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domingo, 11 de mayo de 2014

Turbulento verano (primera parte)


       ¿Cuál sería el principio? ¿Dónde empezó todo, qué nos llevó a esto? ¿Qué podría haber cambiado ésta terrible situación? Se torturaba el padre César, pero por más que se preguntaba, no podía contestarse. Quizás el principio había sido su llegada al pueblo como coadjutor del anciano sacerdote. Quizá el trágico fallecimiento del mismo, que le obligó a tomar todas las funciones a su cargo. Tal vez había sido todo provocado por el verano…  Quizá el principio había sido la primera vez que salió en su defensa, la primera vez que sacó el genio que sabía que no debía sacar, o la primera vez que se quedaron mirándose el uno al otro, o que ella le confesó… Dios bendito, había sucedido. Había terminado ocurriendo, ¿qué podían hacer? ¿Qué sería de ella? 

     Era un alegre, un precioso día de verano. Los niños acababan de terminar el curso, y la plaza que colindaba con el colegio era un hervidero de chiquillos; había llegado la feria y mientras se montaban un par de casetas en la plaza, los niños no dejaban de curiosear, correteando de acá para allá. Al padre César, que se acababa de bajar del autobús de línea que le traía a aquél pueblo, que era su primer destino como sacerdote ya oficiado, le pareció una estampa preciosa y llena de esperanzas para sus funciones como guía espiritual. Muchos niños se le quedaban mirando con curiosidad. César supuso que estarían acostumbrados al anciano cura, siendo niño te resulta difícil pensar que haya curas jóvenes. Les sonrió y echó a andar, camino de la parroquia. Precisamente estaban sonando las campanas que señalaban las doce y media, y era fácil guiarse por el sonido. Le dio un poco de pena no haber llegado para la misa de doce, pero pensó que así podría conocer al padre Amalio con algo de tranquilidad, después de la misa, mientras comían… Una brisa fresca le acarició el rostro, con aroma a agua. El pueblo, aunque no muy alejado de la capital, estaba situado ya en zona de montaña, pero muy cerca había una laguna, grande, un puro capricho natural, que semejaba una playa en aquél sitio. El padre César estaba deseando verla. Estaba deseando ver todo, conocer todo, saludar y tratar con todo el mundo, estaba lleno de ganas de empezar su trabajo, de llevar la Palabra a todos… En medio de su ensoñación, casi se dio de cara con la parroquia.

      Era una iglesita antigua. En aquél entonces, las iglesias se estaban modernizando, pasándose al minimalismo… la lucha obrera y el socialismo se habían llevado a muchos buenos fieles, que pensaban que dañaban la corrupción de la iglesia alejándose de ella, cuando en realidad sólo se hacían daño a sí mismos y a Dios. la Iglesia había tenido que adaptarse, si no quería que todos sus fieles cayesen en poder de las malas ideas, en un mundo que avanzaba a pasos agigantados y en el que Satanás se disfrazaba de científico, de pensador y de filósofo, para confundir a los hombres y llevarles a pensar que el bienestar y la igualdad social se encontraban de espaldas a Dios. El padre César sabía que le habían enviado allí precisamente porque sus ideas eran modernas y podría combatir el ateísmo de los nuevos tiempos con conocimiento de causa, al menos, algo mejor que un cura de casi ochenta años que parecía seguir pensando que Franco aún vivía.

    El edificio de la iglesia era pequeño y macizo, de poco antes de la invasión francesa, con un bonito rosetón multicolor en el que había un Corderito. Empezaron a sonar las campanas a rebato. La misa, había terminado. César esperó a ver salir a los que serían sus feligreses. No pocos le saludaron cálidamente, estrechándole la mano o besándosela; “Por favor, nada de besar manos, con un apretón basta…”, se azaró el joven. Y mientras saludaba y contemplaba las caras sonrientes, o pensativas, la vio por primera vez. O más bien, se vieron mutuamente. Una jovencita de hombros y caderas anchas, y brazos fuertes, como si estuviera acostumbrada al trabajo físico duro, de cabello suelto y muy largo, de color claro, casi rubio, y ojos del mismo color, que recordaban a la miel. Se le quedó mirando con curiosidad, pero no simpática. Desconfiada. Hostil. Era la primera sensación negativa que tenía César desde su llegada al pueblo, e intentó acercarse a la joven mientras sonreía, quiso hablar con ella, pero entonces, un hombre de aspecto francamente desagradable y vulgar la tomó de la muñeca y la obligó a caminar de un tirón. César sintió un agudo calambre en el antebrazo, como si el tirón lo hubiera recibido él. Los vio marchar, el hombretón, la que parecía su mujer, y la chica. Se sintió tentado de ir de todos modos y hablar con los tres, pero entonces una voz le llamó la atención.

     -¿Es usted el polluelo que me mandan? – César se volvió. El padre Amalio era un hombre más avejentado que viejo, con una gruesa papada y grandes bolsas bajo los ojos, la boca torcida siempre hacia abajo, como si sonreír fuese para él algo similar a escalar una abrupta montaña. César asintió y sonrió, acercándose a él con la mano extendida. Don Amalio le miró casi con asco y no ofreció la suya. César forzó la sonrisa, sintiendo que la ira empezaba a querer dominarle; “contra ira, templanza; contra ira, templanza” repitió como un mantra, no podía dejarse dominar… - Escúcheme bien, señorito. Yo no necesito ayuda de nadie, y menos de un curilla aficionado como usted. Me mandan soportarle, y yo obedezco porque es mi deber, pero no por gusto. Si viene a ayudarme, eso será lo que haga: hacer lo que yo le mande y no abrir la boca en tanto no se le ordene. – El anciano le dio la espalda y echó a andar, y César, llevando su maleta atada con cuerdas, le siguió.

     -Aquí todo el mundo cree que la Iglesia está condenada, que no verá la próxima década. Eso quisieran… quisieran entregarse al pecado, a matar, a violar; los rojos están en el poder y eso no es bueno para Dios, pero aquí, en mi Iglesia, las cosas se van a seguir haciendo como yo mande. – monologaba el anciano. – Y el que no le guste, más le vale amoldarse. ¡Mira qué gente ha venido hoy! ¡Ni la mitad de la iglesia estaba llena! Claro, vacaciones, feria, todo el mundo a llevar a los niños al parque, a ver cómo montan la feria, ¡Satanás está tras esa feria!

     -Pero Amalio, si son sólo juegos para niños… - El joven cura apenas había terminado la frase cuando el bofetón le sacó un hilo de saliva de la boca. César echó hacia atrás el brazo con el puño cerrado, pero se contuvo. No soportaba que nadie le sacudiese, ni de niño lo había aguantado, pero que además lo hiciesen gratuitamente, como una demostración de lo grandes que tenían los cojones… Pero logró retenerse. No obstante, Don Amalio lo había visto, y ni se había inmutado.

    -Eso es, anda, pégame. Pégale a un pobre viejo de setenta y ocho años. Eso, es lo que único que le falta por hacer a la España de hoy. Si estuviéramos en el cuarenta… - saboreó la frase. – entonces, te habrías puesto de rodillas y me besarías la mano pidiendo perdón. No hables si yo no te doy permiso. Y a mí se me habla siempre con el “don” delante. ¿Entiendes? Con “don”.

     -He entendido, don Amalio. Condón. – y como el anciano sólo oía lo que él tomaba por sumisión, no se dio cuenta de qué había dicho su coadjutor. 


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Cuatro veranos más tarde.

     -Oiga, ¿cuánto hay que acertar para llevarse el oso, el grandote…?

     -Máh de lo que tú pue´es acertar con esas gafas de culo sifón, hijo. – rió el hombre, con el palillo en un lado de la boca, mirando al chiquillo robusto y llenito, de grandes gafas redondas. – Y anda, vete de aquí, que me ehpantas a la clientela. Las ehcopetas, no son pa´ los niños. ¡Diez tiros, veinticinco pesetas, niñas! ¡Siempre toca!

     -Es que yo quiero el osote, ande… - insistió el chiquillo, teniendo los tres duros que llevaba - ¿No tengo derecho a seis tiros? ¡O a sólo cinco!

     -Que no, cuatro-ojos, ¡largo! ¿No ves que contigo aquí, no se para nadie? ¡Venga! – el muchacho intentó insistir una vez más, pero al Antonio, el feriante del tiro al blanco, se le acabó la paciencia – Mira, subnormal, o te largas, o la hohtia de revés que te metió hace un rato tu padre, te va a parecer una caricia. – levantó la mano, el chiquillo encogió los hombros cerrando con fuerza los ojos, pero una vocecita detuvo al feriante.

