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martes, 22 de julio de 2014

Miguel y yo (Mariposa y yo, ¡último episodio!)


   “Soy tuyo… soy tuyo”, me lo repite una y otra vez… Quiero que deje de decirlo, pero no se calla. Quiero que… quiero que sea mío, sí, pero no porque se me entregue él, sino porque yo haya decidido que sea mío, simplemente… Al principio creo que fue así, pero ahora, ha decidido elegir él también. La entrega es espantosa, porque estás moralmente obligado a corresponder, ¡y yo no quiero corresponder! No, no quiero, no quiero… déjame… no puedes obligarme a ser tuya, no puedes hacerlo… El rostro de Athos me sonríe, y su cuerpo desnudo me abraza, su boca se restriega contra mi cara…  no, no lo hagas… Saca la lengua… una lengua imposiblemente larga, y con ella me abraza el cuello, un tentáculo viscoso y cálido, tan dulce, tan agradable, me abraza el cuello y me acaricia… se mete en mi boca y acaricia mi lengua… no, no… sus ojos se han vuelto amarillos, con una pupila alargada, como la de una serpiente… me fijo en sus brazos, y descubro que son colas también de ofidio, amarillas y verdosas, escamosas… y suaves, tan suaves… me atenazan contra él, y la punta de cada cola da vueltas por mi cuerpo y… mmmmh, acaricia mis pezones con ellas… su larga lengua bífida también los tienta… las piernas de Athos son también colas de serpiente, se meten entre las mías, frotan y presionan… ¡aaaaaah…! ¡Qué suave y caliente…! Mmmh, mi intimidad es acariciada tan dulcemente por su cuerpo de sierpe…. Me gusta. No quiero que me guste, pero lo hace… más… Más, frótate más… 

   Un estremecimiento de placer me saca de mi sueño, y un escalofrío me hace temblar. Doy un brinco en la cama, asustada, ¡esta no es mi casa! Casi con la misma rapidez, me relajo. Estoy en casa de Imbécil, mi esclavo, quien también es Athos, mi amo, y Miguel, mi compañero de trabajo. Llevamos una relación bien rara. Al principio era muy normal, yo era su ama y él mi esclavo, pero se empeñó en intentar seducirme, en intentar… “enamorarme”, qué risa. Me pareció divertido, y logró llamar mi atención usando el papel de un amo. Y desde entonces, tengo los nervios de punta. Pronto será el último día. Me pidió un mes de plazo, y éste viernes, a medianoche, se cumplirá. No quiero pensar en ello.

    No, no quiero pensarlo. Imbécil se me plantará delante y se me declarará. Y tendré que decirle que no le amo. Ya puedo ver el desencanto en su cara de panfilón buenazo… y sé que no se rendirá, lo seguirá intentando, es su naturaleza, maldito pagafantas iluso… Pero no puedo decirle otra cosa. Yo… me gusta estar con él, me gusta tener sexo con él, y lo pasamos bien juntos, pero… ¡No, no voy a hacer tal cosa! ¿Para qué? ¿Para verle dentro de algún tiempo, suspirar por otra? ¿Para que un día me eche en cara lo mucho que luchó por mí? ¿Para que me haga sufrir y me abandone? No, gracias. Ya sé muy bien cómo funciona el “amor”, y no pienso dejarme engañar por ello.

    Le miro. Ni siquiera se ha dado cuenta de que yo me he despertado, sigue… ¡Será capullo!

     -¿Qué haces mirándome, Imbécil? – le pregunto, al percatarme que tiene los ojos abiertos.

     -Parece que hayáis tenido una pesadilla, ama… - susurra, con esa vocecita empalagosa que me pone cuando quiere mimitos – No quería molestaros ni haceros preguntas que os incomodasen, pero me preocupaba cómo estaríais, por eso os miraba. ¿Puedo hacer algo por vos? – Se incorpora en la cama y apoya ligeramente su mejilla en mi hombro, frotándose como un gatito.

    -¿Qué hora es, Imbécil?

    -Las tres y cuarto, ama. – “Hemos dormido algo más de tres horas”, pienso “Esta semana trabajamos de lunes a jueves, y el viernes se cumple el plazo…. Mejor que aproveche el tiempo todo lo que pueda, porque quién sabe si… si nos volveremos a ver”.


****************

     Mi ama me mira y sonríe. Y noto un remusguillo buenísimo en mi bajo vientre, que enseguida se convierte en un travieso cosquilleo un poco más abajo, porque le conozco esa sonrisa. A pesar de que nos hemos acostado tarde, ella se ha despertado con ganas, quiere seguir jugando… Creo que sé por qué. Y me da miedo que sea por eso, pero por otro lado, me encanta, y no sólo porque me guste el sexo con ella, sino porque… si tiene miedo de que me declare, es que tiene miedo de lo que siente por mí, le guste o no.

     -Levanta, Imbécil. No puedo dormir, así que voy a jugar contigo.

     -Sí, ama, ¿qué he de hacer?

