvo inconveniente.

    Y así, tirando un poquito de aquí, y otro poquito de allá, empezó a construir una biblioteca. En el pueblo no había ninguna; ahora que se estaba edificando y estaba empezando a llegar gente, se suponía que se iba a construir, pero de momento, sólo existía la del colegio, y allí había tan sólo libros de consulta hasta octavo de básica y libros de lectura muy simplones. Cuando en el pueblo se corrió la voz de que el curita nuevo estaba construyendo una biblioteca, y además lo hacía doblando él el lomo, no faltaron quienes no lo creyeron, pero después de verlo con sus propios ojos, los mismos escépticos se ofrecieron a ayudar. 

     César no podía creerlo, y se sintió emocionado. Y más aún cuando, pocos días más tarde, empezó a pegar carteles por el pueblo pidiendo voluntarios para un coro de la iglesia, y muchos jóvenes se presentaron. Con guitarras, una chica de familia rica que sabía tocar el piano, un montón que querían cantar… La biblioteca aún no estaba construida, y d. César ya organizó un grupo de cuentacuentos para los niños, los viernes por la tarde, donde los pequeños leían en voz alta, por turnos, pasándose el libro haciendo rueda. Y muchas madres empezaron a preguntar si en Septiembre, empezaría la catequesis para celebrar en primavera comuniones. César no podía creerlo. El Obispado tampoco, pero la iglesia volvía a tener vida. César se sentía increíblemente feliz, estaba haciendo lo que deseaba desde que era niño, pero esa misma tarde, toda su felicidad se derrumbó estrepitosamente.

      -Ave María Purísima.

      -Sin pecado concebida. – César ya sabía que se trataba de Esther, y aunque sabía que no debía reconocer al penitente, sonrió, y se mostró aún más proclive a la benevolencia.

      -Padre, he pecado. He cometido un pecado horrible… he pecado de impureza.

      -Hija, no debes afligirte por lo que sucedió con ese hombre. Sé que te pesa el haberle dado tu virginidad y el haber vuelto a verle, haberte dejado dominar por la pasión, pero eso ya pasó, no debes torturarte.

       -No hablo de él, padre. He pecado con otro. – César suspiró. Estuvo en un tris de enfadarse, ¿pero es que no había aprendido nada? Y… ¿con quién habría sido, si Esther seguía viviendo en el desván, ahora mucho mejor habilitado, y no hacía entradas ni salidas de las que él no se enterase?

       -Ábreme tu corazón, hija mía. 

      -Eso quisiera, padre. Créame que es lo que más deseo en el mundo. – parecía a punto de llorar. César se sobresaltó. Dios bendito, no… 

     -Hija, ¿qué sucede? ¿Con quién has pecado?

     -Padre… ha sido con usted. De pensamiento sólo, claro, pero ha sido con usted. 

     César se tapó la cara con las manos, profundamente avergonzado. Dios santo, ¿qué decía aquélla insensata?

      -Esther, lo que dices, es serio. Se trata de algo grave. No… no creo que yo pueda confesarte algo así, creo que debería atenderte otro párroco, yo no puedo ser imparcial.

      -Yo no puedo contarle esto a nadie más, porque no le importa a nadie más. Usted es cura, y está para confesarme, ¿no? Padre, sé que es pecado, pero le amo. Cada vez que le veo, sólo pienso en abrazarle, en estar con usted siempre, día… y noche. Usted ha sido la única persona del mundo que me ha tratado bien, que me ha tratado como a una persona, y no como a una bestia de carga, o como a una zorra. 

     -Esther, lo comprendo, y es normal, pero no puedes tener hacia mí esos sentimientos. Es como si los tuvieras hacia tu padre, o tu hermano. Sé que me estás agradecida, pero el agradecimiento no es amor. Debes olvidar esas ideas, no son buenas para ti, ni para mí tampoco. 

     -Padre, eso se dice muy fácil, pero, ¿cómo olvido yo las tremendas ganas que tengo de hacerle feliz, de cuidarle, de mimarle, de… de hacer con usted todo lo que hice con el otro?

     -¡Hija, por Dios!

     -Cuando estoy sola en mi cuarto, no dejo de recordarlo, e imaginar que a quien tengo dentro, es a us…

      -¡Esther, basta! – casi había levantado la voz, severo. Desde el otro lado del confesionario le llegó un sollozo, y se sintió culpable. – Lo siento. Pero tienes que entender esto: eso JAMÁS ocurrirá. Tú y yo somos amigos, yo siento un gran aprecio por ti, pero no puedo amarte. Yo no puedo amar a ninguna mujer, por favor, tienes que comprenderlo, me duele muchísimo verte sufrir así. – hizo una pausa, pensando posibles soluciones,  y por más que le molestase, incluso que le hiriese, continuó -  Quizá sería mejor que dejases de vivir en el desván. Si dejas de verme, se te pasará. Es posible que pases unas cuantas semanas triste, pero te aseguro que se te pasará. Y cuando lo pienses fríamente, te darás cuenta que es mejor así. Que no puede ser, que es como… como enamorarse de un actor de cine. No se puede y no se puede. 

      -¿Unas cuantas semanas? Y mientras tanto, si es que se me llega a pasar como usted dice, que no lo creo, pero mientras tanto, ¿qué hago yo con éste fuego que me quema las entrañas?

     Cesar pensó, ¿qué podía decirle? Se sentía culpable, se sentía responsable del estado de la joven, y de su sufrimiento. Como él pensaba, Esther aprovechó para hablar de nuevo.

     -César, ¿no sientes curiosidad? ¿Sólo curiosidad por ver cómo es el estar con una chica? Te aseguro que es bueno, yo no creo que sea pecado, ¡no puede ser pecado algo que hace que uno se sienta tan bien! Es maravilloso, no puede ser nada malo.

     -Para mí, sí lo es. Yo hice unos votos, y no puedo romperlos.

     -¿Y por qué Dios te hace prometer que te privarás del amor?  ¿El dios del amor hace que sus seguidores deban privarse de él? ¿Deban renunciar a algo tan dulce? Si Dios pide eso, Dios es cruel.

     -Esther, no es… Un sacerdote, ya no se debe a sí mismo, se debe a los demás. No puede amar a una sola persona, debe amar a todas por igual, no puede hacer favoritismos teniendo una esposa, o unos hijos… ser sacerdote, es sacrificar la propia vida y los propios intereses, a favor de nuestros semejantes… y eso incluye intereses personales, como el amar a una mujer.