    -¡No le pegue! Ya nos vamos, no le pegue. - quien así hablaba era un niño de unos nueve o diez años, también de espaldas anchas como el chico de las gafas, y muy parecido a él. – No tiene que enfadarse así, él sólo quería jugar.

    -Me parece estupendo, que traiga dinero. No le pue´o vender cinco tiros, y a la gente no le gusta ver chicos como… como éste. – el Antonio detectó las voces femeninas cuando todavía ellas ni le habían visto, y se volvió hacia los niños – Hale, venga, que tengo tarea, puerta. ¡Diez tiros, veinticinco pesetas, chatas! ¡Venid a llevaros collares, peluches, muñeeeeeecaaas….! Muñeca, ven a tirar diez patitos, y llévate a otra casi tan guapa como tú… ¡Olé el garbo, así se anda, así se pisa, quiero ser acera para que me pises con esos andares de reina de España! – las chicas se rieron al pasar, algunas se sonrojaron, dos pasaron de largo, pero las otras tres se quedaron a jugar al tiro al blanco en la barraca.

     -Anda ven, Beto… - musitó el pequeño Oli, llevando de la mano a su primo. Le sentaba muy mal que nadie hiciese de menos al bueno de Beto, pero todavía le sentaba peor que el chico se desviviese por Martita, prima de Beto y hermana de Oli. Hacía algunos veranos, Martita había estado “jugando a los novios” con Beto, lo que se traducía en tenerle de recadero, mandarle pegar a éste o a aquél, y de vez en cuando, darle un besito cerca de la boca. Para Martita había sido un juego, para Beto, su primer amor, y no podía entender que ella ahora, ya no quisiera saber nada de él, de modo que intentaba llamar su atención como podía, y siempre pensaba en ella. Si veía algo que sabía que podía gustarle o hacerle ilusión, se desvivía por conseguírselo, como ahora el oso grande. Oli le había explicado mil veces que Martita se había reído de él, que le utilizaba… Beto decía que lo sabía, pero que no podía evitarlo, y que si él era muy bueno con ella, ella terminaría por darse cuenta de lo mucho que le quería, y le acabaría correspondiendo, ¡en el cine siempre pasaba así! Oli no las tenía todas consigo, pero eso sí era cierto. Las chicas, acababan siempre con el bueno, todo el mundo sabía eso.


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     Para Don Amalio, la feria  era puro pecado. No importaba que fuesen atracciones más bien para niños, porque él no creía en el recreo, ni en los juegos casi de ningún tipo. Tampoco entendía “esa tontería que les había dado a todos por mandar a los niños a estudiar”. Según él, bien estaba que supieran leer y escribir, y que tuvieran una cierta cultura, pero eso de ir a la universidad, ¿dónde se había visto a hijos de obreros, en la universidad? ¿Dónde, Señor, a mujeres en la universidad? Por favor, qué manera de malgastar dinero… El papel de la mujer, no era ese, y la que hiciera carrera, estaba quitándole su puesto a un varón, pretendiendo igualarse a él, y por lo tanto, pecando de vanidad. Como la moda de los pantalones, el fumar, o el ir por ahí sin rebeca, enseñando los brazos… todo eso, eran modas de fuera, americanas y europeas, de países donde se daba la espalda a Dios y se vivía constantemente en pecado. ¡El matrimonio civil, eso era una lanza clavada en el corazón de Dios! ¡Sólo los rojos podían haber sido capaces de semejante abominación!

    César no hablaba, se limitaba a escuchar. Y aunque como sacerdote sabía que debía escuchar con empatía y no debía juzgar, no podía evitar pensar en qué difícil le iba a ser recuperar a todos los fieles que, con su rigidez, estaba perdiendo don Amalio. Claro que para él, no los perdía, simplemente echaba de la Iglesia a la mala semilla, los falsos fieles que estaban destinados al Infierno y que si se quedaban entre los buenos, los acabarían corrompiendo. César opinaba que, si eran falsos fieles, con mayor razón debía la Iglesia preocuparse por ellos y atraerlos, como en su día hizo Jesús, pero visto el carácter con el que don Amalio acogía las opiniones, era más sensato guardárselas para sí.

    Transcurrieron los primeros días de verano. La feria, para disgusto de don Amalio, tenía clientes todas las tardes y la música duraba hasta altas horas de la noche. Si hubiera dependido de César, él se hubiera pasado alguna tarde por allí, para ir conociendo a sus parroquianos, hablar con la gente y darse a conocer, pero don Amalio se lo prohibió. Él no conocía el concepto de mezclarse con la gente. Para él, la gente eran pecadores, simplemente, y su trabajo no consistía en llevar consuelo, o ayuda, o dar conversación tan sólo, sino nada más que en gritar amenazas desde el púlpito, y de vez en cuando, dar algún sacramento, siempre embebido de horribles advertencias. Cuando bautizaba a los niños, su sermón era un rosario de amenazas a los padres, acerca del terrible destino que aguardaba a su hijo, si no crecía como buen cristiano; “la justicia del Señor se presenta en una enfermedad infantil, en un coche que no frena, en una caída fatal, y eso viene provocado por el pecado de bautizar a un niño y no criarle como excelente cristiano, de no enseñarle a rezar correctamente, de no enseñarle a respetar días santos, los sacramentos, de faltar a misa. ¡Ay de esos padres que bautizan a sus hijos para hacer una fiesta, para tener un pretexto de que les regalen ropita, y después faltan a sus deberes! ¡Dios no permite a esos padres tener a un hijo que no crían bien, y se lo arrebatará sin dudarlo, y no sólo sufrirán la pérdida de su vástago, sino la certeza de saber que purgará eternamente en el Infierno por su culpa!”.  Comuniones, no había visto ninguna, porque se celebraron antes de que él llegara, pero por lo que le contaban las mujeres que ayudaban en la catequesis, eran del estilo, y raro era el año que algún niño o niña no terminaba llorando de miedo; en las bodas, para qué contar… Desde el año pasado que no se hacía ninguna; las parejas preferían irse a las parroquias vecinas, aunque les costase más caro, o las menos, casarse sólo por lo civil, antes que aguantar el cursillo prematrimonial de don Amalio. César empezaba a ver cada día más claro por qué le habían mandado allí. Lo que le gustaría ver igual de claro, es porqué aquélla joven, le miraba con tan malos ojos.

     La chica que había visto, la chica fuerte, como la empezó a llamar, venía a misa todos los días, acompañando a los que César suponía sus padres. El hombretón casi siempre la llevaba de la mano, pero en un gesto exento de cariño y pleno de posesión. Cada vez que la joven se retrasaba un paso o miraba a alguien, allí estaba el hombre para cogerla de la muñeca y darle un tirón, como si en vez de una chica, ella fuese un perro. La joven no protestaba, César jamás la había visto resistirse, ni quejarse siquiera, pero en sus ojos de color castaño claro, brillaba algo que ya no era ni rebeldía. Era puro deseo de matar, y César lo conocía bien, para su desgracia.

    Desde niño, había querido ser sacerdote para luchar contra las injusticias. Para proteger a los débiles amparado por Dios, para llevarles consuelo a ellos y justicia a los malvados. Es cierto que cuando era niño, su idea de un sacerdote era casi más cercana a la de una especie de ángel vengador, que a la de un ministro de Dios, pero con el tiempo había ido dándose cuenta que, si bien no podía ir por el mundo soltando todas las guantadas que le hubiera apetecido, sí que podía proteger al débil y luchar por él sin necesidad de hacerle escupir dientes al malvado. Pero le había costado mucho. Su carácter, en apariencia bondadoso y pacífico bajo su cabello negro y sus ojos azules, en realidad era tempestuoso, impaciente y agresivo.  Se dominaba, luchaba contra sí mismo con todas sus fuerzas, pero cada vez que, en el colegio, veía a un abusón pegar a un niño, cada vez que veía a un chico ponerse pesado con una chica, cada vez que veía a un fuerte intentar abusar de un débil… una fuerza más poderosa que él mismo le impulsaba a detenerles, y no precisamente con jaculatorias. El abusón había terminado de culo en el suelo, el pesado con la nariz reventada, el fuerte con media mano destrozada. César sabía que no podía hacer cosas así.

    Le había costado años ir dominando su ira. Al verle hoy, nadie diría que, bajo su tierna mirada azul y su figura espigada, latía alguien que, impulsado sólo por la rabia, era capaz de vencer físicamente a cualquiera, pero César sabía que esa rabia seguía allí, y sabía reconocerla en otras personas. En la chica, por ejemplo. Fuera lo que fuese lo que hervía en el corazón de la joven, la estaba convirtiendo en una bomba de tiempo. La chica se estaba tragando su propia ira como un veneno mortal, con la diferencia de que el día que estallase, porque estallaría, no sería ella la que acabase en el sitio. A César le extrañaba que nadie más se hubiera dado cuenta de ello, él podía verlo tan claro como la luz. Cada vez que la veía entrar en la iglesia, su mirada de hostilidad hacia todo lo que la rodeaba, podía palparse. César pensó que podía ponerle la mano en la cabeza para bendecirla, y se quemaría, tal era la fuerza de la ira que consumía a la joven. Pero nadie más parecía darse cuenta. O no querían darse cuenta. Finalmente, apenas una semana después de su llegada, aprovechó la hora de la comida para preguntar a don Amalio.

