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miércoles, 9 de julio de 2014

Amores que matan (Segunda parte)


     Ya en el camino de regreso a la Universidad sonó el primer trueno, y poco antes de que la camioneta del Antonio, donde llevaba a Sofía, llegasen, comenzó a llover.

     -Oh… maldita sea. – dijo ella.

     -¿Qué pasa, Brujita? ¿No te gusta la lluvia?

     -Sí… sí, señor, es sólo que… tenía la intención de recorrer el perímetro de la Universidad, para ver si encontraba algo… con la lluvia, ya es imposible, lo borrará todo.

    -Vaya, sí que lo siento. – El Antonio tenía mucha experiencia en mentir, por eso pareció completamente sincero, aunque por dentro estaba bendiciendo la lluvia por vez primera en su vida. Siempre la había detestado: cuando llovía, nadie iba a la feria, y por lo tanto, él no hacía negocio. No obstante, la frase de la chica le había intrigado, ¿cómo que “recorrer el perímetro…”? – Oye… ¿ibas a recorrerte todo el muro de la Universidad buscando huellas, o cosas?

      -Sí, señor, claro… el atacante tuvo que entrar por una zona del muro, o de seto.

     -¿Por qué no pudo entrar por una puerta principal?

     Sofía sonrió.

     -Todas están vigiladas, señor. Incluso de noche, y tienen cámaras.

     -¿Y con eso, qué? ¡Será que no puede entrar cualquiera, yo estoy harto de entrar por las puertas!
     -¿Ya había venido usted antes…?

     “Acabo de meter el remo” pensó el Antonio.

     -Bueno… alguna que otra vez, a ver mi chica… siempre que he llegado, me han parado, he dicho que venía a ver a mi hija, que era Teresa la de Arte Dramático, y me han dejado entrar…

      -Claro. A eso me refiero, señor. Si usted entra con coche, los guardias querrán saber quién es… si entra a pie, puede ser un alumno, no todo el mundo lleva su tarjeta de estudiante visible, pero si pasase a pie… por ejemplo, mezclado con un grupo de estudiantes, las cámaras le grabarían.

      -Podría haberse disfrazado, haberse puesto una capucha… Vamos, Brujita, esto ha sido cosa de un simple descuidadero que vino a robar. Ninguno va a venir a cara descubierta - contestó el Antonio.

     -Sí… quizá, sin duda. – concedió ella, pensativa. – Pero, sinceramente, me parece tomarse demasiadas molestias simplemente para entrar a robar a algunos estudiantes…

     -Pues porque todo el mundo escoge el camino más fácil: si puedes entrar por la puerta, ¿para qué vas a entrar por la ventana?

     -En eso sí tiene razón, señor… - Zorra se llevó un dedo a los labios. - ¿sabe, señor, que es usted muy inteligente…? – El Antonio la miró como si pensase que ella quería echarle flores – Sí, lo digo en serio… verá, yo… yo le doy muchas vueltas a las cosas, a veces me pierdo en los detalles más tontos, y eso me impide ver  la sencillez… y entre eso, y el Decano, y que se trata de mi hermano… tengo mucho miedo de perderme en éste asunto, y eso no me lo puedo permitir. ¿No le importaría… me permitiría que, de vez en cuando, hable con usted para intercambiar impresiones?

     -Vamos, que estás más perdida que un ciego en un túnel, y quieres ver si puedo echarte una mano, ¿no?

     -…Usted lo ha dicho con más claridad que yo, sí… - sonrió ella, apurada.

     -Pierde cuidado, Brujilla… de todos modos, me iba a quedar unos cuantos días, hasta que esto se solucione y mi chica esté tranquila. Te ayudaré con mucho gusto.

     -Muchas gracias, señor.

     -De gracias, nada, hermosa, que yo los favores los cobro. – aparcó y volvió la cara hacia ella – Dame un beso. – Sofía puso gesto casi de horror, una cara de susto tan cómica que el Braguetazo soltó la carcajada - ¡Ay, Dios mío, no me jodas que eres virgen…!

     -No… no lo soy, señor. Pero es que tengo ya novio, y no quiero… no quiero engañarle.

    -Ooh, la Brujita tiene novio, ¿quién es el afortunado?

    -Es… Tony. E-el amigo de su hija, ya sabe…

     -Sí, sé quién es, - no jodas… sí que se había equivocado,  ésta y el tonto de Pastor no estaban liados, la Brujita no mentía, se le notaba por el modo en que decía su nombre - ¿ese sinvergüenza es tu novio?

     -¡No es un sinvergüenza, señor…! – protestó débilmente. – Es muy buen chico, muy simpático, muy amable… nos queremos mucho.

     -A ver cómo te lo explico… él es actor, ¿verdad? – Sofía asintió – Y de vez en cuando, tiene que besar a actrices, ¿no? – Nuevo asentimiento – Pero eso, no significa que te sea infiel, ¿a que no? – Sofía ya no supo si asentir o no, hizo una especie de gesto vago con los hombros – pues esto, es lo mismo. Quiero saber cómo besas tú, venga. No miro. – Cerró los ojos.

    A Sofía se le escapó una risilla tonta, pero se acercó al Antonio y le besó su áspera mejilla, separándose rápidamente en medio de una risita. El Braguetazo abrió los ojos y vio que la chica se había puesto tan roja que su anaranjado cabello revuelto parecía rubio por comparación.

     -¿Sabes, Brujita? – sonrió el feriante – He conocido mujeres que eran como el ron blanco: puro fuego. Otras, como el ron de caña: fuego, y dulce. Otras, como la cerveza: agradables, pero siempre frías. Otras, como el chocolate: absolutamente dulces, o como el vinagre, amargas como la madre que las parió, pero que sabían dar sabor a las cosas… Pero tú, tú eres la primera que es como un granito de pimienta: pícaro, picante, da cosquilleo, calorcito, pero es tan pequeñito que apenas notas el sabor, y te deja con ganas de probar más.

     -Por favor, señor… - sonrió ella – me va a hacer que me sonroje…

     -¿¿¿Más??? – se rió el Braguetazo, pero al fin bajó de la furgoneta. Sofía abrió su puerta y fue a bajarse de un salto, pero el Antonio ya estaba allí y, con toda naturalidad, la tomó de la cintura para bajarla en volandas.  – Hale, venga, que te quiero ver entrar.

     Sofía asintió y corrió hacia la puerta de la Residencia Femenina. “Vuélvete… vuélvete a mirarme…” pensó el Antonio. Cuando apenas le faltaban un par de pasos para llegar, la Brujita, efectivamente se volvió. Al ver que él la estaba mirando, pegó un respingo y se giró de nuevo, lanzándose a la puerta.


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     -¿Entonces, nada?

     -Mucho me temo que no, Zeta… - a Sofía la llamaban la Zorra Con Suerte, Zcs o Zeta a secas, para acortar. A su novio, Tony, no le acababa de gustar eso de llamarla Zorra, y solía llamarla siempre Zeta – Yo estuve allí como dijiste, le conté a todo el mundo lo que hacía, como me dijiste, y entonces empezó a llover como si se fuera a caer el cielo. No hubo manera de sacar huellas de nada.

    -Mierda… - El chaparrón había durado poco, apenas unos minutos, pero lo justo para embarrar todos los caminos y que fuese imposible mirar nada. – En las novelas de detectives, siempre se olvidan de mencionar el detalle de las inclemencias meteorológicas.

    -Bueno, chata, no te dejes amilanar… si me has mandado a buscar huellas y a correr la voz, es porque tú ya sabes que no se ha tratado de un ratero vulgaris, sino que tienes ya una idea de quién ha sido, ¿verdad?

    -Bueno…

    -Y si sabes quién ha sido, seguro que se te ocurre una manera de pescarlo; si no es una prueba, será otra, pero de alguna manera podrás cazarle, ¿no es así?

    -Puede que….

    -¿Lo ves? – Tony sonrió desde su lado del teléfono, y luego bajó la voz, confidencial - ¿Quieres decirme de quién se trata?