     -Pero no el acostarse con ella, ¿verdad? Como hacía el otro. – César alzó la cara para mirarla, a través de la rejilla. - ¿Crees que no lo sabía? Muchos en el pueblo lo sabían, o lo sospechaban. Dice el… dicen por ahí que dentro del pantalón, o detrás de una sotana, pero todos los tíos tienen polla. El viejo cura se iba de putas por ahí, y no es el único cura que lo hace. Mientras Úrsula fue joven y bonita, su marido, que en Gloria esté, lució un par de hermosos cuernos, cortesía del señor cura. Cuando fue envejeciendo, se cansó de ella y se buscó a otras. Tú dices que no, pero con el tiempo te picará, y harás lo mismo, ¡bonita solución! 

      -Esther, me estás insultando. – la voz de César era mucho menos amable. 

      -¡Y tú me insultas a mí, obligándome a arrastrarme, mendigando tu cariño y despreciándome con tus aires de grandeza moral, cuando dentro de unos meses, pagarás a una chica a escondidas para aliviarte con ella! 

      César estuvo a punto de dejarse llevar por la ira, de gritarle que quién se creía ella para escupirle esas cosas, que ni siquiera eran ciertas ni lo serían jamás, pero entonces pensó con frialdad en medio de su enfado. 

       -Hija mía, los asuntos de los ministros de Dios, no eres tú quién para juzgarlos. Somos humanos y tenemos necesidades, como todo el mundo, y ya que hemos hecho el voto de no casarnos, de algún modo hemos de aliviarnos, como tú bien dices; no obstante, siempre es mejor tener una amiga fija, que tener que recurrir a prostitutas, poniendo en peligro nuestra salud. Yo no puedo amarte, porque sólo amo al Señor, pero si tienes el capricho de mi cuerpo, cosa entendible, puedo seguirte permitiendo vivir en el desván, a cambio de darme tus favores cuando los precise. No te apures, yo te absolveré siempre de tu pecado carnal, y del que me harías cometer contigo, ¿qué me dices?

      La voz de Esther apenas le salía, de pura indignación. 

      -…Le digo… ¡le digo que es usted un puerco! ¡Tan asqueroso y repugnante como el viejo Amalio, todos sois iguales! – Esther golpeó la reja con los puños y salió del confesionario a todo correr, llorando su maldita suerte, ¿es que a ella le estaba prohibido ser feliz? ¿No podía enamorarse de un hombre que la quisiese? ¿O es que no había ninguno en el mundo que fuese capaz de amar? 

      Cesar tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para no salir corriendo tras ella. Sólo cuando dejó de oír sus pasos, salió del confesionario. “Perdóname, Señor” pensó, volviéndose hacia el Cristo del altar mayor “perdóname la terrible sarta de mentiras y groserías que acabo de soltar, tú sabes que nada es cierto, tú sabes que la amo… con amor de hermano, y me duele haberla hecho sufrir. Pero era el único modo. Esa chica se habría convertido para mí en una tentación, y se habría perdido por culpa mía, por inspirarle sin querer esos deseos carnales. El único modo de evitarlo, era conseguir que me odiara. Lamento haber perdido su amistad, pero si a cambio he conseguido que su alma se salve, no creo haber hecho mal.”.



****************


Cuatro años más tarde.

     Beto sonreía, balanceándose sobre los pies, mientras daba bocados a su brocheta de algodón dulce. Era feliz, había montado en el Pulpo y no se había mareado, y tenía algodón dulce para comer, y otro espetón para dárselo a Martita, su prima. Oli le había pedido que le esperase, había visto al sr. Román, al bibliotecario de la Universidad, que les dejaba leer en ella cuando iba a esperar al tío Simón, que regentaba la cafetería. El niño sentía mucho aprecio por él, y siempre que le veía, iba a hablar con él y a saludarlo, así que Beto se quedó esperando. Sabía que su primo, aunque sólo tuviese nueve años, quería ser bibliotecario como el sr. Román, y se sentía más cómodo hablando con él a solas, sin nadie que le preguntase cosas cada dos minutos. Beto tenía catorce para quince, pero la diferencia mental entre su primo y él, estaba a favor del pequeño Oli. 

     Mientras Beto se comía su algodón, sonreía pensando en Martita. Hacía años, la entonces niña le había propuesto “jugar a los novios” durante un verano, y ella se pasaba el día pidiéndole cosas, y a veces, cuando él hacía bien las cosas, le besaba. No era como los besos de las películas, pero le besaba cerca de la boca, y eso le hacía mucha ilusión. Al año siguiente, Martita ya no quiso jugar más, pero él no dejaba de intentar ponerla contenta, con la esperanza de que ella quisiese seguir el juego. Ahora, mirando el algodón, se puso a pensar que cuando Martita lo viese, le diese un besito como aquéllos, y se sonrojó, riéndose para sí. Y entonces oyó una risa familiar, y se volvió. Era Martita. A Beto se le borró la sonrisa de golpe. 

      -Basta… eres un salido, Manolo – se reía ella, pero no hacía parar al chico. Estaba con el Manolo, ése que decía a sus padres que era “sólo un amigo”, pero que Beto supiera, los amigos no abrazaban ni besaban así. 

       -No me pares, tonta… - contestaba él, apretándola, besándole el cuello, y entonces ella se volvió hacia él, y le besó. Un beso que sí era como los de las películas, pero mucho más largo. Beto sintió claramente que algo dentro de su pecho se partía como si fuese de cristal, y los pedazos se le clavaron por dentro, desgarrándole, y fueron pasando lentamente por su pecho, haciendo heridas a cada centímetro, rajas profundas y dolorosas que quemaban y escocían… las lágrimas se le cayeron de los ojos sin que se diese cuenta de ello. Tampoco se dio cuenta que se le había caído su algodón. El de Martita, seguía sujeto en su mano izquierda, con los nudillos lívidos por la fuerza con que lo apretaban. 

     Martita separó su boca de la del Manolo, casi para tomar aire, e intentó besarle de nuevo, pero se encontró con una barrera de algodón dulce entre ellos. Sosteniendo la brocheta, estaba su primo, de rostro congestionado y ojos dolidos. 

      -¿Qué coño…? – espetó el Manolo, pero Beto ni le miraba. 

      -Tu algodón. – susurró Beto, esforzándose por hablar entre las lágrimas – Que te aproveche. 

    Martita le miraba con temor, ¡si Beto la delataba…! Pero el Manolo le miró con furia.

     -¡Lárgate de aquí, subnormal! – Beto se le quedó mirando, con la cabeza ligeramente agachada, la cara inexpresiva y sin parpadear. Martita le conocía bien, cuando quería provocar hacía eso, porque sabía que nadie lo soportaba. El Manolo era casi dos años mayor que Beto, más alto y con peor leche, pero Beto tenía una fuerza increíble y cuando se enfadaba, cosa que no acostumbraba a suceder, no medía contra quien se las jugaba y le daba igual ocho que ochenta. Si el Manolo levantaba la mano, Beto se defendería y no pararía hasta quedar inconsciente o desgraciar al Manolo.