     -Don Amalio, ¿puedo hacerle una pregunta acerca de uno de sus feligreses? – César jamás decía “nuestros”. Para don Amalio, los fieles eran sólo suyos, César ni pinchaba ni cortaba allí. El anciano le miró con cierto desprecio, pero asintió. – El hombre corpulento que viene a diario con su mujer y su hija, el único que aún usa sombrero… ¿quién es?

     -Vaya, no eres tan estúpido como yo pensaba, ¡así se hace fuerte la Iglesia, arrimándose a hombres como ese, piadosos, excelentes cristianos y con medios para financiar nuestra labor! – celebró Don Amalio, sin sonreír. – Ese hombre es d. Armando. La que le acompaña es su mujer, pero la chica no es hija suya.  – César no se atrevió a preguntar, si lo hacía, lo más fácil era que Don Amalio se negase a contar nada, pero permaneció expectante. El anciano bajó un poco la voz – La esposa de Armando es estéril. No querían adoptar niños, porque, claro… vaya uno a saber qué clase de hijo les podían dar, quizá el hijo de una puta, o de una roja, pero querían tener niños, como todo matrimonio. Una sirvienta de su casa, mala mujer, se quedó en estado. Y como ella no podía criar a la niña siendo soltera, Armando y su mujer se la quedaron. Le dieron algo de dinero a la criada, y la echaron, y criaron a Esther.

     -¿La adoptaron? – concluyó César. Don Amalio se rió sin alegría.

     -¡No, por Dios! ¿Un señor como él, dando sus apellidos a la hija de una criada? ¿De una mujer que no se respeta? Debería estar loco, claro que no… A Esther la criaron, la educaron, y con eso ya han hecho una grandísima acción, que si la chica tiene una pizca de juicio, no dejará de agradecer mientras viva. La tienen trabajando en su panadería, en el horno, claro está, el fruto de un pecado no puede estar cara al público, y se ocupan de que venga a misa todos los días, que falta le hace. Nacer de madre soltera, es llevar mala sangre. Si no fuera por Armando, la chica habría salido una perdida, como su madre. Me consta que le han tenido que dar más de cuatro bofetones, pero todos los que le den, serán siempre pocos.

     César empezaba a entender la mirada de rabia que había en los ojos de ella. No podía saber cómo sería el día a día de Esther, pero al lado de alguien como el tal Armando, alguien que te hace saber que eres algo así como una especie de trabajador comprado desde el nacimiento, que te han comprado porque tenían ilusión de criar un niño, pero no porque te quisieran y que igual podían haber comprado un perrito… que tu madre no te quiso y por eso te vendió, y que tú debes estar agradecida por haber dado con un “amo” bueno que te permite vivir y trabajar, y recibiendo bofetadas quién sabe con cuánta frecuencia… Armando no lo sabía, pero estaba en peligro. El día menos pensado, a la chica se le acabaría la paciencia, y lo primero que tuviera en la mano, se lo estampanaba en la cabeza. El joven cura lo había visto en los ojos de la joven el primer día.

     -…Una vez vino a mí a quejarse de que “la pegaban” – siguió diciendo D. Amalio - ¡Habrase visto la mocosa! ¡La hija de una puta, a la que acogen, crían, cuidan, educan, le dan un porvenir, y todavía se atreve a decir que la pegan! ¡Pues claro que te pegan, zorra ingrata, y más que te tenían que pegar, le dije! Vamos, hombre, qué coraje me dio. Pero desde entonces, tú tranquilo, que no se ha vuelto a quejar a nadie. De la fuerza con que la crucé la cara, le quité las ganas de andarse con tonterías, ya sabe ella muy bien cómo tiene que portarse.

     César se dio cuenta que tenía la mano izquierda casi insensible. Había apretado tanto el puño que los nudillos le palidecían, y soltó los dedos disimuladamente, notando el hormigueo de la sangre en ellos. “Contente, César… sólo es un viejo, tiene unas ideas muy particulares, no puedes pegar a un viejo asqueroso y vomitivo como éste”, se dijo. Ahora también sabía por qué la chica le había dedicado esa mirada de hostilidad al verle. Sin duda, pensaba que todos los curas, eran como D. Amalio.


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     -Haaah… joder, qué buena estás… mira, mira cómo me tienes, toca aquí… - la noche era agradablemente fresca, pero Esther y el Antonio, apoyados en la parte de atrás de la camioneta del feriante, sudaban. Braguetazo tomó la mano de la joven y la llevó a su abultada entrepierna, y Esther ahogó un gritito. No imaginaba que fuera tan… grande, parecía enorme, y tuvo miedo. Y no sólo por lo que le harían Armando y su mujer cuando la descubrieran. – frota… así, mueve así la mano… aaah… - se rió – tú no has tocado picha en tu vida, ¿a que no?

    Esther asintió, incapaz de mirarle a los ojos, y roja como un tomate. Estaba harta de que le dijeran lo pecadora, lo guarra y lo mala que era. Ahora, se lo iban a decir por algo. El Antonio venía todos los años con la feria, y desde hacía un par, le decía cosas. Esas cosas que decía a las mujeres, que a veces eran casi insultos, pero que removían todo el estómago cuando las oías. Desde entonces, había pensado en… en hacer lo que hacía ahora. No se había atrevido. Pero esa tarde, en la panadería, se conoce que sin querer, había dado mal el cambio, y había una diferencia de quince pesetas en caja. Armando se había propuesto darle quince bofetadas, una por cada peseta, para que aprendiese a no despilfarrar el dinero que ni siquiera era suyo. Fonsi, su mujer, había intercedido, y al final se habían quedado en tres, una por duro, y a la cama sin cenar. A pesar de acabar sangrando por la nariz y con el estómago vacío, eso podía soportarlo… lo que no podía aguantar era la promesa. Armando siempre le decía que ahora, porque Fonsi aún vivía, pero en cuanto la tisis terminase de llevársela, cada vez que faltase algo en caja, o que ella hiciese algo mal, se lo iba a cobrar en carne.

     “Cuando ya no sea virgen, le daré asco, y no le gustaré, y si me quedo preñada, me echarán de casa para siempre, así ya no tendré que soportarles”, pensó la joven, frotando el bulto del Antonio, mientras éste jadeaba y le chupaba el cuello. No era especialmente agradable, pero al menos no era Armando.

      -Espera, niña… no me hagas que me moje el pantalón, que te veo que le pones muchas ganas, so guarrita… - El Antonio se abrió el pantalón y se sacó aquello, mientras Esther pensaba si todos los hombres eran así, si todos tenían que decirte sin parar lo guarra  que eras. A lo mejor, eso del amor funcionaba así, a lo mejor tenía que gustarte, igual que los lametones. - Mira cómo me has puesto, azucarillo… anda, tócala, que está calentita… ya verás qué cosquillas te hace cuando te la ponga por aquí… - susurró, ronco, mientras le levantaba el vestido oscuro (siempre la hacían vestir de colores oscuros o negros) y le acariciaba por encima de las bragas. Un escalofrío la hizo temblar y cerrar las piernas mecánicamente, y el Antonio se rió. – No cierres las piernas, virgencita… deja que te toque, si te va a gustar...

     Esther cerró los ojos y se dejó hacer, separando las piernas un poquito. El Antonio le bajó las bragas, lo justo para meter la mano, y empezó a frotar con fuerza. Esther ahogó un grito, y el feriante le tapó la boca con la suya propia. La feroz lengua del Braguetazo le invadió la boca, metiéndose hasta la garganta, casi no podía respirar; le hacía sentir muy rara, el estómago le giraba, y era como si le diese un poco de asco, pero a la vez, sentía… fue como una presión que cediese en su vientre. Notó su sexo distendirse, y algo cálido y viscoso salió de su cuerpo.

     -Qué mojada estás…. Qué mojadita te pone tu Antonio, ¿verdad…? ¿A que quieres que te meta cositas por aquí, eh…? – susurró, acariciando algo que la joven no sabía lo que era, pero que hacía cosquillas, y daba ganas de hacer pis, y… ¡mmmmmmmmmh…! Ooh… ¿qué era eso? ¿Cómo hacía para hacerla sentir… tan bien? – Anda, dilo… dime que quiere que te meta cositas aquí…

     -Sí… sí, hazlo… méteme algo por ahí…

     -¿Quieres que te meta algo en el coño? ¿Eh, quieres que te taladre tu coño de virgencita?