     -Lo primero, no preguntar. Lo segundo, levantarte de la cama, y ponerte de rodillas. – Obedecí de inmediato, me arrodillé a los pies de la cama, mirando cómo Mariposa se desperezaba y estiraba como una gata… la curvatura de su espalda al doblarse me pareció el precipicio más hermoso desde el que podría cualquiera tirarse, y no pude evitar imaginarme cubriendo de besos esa hermosa espalda, haciendo cosquillas en la raya de la columna, bajando hasta las nalgas tibias y temblorosas, firmes y suaves… Me llevé las manos a la espalda para resistir la tentación de masturbarme, y aquello no le pasó desapercibido a mi ama cuando se volvió. - ¿En qué andabas pensando, Imbécil, para tener “esto” tan a punto…? – sonrió, y acarició suavemente mi erección con su pie.

     -¡Aaaaaah….! – suspiré, en una sonrisa, su caricia me había cogido desprevenido, y un delicioso bienestar convirtió mi columna en un conductor eléctrico durante unos segundos – En… en daros placer, ama… No… no puedo evitarlo, cuando sé que vais a utilizarme para vuestro placer, yo…

     -Piensas en el placer que te espera y no puedes esperar que comience, ¿verdad? – Dijo con su voz lenta y grave, esa voz que era plomo derretido… - Estás loco por que le dé alegrías a tu cosita, estás loco por que te deje follarme…

     -No, no ama, estoy loco por daros placer, quiero que gocéis conmigo, quiero que me uséis para haceros feliz… - sonreí como un bobo cachondo. Desde luego que estaba desesperado porque me tocase, pero no lo admitiría: yo era su esclavo, mi misión era complacerla, no cometería el error de decir lo contrario. Mariposa me sonrió. En la penumbra del cuarto, pude ver que era una sonrisa satisfecha, estaba contenta de lo bueno que yo era… y yo estaba en el Cielo por que ella estuviera contenta de mí.

     -Claro que sí. Tú, sólo eres un pobre Imbécil que no existe nada más que para mi disfrute. – Se arrodilló junto a mí y me colocó el collar de púas que me había regalado y que me colocaba siempre cuando estaba en mi casa y jugábamos. Me acarició en cosquillas la nuca cuando lo cerró y temblé de gusto. -  Eres mi perro, mi dildo, mi juguete…

     -¡Sí, sí, ama! – contesté sin poder contenerme. Mis caderas se movían solas, mientras las manos de Mariposa aleteaban por mi piel, mi espalda, mis costados… mis nalgas…

     -Tú no tienes voz ni voto… Si no fuera por mí, tu vida sexual se reduciría a internet… eres un pagafantas sin dignidad… si alguien supiera lo que te hago, todo el mundo se reiría de ti…

      -Oh, ama…. Si alguien supiera lo que me hacéis, todo el mundo enloquecería de envidia… - sonreí mirándola. Mariposa me miró con sorpresa, no era esa la respuesta que ella esperaba, se suponía que yo debía sentirme avergonzado, no halagado… me di cuenta y rectifiqué – Pero yo no querría que esto se supiera, ama, sería muy humillante para mí, todos me señalarían, me dirían que no tengo cojones para tener una relación normal, dirían que soy un enfermo… - Mariposa sonrió, esa respuesta le gustaba mucho más.

     -Inclínate, Imbécil. – ordenó, y me agaché, hasta quedar casi tirado en el suelo, con el culo en pompa. Mariposa, de rodillas junto a mí, empezó a acariciar mi espalda, bajando a mis nalgas, mientras se ponía lentamente los guantes, que le llegaban al codo y le servían para tapar las viejas cicatrices de las muñecas. Me apretó los cachetes del culo y me dio un sonoro azote. No dolió, me reí por lo bajo. – Tienes un culito regordete muy bonito, Imbécil… - saboreó las palabras y se enderezó, recogió su bolsa de deportes, donde siempre lleva juguetes y buscó algo en ella mientras se sentaba de nuevo a mi lado, acariciando mi culo. - ¿Alguna vez te has tocado el culito, Imbécil?

    -Nunca, ama… - No era completamente verdad, pero tampoco del todo mentira. Nunca me había masturbado el ano, pero es cierto que a veces, al limpiarme con las toallitas húmedas, había frotado un poco de más, o había… cosquilleado un poco, porque me gustaba ese regustillo que sentía, o al zumbármela, a veces me había acariciado las pelotas, y tocándomelas, había alargado un poco los dedos, no hasta el agujero, pero sí en la zona que queda justo antes, y me había gustado mucho el picorcito que daba… Mi ama me miró sonriendo, como si no se creyera del todo ese “nunca”.

     -Pobre agujerito… mira qué solito está… - susurró mi ama, abriéndome las nalgas. Yo sabía que quería hacerme sexo anal desde hacía tiempo, que coqueteaba con esa idea, pero nunca lo había hecho. Últimamente, había parecido a punto de hacerlo un par de veces… pero siempre hacía algo distinto. Y la verdad que a mí, al principio, me había dado miedo, pero ahora había llegado a desearlo, quería que me lo hiciera.

    Mariposa sacó una botellita de su bolsa, la abrió y vertió una generosa parte en mi culo. Respingué, estaba frío, pero casi al momento, las manos de mi ama empezaron a masajearme, haciendo amplios círculos en mis nalgas, abriendo y cerrándolas, de modo que la resbaladiza humedad empezó a colarse en la raja, y hacer una especie de “flop-flop”, cada vez que abría y cerraba mis cachetes. Mi erección tiraba de mí, y mis caderas empezaron a moverse solas, mientras se me escapaban los suspiros.

     -Mmmh… parece que te gusta el masaje, ¿no, Imbécil?