      -Beto, por favor… Manolo, no le pegues…

      -A lo mejor así, le arreglaba el coco al gilipollas éste, ¿qué miras, retrasao? ¡Lárgate, te digo!

     -Beto… Anda, ve a buscar a Oli, por favor - sonrió, tratando de que Beto la mirase a ella – Anda, hazlo por mí - Pero Beto no la miraba, seguía con la mirada fija en el Manolo, parecía estar deseando que le atacase para saltar contra él. – Beto….

       -¡Beto, cariño, qué bien que te encuentro! – Una voz femenina cargada de afecto interrumpió la escena, y el citado volvió la cara, porque no estaba acostumbrado que, salvo su madre, ninguna voz de mujer le llamase “cariño”. Quien le hablaba, era una jovencita, algo mayor que el Manolo, de pelo corto a lo chico de color rojizo, que llevaba un bloc de dibujo en la mano, con un lápiz metido en el canutillo del mismo. Beto la conocía, se llamaba Nastia, y era la amiga del hijo del Decano.  - ¿Cómo estás? ¿Os importa si os lo robo un momento? – dijo, dirigiéndose a Martita y al Manolo – El Decano quiere hablar con su padre, y yo, quiero hablar con él. – le tomó del brazo y tiró, y Beto, creyendo que era cierto lo que la chica decía, se dejó llevar, aunque con algo de fastidio. – Por cierto… No os ofendáis, pero ya vais siendo mayorcitos para poneros así la cara de algodón. – dijo, y Beto, en medio de su tristeza, no pudo evitar soltar una risita. 

       -¿Qué quiere el Decano? – preguntó Beto, apenas se habían alejado un poco. Nastia le sonrió. Tenía una sonrisa muy amable, le miraba un poco como hacía su madre, pero de otra manera. 

      -Beto, perdóname, pero he mentido; el Decano no quiere nada, pero he visto todo lo que ha pasado, desde que se te cayó el algodón y te pusiste a llorar, y me dio miedo que te pegaras con ése bestia, por eso me metí. – Nastia miró a Martita y al Manolo, que se limpiaban el algodón a besos. Beto conservaba la cabeza gacha. - ¿Ataque de cuernos, verdad? – Beto la miró. No entendía qué quería decir – Te gusta una chica, y a ella le gusta otro. – El chico asintió. Nastia volvió a sonreírle – Beto, no llores por ella. Sé que te duele, que te duele mucho, pero tú eres un chico muy bueno… eres uno de esos chicos de los que las malas mujeres se aprovechan, precisamente porque eres bueno. Pero yo sé que tú encontrarás también una chica dulce para ti. Puede que no la encuentres pasado mañana, pero yo sé que la encontrarás.

       -Yo… yo quiero a Martita… - musitó Beto – Ella fue mi novia, pero a mí nunca me besó así… - la barbilla le temblaba, y a Nastia le dolía verle llorar con tanto sentimiento. Le limpió las lágrimas con el dorso de las manos, y le tomó de los brazos. 

       -Beto, eso de besarse… En realidad, no es tan importante, no es… es agradable, pero los besos que se están dando esos dos, son besos falsos, no besos de amor. El Manolo no quiere a tu prima, igual que no quiere a ninguna de las chicas con las que se va besuqueando.

       -¿Y por qué ella no me ha besado nunca así a mí, aunque fuese un beso falso? – Nastia le abrazó contra ella sin poder contenerse, Beto era poco más que un niño grande, y daba tanta pena verle así de apaleado. Beto la abrazó por la espalda, intentando contener un sollozo, y entonces oyó que ella sonreía. 

       -Mira, Beto… yo sé que no soy Martita, pero puedo hacer algo por ti, y juntos podemos chinchar un poco a esos dos, ¿quieres? – Beto hizo una especie de encogimiento de un solo hombro, que podía significar “bueno…”, y Nastia le tomó de las manos y se las puso en su cintura. Beto se extrañó, pero no opuso resistencia. Nastia miró de reojo a donde estaban Martita y el Manolo, y, viendo que no miraban, silbó. 

       Martita, casi asustada, volvió la cara, pero lo que vio, la dejó sin aliento. Nastia, la novia del hijo del Decano, tenía al bobainas de su primo completamente abrazado, y le miraba cariñosamente. La chica agachó un poco la cabeza (no es que fuese muy alta, pero tenía cuatro años más que Beto, y eso se notaba), y le besó en los labios, apretándole dulcemente contra ella. 

       -…Si no lo veo, no lo creo – musitó Martita. - ¡Será guarra!

       -Con…. Con la novia del Zato, ¡qué cabrón! ¡Qué huevos! ¿Cómo lo ha hecho, si esa tía sólo mira al Zato? ¡Yo estoy harto de intentarlo!

       -¡Oye, rico! ¿Y conmigo qué pasa?

       -Marta, no te ofendas, pero es que entre tú y Nastia, no hay color.

       -¿Que no hay color? ¡Color el de tus ojos, que te los voy a poner morados, hijo de…! – pero ya le había sacudido  antes de acabar la frase. 

        Beto tuvo la sensación de no tocar el suelo. Aún cuando ella ya se había separado, le seguía pareciendo que flotaba. Un beso de cine… le habían dado un beso de cine, ¡a él! Y, vale que no había sido Martita, pero había sido la chica más guapa que él conocía después de ella, la pelirroja novia de Zato, la chica que dibujaba y escribía poesía y tenía los ojos verdes más grandes  del mundo… y le había besado. Había sido muy raro, pero muy… bonito. Tenía los labios muy suaves, y olía muy bien, a vainilla. Nastia le acarició la cara, y Beto se dio cuenta de que ya no estaba triste, sino que sonreía. 

      -Hale, ¿se te ha pasado el disgusto? – preguntó ella, sonriente también.

       -Sí… Un poquito. – Beto buscó palabras, pero sólo encontró una – Gracias. 

      -No hay de qué. Y recuerda lo que te he dicho, Beto: tú encontrarás una chica para ti, y te querrá muchísimo. – Se sacó una moneda del bolsillo – Toma, para otro algodón. 

     Beto sonrió hasta las orejas, y Nastia tuvo la impresión de que con eso, ya sí que se le había pasado el disgusto del todo. De lejos vio venir al primo del chico, a Oli, y Beto le dijo adiós y se marchó con él. 

      Ojalá para Martita, fuese igual de fácil pasar el disgusto. Ella sabía que el Manolo, no era el chico más de fiar del mundo, se lo habían dicho todas sus amigas, pero él había sido tan atento con ella, tan fogoso, que llegó a pensar que ella le importaba de verdad, que no era como con las otras, que a ella sí que la quería. Qué idiota había sido, pensó mientras caminaba, oyendo de fondo la feria. 