     -Sí… sí, sí… -musitó Esther. Casi sentía ganas de llorar de vergüenza, pero lo admitió. Sintió que el Antonio le bajaba las bragas de un tirón y le abría las piernas con la fuerza de las suyas, apretándose contra ella. Le notó en su entrada, redondo, muy caliente, y parecía enorme. Un feroz pánico la invadió, ¡era imposible que eso entrase dentro de ella…! Sintió que su cuerpo cerrado impedía la entrada al invasor, pero el Antonio no cedía, empujó una vez, dos veces, y a la tercera, sintió una especie de “clas” en sus entrañas. - ¡AAH…!

     Lloró. Sintió el desgarro en su intimidad, y una cascada de líquido espeso y caliente escurrirse por entre sus piernas, acompañado de un dolor lacerante que la hería desde el vientre hasta los pies. Quiso gritar al Antonio que parase, pero no le salió ni la voz. Cada vez que él se movía, un dolor terrible la irritaba, era como si la estuviese partiendo en dos… se agarró a los hombros del Braguetazo y le clavó las uñas con todas sus fuerzas, resistiendo como podía los brutales empellones con que la apretujaba contra la furgoneta. El Antonio, por su parte, estaba en la misma gloria, ¡qué estrecha era! ¡No había nada mejor en el mundo que derribar un virgo, esa sensación de estrechez tan adorable, le estaba aplastando la polla, casi pensaba que no podría sacarla! Las piernas le temblaron y sintió el picor en sus pelotas, y un feroz placer le extasió desde los cojones a la nuca cuando se derramó dentro de ella, joder, síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii….

     Esther sintió el último empujón, fuerte, y el Antonio se quedó pegado a ella, abrazándola, mientras su cosa daba latidos dentro de ella, y lo sentía gotear, caliente. Escocía. Los latidos le hacían daño, pero al menos, ya había terminado. Gracias a Dios… ¿y esto, se suponía que era pecado por lo bueno que era…? Si era necesario pasar por esto para tener bebés, no entendía cómo la raza humana no se había extinguido… claro que el Antonio sí parecía haberlo pasado bien. A lo mejor, es que al ser ella la que pecaba, tenía que dolerle por eso… “Dios me odia. Si… si alguna vez tengo un hijo, más le vale no hacerle esto a ninguna chica. Ya me encargaré yo de educarle para que no lo haga”, pensó.


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Cuatro veranos más tarde.

    -“¡En la calle del-coolegio/han pueesto ta-blas/para que la Mar-tita/tropiece y cai-ga!” – cantaba Oli a voz en cuello, dando palmas

   -“¡La vio el Maa-nolo/la vio lloo-rando/ “¿qué te pasa aa-mor mío, que estaajajajajajajajaaaa…! – Beto intentaba seguirle, pero al llegar a la palabra “amor mío”, era absolutamente incapaz de continuar sin descuajarse de risa.

    -¡Ya está bien, dejadme en paz LOS DOS! ¡Oliver, ¿tú quieres que te cruce la cara?! – Martita, la hermana mayor de Oli, teóricamente estaba castigada sin salir sola, porque a sus padres no les gustaba pero nada el Manolo, el “sólo es un amigo” de su hija mayor. Le sacaba dos años a ella, no estudiaba ni trabajaba, decía que iba a ser guitarrista, fumaba, bebía, y no se bajaba de la moto ni para pedir el pan. Por eso Martita no podía separarse de “los niños”, como ella llamaba a Oli y Beto, a pesar de que el segundo tenía su misma edad, y pese a estar en la feria, no podía irse por ahí sola ni con sus amigas, y cuando sus padres dijesen que era hora de ir a casa, TODOS se irían a casa sin replicar, y sin quedarse “cinco minutitos” por ahí. Naturalmente, en cuanto llegasen a casa, a Martita le iba a faltar tiempo para salir por la ventana de su cuarto y volverse otra vez a la feria hasta medianoche, para estar con sus amigas y con el Manolo....

   -¡Inténtalo y se lo digo a papá! – se rió el niño. – Venga… 

   -¿Por qué no se lo pides a papá? ¡O al tío! A Beto no, pero a ti seguro que te da dinero.

   -Para El Pulpo, no. – negó Oli. – El tío no quiere que Beto se suba al Pulpo, le da miedo que vomite. Y papá no me deja que suba yo solo.

    -Bueno, pues mala suerte, nos toca jorobarnos a los tres. – sonrió, maliciosa. - Yo no estoy con mis amigas, y vosotros no tenéis dinero para el Pulpo de las narices.

    -¡Pues tú más, porque vamos a seguir cantando!

    -¡Pues tú más, porque eres un crío idiota, y tienes voz de tontito! – contestó Martita, imitándole con voz ridícula y chillona. Oli aún no ponía dos cifras en su edad, pero eso ya le picaba el orgullo.

     -Pues si no nos das dinero para el Pulpo, le digo a papá que te he visto besarte con el Manolo.

La sonrisa de Martita vaciló ligeramente. Beto palideció y pareció casi a punto de llorar ante la idea.

     -Eres un imbécil. ¿No ves que era una broma, de verdad harías algo así, por una broma…? – contestó ella - ¡Eres un retorcido! ¡Niño idiota! – se volvió un momento hacia su primo – Beto, ve a ver si vienen los tíos, ¿quieres? – El chico asintió, y dio unos pasos en dirección a la churrería, donde se habían ido los mayores, y a donde la chica se negaba a ir porque no soportaba el olor a fritángano, y para evitar que, por estar sola, se largase con sus amigas, habían dejado a los chicos con ella. Apenas Beto se alejó, Martita continuó, en un susurro agrio – Y además, yo me beso con quien me sale del coño, ¿te enteras?

    Oli se quedó boquiabierto, y Martita se dio cuenta que había metido la pata hasta el corvejón. Su hermano pequeño en realidad no sabía nada, sólo había dado un tiro a ciegas… ella le había puesto la verdad en bandeja.

    -¿El… el Manolo es tu novio de verdad… para casaros? – se horrorizó el niño; el Manolo no tenía precisamente buen carácter, y le daba casi miedo.

    -Claro que no, Oli, no te preocupes… - la voz de la chica había cambiado por completo – No estés asustado, sólo somos amigos, cuando digo que nos hemos besado, digo un beso así – besó la mejilla redonda de su hermanito – No un beso de película, ni nada… Pero es un secreto, ¿vale? A papá y a mamá, el Manolo no les gusta porque no estudia, pero es muy trabajador con la guitarra, llegará a ser un gran músico, pero tú no debes preocuparte por nada de esto, ¿vale? – el niño asintió, no muy convencido – Mira, será un secreto de hermanos. Si guardas el secreto conmigo, os doy a ti y a Beto, el dinero para que os montéis en el Pulpo… ¡si luego, me traéis algodón de azúcar! – sonrió, y Oli devolvió la sonrisa, mucho más animado.

     -¡Beto, corre, nos vamos al Pulpo! – gritó el niño, entusiasmado, y su primo le siguió, con una enorme sonrisa, corriendo a todo correr, entre las barracas y las atracciones. Los niños cruzaron la feria a toda velocidad, riendo y felicitándose a sí mismos por haberse salido con la suya. Y no eran los únicos. Justo al lado del Pulpo, estaba la barraca de Tiro al Blanco, y el Antonio discutía con unas chavalas. Una de ellas, era precisamente aquélla potrilla del otro día, esa que se había quedado después que la piropeara.

      -Pero si sólo nos falta un tiro, vengaaa… ¿no nos vas a invitar a un solo tiro para las tres? Queremos el osito… - La joven se balanceaba por los hombros, como una niña, moviendo su larga melena ondulada, de color castaño. El pelo le llegaba casi al culo.

     -¡Pero nena, ¿tú te has pensao que yo vivo del aire, no?! – contestó el Antonio, aunque se notaba que hablaba de broma. – Que tengo el puesto porque m´aburro en mi casa, vamos.

     -¡Anda, porfa, pero es que sólo es un tiro…! ¡Sólo nos falta un tiro para llevarnos al osito! Mira qué triste está ahí sentado, ¡quiere irse con nosotras, anda, porfa!

    El Antonio no se pudo contener. Si le llamaban Braguetazo, era por algo.

   -Oye, azucarillo, que si eh por eso… - se bajó de un tirón la camiseta de tirantes que llevaba bajo la camisa abierta, rascándose juguetonamente el peludo pecho y las cadenas de oro – Yo también soy un osito, también quiero mih mimos, y doy más alegrías al cuerpo que “eso”.