    -Sí….. sí, ama…

    -Trae las manos, Imbécil. – En un principio, no entendí qué quería, pero enseguida llevé las manos a mi espalda, y me separé las nalgas. Mi agujerito trasero pareció encogerse por el cambio de temperatura, pero enseguida noté que me distendía. Y no fui el único que lo notó. – Mira, tu estrellita se cierra y se abre… qué guarro eres, también quieres por el culo, mmmh, qué chico tan malo – Haaah, cómo me gustaba que me dijera esas cosas… - ¿Quieres que juguemos con tu agujerito, eh?

     -¡Sí, ama… jugad conmigo….! Pero… - no quería decirle que tuviera cuidado, pero mi mirada debió ser más explícita de lo que yo pensaba porque Mariposa me sonrió y me besó suavemente en un lado del culo. Pegué un violento escalofrío de gusto, y sentí un golpe eléctrico recorrer mi columna y dar un violento tirón de mi polla, de la que escaparon un par de gotitas transparentes – Ama… os adoro. – Se me escapó. Mariposa me miró un segundo, con una sonrisa pensativa. Antes, una reacción semejante por parte mía, hubiera hecho que ella me mirase con sonrisa compasiva y me dijese lo tontorrón que era… Ahora, en su mirada había ternura, pero también una expresión de… “yo nunca te haría daño”. Mi corazón cantaba, y una sonrisa de emoción descolgó mi rostro. Pude ver que Mariposa, aún inclinada junto a mí, con su boca cerca de mi cuerpo, con su sonrisa bonita en la cara, permanecía quieta, muy quieta, luchando contra su propio deseo. Su deseo de abrazarme y decirme… vi algo brillar en sus ojos, pero apenas fue un segundo, parpadeó y desapareció, y entonces Mariposa se movió de nuevo, echándose hacia atrás hasta quedar sentada erguida, y sus ojos se hicieron traviesos y maliciosos una vez más. El momento mágico había pasado, pero nadie podría quitármelo.

    “Estás a punto, Ocaso, estás a punto de ceder, quieres ceder, quieres amarme… por favor, déjate a ti misma quererme”, logré pensar antes de empezase a acariciar nuevamente, con algo más de intensidad, y mi cerebro quedase desconectado por el placer.

     -Mira qué tiesa está tu cosita… le gusta mucho que hagamos cosquillas por aquí atrás… mmmh, qué cerradito está… Vamos a derribar la virginidad de tu culito, Imbécil. – Me hubiese gustado contestar, decirle que adelante, que hiciese de mí su capricho, pero estaba tan excitado que apenas podía hablar, la situación me había puesto a las puertas del orgasmo en un segundo, temía que apenas me acariciase un poco más, me derramase como  un burro. – Dime, Imbécil… algún día, cuando éste precioso agujerito – hizo cosquillas con la punta del dedo, y temblé como un flan de gelatina – esté bien acostumbrado a jugar, ¿a que querrás que me ponga un arnés, te abra de piernas y te penetre mientras te masturbas?

     -¡SÍ! – logré gritar – Quiero que lo hagáis, ama… - Joder, estaba aún más cachondo de lo que yo pensaba, pero imaginarme la escenita, con Mariposa penetrándome y mirándome a la cara… quizá incluso podía vestirme de chica, como solía hacer, y fingir los dos que lo era, y me llamaría Micaela… aaagh, me moría…

     -Qué travieso eres… - Mariposa movía su dedo en círculos, tentando el agujero, y cada suave caricia me hacía respingar, mis nalgas se acercaban a su dedo, lo quería dentro, quería que me lo metiese… sólo un poquito, una chispita nada más… pero que lo hiciese. La mano izquierda de mi ama empezó a acariciarme el miembro, haciendo casi cosquillas más que caricias, y no pude reprimir un profundo gemido de gusto, mientras mis dedos se crispaban sobre mis nalgas. – Mmmh, por eso me gusta jugar contigo, porque nunca pones trabas, todo te gusta, siempre estás dispuesto…

    Podía medio verla, echando hacia un lado la cara, la podía ver. Parecía pensativa mientras me acariciaba así de suave, por delante y por detrás, tan rico… Estuve a punto de decir que si yo era así, era porque también ella era como era, que siempre que jugaba conmigo era para darme placer, que habíamos hecho cosas que me producían aprensión o vergüenza, pero como siempre era tan buena conmigo, yo todo lo hacía con gusto… pero me callé, era mejor que pensase sola, no debía interrumpirla. Y además, no me saldría una frase tan larga teniendo su dedo sobre mi ano.

    El dedo índice de Mariposa, enfundado en el guante de terciopelo, hacía mil caricias de pecado en mi sexo… me parecía poder sentir cada pelito de la suave tela paseándose por mi frenillo y mi agujerito trasero. Estaba empezando a apretar, suave pero firmemente. El lubricante lo iba a facilitar, pero a mi culo pareció entrarle el miedo del último momento, y pretendía apretarse. Oí la risita de mi ama, y lo supe un segundo antes.