      -¡Siempre toca! ¡Dispara al patito y llévate un premio; juguetes, peluches, muñecas, vajilla, y hasta una nevera! ¡Vengan a jugar! Niña, ven a probar suerte, ¡llévate a casa un peluche! – Martita oyó la voz y maquinalmente levantó la cara. Se encontró a un hombre que dejó de sonreír apenas la miró, y se acercó a ella – Vaya… ¿quiénha hecho llorar a una niña tan guapa?


****************

     “La primera idea era la buena, debí haberme ido esa misma noche, seguro que ya tenía planeado el hacerme semejante proposición asquerosa esa noche, cuando me propuso quedarme en el desván”, pensaba Esther, paseando por la feria. No le gustaba el ambiente festivo, no estaba para fiestas precisamente, pero con el ruido y la música, sus pensamientos parecían hablarle más bajo. No los anulaba, pero sí los amortiguaba. Había pasado junto a la caseta del Antonio, y éste la había cogido del brazo para explicarle… ella le había dado un pisotón para que la soltase y echó a correr. Ahora, a pesar de ir recorriendo la feria, cuidaba de no acercarse a su barraca. Sin duda por ir ocultándose del Antonio, no cayó en que tenía que ocultarse de alguien más. Cuando le vio, ya era demasiado tarde. El Armando, su señor, la había visto. Esther se asustó y echó a correr, pero d. Armando, a diferencia de otros, sí que la siguió y le dio alcance.

       El Padre César caminaba por las calles, oscuras y silenciosas, aunque de lejos le llegaba el rumor de la feria. No iba hacia allí específicamente, sólo paseaba mientras pensaba en Esther. Sabía que la había hecho daño, pero eso era mejor que… Era preferible que sufriese de una vez, a que se pasase sufriendo semanas o quizá meses, o que siempre tuviese la espina clavada de “¿hubiera sido feliz con él?”. Él quería ser sacerdote, y desde luego que sentía un gran cariño por la joven, pero no como para renunciar por ella a toda su vocación. Estaba ya casi a las puertas de la feria, cuando la vio. O los vio. 

       -¡Suélteme! ¡Le digo que me suelte! – protestaba Esther, dando feroces tirones a d. Armando, quien la tenía agarrada del brazo y la cintura y no dejaba igualmente de tirar de ella.

       -¡Estate quieta! ¡Tú te vienes para casa, y ya está; hay muchísimo que hacer, so guarra, ya me explicarás en la cama de quién te has metido! – le soltó un cachete, la joven le devolvió un pisotón, y el hombre la zarandeó, pero no la soltó.

       -¡En la de nadie, suélteme, no quiero ir, soy mayor de edad!

       -¡Tú eres mía, te compramos a tu madre por un buen dinero, y te hemos dado de comer toda tu vida, tu obligación es pagarlo, zorra ingrata, la ley está de mi parte!

       -Ni la ley de los hombres, ni la de Dios, están de parte de lo que está haciendo. – la voz del Padre César interrumpió a d. Armando, pero éste, creyó que se las veía con otro cura como d. Amalio.

      -¡Ah, gracias a Dios, Padre! ¡Mire, ésta ingrata se ha escapado de casa, sabiendo que mi mujer está enferma y moribunda, y dejándome a mí con todo el trabajo de la panadería y de la tienda! ¡No tiene la menor consideración, es incapaz de entender lo que se hace por ella! ¡Ayúdeme a llevarla a casa, para devolverla al buen camino! ¡Dígaselo usted!

      -Lo único que puedo decirle, es que hace bien en pretender separarse de alguien que la explota laboralmente, y que fue capaz de comprarla por dinero. 

     D. Armando se le quedó mirando como si viese a un extraterrestre, y no supo si indignarse o reír.

      -¿Qué? ¿Está usted loco? 

      -No, d. Armando. Y en el fondo, usted no es tan culpable, sólo le hicieron creer que lo que hacía, estaba bien. Que comprar un ser humano por un capricho, era algo que se podía hacer y encima era piadoso, y usted lo hizo, en lugar de pensar por sí mismo y darse cuenta que era algo deleznable. 

      -¡Su madre era una zorra que no se respetaba, yo sé que hice muy bien!

      -Desgraciadamente, la ley dice que no se pueden comprar los seres humanos, y, dado que Esther es mayor de edad, es libre de abandonar su casa.

      -Pero… - la expresión de d. Armando cambió – Mire, señor cura, la ley puede decir lo que quiera, pero entre caballeros, no tenemos que ceñirnos a la ley. La chica es una cabeza loca que no sabe lo que es mejor para ella, pero si usted me ayuda a encarrilarla, yo puedo dar limosnas muy generosas… 

    La cara del padre César era una roca que se endurecía más a cada palabra. Esther tuvo miedo por un instante de él, pero el joven cura sólo dijo una palabra.

     -Suéltela. – Si d. Armando hubiera tenido una pizca de juicio, hubiera obedecido, pero el orgullo de haber hecho siempre su voluntad, salió por su boca.

      -¿A quién nos ha mandado el Obispado? ¿A un rojo, que se pone de parte de las putas, y se atreve a amenazar a la gente decente y normal? ¡Quítese de mi camino!

     -Se lo diré de otro modo: O la suelta ahora mismo, o vamos al cuartelillo los tres. – El rico palideció - ¿Qué sucede? ¿La Guardia Civil no va a tragar tampoco con sus sobornos? ¿O es que teme que le salgan mucho más caros?

     -Joven idiota… si yo hago una llamada, mañana estarás lejos de aquí, ¡te habrán mandado al tercer mundo, a dar sopitas a los negros!

     -Tal vez, pero eso será mañana. Hoy, va a soltarla. – César acercó la mano a Esther, intentando que ella le agarrara, pero d. Armando se interpuso y le empujó con fuerza. 

      -Es mía, pagué por ella, y llevo pagando y pagando toda la vida, ¡no va a quitármela usted! ¿Cree que no tengo ojos en la cara, que no me doy cuenta de cómo se miran? Tú quieres meterla en tu camita, pero yo llegué antes, ¡la compré para eso! ¡Estaba harto de aguantar a mi esposa, siempre con caprichos y órdenes, y exigencias! ¡Por eso la compré, para tenerla sin que pudiera pedirme nada, y me debería estar más agradecida, ¿cuántas chicas no querrían estar de queridas de un hombre rico?! – César intentó no hacer caso, y tomar de nuevo a Esther de la mano, que palidecía al oír la verdad expresada tan crudamente; ella sólo era un bebé, la compraron de recién nacida, ¿ya desde entonces tenía su señor eso en la mente? Quiso extender la mano hacia César, pero Armando la metió un empujón lleno de soberbia y la tiró al suelo de culo. Oyó un grito de sorpresa de la chica, y lo siguiente que supo Armando, era que estaba tendido en la acera. Entonces, comenzó el dolor, terrible dolor en la mandíbula y la cara, y se dio cuenta de qué había sucedido: el cura le había sacudido un puñetazo que lo había tumbado. 