     Una de las chicas puso gesto de intenso asco, la otra soltó una risilla apurada… la potrilla le sostuvo la mirada, colorada como un tomate, y con sonrisa de picardía. “Tú tienes máh ganas de tío, que de agua…” pensó el Antonio. Como de lejos, oyó a una de las chicas llamarle cerdo grosero y largarse, acompañada por la otra. Llamaron a su amiga, “¡Dolita…!”. Una vez. Luego se marcharon.

    -Yo quiero el osito. – susurró la potrilla. – ése. – Especificó, señalando al peluche. Antonio sonrió y negó con la cabeza.

     -Qué no te daría yo a ti, azucarillo… Va, venga, te regalo el tiro, ¡pero no t´acostumbres y sobre todo, no lo cuenteh por ahí! A ver si me voy a quedar sin parroquia… Yo ehtas cosas, las hago sólo por ciertas personas…

     -Gracias. – sonrió la chica. Tenía carilla de creerse muy lista, de pensar que se había salido con la suya, y tenía razón. Se volvió hacia los patitos y levantó la escopeta, pero el Antonio se le acercó por detrás. Siempre hacía eso, cuando tiraba alguna chica siempre se ponía junto a ella para ayudarla a coger bien la escopeta, porque solían pesar un poco, y a lo tonto, a lo tonto, se iba arrimando y bajando la mano todo lo que le dejaban… pero en esa ocasión, en lugar de ponerse a su lado, se puso directamente detrás de ella.

    -Espera, mi ángel, que yo te enseño a sostenérmela… la escopeta. – sonrió. – Si te voy a regalar el tiro pa llevarte el dichoso peluche, al menos que no lo falles. A ver… relaja el cuerpo, que estás mu tensa… - No le faltaba razón, a la chica le temblaban las piernas y parecía estar aguantando la respiración, y no era para menos, el Antonio la tenía completamente en sus brazos. Braguetazo, haciendo como se apuntalaba con los pies, aprovechó para frotar su miembro contra el muslo y las nalgas de la potrilla. Dolita llevaba pantaloncitos cortos, de esos que llegaban apenas a medio muslo, de modo que sintió el tremendo bulto en su piel, como si la hubieran acariciado con un pedazo de carbón al rojo. Toda la piel se le puso de gallina, pero intentó permanecer serena… Vamos, ya no era ninguna niña. Qué caliente estaba el pecho del Antonio… qué calientes sus manos, llevándole las suyas al gatillo y la culata de la escopetilla de feria… qué caliente su mejilla rasposa cuando la frotó contra la suya, y qué caliente la respiración que se le escapaba de los labios entreabiertos, del cigarrillo que llevaba en la comisura de los labios… “me gustaría vivir siempre en éste momento…”

    ¡BANG!

    Dolita respingó y ahogó un grito, el tiro la había hecho temblar de pies a cabeza, entre los brazos del Antonio, que se reía sin soltarla, y la joven miró al frente, viendo por fin. Uno de los patitos, se había caído, y al darse cuenta de qué significaba eso, Dolita se puso a batir palmas.

    -¡Bien, he ganado el osito, he ganado el osito! ¡Gracias! – Casi sin darse cuenta, le echó los brazos al cuello al Antonio, y éste la levantó en vilo, dando vueltas con ella. Al notarlo, Dolita se medio asustó, pero casi al instante, sonrió. El feriante, dejándola en el suelo entre risas, bajó el oso grande y se lo entregó. Era un enorme oso pardo con un elegante lazo rojo en el cuello, como una pajarita, y que era casi tan grande como Dolita. La potrilla lo tomó en sus brazos, mirándole con estrellitas en los ojos. – Gracias. – repitió. El Antonio le pellizcó suavemente la barbilla.

     -De gracias nada, azucarillo. Ahora, devuélveme el corazón, so ladrona, que me lo tienes robao desde que te vi. – la potrilla se sonrojó y se rió, parecía luchar entre el deseo de salir corriendo, o de lanzarse en sus brazos. El Antonio le acarició la cara, y se arrimó a ella, hablando bajito – Aay… qué no haría yo por ti, caracielo. Todo, ¿me oyes? Por ti, todo. Hasta la sangre si me la pides tú, niña. – se quedaron un momento mirándose, hasta que Braguetazo le dio un cachete en el culo – Anda, vete.

    La potrilla salió casi huyendo, pero sin dejar de sonreír. Apenas había dado diez pasos, se volvió a mirarle. El Antonio, que no había apartado los ojos de la chica, hizo ademán de salir tras ella, y la potrilla gritó alborozada y echó a correr a todo gas, tanto que tuvo que hacer un rápido quiebro para no chocar contra una chica muy joven que venía con un niño de la mano. La chica no se enfadó, le sonrió, pero, para evitar que entre el gentío, pudiera alguien pisar al pequeño, se agachó y se lo subió a caballito.

     -¿A que vas mejor así, Bruno?

    -¡Síiiiiiiii! – rió el niño. Era un chiquitín delgado que parecía sólo piel y huesos, tenía casi cuatro añitos, y no los acababa de aparentar, por eso le medio molestaba que todo el mundo sucumbiese a la tentación de andar cogiéndole en brazos “como a un bebé”, pero cuando se trataba de su madre y de ver mejor la feria, podía aguantarlo. Esther sonrió, pero se le cortó la sonrisa de golpe apenas distinguió la caseta del Antonio. Llevaba dos años sin aparecer, ¿por qué había tenido que volver? Hizo ademán de dar media vuelta, pero era tarde, Braguetazo ya la había visto.

    -Huy, mami, ya quisiera yo ser como ése para que me llevaras a cab… - empezó el Antonio, pero Esther levantó los ojos y le mató la frase de golpe. Braguetazo se puso como un papel, a pesar de saber a ciencia cierta que… Y entonces, no pudo evitar sonreír. – Esther, espera.

     -Andá, si te acuerdas de mi nombre… pensé que a todas nos decías “azucarillo”… - dijo la joven, de mala gana.

     -Sabes que no es verdad, joder. – miró al niño – Hola, valiente, ¿mamá te lleva a ver la feria…? – el niño asintió, mudo. ¿Quién era aquél hombre? - ¿A que quieres un caramelo de tres sabores?

    -Bruno, no cojas nada que él te dé. – Advirtió Esther. El Antonio quiso objetar algo, pero la joven negó con la cabeza. – No le des nada a mi hijo, no le hables, no es nada tuyo, y no necesita tus caramelos, ni nada de ti, ¿lo entiendes? Y yo tampoco lo necesito.

     -Pero mujer, no te pongas así conmigo… ¡han pasado cuatro años, no me digas que todavía me tienes rencor por algo así!

    -Yo no te tengo nada, sólo te digo que no quiero hablar contigo, ni que tú hables con mi hijo.

    -Joder, que sólo he dicho que le daba un caramelo, no voy a secuestrarlo…

    -Sí, ya me conozco esa táctica, hoy un caramelo, mañana un juguetito, pasado otra tontería, y de repente, mi hijo sólo sabe hablar de ti, pero tú te largas a otro pueblo, y lo abandonas…  Antonio, tienes la perra costumbre de pensar que el cariño, es ese caramelo que regalas, y para ti sí lo es, porque no tienes corazón para querer a nadie. Pero para el resto del mundo, es otra cosa. El resto del mundo sufre cuando una persona hace que te encariñes con ella, y más tarde, te patea.

     -¡Pero Esther… lo nuestro fue puro tonteo! ¡Por eso las tías sufrís, porque en cuanto un tío os dice “ah”, ya pensáis que es el puto amor de vuestra vida, cojones! ¿Cuándo te dije yo que estuviera enamorado de ti?

     -Como comprenderás, a estas alturas de la película, eso ya me da bastante igual. Lo único que sé, es que me hiciste daño a mí… pero no voy a dejar que se lo hagas a éste. Olvídame. – Aún quiso el Antonio decir algo, quizá suavizar su frase, pero Esther apretó el paso, sin volverse - ¡Que me olvides!

     El Antonio estuvo en un tris de salir tras ella, pero se le acercaba gente a la caseta, y estaba bien claro que Esther no quería mirarle a la cara. “Como pa fiarte del clero, ¿sabes?” pensó Braguetazo, aunque no dejaba de sonreír a las dos parejitas que se habían acercado a tirar. “Mucho protegerla de mí, que soy un sinvergüenza, y luego, mira… yo seré un sinvergüenza, y lo sé, pero por lo menos, no me escondo, ni finjo ir de buenecito. La que se arrime a mí, ya se esconde pa mear, así que ya es mayorcita para tomar decisiones y asumirlas. Para que veas… dentro del pantalón, o detrás de una sotana, pero todos los tíos tenemos polla”.