    -Hmmm… todavía mejor no. No tengo más que una sospecha, es posible que no sea nada… prefiero estar segura antes de ir diciendo por ahí “es este”…. Así, si cambio de sospechoso, no lo sabrás, y podré darme el pisto delante de ti, cuando diga “lo supe desde el principio”.

     Tony se rió, cariñoso.

    -Chatita, si tú sabes que no tienes que darte ningún pisto. No es posible que yo te adore más de lo que ya lo hago, ladrona.  – Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Zcs, pero no fue enteramente agradable. La voz de Tony era asombrosa e incómodamente parecida a la de su padre. Se despidieron y colgaron, y Zeta se dio la vuelta en la cama para quedar boca arriba. Cruzó las manos detrás de la espalda y subió las rodillas al pecho, con los pies cruzados, balanceándolos arriba y abajo. Sólo llevaba puesta la camiseta de Guns And Roses, tan vieja que el dibujo de la calavera con chistera estaba todo cuarteado y desvaído y por eso la usaba sólo para dormir, las bragas de algodón blanco que le llegaban más arriba del ombligo, y los calcetines grises, gruesos y llenos de bolitas, y tan grandes que los arremangaba en torno a los tobillos. Muy prácticos contra el frío, pero absolutamente impermeables al deseo… sin embargo, si Tony la hubiese visto así, se hubiese vuelto loco de pasión, más que si ella hubiera llevado una pieza de lencería transparente y tacones… Le quería. Pastor, su hermano, ni siquiera sabía aún que ella y Tony… de hecho, Pastor estaba convencido de que ella, aún seguía siendo virgen.

      “¿Cómo me he metido en tantos tinglados, tan absurdos y todos al mismo tiempo…?” pensó la joven, dejando caer la cabeza fuera de la cama. A veces, ver el mundo al revés, hacia que las cosas encajasen en su sitio… en esa ocasión, sólo sirvió para ver del revés a Chucho, su perro, un gordito y ya mayor basset-hound que dormía en su cesto, con los grandes mofletes temblándole por los ronquidos. Estaba dando clases extraordinarias de Arte Dramático, manteniendo una relación clandestina con el profesor, esquivando a su hermano, y ahora encargada de investigar el intento de asesinato del mismo, y por si fuera poco, el principal sospechoso era el padre biológico de su novio, Tony, y ese mismo sospechoso principal… “coquetea conmigo”, pensó Zeta, si bien la palabra “coquetear”, le parecía demasiado sutil para el brutal modo de tirar los trastos que tenía el Antonio. “La hace a una sentirse… cazada”, pensó la joven. Intentó mantener la cabeza fría, pensar en cómo podía hacer para pescarle lo antes posible, pero pensando en aquello, acabó pensando en su hermano, y antes de poder darse cuenta, una lágrima salió de sus ojos y cayó por su frente, hacia el suelo.


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     -“Por un beso que le di en el puerto/ a una dama que no conocía/ por un beso que le di en el puerto/ han querido matar mi alegríaaa / Por un beso que le di en el puertooooooooo……”. – Al día siguiente, por la tarde, el Antonio limpiaba los cristales de la furgoneta, que la lluvia de la noche anterior había ensuciado, mientras canturreaba canciones españolas. Manolo Escobar era su favorito, pero el Fary también le gustaba mucho. En esas estaba, cuando una tímida vocecita le saludó.

     -Buenas tardes, señor.

     -Hola, Brujita – dijo él sin volverse - ¿Qué tal todo?

     -Pues… no muy bien. – confesó ella. – Admito que no hago muchos progresos.

     -Bueno, niña, pero es que empezaste con eso ayer, tampoco te exijas tanto a ti misma, azucarillo… - Se volvió por fin, y la miró a la cara. Tenía pintas similares a las de ayer, ropas muy anchas, botas de montaña y el pelo desgreñado, pero una tierna sonrisa en la carilla redonda. - ¿Qué has intentado?

     -Verá, antes de nada, he de decirle una cosa…. Espero que no se enfade usted conmigo por haber hecho algo…

    -¿Enfadarme contigo, yo? Eso iba a ser bien difícil, Brujilla. A ver, ¿qué es eso tan horrible que has hecho?

     -Pues… como usted había sido tan amable conmigo, ya sabe, trayéndome de regreso aquí, y ofreciéndose a ayudarme, pues… recordé la multa que le habían puesto, y, como mi padre es policía, pensé que podrían quitársela…- “Mierda” pensó el Braguetazo – El caso es que le llamé y le pregunté por ella, y me dijo que no se la habían puesto en el Hospital, sino aquí. Aparcamiento en zona de minusválidos en la calle de la Universidad, a eso de las diez menos veinte.

     “Al menos no ha dicho: “veinte minutos antes de la hora del crimen”, o cosa así…”, pensó el Antonio, intentando parecer tranquilo.

     -¿Y pudiste quitar la multa?

     -Oh, sí, señor, no hubo problema, en cuanto le expliqué a mi padre lo que había hecho usted por mí…

     -Eres un tesoro, Brujita. – dijo, pellizcándole suavemente la mejilla - ¿y por qué me tenía yo que enfadar por eso?

     -Bueno… yo no he podido dejar de darle vueltas en toda la noche… Si usted dijo que venía de camino, que había ido directamente al Hospital… Porque lo dijo. – la joven sacó un cuadernito de notas del bolsillo de la pierna – Esta es una costumbre que cogí de mi padre. – sonrió – Siempre voy anotándolo todo, no creería usted la de problemas que se evitan, sobre todo yo, que soy muy olvidadiza…

     -Sí, sí, pero dime…

Zeta rebuscó entre sus notas, con el lápiz en la boca, hasta que encontró lo que buscaba.

     -Aquí está: Traviesa, su hija, dijo que sentía haberle hecho dar ese rodeo, que sin duda usted ya habría llegado a la Universidad, pero usted dijo que no, que todavía estaba de camino cuando le llamó. Y allí llegamos a otra cosa que no entiendo… Ella le estuvo llamando, dos o tres veces, porque la agresión, la vio mucha gente, entonces, ella enseguida se enteró, y todos fuimos al Hospital corriendo, y ella le llamó a usted apenas lo supo. Quizá dos minutos después del ataque, ella ya le estaba llamando, pero usted no contestó. Y eso es lo que no entiendo. ¿Cómo le pusieron la multa en un sitio donde no estaba, y cómo no oyó usted las llamadas? Ella tuvo que llamarle al menos seis veces hasta que usted contestó…

     La cara de Zeta era la misma expresión de la inocencia. No le acusaba absolutamente de nada; de hecho, ni siquiera parecía sospechar… tan sólo hacía una pregunta, nada más. El Antonio sonrió.

     -Sí que llegué antes, Bruji. – reconoció, hablando bajo – pero eso es un secreto entre tú y yo, ¿vale? Verás, venía de lejos, más de quinientos kilómetros de volante del tirón, y eso, a mi Tesa no le gusta, se preocupa cuando me meto esas palizas. Yo ya estoy acostumbrado, pero ella siempre me dice que tengo que parar cada hora, bajarme de la furgoneta, estirar las piernas y esas chorradas. Si lo hiciese así, no llegaría nunca a los sitios. Ayer yo llegué antes, paré donde primero vi, porque estaba derrengado, y, para que Tesa no viese lo cansado que estaba y me echase un sermón, me pegué una dormida en la furgoneta. Por eso me pusieron la multa, y por eso no oía el móvil, ¡a ver, si estaba sobao…!

     Z sonrió y juntó las manos en una palmada satisfecha, asintiendo.

    -Eso lo explica todo – concluyó – Ya ve, una cosa tan sencilla como esa, ¿y creerá que me ha tenido más de media noche sin dormir, dándole vueltas y vueltas…?

    -Brujilla, te preocupas demasiado… para eso, lo mejor, es relajarse.

    -Oh, no crea que no lo intento, respiro hondo, intento vaciar la mente… pero como tenga algo que no logre entender, no soy capaz.

    Braguetazo la miró con una sonrisa que hubiera podido sazonar los spaghetti Infierno que cocinaba la madre de ella.

    -Bruji… ¿Cuando digo “relajarte”, tú entiendes algo como contar ovejitas, no?