      César se frotaba el puño, susurrando “perdóname, Señor; perdóname, hijo mío”, y a Esther le pareció que estaba a punto de echarse a llorar de rabia. La joven se levantó del suelo de un brinco y se colocó a su espalda. 

     -Padre, ¿está usted bien? – preguntó, con una vocecita temblorosa. 

     -Sí. – Sabía que no debía hacerlo, pero las palabras le salieron atropelladamente, sin que él pudiera contenerlas. – Perdóname, Esther, te mentí, nada de lo que dije era cierto, eran sólo vulgares mentiras, sólo pretendía que me odiaras para que no…

     -Lo sé. Ahora lo sé. – interrumpió la chica. 

     -Le denunciaré… - protestó Armando, incorporándose, con una mano en la mejilla, que enrojecía a ojos vistas – Esto ha sido agresión, le denunciaré, pagará por esto… - César intentó excusarse, pero el rico salió corriendo - ¡Lo pagará caro!

     César bajó la mirada. Había obrado mal dejándose llevar por la ira, y lo sabía. Afrontaría con serenidad cualquier castigo que le impusieran, sólo esperaba no dejar desamparada a Esther. 

     El camino de regresa a la iglesia, César no lo recordaba. No había podido ni cenar. Era vagamente consciente de que Esther le ponía delante platos y se los llevaba, y de que le hablaba, pero apenas la oía. ¿Cómo había podido ser tan inconsciente? ¡Pegar a un semejante! Hacía años que no se dejaba llevar de tal modo, pero… “Pero había pegado a Esther”, pensó. Y eso, no había podido soportarlo. Que le sacudiese a él, pase, pero a ella, ni soñarlo. Se acostó temprano, sin dejar de pensar en aquello, ¿qué sería de la joven? Queriendo protegerla, la había fallado. Si lo destinaban a otro lugar, no podría llevarla con él, se quedaría desamparada, tarde o temprano Armando la cogería por banda y se saldría con la suya, sólo tenía que esperar. “Dios mío, dame lucidez, ¿qué puedo hacer?” Eso fue lo último que pensó, antes de quedarse dormido.

     Sus sueños eran intranquilos y tumultuosos, soñaba que la Guardia Civil le detenía, y que Armando bailaba a su alrededor, pinchándole con alfileres candentes. “Es un violento”, decían otros curas. “Tiene que irse de aquí”, decían las gentes. “Yo quería proteger a Esther, sólo eso”, protestaba él, mientras le cogían de los brazos y le llevaban, y Armando se reía, tirando de Esther, que se resistía  y le tenía los brazos, pidiéndole ayuda, César intentaba soltarse, “No dejéis que la lleve con él, no se lo permitáis”, protestaba, mientras la cara de Esther se había más suplicante, y entonces, Armando desapareció. Y Esther le miraba con cariño. Nadie le sujetaba ya, y se dio cuenta que tenía a la joven entre los brazos, y ninguno de los dos llevaba ropa. Esther le besó, pero él no lo encontró mal. “Es sólo amor, no puede ser malo”, pensaba, mientras se tendía sobre la chica y ella gemía dulcemente, y sentía un calor delicioso en su cuerpo al tenerla debajo de él… sí, un calor delicioso… aaah, qué bueno, qué maravilla, qué… qué gusto…. Su lengua se deslizaba suavemente sobre la suya, en una caricia húmeda tan tierna, y tan apasionada…

       -Hmmm…. – César abrió los ojos, y en aquél momento, no le extrañó encontrar a Esther a su lado, besándole sin tomar aire, con sus lenguas entrelazadas como en su sueño… fue un par de segundos más tarde cuando se despertó por completo y se dio cuenta de qué estaba sucediendo - ¡Esther, ¿qué haces aquí?! Estás… Por Dios, Esther… vete… vete de aquí… - el joven cura temblaba como si tuviera fiebres; la joven estaba completamente desnuda, y en la penumbra del cuarto, sus encantadoras formas eran perfectamente visibles. La joven no contestó, se abrazó tiernamente al cura y le besó la cara, el cuello… César apretó los dientes e intentó resistirse, no podía, no podía, ¡aquello no estaba bien! – Esther… Si esto es por… por darme las gracias, o…. no debes hacerlo… Por favor, yo no… no puedo hacer esto…

      La joven siguió sin contestar, se limitó a bajar el brazo con el que le abrazaba, acariciando su pecho desnudo hasta llegar a los calzoncillos, única prenda que llevaba al ser verano y las noches calurosas, y en la que había un tremendo bulto candente, que la joven acarició. 

       -¡Haaaaaaaaaaah….! – Cesar desencajó los ojos al sentir un reguero de placer nacer en aquélla zona, y expandirse por todo su cuerpo, haciéndole temblar de la cabeza a los pies. Supo que había perdido la batalla, que el placer pedía ser saciado, pero aún así quiso seguir resistiendo, aún sabiendo que era inútil, pero la chica tomó la mano del joven, con la que él se agarraba ferozmente a la sábana bajera, y la llevó a sus pechos. Cálidos y acogedores, y de pezones erectos, y suspiró al notarla. Aquél suspiro taladró el corazón del cura. – Jesucristo… si esto es pecado, castígame, castígame a mí solo, ya no te pido que me perdones, sino que me castigues, ¡porque no puedo evitar caer! – musitó, casi furioso, y apretó a Esther contra él, con fuerza. 

      -Aaaaaaaaaaaaaaagh…. Sí. – Murmuró la joven. Sabía que le hacía daño, que la apretaba demasiado fuerte, pero a ella parecía gustarle, y él no podía hacerlo de otro modo. Sabía que eso era su perdición, que estaba rompiendo sus sagrados votos, pero el cariño que sentía por la joven, era demasiado fuerte. Notó que ella le bajaba la ropa interior, y empezaron a frotarse, Esther suspiraba sintiendo la hombría de César contra su cuerpo, y él no dejaba de mover las caderas… nunca había estado con una mujer, no sabía cómo se hacía... pero no le importaba demasiado, mientras la tuviese abrazada, era suficiente. 

     Esther no tenía una gran experiencia, apenas lo había hecho dos veces, y la primera sólo experimentó un gran dolor, pero al menos ahora, lo estaba haciendo porque ella quería, y no por dar por los morros a nadie, sino sólo por amor. Ahora lo sabía. Sobre él, sintiendo su abrazo, no dejaba de besarle y acariciarle, y ya no le parecía que los besos, por mucha lengua que usase, fuesen “sucios”, eran hermosos, eran bellísimos. Cada vez que César gemía, le partía el corazón. Cada vez que sentía su miembro frotarse allí abajo, entre sus piernas, sentía un placer infinito, una alegría maravillosa… de nuevo sentía el picor, esas cosquillas ahí abajo que decían que quería tener algo dentro de ella.. Pero en esta ocasión, no pedían algo,  pedían a alguien. Pedían a César. 