**************

     -Ave María Purísima.

    -Sin pecado concebida. – contestó el padre César de forma automática, y sólo al contestar, le pareció que la voz que le hablaba desde el otro lado de la reja, había sonado de todo, menos arrepentida de nada.

    -Ah, usted es el nuevo… - César levantó la vista. A través del enrejado, reconoció a la chica fuerte, a Esther. Parecía un poco fastidiada por no hablar con Don Amalio, y eso le extrañó, teniendo en cuenta cómo él la había tratado cuando ella le pidió ayuda.

     -Soy un sacerdote, hija mía. Puedes contarme lo que desees con toda confianza y sin tener timidez, no te importe que yo sea “el nuevo”, como me dices. – sonrió con la voz, intentando animar a la joven.

    -No me da vergüenza hablarlo con usted, es sólo que era a él al que quería decírselo, para ver la cara que ponía… o si respetaba su propio sacramento.

     -¿Qué quieres decir, hija mía?

     -Yo no soy su hija. – había cierta agresividad en la voz. – Según dicen, todo lo que se dice aquí, es secreto, y contarlo, sería pecado, ¿verdad?

    -Sí. – se le quedó en los labios el “hija”, por pura costumbre, pero se contuvo. – Ningún sacerdote ha contado jamás nada que le haya sido revelado bajo el secreto de confesión, y algunos se han dejado matar antes que traicionar esa confianza.

     -Me cago en eso.

     -¡Esther!

     -Sabe mi nombre… - la chica contestó casi a la defensiva.

    -Como sacerdote, parte de mi oficio, es saber cosas de mis feligreses. – la chica intentó objetar algo, pero el padre César siguió hablando – Y si estás aquí, eres una de ellas, lo quieras o no. No te llamaré “hija”, si tú no lo quieres, pero tú no utilices palabras soeces delante de mí, y menos dentro de la casa del Señor. ¿Puedo saber qué te sucede, para que te tengas tanta rabia a la Iglesia y a los curas? No todos somos don Amalio.

     -¿Quiere apostar?

     -Ni aunque pudiera, lo haría. Yo sé bien la respuesta. ¿Qué te aflige, Esther? Cuéntamelo, y si está en mi mano, te garantizo que yo sí te ayudaré.

     Una risita cínica llegó desde el otro lado.

    -Quería decírselo a don Amalio, porque supuestamente él no podría chivarse, pero seguro que lo contaba, seguro que hubiera roto el secreto de confesión, seguro que hubiera encontrado alguna trampa para romperlo, pero no importa, porque usted también lo hará, diga lo que diga. Ya me le conozco, usted va de buenecito, y es igual de hipócrita que el viejo, y se lo voy a demostrar: me he acostado con un hombre.

     César guardó silencio. La ira que había visto en los ojos de Esther, estaba empezando a buscar válvulas de escape; quería montar un escándalo, y ahora entendía cómo se lo proponía. Sin duda, don Amalio hubiera considerado aquello un pecado gravísimo y horrible, una bofetada para los “dueños” (porque llamarlos “padres adoptivos” o aún “padrastros”, era hacerles demasiado favor) de Esther, y… por mal que le pesase, él mismo tenía sus dudas acerca de que don Amalio no encontrase algún modo de hacérselo, efectivamente, saber.

     -¿Amas a ése hombre, Esther? – preguntó. Y la pregunta pareció sorprender a la joven.

     -¿Qué importa eso? He fornicado fuera del matrimonio, le ame o no le ame, he pecado. Y además, no es un buen hombre, es un feriante, el Antonio. Otro pecador, borracho, malhablado, jugador y timador… y me lo he follado. – dijo casi con rabia. – He dejado que se quede con mi virginidad, supuestamente lo más valioso que yo tenía. Mis “papás” me han educado toda la vida diciéndome que mi madre era una puta porque se quedó en estado sin estar casada, y tenían que pegarme para que yo viviera con miedo, porque el miedo me impediría cometer su mismo pecado… pues no ha sido bastante. Lo han  hecho todo mal, porque yo también soy una sucia pecadora. Adelante, ahora corra y dígaselo todo a ellos. O a Don Amalio, que el resultado será el mismo. O pégueme usted directamente. Me da igual, ya tengo la carne tan dura que no me duele.

     -Esther… aquí, sólo Dios te oye. Yo no voy a decírselo a nadie.

     -Mentira. – contestó, apenas un segundo de vacilación. - Es un pecado grande, usted tiene que contarlo, ¡he traicionado la confianza de la familia que me acoge!

     -Esther, escucha… no has hecho bien en irte con un hombre al que no amas. Es posible que te guste, pero no le amas, se desprende de tus palabras… lo has hecho sólo por intentar hacer daño a esa gente que tanto daño te ha hecho siempre a ti. Pero no comprendes que lo que has hecho, es posible que te haga a ti más daño que a ellos. No has pecado al perder tu virginidad… pero sí pecas al juzgarme a mí como alguien más que va a hacerte daño. Pecas al poner a todo el mundo en el mismo saco. Pero yo te garantizo que el haberte acostado con ese hombre, dadas tus circunstancias, no es pecado… y yo, no voy a contarlo a nadie; ni aún si fuera pecado, que NO lo es, lo contaría.

      -¿Cómo que no es pecado? – la joven parecía no sólo confusa, sino molesta - ¡Es sexo, y por lo tanto, es pecado! ¡Siempre es pecado!

     -No, Esther, no lo es. Yo sé que para Don Amalio sí, pero él, no es Dios, ni es el Papa para hablar con infalibilidad. Mira esto: robar, es pecado. Pero si un obrero que está en el paro y no tiene dinero para alimentar a su hijos, ni tiene de quién tirar, roba una hogaza de pan para alimentarlos, no está pecando, está llevando pan a sus hijos. No todo es blanco o negro. Me han contado muchas cosas de ti, Esther. Sé que esas  personas con las que vives, te pegan, y no te quieren. Nunca te han querido. Querían un niño, por puro capricho, como quien quiere un perrito. Pero no querían QUERER a ese niño, porque no era “suyo”, no era de su sangre. Pensaron que, simplemente por darte cobijo y alimentarte, ya eras una pertenencia suya, y eso sí es pecado. Negarle la libertad y el amor de su madre a una criatura de Dios, eso SÍ es pecado. Pegar prácticamente todos los días a una niña, para hacerla vivir con miedo, y convertir a Dios en una especie de ogro malvado que sólo sabe castigar, eso SÍ es pecado. Acorralar a una chica para que ella… regale su cuerpo a un hombre como una especie de acto de rebeldía, eso SÍ es pecado. Y habría que ver las circunstancias de ese hombre con el que te has acostado, hija, pero aprovecharse de una chica en tu situación anímica, es también pecado. Créeme, Esther, que aquí quien menos tiene que avergonzarse de su conciencia, eres tú. No has pecado a los ojos de Dios, Esther… ¡son ellos los que han pecado, y pecan más cada día, cuando siguen pensando e intentando hacerte pensar a ti que tú eres la mala!

      Esther estaba anonadada. Era la primera vez en toda su vida que alguien la apoyaba, y más aún un cura. Ella había crecido convencida de que el mundo entero la despreciaba por ser hija de madre soltera, y que Dios la odiaba. Que su mera presencia en el mundo, era un insulto para él… y ahora, le decían que no.

     -Esther, sé que no confías en mí, igual que no confías en nadie, pero te ruego que lo hagas. Te garantizo que yo, no contaré nada. Pero tú tienes que prometerme que irás a hablar con ese hombre. Si le quieres, si de verdad os queréis, venid a la parroquia y yo os casaré. Así podrás dejar la casa donde vives ahora, y podrás hacerlo decentemente, sin que nadie te diga nada. Tus dueños podrán poner pegas al matrimonio todas las que quieran, pero no pedirán la nulidad de un matrimonio religioso. Tú eres ya mayor de edad, y no pueden impedírtelo, ni obligarte a vivir con ellos si tú no lo quieres ya. Pero no volverás a tener rebeldías que pueden hacerte más daño a ti que a ellos… ¿de acuerdo?

     -¿Usted…. Nos casaría de verdad? ¿Por la Iglesia?

     -No veo por qué no, si os queréis.

     -¿Sabiendo que d. Armando, uno de los hombres más ricos de éste pueblo, que financia la iglesia, está en contra?

     -Él no es quien se casa. Sois tú y tu novio, él ni pincha ni corta aquí, así que no sé porqué su opinión, o el dinero que tenga, iban a ser relevantes en vuestra unión. – un silencio sorprendido llegó desde el otro lado - ¿Harás eso por mí, Esther? ¿Hablarás con ese hombre, para ver si le quieres, y dejarás que os case como Dios manda?

      -…Sí. Sí, padre.