    -Bueno, es una forma, sí…

    -Ay, azucarillo, eres más inocente que un flan. – dijo, tomándola de las mejillas y apretándola con cierta ternura – No, cariño, yo me refiero a “relajarse”… - el Antonio hizo un gesto muy explícito haciendo un movimiento de bombeo con el puño, y soltó la carcajada cuando ella desvió púdicamente la mirada y se puso como la grana.

     -Ah… ya… Ya entiendo. – sonrió – Señor, usted… ¿se complace haciendo que yo me sonroje?

     -No te lo voy a negar, estás muy guapa cuando te pones toda roja.... ¿Decías que tenías novio, no, Brujita?

     -Sí, señor. Tony.

     -Ese chico tiene a mi hija, y ahora te tiene a ti. Está visto que quiere quitarme todo lo bueno que encuentro – se acercó a ella. Zeta puso cara de susto y tembló de pies a cabeza, y más aún cuando el feriante le pasó la mano por el cabello, hasta la cara. – Mi Tesa siempre tendrá a su viejo, pero tú a lo mejor, te quedas sin algo bueno…

     -¿Señor….? – Zeta puso cara de no acabar de entender qué quería decir el Antonio.

     -Me gustas, Bruji. Y ya no soy ningún “baby” para no distinguir las cosas, ni para andarme por las ramas. Sé que te gusto también, pero tú piensas que te debes a ese menda que te ha hecho sentir cosas por primera vez… Eres tan tímida, que no sabes lo guapísima que eres. Y te piensas que el Tony, es el único hombre del mundo que te va a mirar nunca a la cara, y piensas que le tienes que estar agradecida porque lo haya hecho… pero te equivocas, Bruji. Muchos hombres matarían por ésta cara. Por estos ojos… Pero yo sé que mi Brujita es tímida, y no quiero atosigarte. Sólo quiero que tengas presente que vales mucho, mucho más que para serle fiel a un cantantillo de voz de gato estrangulao. Puede que sea guapete, no lo niego, pero no es ningún príncipe chino. Tú vales pa mucho más, no te pienses nunca que le tienes que dar las gracias por nada; él debería darlas porque le hagas caso tú.

     -Eeeeh… gracias, señor. E-es usted muy amable conmigo. – Zcs lo intentaba, pero no podía sostenerle la mirada.

    -Yo que voy a ser amable…. Sincero, chata. – le rascó el cuello cariñosamente, como podría hacerle a un gatito, y Sofía se estremeció visiblemente. – Bueno, aparte de eso, ¿averiguaste algo más?

    -Algo; sí, señor. Pero… me gustaría decírselo también a mi hermano y a Traviesa, los dos querrán saberlo también, ¿tenía pensado ir al Hospital esta tarde? Si fuese tan amable de acompañarme, me ahorraría dos horas en autobús, se lo agradeceré mucho…

    -No gastes tantos cumplidos, Brujita, conmigo no te hace falta. Tú dices: “Braguetazo, AQUÍ”, y el Braguetazo irá siempre donde tú le mandes.

    -¿”Braguetazo”? – preguntó la joven, con una sonrisa apurada.

    -¿No sabías que me llaman así, Antonio el Braguetazo…? – Zeta negó con la cabeza – Pues si quieres, me puedes llamar así. Pero bueno, tú a mí, Brujita, me puedes llamar hasta silbando… - La joven se le quedó mirando con esa sonrisa de timidez y chapetas en la cara. No dijo nada, pero no hacía falta. Su sonrisa lo decía todo.


*****************


     Zcs había querido contenerse, pero cuando entró en el cuarto de Pastor, y le vio allí tendido, paliducho, con la camisola de enfermo y aún así dedicándole una gran sonrisa cuando entró, a la joven se le cayó el alma a los pies y se abrazó al pecho de su hermano, haciendo esfuerzos titánicos por aguantarse las lágrimas. Pastor la abrazó con un solo brazo, porque la otra mano la tenía entre las de Traviesa, pero la apretó contra su pecho, sonriente, y la joven le oyó susurrar “no pasa nada…”. Z se frotó la cara contra su camisón para secarse los ojos y se incorporó. Traviesa y ella se dieron dos besos; la joven ayudante de Tony tenía cara de no haber  dormido nada en toda la noche. El Perro, quien había donado sangre para Pastor, sí había dormido en el Hospital, y ahora estaba zampándose un bocadillo tan grande como su brazo. Con lo que le gustaban las vísceras y la casquería, Zorra prefería no saber de qué era el bocata. El chico tenía a su lado una botellita de desinfectante, de la que, disimuladamente, daba un trago de vez en cuando.

     -¿Cómo van las pesquisas, Zeta? – quiso saber enseguida Traviesa. La joven profesora adjunta de Teatro se encontraba de mucho mejor humor al estar Pastor, su “Melocotón”, como ella le decía, fuera de peligro.

     -Pues… mañana por la noche se cumplirán las 48 horas y aún no tengo gran cosa… pero sabemos algo.  – todos la miraron expectantes. – Esta mañana, me he quemado los ojos mirando las grabaciones de seguridad; no hay ni una sola personas de las que entraron a la Universidad que no pueda ser reconocida. Así que el atacante, no entró por la puerta principal, como en un principio creímos.

     -¿”Creímos”…? – inquirió Pastor. Sofía sonrió y miró fugazmente al padre de Traviesa, quien estaba junto a su hija, un poco apartado de los demás. A Pastor no le pasó desapercibida la timidez de su hermana, ni menos aún el gesto marcadamente indiferente del Perro. Rob parecía ignorar al Antonio deliberadamente.

     -Sí… Traviesa, tu padre me está ayudando mucho. – La maestra miró a su padre con intenso agradecimiento y sonrió.

     -Bueno, ayudando… - el Antonio hizo un gesto vago con la mano – Que he leído muchas novelas del Punto Rojo*, nada más…

     -Oh, no, ayer mismo él me sugirió que tu atacante podía haber entrado por la puerta principal, simplemente valiéndose de una capucha, o cosa semejante… La pega es que no lo hizo, y no sabe cuánto lo siento, señor, porque era una buena idea. Pero a cambio, sabemos otra cosa.

     -¿El qué? – quiso saber el Antonio.

     -Que el ataque a mi hermano, fue intencionado, señor. No pudo ser un atracador cualquiera, fue alguien que quería hacerle daño. – Pastor, a su pesar, palideció, y Traviesa abrió la boca, arrimándose más a su chico.

      -Yo no… No creo que sea así, ¿en qué te basas para…? Si no hubiera dado con éste, podría haberse llevado por delante a cualquiera... – balbuceó el Antonio.

     -No, señor. No se ha denunciado ningún robo, ninguna pérdida, en toda la Universidad. El último grupo de gente, la última persona que entró por las puertas, lo hizo a las seis de la tarde, y la agresión a Pastor, fue más tarde de las diez… En cuatro horas, ningún robo. No es lógico. La persona que atacó a mi hermano, IBA a por mi hermano, y no a por otra persona. Eso ya, limita bastante las cosas.
     -Pero… le robaron. – Insistió el Antonio. – Le atacaron para robarle, está bien claro.

     -Es cierto que mi hermano llevaba algo de dinero encima, que le sustrajeron, efectivamente… pero no creo que el móvil fuese el robo. Creo más bien que quien lo hizo, quería que pensáramos que sólo quería robarle, cuando en realidad, quería… - Traviesa tembló visiblemente.

    -¿¡Pero por qué!? – se escandalizó la joven. - ¿Por qué iba a querer nadie…?

    -Aún no lo sé, Traviesa… Pero te diré algo: mañana a estas horas, la persona que atacó a Pastor, estará detenida. Y es una promesa.

     El Antonio sintió que su estómago se revolvía, pero cuando Zorra le miró y le dedicó una enorme sonrisa llena de inocencia, se tranquilizó. Era imposible que esa carita de pan de leche, fuese capaz de mentirle.