     Con mucho cuidado, se arrodilló sobre la estrecha cama, a pesar de que César no la quería soltar, y tomó el miembro del joven cura con la mano, y aunque en principio su idea era la de orientarlo, no se resistió a acariciarlo un poquito. César agarró la almohada con ambas manos, gimiendo ruidosamente, ¡el placer era increíble, ¿cómo era posible que unas simples caricias le hiciesen sentir tan bien?! Esther, recordando lo que el Antonio le había enseñado, echó hacia atrás la piel del glande y se mojó la mano en la humedad, y empezó a acariciarle la punta, descubriendo y cubriendo, despacito, apretando… 

     -Esther…. – jadeó César – Esther, me haces…. muy feliz…. – tiritaba, se derretía de gusto. Esther le deseaba tanto que le dolía el corazón, y no pudo resistir más. Se aupó, y se acarició con el miembro del cura, descubrió las cosquillas ardientes que clamaban por tenerle dentro, y, aún temiendo que le doliera, bajó sólo un poquito, sólo lo justo para que el glande entrara, y a César le pareció que su miembro estaba rodeado de lava, pero lava suave, acogedora… Esther gimió, ¡era dulcísimo, era una sensación increíble! Y se dejó caer del todo. Cesar le abrió los brazos, rodaron por la cama, y el cura empezó a empujar, y a la joven le pareció que subía al Cielo, el pene de César le rozaba y frotaba mil sitios, mil puntos que la hacían estremecerse y temblar, en un placer intenso y dulce; sudaba copiosamente, jadeando, pensando “soy tuya… soy tuya…”. César no quería pensar, pero no podía evitarlo. Se daba cuenta que amaba a Esther, que había podido engañarse con “amor de hermanos” mientras esto no había sucedido, pero que ahora que había pasado, ya no sería capaz de vivir sin ello, ¡necesitaba a Esther cerca de él, debajo de él! Quería estar con ella siempre que pudiera, y hacer esto siempre que fuese posible. 

     La joven le abrazaba con brazos y piernas, gimiendo dulcemente cada vez que él se movía, notando cómo se gestaba la explosión de la otra vez, pero ahora de manera mucho más dulce, mucho más lenta… oh, Dios, ahí estaba… aquél ariete caliente que se introducía en su cuerpo una y otra vez, estaba tocando ese punto, ese punto mágico que la hacía sonreír, y ya no aguantaba más, ya no podía seguir resistiendo, su placer se desbordaba como la leche en un cazo que está demasiado al fuego… 

     -Oh, César…. César…. ¡Céeesaaaaaaaaaaaaaar…..! – gimió, casi llorando, sintiendo el estremecimiento, temblando entre sus brazos, el estallido se expandió en un latigazo de placer supremo que la hizo tiritar, sintiendo las contracciones de su vagina abrazar más intensamente la virilidad del cura… éste gimió y embistió más fuertemente, su miembro iba a explotar de placer, el rozamiento era dulcísimo, insoportable, y entonces un picor eléctrico justo en la punta le hizo dar un pequeño grito y una embestida final, abrazándose a Esther, con los dientes apretados, sintiendo cómo su cuerpo se encogía, y sus nalgas se contraían en espasmos, soltando la descarga… aaah… era tan… era como liberar una carga, una carga pesadísima, era un placer increíble, y un alivio infinito… 

     Cesar se encontró besándola una vez más. ¿Qué harían ahora? ¿Cómo había podido caer en un pecado tan grave? ¿Qué iba a ser de ella cuando a él lo destinasen a otra parte? “Dios mío, sé que te pido mucho, pero protégela. No es una pecadora, he sido yo el que ha pecado, no ella. Yo tendría que haber sido más fuerte, ella sólo me ha tentado, yo he sido el culpable al dejarme llevar. Además, Dios mío… tú no habrías hecho a una criatura tan dulce para castigarla por ser precisamente así”. Puede que ese fuese su último pensamiento consciente antes de quedarse definitivamente dormido.

     La luz del sol hirió sus ojos aún cerrados, parpadeó y los abrió. Estaba solo en su cama, desnudo y con las sábanas revueltas. Le hubiera gustado pensar que lo ocurrido anoche, sólo había sido un sueño particularmente intenso, pero el aroma de Esther flotaba por toda la habitación. “Más me habría valido morirme mientras dormía”, pensó, abatido, ¿qué iba a hacer, qué iban a hacer? “He pegado a una persona, al hombre más rico y uno de los más poderosos del pueblo, y he seducido a una mujer… una pobre y buena chica, se ha perdido por mi culpa, ¿cómo pude ser tan miserable? ¡Debí haberle impedido continuar!” Lo que César no quería pensar, es que había sido tan increíblemente agradable, había sentido tantas cosas y con tanta fuerza, que no fue capaz de renunciar. Y quería volver a sentirlas, quería volver a estar íntimamente con Esther… como sacerdote, se sentía un pecador miserable. Como hombre, se sentía el ser más dichoso de la Tierra.  “Sólo me queda una salida honrosa: pedir yo mismo la secularización, antes que todo se sepa. Porque se sabrá, Armando lo irá contando, aunque no sepa que es verdad, hará correr el bulo”. La puerta de su cuarto se abrió con un chirridito, y entró Esther, que llevaba una bandeja con sendos cafés, huevos y tostadas. En un movimiento reflejo, César se tapó con la sábana. 

      -No me voy a asustar por verla - sonrió la joven, y se sentó junto a él en la cama. – Buenos días. 

     César sonrió. Qué guapísima estaba, llevaba sólo un camisón amplio y negro que… un momento, no era un camisón, era su… 

     -Esther… mmmh… ¿”Eso”, es mi sotana?
     -…No tenía nada más a mano para ponerme - se excusó la joven. – Si quieres, me la quito - dijo, con toda intención, y César sonrió, con una pizca de reconvención. 

     -No. – suspiró – Ya no hace falta. De todos modos, no voy a necesitarla más. 

     -¿Por qué? – preguntó ella, untando mantequilla en su tostada.

     -Voy a secularizarme.

     -¿Qué trabalenguas es ese?

    -Quiero decir que voy a colgar los hábitos. Voy a dejar de ser cura, para que podamos estar juntos como una pareja normal. 

    Esther se quedó con la tostada a medio camino de la boca.

      -¿Tú estás loco? No puedes hacer eso…

      -Oh, sí puedo, Esther, los votos no son irrevocables, puede que me lleve algún tiempo el trámite, pero…

     -¡No, hablo en serio, NO PUEDES hacer eso! – César se la quedó mirando con asombro – Escucha… yo te quiero. Nunca en mi vida he tenido a nadie a quien querer, salvo ahora, y no te quiero perder, pero tu trabajo de cura, es más importante. 