    César sonrió de oreja a oreja. Es cierto que Esther era muy jovencita, apenas llegaba a los veinte años, y con esa edad, es fácil recuperar la fe en el género humano… pero si lo había conseguido, era gracias a él. “Gracias, Señor, por concederme la dicha de ayudarla”, pensó. No sabía que ni remotamente iba a ser tan simple…


    
****************



   -Haaaaaah… mmmh, nooooo… no, por favor… bastaaa… - susurraba Esther, entre los brazos del Antonio, esos brazos velludos y morenos, duros y fuertes y con olor a tabaco y palomitas, como todo él… La acariciaba sin hacerla caso, riendo bajamente, haciendo cosquillas en la vulva de la chica, que se debatía, intentando no sentir… pero era imposible, era demasiado agradable. También la otra vez había empezado bien, cuando él la desvirgó, pero luego dolió mucho. Tenía miedo de que volviese a doler, y además ella había ido a verle por otra cosa… “¿seguro?” pensó sin poder evitarlo. “Es cierto, has venido a ver al Braguetazo para decirle lo que te ha propuesto el cura nuevo, pero… ¿sólo por eso?”

     -Deja de decir “no, no…” – susurró el Antonio, al que apodaban el Braguetazo, precisamente en ése momento. Su aliento de tabaco y cerveza le acarició la mejilla y el cuello y le puso toda la piel de gallina. – No te hagas la puritana, virgencita… esto te encanta… - A pesar que ya no era virgen, el Antonio seguía llamándola "su virgencita" por haber sido él quien se le había llevado el virgo por delante. Lo cierto era que Esther lo que pretendía era hablar con él y ver si estaba de acuerdo con lo que a ella le había propuesto el cura nuevo, pero lo estuviese o no, apenas el Braguetazo la vio llegar a su caseta, le sonrió con esa sonrisa que te hacía pensar que no llevabas ropa puesta, la cogió de la barbilla y del culo y le metió la lengua en la boca, apretándole contra él. Esther había visto poquísimas películas, porque el cine, también era pecado, pero en las pocas que había visto, no parecía que los besos fueran igual, parecían más… bonitos. Más delicados, más dulces. El Antonio usaba la lengua hasta para dar un beso en la cara, poco o mucho, pero siempre lamía la piel. No digamos para besar en la boca; directamente invadía. No es que fuese asqueroso, ni siquiera desagradable, cuando notó su lengua, salada y áspera, dentro de su boca, sintió otra vez ese revoloteo en su estómago, esa sensación de no tocar el suelo, de tener de pronto mucho calor y ese cosquilleo raro que no se sabía de dónde salía, pero que parecía que te dejaba como tonta, con las rodillas flojas… le gustaba. Pero también le daba la impresión de que el viejo cura, sus padrastros, tenían razón, y era sucio, indecente, pecaminoso… Malo.

     El Antonio le había dicho “espérame ahí detrás, enseguida voy yo”, y le había dado un azote en el culo. Esther hubiera querido decirle algo, contarle que había venido a hablar, pero el beso del Braguetazo la había dejado casi sin poder pensar, y se dijo que sin duda podrían hablar tranquilamente detrás… sí, claro, y quizá la Luna se caiga del cielo. Sabía que el Antonio estaba echando la llave a la cajita de su recaudación y escondiéndola, y ella tenía un terremoto en el estómago, y creyó que se le salía el corazón por la boca cuando vio el circulito anaranjado de su cigarro brillando en la oscuridad cuando por fin se acercó. Ni “buenas noches” dijo. Directamente la abrazó y la besó de nuevo, apretándole los pechos. Lo hacía con fuerza, subiendo y bajando la mano, pasando de un pecho a otro, dándoles golpecitos para que se bambolearan… Esther quiso frenarle cuando él empezó a desabrocharle la pechera para dejárselos al aire, pero fue peor. El Antonio se rió y empezó a remangarle la falda… ay, no, eso otra vez no, le dolería… Casi sintió ganas de llorar. Pero entonces Braguetazo le soltó un momento la boca, y le metió los dedos en ella. Esther se sorprendió, y el feriante lo notó.

     -Tú chupa… así, chúpalos, mójalos, y ya verás qué bien… - cada vez que hablaba, a ella le daba un vuelco el estómago. El Antonio sacó los dedos empapados de su boca, y le bajó las bragas, y empezó a hacer pasadas, pasadas interminables por su vulva, que daban unas cosquillas deliciosas, unas cosquillas que daban muchos nervios y vergüenza, pero que eran tan ricas… - Así… ¿a que te gusta esto, eh, azucarillo? La virgencita ha visto lo bien que se lo pasa con su coño y ahora quiere más, ¿eh?

    Esther ya no podía contestar, seguía temiendo que le doliera, pero de momento no lo hacía, todo lo contrario. El Antonio metía los dedos en su intimidad, pero se quedaba acariciando justo arriba, justo a la entrada de la rajita, y allí… ¡aaaaaaaaah…! Allí había algo… Esther no lo había notado nunca, pero cuando él lo tocaba, parecía como un bultito, y cada vez que lo acariciaba, a la joven se le escapaba la risa, y le daban ganas como de hacer pis, y sentía unas cosquillas enormes, y algo le picaba… le picaba más abajo y por dentro, justo en el agujerito, quería que Antonio se metiera dentro de ella, que lo hiciera con los dedos, pero que la rascase por dentro ese extraño picor, ese millón de hormiguitas que hacían círculos en su agujero… sin darse cuenta, estaba moviendo las caderas, frotándose ella misma al compás de los dedos del Braguetazo.

     -Bueno… venga, que yo también soy de Dios… sácamela y tócame. – pidió el feriante. La joven miró el bulto que se hacía en el vaquero del Braguetazo, y se asustó, pero se obligó a sí misma a tocarlo. “Si… si le acaricio bien, quizá consiga que se quede a gusto sin que tenga que metérmela”, pensó, y desabrochó el botón, bajó la bragueta y metió la mano. - ¡Mmmmmh! Ay, qué pilla eres… cómo te gusta ponerme burro… venga, sácala. Quiero ver cómo me la meneas, venga.

    El Antonio casi babeaba de gusto, y sonrió de oreja a oreja cuando ella le sacó el miembro y empezó a frotarlo torpemente, haciendo cosquillas, acariciando con la mano abierta, como si tocase a un gatito. El feriante se rió.

      -Así, no… Mira, haz un círculo con la mano. Eso es. Y ahora, cógemela igual. Sí, asíiiiiiiii… qué calentitas tienes las manos, so cacho guarra, vas a hacer que me corra enseguida… mmmmh… ahora, sube y baja la mano… aah, sí, mueve la manitaaa… ¿Ves la piel que se mueve? – la joven asintió – agárrame de ahí, y aprieta… tienes que hacer que la punta, se esconda en la piel y salga cuando tú muevas la mano… eso es, eso es… aah, qué bien aprendes, azucarillo… joder, más deprisa, ¡por tu padre, acelera, que no aguanto más!

    Esther obedeció, apretando la mano en torno al miembro del Antonio. Eso pareció gustarle más aún, notó como se estremecía, los gemidos le aumentaban de tono, y la mano que tenía en su hombro, se crispó, apretándola con fuerza. Braguetazo apretó los dientes, tembló estremecido de placer, y sonrió, pegando un meneo de caderas, y entonces un espeso chorretón blanco salió disparado de su cuerpo, y manchó la mano y el vestido de la joven, que pegó un respingo del susto.

    -¡No, no sueltes…! – sonrió el Antonio, llevándole la mano otra vez, y haciendo que le acariciara un poco más, exprimiéndole y mojándole de semen. “Está caliente… es espeso y… como pegajoso”. Esther pensaba que aquello debería darle asco, pero lo cierto es que le producía más bien curiosidad. El Antonio sonreía con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, moviendo las caderas, disfrutando de la dulzura que le dejaba en la gloria. No es que fuese un hombre especialmente guapo, pero con esas entradas, ese pecho tan velludo con las cadenas de oro y esa forma de hacerse el canalla, resultaba bastante interesante… y cuando sonreía así como ahora, era atractivo. Tenía pinta de haberlo pasado muy bien, y Esther no pudo evitar sentir un poquito de orgullo, pensando que había sido ella quien le había dado ese placer. Braguetazo la miró y sonrió por el colmillo.

    -Lo has hecho muyyyyyyyyy bien, azucarillo. – susurró. Esa voz quemada y ronca, era… Esther recordó una vez que había bebido ron de caña a escondidas, del que sus señores usaban para algunos bollos, sólo para saber a qué sabía. El licor había pasado como fuego por su garganta, casi le pareció que se la desgarraba por dentro, pero luego había dejado un regusto muy agradable en su boca, y un calorcito muy rico en su tripa… le pareció que la voz del Antonio, era como tomar ron oyéndolo. Y entonces, él empezó a mover los dedos otra vez, y Esther casi gritó de sorpresa… y no sólo de sorpresa. - ¿No creerías que te iba a dejar a medias, no, caramelito? Después de lo bien que me lo has hecho, voy a hacer que goces hasta que babees.