     -¡HAH! – tomé aire de golpe, al tiempo que un latigazo de placer eléctrico recorrió mi espalda, y un feroz picor me estremeció de pies a cabeza, y no pude evitar retorcerme, extrañado ante la sensación, pero dominado por el gustito; Mariposa había metido su dedo en mi culo. Sólo era la punta, nada más, pero… ooh… era tan raro… ¡y tan bueno! Mmmmh, me parecía que todo mi bajo vientre ardía, y no podía dejar de contonearme, como si quisiera sacarlo de mi interior, pero Dios sabe que no quería, aaah…

     -Tu culito ya no es virgen, Imbécil… ¿qué te parece la sensación, a que no es tan terrible? ¿A que no duele? – sonrió, manteniendo la punta de su dedo inmóvil dentro de mí, y sin dejar de frotar mi polla.

     -No…. No duele, ama, me… me gusta… pero… por favor… ¡movedlo!  - sí. Lo había dicho. ¡Dios, me estaba quemando las entrañas, no lo soportaba más, lo quería! Mariposa se rió y me dio gusto.

    -¿Lo muevo así? – empezó a hacer circulitos muy pequeños con su dedo en mi interior, y todo mi cuerpo tembló, ¡no podía estarme quieto! Mi pene parecía suplicar porque le bombearan sin piedad, pero mi culo, perdido en un mar de sensaciones nuevas, le hacía callar para seguir gozando. - ¿O así…? – Mariposa movió el dedo como si me rascase por dentro, y ahí mi cerebro perdió la batalla.

     -¡OH, DIOS; OH, SÍ,… JODER, SÍ! – apreté la boca con fuerza, ¡eran las tres de la mañana! Pero el placer era superior a toda mi resistencia, mis piernas flojeaban, mis hombros temblaban, mi polla estaba de fiesta y mi culo era limón con gaseosa, ¡era increíble, jamás había gozado de una forma tan intensa, ni siquiera cuando ella me chupó…! Oí que mi ama se reía de nuevo, y empujó el dedo más hondo. Ahogué un grito, y mis nalgas se cerraron solas, ¡me estaba corriendo con el culo! Mi polla no aguantó más, embriagada de placer soltó un chorro a presión que salpicó el suelo y cuyas gotas rebotaron en mi pecho y mi tripa, mientras mis caderas daban golpes para soltarlo, y una sensación dulcísima de satisfacción, de picor rascado, se expandía desde mi culo, que aún seguía dando convulsiones, por todo mi cuerpo, que sentía blando y tembloroso… gemía como si acabase de correr los cien metros vallas, y todo mi cuerpo estaba empapado en sudor. Mis muslos daban contracciones de vez en cuando… y sentí como los dedos encogidos de mis pies se relajaban.

      -Mmmh… Imbécil, creo que te ha gustado mucho, ¿verdad? – sonrió Mariposa, con gesto de suficiencia.

     -Ama… tengo que… con vuestro permiso, pero… tengo que ir al baño. – Mi ama me sacó por fin el dedo del culo, y me dio una palmadita. Intenté enderezarme, pero no fui capaz, así que me arrastré a gatas hasta el cuarto de baño. Aay… entorné la puerta, qué vergüenza, pero tenía que evacuar, mi estómago daba vueltas. Noté que me ponía muy rojo, ¿por qué siempre me pasaban esas cosas a mí? Sólo a un imbécil como yo, le vendría un apretón de tripas en semejante momento. Me sentía ridículo y avergonzado, pero casi grité del susto cuando mi ama abrió la puerta. - ¡Ama!

     -Bffffh… abre la ventana – sonrió, y quise ser una tortuga, o una avestruz para enterrar la cabeza en el suelo. Obedecí.

     -Lo siento, ama, no pude evitarlo… me ha gustado mucho, pero mis tripas cedieron solas, y…

     -Es normal, Imbécil. – se dio cuenta de mi incomodidad, y sonrió – Venga… te he vestido de chica, has salido conmigo vestido de mujer, nos hemos enrollado en baños públicos, has suplicado desnudo para mí delante de tus vecinos, te has meado encima durante una sesión de cosquillas, te he metido un dedo por el culo, ¿y te va a dar vergüenza que te vea mientras estás en el tigre?

     -Bueno, ama, es que… en fin, esto es algo tan sucio…

     -Desde luego que lo es, pero no deja de ser natural por ello, y ya te he dicho que es normal. Cuando se hace sexo anal, sobre todo las primeras veces, estás estimulando un esfínter, es fácil que den ganas de ello. No te apures tanto. Para la próxima vez, te prepararé con un irrigador, te meteremos agua en el culito, que te gustará mucho y te hará vaciarte, y después podremos jugar. – me sentí más aliviado. Sonreí. Y solté la risa sin contenerme cuando Mariposa continuó – Me ha encantado cuando te has puesto a gritar como una perra. – se acarició la vulva, metiéndose ligeramente los dedos, y los sacó, húmedos y brillantes, y los acercó a mi boca. Ni que decir tiene que los lamí de inmediato, frotándolos suavemente contra mis labios, dándoles besitos a lamidas cortas, y finalmente los metí en mi boca, tragándome su sal, con los ojos cerrados de deleite. Mariposa estaba excitada por mí, yo la ponía cachonda, aquéllos jugos eran para mí, mi regalo, mi premio… cada gota de ellos, me pertenecía, y quería sorberlos directamente de dónde salían, quería lamer, y besar, y chupar a mi ama hasta que ella no pudiera más… La miré a los ojos. Mariposa tenía una sonrisa viciosa en la cara, y los ojos brillantes de deseo, respiraba con la boca entreabierta  y parecía muy complacida. Mi pene, relajado después de haber sido recién vaciado, empezó a erguirse de nuevo. – Acaba pronto y límpiate bien, Imbécil. Quiero jugar a Jinete de Dragón.