     -Esther, pero eso… yo quiero que estemos juntos.

      -Lo estaremos. 

     -¿Amancebados? ¿Viviendo en pecado, teniéndote como a una especie de concubina?

     -No sé exactamente qué es eso, pero suena como a puta, y sí, seré tu puta, si eso es lo que quieres decir, a cambio de que sigas siendo cura. ¡Mira a tu alrededor! César, éste pueblo no ha sabido lo que es un cura bueno desde hace casi un siglo. Las chicas pobres que tenían un desliz, sólo tenían ocasión de trabajar en el bar de carretera, o largarse a otro sitio donde nadie las conociera, porque nadie les daba trabajo. D. Amalio hacía que eso fuese así, lo alentaba, decía que dar trabajo a una puta, era condenarse. Los niños tenían miedo del cura, d. Amalio les pegaba a la mínima, los hijos de madre soltera, estaban hartos de oír que eran hijos de putas y están condenados, sólo por haber nacido. Tú no harás nada de eso…

     -¡Claro que no, para eso no me hace falta ser cura! 

     -¡Pero siéndolo, además de no hacerlo, podrás luchar contra ello! César, yo no quiero que renuncies por mí, te he visto ser cura. Es lo que quieres hacer, es para lo que has nacido. Quieres a la gente, y la gente te quiere a ti. – le acarició la cara, y el sacerdote le besó los dedos. ¿De verdad… de verdad, era eso lo que quería?

     -Esther, nunca podremos… nunca podremos nada. Viviremos escondiéndonos, no podré darte un beso a la luz de sol, ni podremos pasear juntos, ni cogernos de la mano… 

      -Una vez me dijiste que ser cura, implicaba sacrificarte por los demás y darte a ellos. Si tú puedes hacerlo, yo también sacrificaré parte de nosotros dos, para dársela a todos. – César tuvo que agarrarla de la cara y besarla con pasión en ese instante, no pudo contenerse. “Fue por algo que la primera vez que te vi, te llamé “La chica fuerte””.
     


     Apenas media hora más tarde, César bajó para oficiar la misa de siete, esperando encontrarse sólo a las cuatro viejecitas de siempre. Cuál no fue su sorpresa cuando abrió las puertas y encontró allí a medio pueblo, además de a dos agentes de la Guardia Civil. 

      -¡Que no puede ser, señores!

      -¡El cura estaba con nosotros en el coro, no pudo ser él!

      -¡El Armando está senil, seguro que se emborrachó y se cayó de bruces, eso es todo! – iban diciendo algunos, mientras los agentes intentaban poner paz, y el propio César intentaba enterarse de qué sucedía… Finalmente, uno de los guardias levantó la voz.

     -¡A ver, orden, coño!

     -Jodó, le ha faltao el “se sienten”… – susurró alguien.

     -¿¡Decían?! 

     -¡Nada…! – prácticamente todo el mundo sacudió la cabeza mirando al suelo. Se conoce que los guardias llevaban de servicio toda la noche, y no debía estar el horno para bollos.

     -Vamos a ver, aquí tenemos una orden de detención por agresión, contra el cura párroco, don César Hidalgo, ¿es usted?

     -Soy yo. – admitió César

     -¡Pero él no ha sido! ¡No ha sido! – gritaron muchas voces.

     -¡Que silencio! – gritó el primero de los guardias con su voz de trueno. - ¡Si ha sido o no ha sido, en el cuartelillo se aclarará todo!

     -Se puede aclarar aquí. Yo estaba allí y lo vi todo, guardia. – Quien había hablado, era nada menos que el Antonio. 

     -Usted se viene entonces con nosotros.

    -No puedo ir, señor agente, no pue´o dejar la feria. Tanto le da aquí que allí. Anoche, el tal d. Armando vino a tirar a mi caseta. Iba bien cocido, ya me entiende. – hizo un explícito gesto llevándose el pulgar a la boca, el guardia asintió – Como no daba una por que iba tibio, se quejó que mi caseta tenía truco, y no era cierto. El caso eh que aprovechó que me di la vuelta para apañar un par de billetes de la caja. Cuando me di cuenta salí tras él, me llevaba ya ventaja, porque yo tuve que cerrar y todo. 

     -¿Cómo se dio cuenta que le faltaba dinero? – preguntó el segundo guardia. 

     -Porque el muy gilipollas no había tenido mejor idea que llevarse justo loh billeteh grandes. Cuando te pagan casi siempre en monedas, no tienes billetes máh que de la gente que te pide cambio, y tenía dos de mil, que fueron justo loh que desaparecieron. El caso es que me fui a por él, y le vi que llevaba a rastras a una chavala. Y oiga, yo no tengo nada en contra que un tío de sesenta se vaya con una chavala de veinte, si le paga bien… pero me temo que no era el caso, porque no dejaba de tirar de ella. Ya me iba a meter, cuando apareció aquí el cura y hablaron. Le pidió que la soltara, y el viejo se negó, y sacudió al cura y a la chavala, echó mano al bolsillo, y sacó una navaja. Yo quise intervenir, pero el cura fue máh rápido y le intentó quitar la navaja, el viejo perdió el equilibrio y se golpeó con el bordillo al caer. Luego se levantó diciendo que le iba a denunciar por agresión, y se largó. Así lo vi yo, y lo juro ante quien sea. 

      -Eso no es… - empezó a decir César, pero la gente empezó a hablar dando la razón al feriante, subiendo el tono, y su voz se ahogó. Antes que pudiera darse cuenta, los agentes hablaron entre ellos acerca de la navaja que, efectivamente le habían encontrado al Armando, quien había ido al cuartelillo tambaleándose de borrachera, y aceptaron como buena la versión del Braguetazo. Los presentes aplaudieron, y empezaron a marcharse, sólo quedó allí el Antonio, sonriéndole con sorna. – Eso no era verdad, y usted lo sabe.

     -No me venga ahora con reproches, santidad… ¿le he librado de la trena, sí o no? 

      -¿Pero cómo sabía que Armando llevaba encima una navaja?

     -¡Coña! ¿No lo iba a saber, si eso fue lo que me robó? – dijo, encendiendo la cerilla en el marco del portón, y prendiendo un cigarrillo. 

     -Entonces, las dos mil pesetas…

     -Me las “devolverán” los civiles del bolsillo del Armando.

     -¡Eso es una canallada, yo no puedo consentir eso! Voy ahora mismo al cuartelillo a aclararlo todo.