      Casi ni había terminado de hablar cuando la besó, metiéndole la lengua hasta la campanilla. Esther no sabía ni qué le ocurría, los dedos del Braguetazo se deslizaban bajo sus bragas, haciendo círculos, y la joven no sabía dónde tocaba, pero cada caricia era un gemido que se escapaba de su pecho, un placentero escalofrío que la hacía temblar y una especie de calor intenso, que se hacía más fuerte a cada pasada. El Antonio empezó a acelerar, y Esther tuvo que abrazarse a él, convencida de que las piernas no la aguantarían. Ese… ese bultito que tocaba, parecía soltar risitas a cada nueva caricia, lo tocaba por la punta, como si lo rascase, y era un cosquilleo frío, que sabía a manzana verde, y que subía por la columna hasta encogerle los hombros y hacerle gemir agudo… y entonces lo presionaba y hacía círculos otra vez, y era un cosquilleo cálido que le hacía mover las caderas y le dejaba el cuerpo blando y gemía más largo… oooh, se iba a volver loca, por favor, que parase… o que al menos, la dejase respirar, su lengua no dejaba de moverse, tenía la barbilla pringada de babas, y no era capaz de tragar, los gemidos se lo impedían… El Antonio tenía razón, sentía tanto placer que babeaba… y entonces, la mano del Braguetazo bajó más aún, y su dedo corazón se metió en el agujerito húmedo y caliente.

     Esther quiso gritar del susto, ¡no, eso le dolería, eso no…! Pero no pudo. Y sólo logró gemir una especie de sonido de sorpresa. Agradable sorpresa. Su sexo no dolía, al contrario, pareció acoger aquél dedo con un increíble agradecimiento, abrazarlo en su interior y tirar suavemente de él… haaaah, por favor, que lo moviera, mmmh… sólo un poquito… no lo dejes así quieto, me quema…. Mmmh… sí, así, así…. El Antonio empezó a sacar y meter el dedo, apretando por dentro en sitios que él conocía mucho mejor que la propia Esther, mientras la palma de su mano seguía frotando cálidamente eso que la joven llamaba “el bultito”… en pocos segundos, el placer de ambos sitios fue demasiado intenso para la inexperta joven, y le pareció que se quemaba, que se ahogaba de placer… olas de gusto delicioso surgían de su sexo, de la punta del dedo del Antonio, ¡qué bien sabía tocar!, de la palma de su mano que no cesaba de acariciar, y parecían elevarla del suelo, en golpes dulces, cada vez más cálidos, hasta que algo pareció estallar dentro de su cuerpo, en el punto exacto que rozaba aquél maravilloso dedo, y Esther gimió, estremecida entre los brazos del Braguetazo, dando golpes de cadera, sintiendo que su rajita daba tiritonas, apretones de éxtasis, con las rodillas temblorosas y extasiada por un sinfín de chispas de gusto que iban dando estallidos calentitos en su sexo, su estómago, sus rodillas, sus hombros…

     Fue vagamente consciente de la sonrisa del Antonio al separar su boca de la suya, dejando entre ambas un hilillo de saliva y la encantada sonrisa de la joven. Muy despacito, el Antonio sacó su dedo, acariciando lentamente, arrancando aún un último gemidito en Esther. Se limpió la mano en las bragas y el vestido de la chica. Esther le acariciaba el pecho, la cara…

     -¡Antonio! – una voz de mujer, desde el otro lado de la caseta - ¿Estás por ahí?

      Braguetazo dio un último beso húmedo en la boca de Esther y la sentó en el estribo de la camioneta.

     -Espérame aquí, azucarillo, luego vuelvo, y nos damos el segundo asalto, guapa. ¡Voy! – gritó y salió a la parte frontal de su barraca. Esther lo vio marchar mirándole el culo, qué apretado tenía el vaquero, qué bien le sentaba… Nadie nunca la había tratado tan bien como él. Puede que fuese un sinvergüenza, pero con ella había sido bueno. “Quizá sí haya esperanza pese a todo… quizá sí quiera casarse conmigo para ayudarme. A fin de cuentas, le parezco guapa. Y yo sé guisar y coser, y limpiar, y puedo ayudarle a llevar la caseta. Yo sé que podría hacerle feliz…”

      -¡Papá, papá! – oyó en la parte delantera. Se oían risas y conversación. Sin duda, una familia que estaba tirando, y Esther se acercó a verles, sólo para hacerse una idea de cuánto tardaría el Antonio. Se asomó por el borde de la caseta, aprovechando la zona que quedaba más oscura. Y se le cayó el alma a los pies.

      -¡Ramoncito…! Bueno, Ramón, que hay que llamarte Ramón, que ya estás hecho un hombre. – El Antonio cogía en brazos a un niño alto, pero muy delgado, que no tendría más de cinco o seis años. Le aupaba y le besaba una y otra vez. Junto a ellos había una mujer que parecía mayor que el Antonio, que les sonreía. No… no podía ser, ¿verdad que no era cierto? – Qué guapo estás, y qué alto, ¡cada día te pareces más a tu viejo! ¿Cómo se porta en casa?

     -Mejor que tú.

      -¡Y que no me entere yo de lo contrario! Toma, por ser buen chico, ¿a que te gusta? – sacó un cochecito de bomberos de entre los premios, y se lo dio al niño, que se puso a dar saltos, y a correr en círculos, dejando así tiempo para que los dos adultos, hablasen entre ellos - ¿Cómo te va, Esmeralda?

     -Bien. Bien para una solterona con un hijo. – miró al niño, que no dejaba de sonreír. – Conste que yo no quería venir, pero él se puso tan pesado...

     -Se me ha dado bien esta noche, te voy a dar cien duros, para que le compres alguna tontería al crío.

      -Al crío, al crío… - bajó la voz – a veces le odio.

      -¡Mujer…! – dijo el Antonio, con el billete en la mano.

     -Te lo digo en serio. Si no me hubiese quedado en estado, podría haberme ido contigo, no hubiera tenido que quedarme en cama… ¡ojalá no hubiese nacido nunca!

      -Esmeralda no digas eso, joder… ¡es tu hijo! Y mío también, a fin de cuentas. No es culpa de nadie que yo lleve esta vida que llevo… - viendo la frase en los labios de la mujer, terminantemente completó la frase – y que me gusta llevar, y no quiero dejar de llevar por nada. Esmeralda, yo no soy hombre que se ate, te lo dije y lo sabes. Vez que lo hice, y vez que me patearon, así que de compromisos yo, naranjas. Lo siento mucho. – Puso voz melosa – Pero eso no quita que no podamos divertirnos un rato… le pago al chico un par de viajes en los coches de choque, y tú y yo nos vamos a la camioneta, ¿quieres, azucarillo?

    Esther hubiese querido morirse ahí  mismo. Sintió ganas de vomitar del asco que sentía por sí misma y el Antonio, ojalá pudiera devolver todas las babas, todos los roces, todos los nauseabundos besos, y… su virgo. Ya sabía que el Antonio no era precisamente un príncipe, ¡pero pedirle sexo a otra, recién salido de estar con ella! ¡Y de decir que ella lo había hecho tan bien! ¡Y sabiendo que la tenía ahí, esperando como una imbécil! Agarró una lata de refresco, vacía, que había en el suelo y se la tiró. Le dio en la espalda, y el Braguetazo se volvió, furioso, pero cuando vio los ojos empañados y el rostro rojo de ira de Esther, cambió de semblante.

     -Esther… virgencita, espera… - sonrió.

     -Ojalá…. Ojalá revientes, cabronazo… - masculló ella, intentando no llorar, sin conseguirlo - ¡Ojalá algún día sientas lo mismo que yo!

     Esther escapó a todo correr, secándose las lágrimas con los puños, ¡hubiera dado cualquier cosa por matar al Antonio allí mismo! ¡Una piedra, sólo una maldita piedra que hubiera en el suelo para podérsela tirar a la cabeza! “Ojalá le pase eso… ojalá le quemen la caseta, ojalá se mate por la carretera, ojalá se enamore y le hagan tanto daño como él a mí.” pensaba, mientras dejaba de correr y pasaba a andar, maldiciendo la alegría de la feria, la música, a todos los que se reían y disfrutaban, y a todo el mundo… en el fondo del corazón le escocía ver que podía dejar de correr. Nadie la había seguido.

(continuará, ¡vuelve mañana!)