     Sonreí un gemido. Hacía poco tiempo, había comprado un columpio sexual, que me había salido bastante caro, pero que estábamos amortizando increíblemente, y que valía la pena cada céntimo que había costado, así como la paliza que me pegué para montarlo. Yo lo había estrenado con Ocaso, la personalidad de mi ama que era mi esclava, pero, claro está, Mariposa también lo usaba conmigo. Uno de sus juegos favoritos, era el que había mencionado. Ilusionado por lo que significaba, acabé enseguida, me di una lavada en el bidé (cuando Mariposa dice “límpiate bien”, no se refiere a que te quedes en el papel higiénico, quiere decir “quiero ese culo tan limpio que pueda comer en él. Más te vale complacerme, porque quizá seas tú el que lo haga”.) , y me sequé bien. Cuando entré de nuevo en nuestra alcoba (Mariposa no vivía conmigo. Pero dado que el dormitorio era nuestro cuarto oficial de juegos, me había acostumbrado a llamarlo “nuestra alcoba” o “nuestro dormitorio”. La verdad que me salía solo, pero a mi ama no le molestaba, al contrario. Para ella, representaba lo implícito del terreno conquistado), mi ama tenía ya reguladas las cintas del columpio a la altura deseada.

     -Vamos, dragoncito… espero que hoy estés muy nervioso… - Mi ama me sonrió con vicio y mi estómago dio un agradable retortijón, y tanto que estaba nervioso, ¡iba a dejar que la penetrara! Eso, siempre era para apuntarlo. El juego del Jinete de Dragón era una de las pocas ocasiones en las que me dejaba penetrarla, y a mí me encantaba. Me senté en el columpio y me eché hacia atrás, apoyando los hombros en otro asiento, para subir enseguida los pies al tercero, de manera que quedaba tumbado boca arriba perfectamente recto. Recto, y erecto. Mi polla estaba pegada a mi tripa, y yo no podía dejar de sonreír, viendo cómo mi ama se ponía de pie en uno de los estribos del columpio, mirándome golosamente. El pie libre lo dirigió a mi barbilla y me acarició con él, y yo no pude evitar besar sus dedos cuando los puso a mi alcance. Oí su risita, una risita ligeramente impaciente, ella misma tenía ganas, y muchas. Retiró el pie y miró mi erección, que la esperaba. Me dedicó una sonrisa y se dejó deslizar, hasta sentarse sobre mi cuerpo. Ahogué un grito de placer y quise empezar a moverme de inmediato, pero mi ama sonrió y siseó para calmarme.

      -Ssssssh… quieto… tranquilo, dragoncito nervioso… sólo unos segundos más, y podrás moverte, pero espera que esté lista… - Mariposa retiró el pie del estribo, estaba completamente sentada sobre mí, con los pies apoyados en el suelo. Entonces dirigió las manos a la cinta que regulaba la altura y tiró de ella, hasta que quedamos completamente en el aire, de modo que no podía apoyar los pies en el suelo, y si quería moverse, tenía que ser a fuerza de brazos, pero no iba a necesitar moverse, para eso estaba yo. – Ahora. – sonrió.

     No lo tuvo que repetir. Noté que le sonreía, debía tener esa estúpida sonrisa de bobo cachondo que siempre se me queda, pero no lo podía evitar, la deseaba y estaba contento. Empecé a mecerme y a mover el culo, ¡mmmmmmmh…! No podía salirme mucho, pero ese roce,… ese roce caliente y apretado, me volvía loco. Me agarré a las cintas del columpio para impulsarme, y al hacer balanceos más largos, el cuerpo de mi ama se deslizaba sobre el mío de una forma maravillosa.

      -Sí…. – sonreía Mariposa, empezando a hacer lentos círculos sobre mí, provocando que me mordiera los labios de gozo – Sí, sigue… aah, mi dragón…. Cómo me gusta cabalgarte… - sonrió y me miró, y agarré con más fuerza los rieles, porque estaba loco por incorporarme y estrecharla contra mí. En lugar de ello, empecé a dar golpes de cadera, cortos y no muy atinados, pero tal como estaba, no podía moverme de otro modo. Sin embargo, aquél simple movimiento, hizo que se me escapara un gemido agudo del pecho y mi ama también sonrió un gemido. Entre mis piernas, noté unas gotitas abrasadoras de su flujo deslizarse sobre mis pelotas, cosquillearlas con lentitud casi sádica… no aguantaba más… pero no podía correrme, pensé, divertido.

     Parte de lo que Mariposa encontraba tan excitante en el juego, no era sólo la idea de no tocar el suelo mientras me cabalgaba, sino que podía hacerme durar minutos y minutos, y yo no sólo no me corría, sino que le daba un placer inmenso, como ahora. Mi cuerpo deseaba correrse, tenía unas ganas terribles, pero no podía hacerlo así, necesitaba embestidas largas, necesitaba la sensación de entrar y salir por completo. Estando ensartado del todo en ella y moviendo tan poquito, sólo sentía la picazón rabiosa, ese gustito enloquecedor de “unos segundos antes”, pero no lograba llegar, de modo que, en mi ansia por conseguir el orgasmo, mi cuerpo empezaba a temblar y moverse de forma casi descontrolada, como ocurrió en ese momento.