**************


     -Hasta mañana, Pastor, ¡ponte bueno! – dijo Zorra, al salir del cuarto, acompañada del Antonio. Al volverse, quiso poder desaparecer en el aire. Tony se acercaba por el pasillo. Sonrió al verla, pero al ver quién la acompañaba, su rostro cambió en una fracción de segundo, y no fue el único. El Antonio, que ya había sacado la cajetilla de tabaco, detuvo ésta a mitad de camino de la boca.

     -Buenas noches, Zeta. – saludó Tony, y la besó en la frente, pero sin dejar de mirar al feriante. – Buenas noches, señor.

     -Muy buenas, chico. ¿Tú eres el tal Tony, no?

     -¿Me conoce? – Zorra les miraba alternativamente. El Antonio no hubiera podido negar que Tony era hijo suyo, ni intentándolo a dos manos…

     -Te he visto por ahí, alguna vez… Ya me ha dicho la Brujita, ésta, que eres su novio.

     -¿”Brujita”? – Tony interrogó a Zorra con la mirada, y ésta sonrió, encogiéndose ligeramente de hombros.

     -¿Qué pasa…? – preguntó el Antonio - ¿Te piensas que sólo tú pones nombres a las chicas? – Tony se volvió y pareció a punto de decir algo, pero el Antonio sonrió y le dio una amistosa palmada en el hombro – No te preocupes, ya me marcho, ya sé que te caigo como una patada…. Y una patada, es lo que te voy a dar, como me entere de que ésta – señaló a Zorra – tiene una queja de ti, ¿estamos?

     -Zorra, si un día tienes queja de mí, por favor, mándame un asesino fuerte y de menos edad, para que no tenga penas en partirle la cara y dejarle sin un diente, ¿querrás? – contestó Tony. Zeta no pudo contestar, pero el Antonio sonrió.

    -¡Bien por el caballerito, así se contesta! – El feriante echó a andar, y Tony le hizo una pregunta muy elocuente a Zeta con los ojos, pero ésta se limitó a encogerse de hombros y echar a trotar tras él, no sin antes lanzar un beso a su novio. – Será un estirado, y un chulito de meñique levantao, pero al menos tiene huevos. Mira bien lo que te digo, Brujita: un hombre, no se distingue por ser guapo, ni alto, ni rubio, ni rico… se distingue lo mismo que por los toros: por tener o no tener huevos. Un toro puede pesar setecientos quilos y tener una media luna de cuernos que no la abarques con los brazos abiertos… si no tiene huevos, no es más que un cabestro, y no vale para nada. Con los hombres, es igual; un tío puede ser mister universo, que si no tiene huevos para sacarlos cuando hacen falta, es lo mismo que si estuviera castrao.

    Zorra le miraba fijamente, caminando a su lado, casi sin pestañear, escuchándole. El Antonio notaba su atención, y eso le gustaba. El aire de la noche, cuando salieron del hospital, era fresco y agradable, y el feriante se encendió su cigarrillo y echaron a andar camino a la furgoneta, que había tenido que aparcar algo alejada de la puerta.

     -¿Qué te come la cabeza, azucarillo, que vas tan calladita?

     -Oh, bueno… pienso en el asesino frustrado, señor.

     -¡”Asesino frustrado…”! – sonrió el Antonio – Bruji, estoy aprendiendo más palabras contigo en dos días, que en los diez años que pasé en la escuela.

    Zorra sonrió, y siguió hablando.

     -Verá… El ataque no fue casual, ni para robar a mi hermano. El asaltante sabía quién era y dónde encontrarle, y sabía usar bien una navaja… Le esperó allí, o le siguió… más probablemente, le siguió.

     -¿Cómo sabes tú que le siguió?

     -Bueno, señor… - Zorra se rascó el cuello, pensativa. – Quien fuese, sabía usar la navaja, pero… erró el golpe. Creo que alguien que sabe usar una navaja, pero en el momento de usarla, falla, es porque no ha estado esperando pacientemente que su víctima llegue, sino que la ha estado persiguiendo, está nervioso, cansado, teme que se le escape… todo eso junto, le hace cometer un error, que no habría cometido de estar sentado tranquilamente, esperando… El atacante no es una persona… fría y lógica. Es alguien temperamental, impulsivo…

     -Ponte detrás de mí.

     -¿Eh…? – Zorra miró al frente y entonces vio a los tres que venían hacia ellos. No traían muy buenas pintas, no parecían mayores que ella misma, y no dejaban de señalarles y reírse estúpidamente – Señor, ¿no irá a…?

      -Calla… - El Antonio la tomó de la mano y suave, pero firmemente, la hizo ponerse detrás de él, manteniéndola agarrada con la mano izquierda.

     -Eh, tíooo, ¿nos das un cigarrillo…? – preguntó el de en medio de los chicos, arrastrando cansinamente las sílabas, alto, de pelo rizado muy sucio, que le daba aspecto de fregona, cuyo aliento podía oler Zeta sin esforzarse, y no era de mentol precisamente.

     -Lo siento, hijo, éste de verdad, no de chocolate – contestó el Antonio

     -¡Oye…! – sonrió el chico, mirando a sus amigos – Que el abuelito quiere vacilarme… - los otros dos hicieron coro y echaron mano a los cinturones, pero sin sacar nada de ellos. Zorra dio un temblor, pero la mano de hierro del Antonio le apretó la muñeca – Pues si no tienes cigarrillos para darme, dame dinero para comprármelos yo.

     -Por mis cojones te voy a dar yo a ti un céntimo, soplapollas, ¡vete a que te den la teta!

     Visto y no visto; el chico sacó una navaja de cachas naranjas, pero antes de poder adelantarla, el Antonio ya tenía en la mano la suya, adelantado el brazo y hacia atrás el torso. Zorra oyó el “¡tchack!” que hizo el arma cuando el Antonio la extendió de un golpe de muñeca, y el sonido le erizó la espalda. El Antonio le soltó la mano y Zorra vio que las navajas chocaban, y luego un salpicón manchó de rojo la acera. El chico gritó, pero su voz se ahogó cuando el feriante le sacudió un rodillazo en el bajo vientre y se quedó hecho un ovillo en el suelo; el Antonio se lanzó a por el segundo que estaba más adelantado, y le sacudió un puñetazo en la cara, girando el puño en el momento en que impactó contra la mandíbula. El chico cayó lo mismo que un monigote de paja. El tercero, que se había estado alejando, echó a correr directamente sin mirar para atrás, cuando entendió que le llegaba el turno.

      El feriante pisó con el talón la navaja naranja y la partió de un pisotón, pateando enseguida los pedazos, que se deslizaron a la boca de alcantarilla del bordillo y por allí cayeron.

      -Ve a que te miren el corte, y ayuda a tu amigo. Y las navajas, hijo, úsalas para pelar patatas, que te irá mejor… soplapollas.  – Y en ese momento, un relámpago pelirrojo saltó sobre el Antonio, se colgó de su cuello y empezó a llenarle la cara de besos. - ¡Pero, Bruji! – se rió, y aprovechando la coyuntura, la agarró de la cintura para caminar, y empezó a bajar la mano conforme andaban. - ¿Ves qué te decía…? Yo llego a no tener huevos, y ¿qué hago entonces, qué hago con esos payasos…? ¿Me acojono, dejo que se lleven mi dinero, o que te hagan daño a ti…? Yo no puedo consentir eso…

      -Ha sido usted muy amable protegiéndome, señor, ¡y muy valiente! ¡No sabía que supiese usted pelear con navaja!

     -Por favor, Brujita, yo me he criado con la navaja en la mano… aprendí a usar una navaja antes que un lápiz. – “Me juego un ojo a que ahora mismo, tienes la pipa del coño que te rompe las bragas por mí. Un ojo que me juego, y no lo pierdo.”, pensó el feriante.

      -Qué curioso…

      -¿El qué?

      -Acabo de caer en ello… usted me preguntó cómo sabía que el atacante había perseguido en lugar de esperar, pero no preguntó cómo sabía yo que el atacante sabía usar la navaja…

      -¿Y eso, qué significa? – Preguntó el Antonio, que había dejado de bajar la mano.