      -Usted se va a quedar quietecito, a no ser que quiera que yo largue lo de la Esther con usted. – César palideció – No se preocupe, que nadie lo sabe. – Ni siquiera lo sabía yo, pensó. Pero mira por donde, he tirado y he acertado el premio gordo. – Venga… Un pecao de dos mil pesetillas por sacarle a usted del brete, no eh mucho pedir, ¿no? Apúntelo en mi cuenta, que ya es tan larga que uno más… no importa. – aspiró el humo y se marchó, pero apenas había dado cuatro pasos, se volvió. – Oiga… Aunque sea echándome algo al bolsillo, no le vaya a contar a la Esther que le he sacao del apuro. Que uno… tiene una reputación. 



********************



Cuatro años después.

     La música sonaba junto a la orquesta Pléyades, en la feria, y las parejas bailaban. Los padres de Oli bailaban, los de Beto también, Martita había accedido a bailar con el Manolo, y Nastia estaba bailando con Risto Zato, el hijo del Decano, y el chico debía tener los brazos cansados, porque no dejaba de bajar las manos. Nastia se las ponía en su cintura una y otra vez, pero al cabo, volvía a bajarlas. Beto estaba contento, y él y Oli jugaban a las cartas en una de las mesas que había junto a la pista de baile. 

      -¿Sabes? Tener el corazón roto, a veces puede ser divertido. - había dicho Beto, y le había contado a Oli lo del beso que le había dado Nastia, y el niño se había sorprendido muchísimo. Él todavía estaba en edad de pensar que las niñas eran tontas, pero ya sabía que los mayores pensaban de otra manera, y le intrigaba mucho aquello. 

     En ese momento, la orquesta empezó a tocar una versión de una conocida canción de un cantante brasileño, Símbolo Sexual: 


    A Beto le dio la risa tonta, porque ya estaba en edad de entender picardías, y Oli, por primera vez en su vida, empezó a reírse tontamente también, porque vio cómo se miraban sus padres mientras bailaban, y le pareció ir entendiendo algunas cosas… Y entonces, una niña casi tan alta como él, le tiró de la manga corta de su camiseta de Naranjito.

     -Hola. Baila conmigo, porfa. – Oli se puso como un tomate. Dos mesas más allá, los que sin duda serían los padres de la niña, se partían de risa. 

     -Eeeh…. – balbuceó Oli, y suplicó ayuda a su primo con los ojos, pero Beto sonrió y le quitó las cartas de la mano.

     -¡Venga, tonto! – le dijo. Y a Oli no le quedó otra más que levantarse de la silla y coger a la niña de las manos. No tuvo que bailar, ella lo llevaba. A pesar de la altura, se notaba que era más pequeña que él, y sin embargo, sabía bailar. 

      -Ay, Dios mío, que no empiece ya también ése con novias… - dijo Oliverio, el padre de Oli, que le vio bailar con la niña. – que con la hermana, ya tenemos bastante… 

      -¡Ya está bien! – gritó Nastia, muy colorada, y le sacudió un bofetón a Zato que casi le vuelve la cara del revés. 

      -¡Gatita…! – llamó el joven, pero la chica no se volvió, y Beto, que había oído la bofetada, se dirigió a Nastia, por si podía ayudarla. Apenas le vio venir, Nastia le sonrió y susurró:

     -Beto, oye… ya que yo te ayudé a chinchar a Martita, ¿querrías…?

     -¿Qué hay que hacer? – preguntó Beto, y Nastia le hizo ponerle las manos en el hombro y la cintura, y empezó a bailar con él, mientras Zato se ponía rojo de indignación y les miraba con verdadero odio. Beto no podía dejar de soltar risitas tontas; él era muy inocente, pero se daba perfecta cuenta de qué estaba pasando, y queriendo hacer rabiar a Zato como antes Nastia había hecho rabiar a su prima, se dio cuenta que tenía la altura exacta, y… se recostó. 

       -Marta, vigila a tu hijo; como nos traiga un bombo a casa, yo no me hago responsable. – dijo Simón, el padre de Beto.

       -Déjale un poco en paz, Simón. Y también es TU hijo.

      -¡Para mi desgracia!

       -¡Pues te jodes y bailas! Simón, estamos hablando de un chico que tiene casi quince años y todavía piensa que lo que tiene dentro de los calzoncillos, sólo sirve para mear. El pobre mío es demasiado tontito para traerte nada a casa, no te preocupes. 

       -Sí, sí, tontito… ¡al final el tontito, para lo que quiere, va a ser muy listito! – rezongó Simón, no sin cierto orgullo, viendo como Nastia no podía dejar de reír al tener la cabeza de Beto recostada sobre su pecho, y le acariciaba como a un cachorro.

     Y mientras, el Antonio bailaba también con aquélla chica que había ganado el oso gracias al tiro gratis, Dolita. La joven estaba roja entre sus brazos, guapísima, y más roja que se puso cuando el Antonio, en uno de los giros, se la apretó contra el pecho y empezó a bajar la mano.

     -Señor Antonio – la voz hizo que el feriante subiera el brazo de inmediato – Cuando baile, por favor, deje siempre sitio para el Espíritu Santo.

      -Apunte eso también a mi cuenta, “pater”… - El padre César puso los ojos en blanco, “sé clemente con él, Señor. Es un sinvergüenza, pero en el fondo-fondo, no es tan malo”. Pero Esther, con quien bailaba, separados todo lo que les permitían los brazos, le sonrió, y ya no pensó más. Todo el mundo hablaba de lo buena persona que era el cura, que no sólo había acogido a una pobre madre soltera, sino que además, hasta bailaba castamente con ella, para que no pasase vergüenza entre las demás mujeres que sí tenían pareja.

      Oli apenas había hecho algo más que balancearse, pero la niña no dejaba de sonreírle, pasar por debajo de su brazo, mover la cabeza y dar vueltas, y él se sentía muy raro, le sudaban las manos y le parecía que él era muy feo, muy bajito, muy tonto… pero la niña seguía sonriéndole. 

     -Ya me tengo que ir. Si vienes por aquí otro día, te puedo enseñar a bailar. - dijo la niña. Oli no fue capaz de contestar, sólo asintió con la cabeza. La niña sonrió más y se puso de puntillas para besarle la mejilla. Oli abrió la boca y se llevó la mano a la cara, y entonces los padres de la niña, la llamaron.

    -¡Venga, que nos vamos! ¡Dile adiós a tu amiguito, Irina!

    -Adiós. – dijo la niña, y se marchó. El que sería su padre, un hombre alto y de frondosa barba, la aupó y se la subió a hombros, y desde allí, ella siguió diciéndole adiós con la mano, mientras Oli no se daba mucha cuenta de que hacía lo mismo, sin dejar de sonreír. 

     -¡Oli se ha enamoraaaaado, Oli se ha enamoraaaaaaaado! – cantó Beto a su espalda, y Oli se lanzó a perseguirle, mientras su primo seguía cantando, sin dejar de reír.