       -¡Aaaah, jajajaja….! – Mi ama se estremeció de placer y se echó a reír. Todo mi bajo vientre era literalmente un vibrador, parecía un abejorro. - ¡Mmmmh, mírate, Imbécil, pareces… aah… pareces una batidoraaaaa…. Jijiji….! – Tenía razón, y yo mismo me reí, intentando moverme más deprisa todavía, y ya no sólo por mi placer, sino por aumentar el suyo. Mis caderas se movían como un pistón, y noté que empezaba a sudar, mientras mis manos se crispaban en las cintas y mi polla parecía suplicar piedad. Mariposa apretaba los músculos de su cuerpo, abrazándome el miembro, y cada vez que lo hacía, yo ponía los ojos en blanco y mis nalgas se tensaban, acariciaba el orgasmo… ¡pero no llegaba! – Haaaaah…. S-sigue… mmmh, más, muévete más… Un… un poquito más….

       Mi respiración era un jadeo esforzado, el sudor me corría por la frente y bajaba por mi cuello, y ahora todo mi cuerpo temblaba, pero aún así obedecí, tensando y destensando el culo a toda velocidad para lograr rozarme más rápido dentro de mi ama y darle gusto, y dármelo yo, haaaaah, ahora sí que me iba a venir, por favor, por favor, un poco más, ya me llegaba… Mariposa me abrazó con las piernas y dejó escapar un gemido de placer, curvando la espalda, con una dulce sonrisa en la cara… ¡DIOS! Su levísimo movimiento sobre mi miembro, me hizo detonar de gusto, me derramé en su interior, sintiendo que cada contracción vaginal me chupaba y absorbía la vida… aaah… aahh… por unos segundos, me pareció que sus contracciones iban exactamente parejas a las mías… Solté las manos de los rieles y mis brazos cayeron mientras jadeaba ruidosamente, y notaba un hormigueo en los dedos, ahora que la sangre circulaba de nuevo por ellos.

     Podía haberme quedado así, podía haberme quedado muy bien, había gozado muchísimo… pero entonces, un placer inmenso me envolvió el miembro y se expandió por todo mi cuerpo, como si me hubieran metido en una bañera de agua caliente. Mi ama, sonriendo, se había agarrado de los rieles y casi saltaba sobre mi miembro.

      -Me he… me he perdido tu carita de placer cuando te corres…. Quiero verla. Venga, Imbécil, goza para mí. – Estaba muy cansado, me escocía… pero el placer ganó terreno enseguida y me dejé llevar, moviéndome de nuevo, recordando vagamente una vez, siendo adolescente, la primera vez que vi una porno, y llegué a la sexta paja del tirón. Mi ama, sirviéndose de los rieles y a fuerza de brazos, casi me sacaba por completo y bajaba hasta el fondo, podía notar la dulce suavidad de cada centímetro de su interior, su vagina parecía besar mi miembro y abrirse tiernamente a cada profunda bajada, y muy pronto fui incapaz de contener el placer. Con la boca abierta y gimiendo a bocanadas, le tendí a Mariposa las manos.

     -¡Ah…. Ah… Amaaaaaaaaaaaaah! – dije sólo, y mis ojos se cerraron de gusto cuando una chispa recorrió mi columna y mi cuerpo dio un temblor, mientras mi capullo, encerrado en su cuerpo, reventaba de placer y sentí que apenas unas gotitas salieron de mí… pero esas gotitas me estremecieron hasta los huesos y me robaron la vida, el placer fue asombroso, me dejó deshecho y feliz, con un regusto dulcísimo en todo el bajo vientre y con pequeños escalofríos que me mordían desde los hombros a las rodillas. Jadeando, logré abrir los ojos. Mariposa me miraba sonriente, y sus manos tenían cogidas las mías con los dedos entrelazados, apretándome. Creo que gemí, no estoy seguro, pero sí sé que sonreí. Y lo hice más todavía cuando mi ama se inclinó sobre mí sin soltar mis manos y me besó. Largo, muy largo, sus labios suaves acariciaron los míos y su lengua los franqueó con ternura, para encontrarse con la mía, y la acarició… la acarició con tanta suavidad, con tanto cariño, que quise morirme de gozo ahí mismo.

     -Eres muy bueno, Imbécil. – musitó, besando mi cuello, aún sin soltarme las manos, quizá para impedir que yo la abrazara. – Me gusta mucho ver tu cara cuando gozas, parece casi que te vayas a echar a llorar… y me gusta cómo te mueves – la oí sonreír – Eres un ansioso, en realidad no sabes follar… pero me gusta como lo haces. Creo que si lo hiciéramos en la cama, si te dejase llevar las riendas a tí, sólo serías capaz de hacer “el conejito”… pero aún así, me gusta. – Por fin me soltó las manos y efectivamente la abracé. Lo que acababa de decirme, no mejoraba precisamente mi autoestima, aunque no dejaba de ser cierto. Pero no me importaba. ¿Por qué habría de importarme, si a ella, le gustaba así? Nos dejamos mecer en el columpio, mientras recuperábamos el aliento. Un dulce escozor me zumbaba en la entrepierna, y el peso de mi ama sobre mi pecho era cálido y agradable, increíblemente reconfortante. Mi mano derecha empezó a recorrer la línea de su espina dorsal, lentamente, arriba y abajo. Mariposa se dejó mimar, besándome con mucha suavidad en el cuello y en la cara.