      -Nada… sólo que es curioso. Supongo que sólo una persona que supiese usar la navaja, como usted, podría reconocer que ese atacante, también sabía usarla…

      -Coño, no hace falta ser Sócrates… cualquiera que empuñe la navaja, o sabe usarla, o es gilipollas, como el de antes. – llegaron a la furgoneta, Antonio le abrió la puerta y al ayudarla a subir, no por casualidad, la agarró de la cintura y la empujó del trasero. Zorra ahogó un grito de sorpresa, pero le miró sonriendo, muy roja. El feriante no podía evitar sonreír, vaya si la niña le ponía tontón, con eso de que fuese tan inocentona… Ay, siempre sería el mismo tontuelo, pero en cuanto le ponían una tímida delante, qué ganas de robarle esa timidez pa siempre… Se sentó en su asiento y arrancó la furgoneta.

       -¿Usted cree que ése chico… el que intentó atracarnos… no sabía usar navaja?

       El Antonio resopló una risa.

     -Por favor, ese niñato lo único que sabía de una navaja, es que hay que cogerla por el lado que no pincha… seguro que no sabe ni despuntar una pera. Mira… el que sea que fue a por tu hermano, sabía usar navaja, porque si no, ni cosquillas le hace. Con una navaja no matas así de fácil; nadie se está quieto mientras le metes un navajazo… hay que saber agarrar, saber amagar, saber a dónde apuntar… no es meter el brazo, y hala, caiga donde caiga… - Zorra le miraba llena de interés. – Si quieres… puedo enseñarte. He enseñado a mucha gente a pelear con navaja. A Teresa la enseñé.

      -¿Ella sabe pelear con navaja?

      -¡Toma! ¡Y desde bien pequeña! Espérate, que está el mundo como para dejar a una chica andar sola por él, sin saberse defender… se lo he dicho muchas veces: “Tesa, hija mía, antes te prefiero asesina que víctima”. Así que ya sabes, si quieres, te enseño.

      -Hum… pues… la verdad, que me haría ilusión…

    El Antonio se rió. “Hacerla ilusión… qué mona”. Llegaron a la Universidad, frente a la Residencia femenina, y aparcó, pero antes de bajar, le hizo un gesto a Zorra y pasó a la parte de atrás.

     -Vente, Brujita, quiero enseñarte una cosa. – Zorra palideció y titubeó. El Antonio sonrió por el colmillo. – No, no te asustes, mujer, que no te voy a violar… a menos que me supliques que lo haga. – Sofía le siguió. El Antonio dio la luz trasera. Aquello era, a falta de otra palabra mejor para definirlo, su casa. Y no estaba tan mal instalado como uno pudiera pensar. Es cierto que no se trataba de una autocaravana como las de las películas, pero estaba muy bien… cocinita con mesa lateral, una tele pequeña en la encimera, el silloncito biplaza, un par de sillas plegables, un hatillo de revistas atadas (Zorra no se detuvo a observarlas, pero en la portada de ellas había una chica rubia con dos rosas. Y nada más), un cuartito cerrado que debía ser un baño, y al fondo, tras una cortinilla azul, debía estar el dormitorio. El Antonio la tomó de la mano y la llevó precisamente hacia allí.

      -Aquí es donde vivo, y mientras esté por aquí, es también tu casa, Bruji. Lo que quiero enseñarte, está aquí. – Zcs permanecía un paso por detrás de él, observándole con aprensión, y el Antonio se dio cuenta. – Sé qué estás pensando. Estás pensando “huy, huy, éste se me quiere llevar al huerto…”. Y no te falta razón, Brujita, te soy franco… pero aquí el Braguetazo, es un caballero, digan lo que digan. Aunque me esté muriendo de ganas, no haremos nada que tú no pidas. No te asustes, lo que yo quiero enseñarte, es esto. – Descorrió la cortinita azul. Tras ella había, efectivamente una cama, pero también un mueble expositor en el que había al menos treinta armas blancas, entre cuchillos, navajas, un machete y hasta una katana. Zorra no pudo reprimir un ahogado grito de sorpresa. - ¿Bonitos, eh? Mira… mira éste…

     El Antonio empezó a coger los cuchillos uno por uno, con todo cuidado, enseñándole las cachas labradas, las hojas afiladísimas y brillantes, explicándole dónde había comprado o conseguido cada uno… “Éste es de Toledo, me costó seis meses pagarlo, pero es una joya…. Éste me lo regaló una mujer, la esposa de un mayorista con la que me acosté, se llama Silvia por ella… Ésta es una automática, se la gané a un americano negro jugando a las cartas, ¿has visto que está grabada con dragones en el mango? Es de pandillero, éstas están prohibidas… ¿Quieres coger el machete?”

      Zorra, casi hipnotizada, contemplaba aquéllas maravillas, que brillaban como joyas… “joyas letales, joyas tan afiladas que pueden cortar un cabello en el aire, joyas que estuvieron a punto de matar a tu hermano…”, pensaba, pero eran maravillosas aún así… El Antonio tenía el machete entre las manos, enorme, brillante, afilado, con un grueso mango negro de cuerda, para evitar que la mano que lo empuña, se resbale. Zeta tendió las manos, y él se lo ofreció. Pesaba mucho, necesitaba las dos manos para sostenerlo. Al moverlo ligeramente, la luz bailó por la hoja en un reflejo huidizo.

     -Es precio… - Zorra levantó la cara para mirar al Antonio, pero éste estaba prácticamente pegado a ella, y antes de poder reaccionar, o simplemente bajar la cara, la tomó de los hombros y la besó con fuerza. Sus labios, ásperos y cálidos, se frotaron contra los suyos y los apretaron entre ellos, mientras su espeso bigote le hacía cosquillas traviesas. Se separó con un chasquido suavecito y tibio, dulce. A Zorra le temblaban las manos de tal modo que pensó que se le iba a caer el machete, pero el Antonio lo tomó por el mango y se lo quitó suavemente, manteniéndola agarrada por el hombro y tocando su frente en la de ella.

     -¿Te enfadarás mucho con tu Braguetazo… si repito lo que acabo de hacer, Bruji? – susurró él.

     -Pues… bueno, señor, yo creo que sólo hay un medio de averiguar si me enfado… - jadeó la joven, y la risa de lobo viejo del Antonio le acarició los oídos justo antes de volver a notar su boca sobre la suya. Zeta apenas le tocó tímidamente los hombros, pero él la apretó contra sí, frotándose para que ella pudiese sentir su erección, y bajando la mano del hombro por toda la espalda, hasta llegar a las nalgas… retiró un momento la mano para cogérselas en un azote y apretarlas. Zorra tembló entre sus brazos como una hoja, y estaba tan roja que le costaba trabajo respirar cuando al fin el feriante separó su boca, besándole suavemente la cara y la sien.

       -Qué guapa estás así… - jadeó, ronco. – tan guapa…

       -Ten-ten-tengo, tengo, ¡tengo que irme! – Zeta parecía incapaz de mirarle a los ojos, pero lo consiguió por un segundo, y sonrió, roja y sudorosa.

      -Brujita… de verdad, ¿de verdad te quieres ir? ¿No quieres que te enseñe un último cuchillo…? – murmuró, cariñoso, mientras se acariciaba muy elocuentemente un lado de la entrepierna, abultada bajo el vaquero. – Éste hace gritar, pero no pincha… hace cosquillas y da gustito. Si crees que sé usar la navaja, deberías ver cómo uso esto, Bruji…

       -Eeeh… e-esta noche… no puedo, mañana el Decano querrá que…

       -Eso es verdad, tienes trabajo, y yo tengo que ayudarte, no distraerte. – le acarició la cara con el dorso de los dedos – Me dejas con hambre, Brujilla… con la miel en los labios, pero sin catarla… Mmmh… anda, vete. Vete ya, que si te sigo viendo ahí toda temblorosa, no respondo de lo que pueda pasar.  – Zorra emitió una risita apurada y salió corriendo de la furgoneta. Por la ventanilla, Antonio la vio meterse en su Residencia, mirando un par de veces hacia atrás, como si dudase entre volver o no.

      “Tú no vas a delatarme… dejando aparte que sé que no me puedes coger con nada, aunque pudieras, no me vas a delatar. Te haces la tontita, y puede que para el sexo lo seas, pero me tienes calado, sabes que he sido  yo… pero te pica mucho el coñito cuando estás conmigo, y eso te gusta demasiado. No me vas a delatar. Ya no puedes, Brujita”.


*************


     -¿Qué ha hecho QUÉ?!

     -¡GRRRRRRRRRRRRRRRRH!

     -Me ha besado… ¡Perro, quieto! ¡Sentado! – Casi una hora más tarde, Toñito y el Perro habían entrado por la escalera de incendios de la Residencia, y cuando se enteraron de que el Braguetazo había besado a su amiga, no les sentó demasiado bien. – Quiere a toda costa que yo no lo delate, porque sabe que sé que ha sido él. Pero de todos modos igual, no tengo nada. – Zeta se dejó caer sentada en la cama y apoyó la cara en los puños, con expresión de gran frustración. Segundos más tarde, agarró un cojín y lo lanzó al otro lado del cuarto.

     Rob el Perro se le acercó y frotó su barbuda cara redonda contra la de la chica, y ésta le acarició, rascándole como hacía con Chucho, su propio perro. Toñito se sentó a su lado.

      -¿Cómo que no tienes nada? ¡Los cuchillos! ¡La multa! ¡Sabe pelear con navaja! – dijo el Gordito.

      -Eso es circunstancial. Tiene una excusa sólida para la multa. Me ha dicho también que ha enseñado a mucha gente a pelear… ¡el atracador medio idiota que intentó hacerse el gallito, por las mismas, también podría ser el culpable!

     El Perro se señaló la nariz.

     -Perro tiene razón, él le olió, nada más entrar en el Hospital, supo que había sido él…

     -Me temo que tampoco nos sirve; tu olfato no puede ser considerado como prueba. Todo lo que tengo son palabras al azar, leves descuidos, los cuchillos… y todo es igual de vago. – Zorra llevó las rodillas al pecho y el índice a los labios, pensativa. Toñito se quedó pensativo también, miró al Perro y vio que compartían el mismo pensamiento.

      -¿Y no será…. No será que tú no quieres atraparle? ¿No será que te gusta, que quizá te atrae más de lo que te imaginas, y por eso, no le quieres acusar, aunque eso signifique que habrás fracasado ante el Decano, y por lo tanto, que despedirá a Tony, y a ti te expulsarán…? Porque sí es así, Zorra, tienes que pensártelo muy mucho, se trata de tu carrera, de tu porvenir, y el del profesor Tony… No… no es algo que debas tomarte a la ligera, quiero decir, es tu vida, tú puedes hacer lo que quieras, y nosotros siempre vamos a apoyarte, pero es algo peligroso, es algo que deberías pensar bien, porque si te arrepientes, ya no habrá vuelta atrás, y… ¿qué haces? – Zeta se había levantado y se colocó el grueso abrigo peludo del Perro, que le quedaba sensiblemente grande.

     -¿Perro, me lo prestas, por favor? Lo necesito para llegar a la Residencia de profesores sin que nadie me conozca. Voy a ver a Tony.

      -¿Vas a hablar con él? Ay, Dios mío, ¿le vas a abandonar? – Toñito había palidecido, mientras Perro asentía levemente, tan extrañado como su compañero.

      -Siento dejaros aquí, pero es preciso que haga el amor con Tony ahora mismo.

      -Oh… - sonrió Gordito - ¿Quieres afianzar lo que sientes por él?

     -¿Eh? No, no hace falta, iré yo sola, gracias; es que él, me… distrae, me hace cosas, y mi mente descansa. ¡Hasta luego! – Salió del cuarto casi corriendo. Gordito se quedó mirando hacia la puerta, abriendo y cerrando la boca. Finalmente se volvió hacia el Perro.

     -¿Tú entiendes algo? – Preguntó, pero el Perro había encontrado una latita de grasa de caballo que Zorra usaba para sus botas, y estaba la mar de contento, comiéndosela a lametones, de modo que sólo contestó dedicándole una embriagada sonrisa.


****************


     Cuando Tony entró en su cuarto, no le sorprendió encontrar a Zorra en él. O sí le sorprendió, pero le gustó la sorpresa. Sabía que no era excesivamente difícil colarse en la residencia de profesores; el conserje era muy alto, de corte frankenstiniano y daba algo de miedo… pero apenas se sentaba, se quedaba frito, y bastaba pasar con sigilo para no despertarlo.

     La joven estaba tumbada en la cama, cubierta con una toalla rosa y expresión pensativa, pero que cambió a una sonrisa llena de promesas apenas su novio entró por la puerta. Tony sólo perdió tiempo en descalzarse antes de tirarse a por ella, besándola  y apretándola contra él.

      -Hmmmmmmm…. Qué bien hueles… y estás mojadita… - susurró, acariciando el cabello aún húmedo de la joven.

     -Vine con un abrigo del Perro… tuve que darme una ducha, apestaba a establo después de usarlo… sí, bésame… - La lengua de Tony se fundió con la suya, mientras el joven profesor luchaba por quitarse el jersey sin soltarla. Zeta le desabrochó el pantalón y empezó a acariciarle. Tony gimió sin separar su boca de la de Zorra, sintiendo que su virilidad respondía rápidamente bajo las manos de la chica.

      -Espera… espera-aaaaaaaaah… - gimió, sonriendo, notando la dulce corriente eléctrica que le hacía temblar las rodillas. Tenía muchas ganas de ella, pero quería hacer algo un poco especial, algo que aún no habían hecho. Terminó de quitarse el pantalón y logró sacarse el jersey de cuello alto y el suéter por la cabeza, mientras Zorra no dejaba de aletear con los dedos por su piel, dando besitos en su pecho, acariciando los costados arriba y abajo,… La joven intentó tenderse sobre él como tenía por costumbre, pero Tony, sonriendo, la hizo tumbarse, y se acostó él mismo en sentido contrario, empezando a besarla por el vientre, por los muslos…

     “Un 69…” pensó Zorra  “Nunca he hecho esto, qué guarros somos…”, se dijo, divertida, arrimándose a él, y girando sin darse cuenta hasta quedar encima. La erección de Tony se frotó contra su mejilla, y Zeta gimió cariñosamente, empezando a besarla con suavidad, dándole lamidas muy breves… y entonces, su mano izquierda le apretó el miembro en un espasmo de gusto y sus ojos se desorbitaron.

     -¡AH….haaaaaaaaaah…! – se tapó la boca, a pesar de saber que allí podía gritar a gusto si le apetecía, pero aún le daba algo de corte… ¡qué gustito! Tony le había lamido el… el… oh, por favor, que volviese a hacerlo… ¡Síiiiiiiiiiiiiiii….!

     “Mira qué temblores le dan… cada vez que le doy una lamida en el guisantito, se estremece toda…” pensaba Tony, y de nuevo acercó la boca al rosado clítoris, separó los labios con los dedos y lamió, en esta ocasión más despacio, paseando la lengua, haciendo círculos y trazando lazos y letras imaginarias sobre él… Zorra quería corresponderle, quería chuparle también a él, pero no podía, sólo alcanzaba a acariciarle torpemente. Esa caricia suave y húmeda sobre su punto débil, la volvía loca… locaaaaaaaaah…. Tony tenía el corazón como un compresor, podía ver cada espasmo que le provocaba a su chica, cada dulce temblorcito de gusto… se sintió tentado de meterle los dedos para darle aún más placer, pero desechó la idea, quería hacerla sufrir un poquito, quería que se corriera en su lengua… lo que daría por verle ahora mismo la cara, seguro que estaba sudadita, colorada y con la boca abierta en esa sonrisilla de placer que le salía… “tienes que estar tan guapa… tan guapa…”, pensó.

      “Oh, Dios, me va a volver loca… siento como si…. Como si fuera a hacerme pis encima-aaah…” logró pensar Zorra, entre temblores. Hubiera dado algo por que ahora mismo, se la metiera hasta el fondo, porque la saciase de dos embestidas, que era lo que le faltaba en ese instante… pero por nada del mundo quería dejar de sentir esa lengua… así, tan suave y calentita, acariciando justo por la punta, apretando tan suavecito, frotando en círculos, en zig-zag, haciendo cosquillas y dando golpecitos…. “Un poquito más… por favor, por favor, sigue un poquito más, sólo otro poquito…”, pensó, agarrándose a los muslos de su compañero.