     -Quisiera teneros así para siempre, ama. – susurré.

     -Te cansarías después de dos horas. – contestó, en medio de una sonrisa.

     -No, no lo haré. – sabía que lo había dicho de broma, pero había también seriedad, y mucha tras su afirmación. Mariposa estaba convencida de que el amor no existía. En realidad, lo que tenía era un miedo atroz a entregarse y ser traicionada más tarde. Miedo a sentirse tonta por confiar en la gente, que sólo le había dado palos y palos durante toda su vida. Yo intentaba hacerle ver que podía confiar en mí, que yo no la traicionaría jamás. En el fondo, en eso consistía nuestra apuesta. – Nunca podré cansarme de vos, ama. Sería como cansarme de respirar, cansarme de beber agua…

     -¿Y si me cansase yo? – espetó. -¿Y si me cansase de ti?

     -Ama, me habéis dicho varias veces que soy un buen esclavo. Si os cansaseis de mí, sería porque yo no habría cumplido bien mis obligaciones, me habría vuelto dejado y perezoso y ya no os haría feliz… es imposible que yo haga algo semejante, pero si lo hiciera, ama, matadme. Me lo habré merecido.

    Mariposa se incorporó a mirarme, molesta.

      -Eres un imbécil. – Contestó. Le molestaba que yo pudiera pensar de ella que sería capaz de matarme, y no pude evitar sonreír.

     -Sí, ama. Vuestro Imbécil, vuestro pequeño Imbécil que tanto os quiere y que tanto desea haceros feliz, y que no os canséis de jugar con él nunca, nunca, nunca.

     Mi ama suspiró una sonrisa.

     -Ay, Imbécil, qué tontorrón eres… todavía tienes la sangre agolpada en tu cosita, y eso te pone más tonto aún de lo normal… Anda, levanta y vámonos a dormir.


****************

     Me tendí boca arriba, con la cabeza de lado, como suelo hacer. Imbécil se me quedó mirando con esos ojillos de súplica, hasta que levanté el brazo y pudo acurrucarse junto a mi pecho. Le rodeé con el brazo al bajarlo de nuevo y sonrió un “mmmmmmmmmmmh….” mientras se abrazaba a mí. El pelo le olía al champú de frutas que usa, y su sudor olía agrio y áspero, pero es un olor que me gusta. Es el olor de su obediencia. Matarle, tiene gracia, ¿de verdad piensa que yo voy matando gente por ahí? Una cosa sería abandonarle, y otra muy distinta… Quizá se refiera a eso, pienso mientras la respiración de Imbécil se hace más pausada y regular, se está quedando dormido. Quizá quiera decir que si le abandono, le estaré matando; es muy propio de su estúpido romanticismo el pensar así, “si me dejas, me suicido/me muero”. Su respiración es casi hipnotizadora… Querría seguir pensando, pero se me cierran los ojos….


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     Durante los días siguientes, Ocaso estuvo conmigo muy normal. Hablábamos a través del chat del trabajo, y a veces, en persona. Había pasado del silencio a los monosílabos, y poco a poco, a frases construidas. Ya le daba menos vergüenza que los demás nos vieran, o que nos viera Nélida, mi antigua princesita, esa que me tuvo más de medio año como pagafantas sin decirme sí ni no, y que había tenido la caradura de seguirnos por la calle una vez, para ver si éramos pareja o no, y al darme cuenta que nos seguía, le había dado un morreo a Milady (así era como llamaba a Ocaso cuando era yo el amo) en plena calle que hasta nos habían puesto notas y todo… Nélida no se había atrevido a contarlo en la oficina. Ricardo, mi mejor amigo, no paraba de tomarme el pelo y de decirme que cuándo se la iba a presentar, que quería que saliésemos los tres juntos… Yo le pedía que esperara, que Ocaso era muy tímida, que había que hacer las cosas con mucho tino, y no podía dejar de pensar que sólo quedaba mañana, que mañana me declararía, le diría que estaba enamorado de ella, y que… y que qué sentía ella por mí.

      Saberlo, lo sabía. Los dos lo sabíamos. Ella sabía desde hacía mucho que el tonto de su Imbécil estaba colado por ella, y Mariposa lo atribuía a un simple “efecto secundario” de la relación ama-esclavo, a un montón de endorfinas haciendo el burro por mi cerebro atontado de orgasmos… yo sabía que mi adoración por ella, iba mucho más allá del sexo. Y sabía que mi ama, me quería también. Ella no quería decirlo, no lo quería admitir, porque lo veía como una debilidad, como una puerta abierta a sufrir, igual que había sufrido su madre, embarazada de ella siendo adolescente y abandonada por su novio, abusada por un familiar… Pero me quería. El asunto estaba en averiguar a quién querría más: si a mí, o a su propio orgullo.