      Tony tenía la nariz inundada del olor, bendito olor de su chica. Un olor suave y caliente, mezcla de jabón y… calor, un olor salado, pero suave aún así. Le parecía que podría seguir con la cara allí metida durante días y días, dando placer a Zeta, sintiendo cómo se estremecía y daba esos gemiditos… pero también quería verla gozar, así que besó el clítoris y aspiró, metiéndolo entre sus labios, y empezó a chupar de él. Un gemido mal ahogado le indicó que Zorra se había tapado la boca con las manos para intentar evitar gritar, estaba cerca, muy cerca del orgasmo, de modo que Tony empezó a chupar con pasión, moviendo los labios, masajeando la perlita dentro de ellos. Zorra tembló de pies a cabeza, se agarró a la sábana con los puños apretados, y notó un escozor terrible y enloquecedor en su punto mágico, aaagh… era insufrible, insoportable, eran unas cosquillas enloquecedoras, ¡pero quería más, más! Sus piernas temblaban, el escozor se hizo más agudo, más ardoroso, y entonces los labios que abrazaban su perlita se apretaron una vez más, y le pareció que su puntita estallaba, que su cuerpo emitía una onda de energía, y una dulce sensación de placer alivió su escozor anterior, saciándolo en segundos, mientras sentía su clítoris latir y palpitar, y su vagina cerrarse casi bruscamente… Zorra dio golpes de cadera sin darse cuenta, y notó que estaba babeando… haaaaaaaaaaaaaaaaah…. Qué buenooo….

      Tony no podía ni parpadear, mirando las contracciones, viendo cómo Zeta se cerraba en espasmos, y una gruesa gota de flujo se escurría de su cuerpo. “Precioso… es precioso”, pensó. Pero entonces Sofía se metió su miembro en la boca, y la vista quedó desbancada por el placer. Zorra, entre gemidos aún de gusto, succionaba cariñosamente, subiendo y bajando, acariciándole a la vez las pelotas, bajando y presionando, tocando… haaaaaaah… no, Zorri, ahí no, ahí no, que estoy muy sensible ahora, no me toques los testis, nooo….

     El joven profesor intentó contenerse, estaba en la pura gloria, quería seguir ahí más tiempo, pero lo que acababa de ver era tan bonito…. Y por si fuera poco, tenía los testículos muy sensibles, las caricias en ellos le daban un placer tremendo y unas ganas casi incontenibles de eyacular, las dos cosas se juntaron y se dio cuenta que sólo podía hacer una cosa: dejarse llevar por el placer, porque resistirse a él, era imposible. De modo que se centró en la cálida sensación de la lengua y la boca de su chica, y sus manitas suaves toqueteando y haciendo cosquillas en sus pelotas, y vació la mente, sólo saboreó el placer, regodeándose en cada caricia de la lengua, en cada roce de sus labios, en la minúscula gotita de saliva que recorría su piel, y en pocos segundos, una poderosa descarga eléctrica bajó por su columna, le quemó en los riñones, le picó dulcemente en las bolitas, y explotó de forma maravillosa en su glande, mientras él gemía y Zorra sorbía, gimiendo una risita y moviendo la cabeza. Tragó y le cubrió de besitos todo el bajo vientre, los muslos… el lunarcito en forma de estrella que tenía a la derecha, muy cerca del miembro… a Tony no le acababa de gustar que ella lo tragase, le parecía poco romántico… de modo que tenía que haberse relajado muchísimo y haberlo pasado fenomenal para no caer ni en avisarla, y eso le gustaba.

      -¡Oh, maldita sea… perdona! – al profesor le había costado cinco largos segundos darse cuenta de qué había pasado, pero Zorra le sonrió, encantada, tomando un caramelo de menta del bol que había en la mesilla. – Podías… podías haberla sacado de la boca, no tenías que tragarlo… me da nosequé.

      Zorra giró a un lado de la cama y se incorporó, y Tony, haciendo lo propio, la besó sin dudar. Sólo sabía a menta.

     -Sé que dentro te gusta más. – sentenció ella – Sin parar, dentro de mi boca que está calentita… ¿no es verdad que da más gusto dentro? – Tony quiso hacer un gesto vago, decir que daba igual, pero Zorra le miró y tuvo que admitirlo. Asintió – Pues entonces, se hace dentro, y no hay más que hablar. Yo quiero que mi Tony esté contento…

     Su Tony sonrió hasta las orejas y la abrazó, tumbándose ambos en la cama, dedicándose mimos…

      -Sofía… Zorra… Zeta – la besó por cada nombre – Sé que suena tópico, pero es cierto: para mí, lo eres todo. Te adoro. No me importaría perderlo todo, salvo a ti. Tú sabes lo que he luchado por éste puesto de maestro, la de años que me he pasado en las carreteras, en ferias de pueblo, en fonduchos de mala muerte… preferiría perder todo lo que he conseguido, antes que a ti.

      -Eres un adulador… - sonrió Zeta, pero entonces, dejó de sonreír de golpe… para empezar a sonreír otra vez, muy lentamente.

      
*****************


     No eran todavía las ocho de la mañana cuando sonó el móvil del Antonio, y éste, de mala gana, alargó el brazo y lo cogió.

      -¿´iga….? – farfulló.

      -Papá, soy yo. – la voz de Tesa sonaba algo asustada, y eso lo despertó de golpe.

      -¿Teresa? ¿Qué pasa, hija?

     -Papá, ¿puedes… puedes acercarte a la Residencia y traerme mi tarjetero…? Allí tengo las tarjetas, necesito dinero…

     -Yo te lo llevo, mujer, ¿pero qué pasa? – “tarjetas de crédito” pensó “Ella lleva el bolso, y en él lleva dinero, ¿para qué le hace falta más?” - ¿Para qué quieres tarjeta?

     -Para mi fianza, papá. Me han detenido. – la joven no pudo reprimir un sollozo.

     -¿¡Que te han QUÉ?!

     -Por lo de Pastor, papá… al… al parecer, soy sospechosa de intento de asesinato; dicen que no tengo coartada para esa noche, que sé usar navaja y tengo la que tú me diste, y que seduje a Pastor para… - la joven no pudo seguir hablando, rompió a sollozar, y el Antonio estuvo a punto de estrujar el teléfono entre las manos, ¡su hija, no!

     -Tesa… Tesa, escucha, no te pongas nerviosa, no digas nada, no hables con nadie, ¡voy para allá! – colgó, y como un rayo se puso el vaquero y la camisa, se echó por los hombros la cazadora, y salió escopeteado, pero apenas había dado dos pasos, una vocecita lo frenó.

     -¡Estoy aquí, señor…! – Braguetazo se volvió. Sentadita en el primer escalón de la Residencia femenina, tan “Adana” como siempre, con una carpetita en las rodillas y Chucho a sus pies, estaba Sofía.

     -¡Brujilla! – se dirigió a ella con expresión ansiosa - ¿Tú sabes lo de mi hija, verdad?

     - Desgraciadamente, sí, señor… he tenido que pedir que la detengan.

    -¡Pero ella no ha sido! ¡No ha sido!

    -Señor, sé que es su hija, y que esto no es sencillo de aceptar, pero… no es la primera vez que lo hace. Mientras trabajó en el bar, sedujo a muchos hombres y les robaba más tarde. Siento que se haya tenido que enterar por mí, señor…

     -Eso es una patraña, un montón de mierda que se inventó su jefe, porque no se acostaba con él, si Tesa hubiera hecho eso, me lo hubiese contado a mí el primero. – Zorra intentó aún objetar algo, pero el Antonio, cada vez más ansioso, estalló – No lo entiendes, te digo que no ha sido ella… porque he sido yo. ¡No lo digo por taparla! – se enfureció, viendo que la joven lo quería interrumpir de nuevo - ¡He sido yo, joder, ¿ya estás contenta? ¡Sé que lo sabes, quítate la careta de una puñetera vez!

     -Gracias, señor. Muchas gracias por hacerlo más sencillo, ¿quiere tomarse la molestia de firmar? – Zorra le tendió la carpetita que tenía, había un boli prendido a ella, y un papel donde se explicaban los hechos tal y como habían ocurrido, al detalle. “Serás hijaputa… lo sabías todo”, pensó, con algo de admiración. – Supongo que no me creerá, señor, pero le aseguro que lamento muchísimo todo esto. De veras. No sólo por Traviesa, sé que también le hago daño a usted, y eso me entristece.

    El Antonio se sentó a su lado, leyendo el papel una y otra vez. Todo estaba ahí. La hora en que llegó, cómo siguió a Pastor, le atacó, robó, y el sitio por dónde huyó… No tenía caso. Uno tenía que saber cuándo luchar, y cuando quitarse el sombrero y decir “tú ganas”. Firmó.

     -¿Con esto, Tesa queda libre? – preguntó.

     -Sí, señor. Le diré que su detención ha sido a petición del Decano, y que usted, ha tenido que irse con urgencia. Obviamente, después de saber que todo estaba bien para ella.

     -Se lo creerá. A fin de cuentas, nunca he estado para ella. – la miró, pensativo, mientras sacaba el paquete de tabaco - Dime una cosa, Brujita,… ¿cuándo supiste que había sido yo?

     -Nada más verle, señor.

     -Venga ya, sé que eres lista, pero joder, eso es imposible… ¿cuándo? – encendió el cigarrillo y le ofreció - ¿fumas?

     -Se lo aseguro, nada más verle, señor… cuando entró en el Hospital. – El Antonio no podía entenderlo, y Zorra se explicó, mientras él le ofrecía su propio cigarrillo, y la joven fingía no verlo y tomaba uno cualquiera. También fingió no ver el encendedor y lo prendió con cerillas que sacó de uno de sus bolsillos, y todo aquello, el Antonio sí que lo entendió – Verá, usted llega al Hospital donde su hija le ha pedido que vaya, porque han herido a su novio; usted entra, la ve hecha un mar de lágrimas, la abraza, y le pregunta: “¿Cómo está el chico, está bien?”.

      -Bueno… eso es normal, se pregunta por el enfermo.

      -Por un enfermo al que no conoce de nada, ni ha visto jamás… no le pregunta primero a su hija cómo se encuentra ella, no le dice una palabra de ánimo, apenas llega y su primera preocupación es para un desconocido, en lugar de por su hija… - sonrió, triste – Señor, esa fue la más condenatoria demostración de altruismo que he podido ver jamás.

     El Antonio negó con la cabeza, sonriendo a pesar de todo.

      -Mi hijo no sabe lo que se lleva contigo, no lo sabe, no tiene ni puta idea… espero que tenga un poco más de seso que su puñetero padre, y te sepa agarrar fuerte… porque como no lo haga, palabra que el que lo haré, seré yo. – Zorra se le quedó mirando, sorprendida a su vez - ¿Qué? ¿Te pensabas que no sabía ya que el Tony también es hijo mío…? Él no me ha querido ver nunca, supongo que porque también se lo sabía, pero yo a él sí le había visto, y no puede disimular quién es el calavera de su padre, y… yo también sé sumar dos y dos, Brujita. ¿A que te digo que su madre se llama Dolita, y no me equivoco ni en una letra? – sonrió por el colmillo, y más cuando la Brujilla asintió.

     -¿Pero, cómo…?

     -Los tres lunares que el Tony tiene en el brazo. Dos juntos, y luego uno. Su madre los tenía idénticos. ¿A que tiene también la estrella, aquí…? – preguntó, señalándose un punto en el lado derecho de la entrepierna, muy cerca del pene, pero no hizo falta que ella contestase, su rubor fue el asentimiento, y el Antonio soltó la carcajada - ¡Cómo lo sabía! ¡Más de cien veces le besé esa estrella a Dolita…! – suspiró, y pareció volver al presente – Bueno… ¿van a venir a por mí, no?

      -Sí, señor.

      -No me pongas esa cara tristona, Brujita, me partes el corazón. Mira… yo os vi juntos a ti, y al Pastor, y pensé que era un sinvergüenza que quería engañar a mi hija… que era un tío como yo. Le he visto en el hospital con ella, y… no sé cómo será como persona, pero creo que la quiere. Hagamos un trato: yo no te guardo rencor a ti por haberme detenido, y tú no me lo guardas a mí por haberme encegao con tu hermano… ¿hace? - Zorra sabía que una cosa era “encegarse” como decía el Antonio, y otra muy diferente, meter un cuchillo por la espalda, pero… en fin, era su “suegro”. Y a pesar de saber todo lo que era, se hacía muy difícil no tenerle al menos, cierta simpatía. Asintió.  - Ésta es mi Brujita.

     A lo lejos, en la zona de la cafetería roja, aparcó un coche policial, y sus dos ocupantes empezaron a acercarse, sin ninguna prisa. Braguetazo apuró el pitillo y lo dejó caer en el cemento, aplastándolo mientras se ponía en pie.

      -Creo que es mi hora de irme, Bruji. ¿Le das un beso de despedida a tu Antonio…? En la cara, no te asustes. – Zorra asintió y se dieron dos besos – Por cierto… tu tarea con el Decano, era la de atraparme, y nada más, ¿no?

     -Sí, señor… ¿por qué lo dice?

    Braguetazo miró a los policías, que aún estaban a distancia prudente, pero aún así, contestó en un susurro:

      -No quiero buscarte un bollo si me largo demasiado pronto.

      -No me estará diciendo que va a usted a fugarse…

      -Ay, Bruji, qué poquito me conoces aún… Aunque tengan rejas, no hay prisión que no tenga puertas ni ventanas. Escucha bien lo que te digo: Antonio Braguetazo esta noche no duerme en la cárcel.

     Zeta ya no pudo preguntar más, llegaron los agentes y se lo llevaron, y él se fue, pacíficamente, mirando atrás de vez en cuando, pero a la segunda vez que echó la mirada atrás, la Brujita ya no estaba; se alejaba en dirección contraria, paseando al perro.



***********


     -¿Tú crees que le quieres? – preguntó Toñito. Él y Zorra caminaban solos aquella noche, de vuelta a la Residencia. Tesa ya estaba de nuevo en el hospital, tranquilizada con respecto a su padre, y Pastor podría volver la semana próxima. Rob el Perro no estaba, había luna llena, y las noches de luna llena siempre se quedaba metido en su cuarto.

     -¿Hum…?

     -Al Antonio, a… bueno, al padre de Tony, ¿tú crees que le quieres?

     -No lo sé. Creo que no. No creo que importe.

     -¿Qué no importa? Zorra… estamos hablando del padre de tu novio, y de alguien por quien sientes algo, no puedes ignorar eso, decir que “no importa”, y adiós muy buenas.

     -Pero es la verdad, no creo que sea importante. Hay cosas más importantes que eso… - se quedó pensativa. – por ejemplo… ¿Qué hora es?

     -Casi las ocho, ¿por qué?

     -Huy… lo siento, Toñito, tengo que ir a la residencia de profesores, ¿no te importa seguir solo? He quedado con Tony – se sonrojó – le prometí que le enseñaría a jugar al rol, le hará falta cuando se lo presente a Pastor. - sonrió, le besó en la cara y echó a correr. Gordito sonrió al verla marchar. Desde luego que el Antonio, no era importante. Había cosas más importantes.


*La colección Punto Rojo era el sello "pulp" de novelas policíacas, detectivescas y de espionaje editadas por la extinta editorial Bruguera. Costaban unos diez-veinte duros (entre treinta y sesenta céntimos, aunque hoy serían unos dos o tres euros, más o menos) y se hicieron muy famosas en su época. Hoy día, pueden encontrarse por internet, mercadillos y ferias del libro viejo. No es que tuvieran una gran calidad, pero eran entretenidas, tenían mucha acción y su poquito de erotismo, lo que fue la base de su éxito.