     Amaneció el viernes. El día anterior había pensado en llevarle flores a la oficina con un recadero, pero lo descarté; a Ocaso no le gustaba ser el centro de atención, todo lo contrario. Tenía pensado hacerme el remolón a la salida e invitarla a una cafetería, y una vez allí… bueno, ya vería. Caray, no se trataba de meterle un anillo de pedida en una copa de champán (a decir verdad, eso me habría parecido más sencillo), sólo era decirle: “Ocaso, te quiero”…. No me atrevería, no me iba a atrever, verás cómo la pifiaba,  ¿a quién pretendía engañar? No, adelante, iba a salirme muy bien… la cogería de las manos, la miraría a los ojos… y si veía una negativa en ellos, me moría ahí mismo. Mejor si no la miraba a los ojos… Qué cobarde parecería entonces, no, tenía que mirarla a los ojos. Eso es, la tomaría de las manos, la miraría a los ojos, y… Dios mío, ¿y si se me escapaba un eructo en ese preciso momento? Me podía pasar, ese tipo de cosas siempre me suceden… no, no, si me relajaba y estaba seguro de mí mismo, no me pasaría… Eso es, tomarla de las manos, mirarla a los ojos, y decir… “Ocaso, estoy enamorado de ti.”… ¿Sólo eso? Bueno, era la verdad, ¿habría que decir algo más? Quizá quedaría mejor de otra manera… “Ocaso, te quiero”. No, no, demasiado directo, mejor “estoy enamorado de ti”, sí. …¿Y si se me queda mirando y me dice “gracias”, y sigue tomándose lo que haya pedido y ya está? Jesús, vaya momento entonces… no, no seguro que dirá algo más. Seguro que si se niega, por lo menos discutirá, siempre me rebate…

     No podía dejar de pensar en eso durante el viaje en Metro hasta el trabajo, estaba poco menos que histérico, sólo deseaba que llegasen cuanto antes las dos menos cuarto para estar a solas con ella. Salí del vagón, subí en las escaleras mecánicas hasta el interior del centro comercial, y entré en nuestra sucursal del banco, donde estaba ya Ricardo y otros compañeros, nos saludamos y la busqué con la mirada. No había llegado aún. Era poco habitual en ella, siempre llegaba de las primeras. Dieron las nueve y no llegó. Ocaso jamás llegaba tarde, así que llamé directamente a Personal. Tenía una buena excusa para ello, soy el coordinador, y parte de mis funciones es controlar que no haya ausencias injustificadas y que siempre tengamos personas suficientes.

      -¿La señorita Expósito?

      -Sí, eso es, Ocaso Expósito, ¿ha dado preaviso de un retraso?

      -De retraso, no. De ausencia.

      -¿Ausencia? – mi estómago se encogió. Ni Ocaso, ni Mariposa, eran personas que eludiesen las cosas. De acuerdo, era mucha casualidad que hubiera ido a falta JUSTO el día en que expiraba la apuesta, pero alguna razón tendría.

      -Sí, Miguel. Ha pedido permiso de tres días por fallecimiento de familiar directo. – casi se me cayó el teléfono. Oí de fondo al chico de Personal diciendo que Ocaso había mandado un certificado del tanatorio… dije “vale” a todo, y colgué.

     Su madre. Yo la había visto una vez, meses atrás. Era una mujer de poco más de cuarenta años, pero aparentaba ochenta. La habían maltratado de un modo horrible, la mujer parecía pensar que tenía quince años, la edad en la que tuvo a Ocaso. Era una ancianita de apariencia débil y delicada, y por la que Ocaso sentía muchísimo cariño, a pesar de que la separaron de ella bien deprisa; teniendo ella apenas cinco años, su tío, un anciano sacerdote que las mantenía, la había dejado en coma de una paliza, en la que casi le reventó la cabeza contra el suelo, porque la joven madre de Ocaso se negó a mantener sexo con él una vez más. Incapacitada a raíz del golpe, el anciano quedó al cuidado de mi actual ama, y a ella le tocó sufrir abusos desde entonces, hasta que Ocaso intentó ponerles fin suicidándose. No lo consiguió, y la mandaron a un centro de menores, donde comenzó a vivir casi por vez primera. Yo ni siquiera sabía cómo se llamaba la pobre mujer. Pero sí sabía que Ocaso estaría sola, o peor aún: con su tío. Ni lo pensé; escribí un correo a Personal diciendo que necesitaba cogerme el día por problema familiar grave, recogí mis cosas, me despedí a toda prisa de Ricardo, y me marché.

       Ya fuera, me di cuenta que no sabía ni adónde ir. Pensé en llamar a Ocaso, pero ella me diría que qué cuernos hacía metiéndome en su vida y que me volviera al curro… y entonces recordé, ¡la residencia! La madre de Ocaso estaba en una residencia muy grande, donde mi ama me había llevado una vez. Habíamos ido en autobús interurbano, no sabía el nombre del centro, pero recordaba el número del autobús y la parada. De inmediato cogí el Metro hasta el intercambiador, busqué el autobús, esperé casi un cuarto de hora hasta que llegó, y lo tomé. Me bajé en la parada de la residencia, un trayecto de media hora larga que recorrí con impaciencia, si bien una parte de mi cerebro se obstinaba en recordarme lo divertido que había sido aquél viaje con Mariposa. Mi ama me había atado una bala vibradora al glande, tocando justo el frenillo, y la había estado accionando y parando con un mando a distancia, los dos sentados en el autobús, ella divirtiéndose y yo hecho un flan, derretido de gusto.

       La residencia era un gran edificio blanco, rodeado de jardines y árboles. Me dirigí a recepción y pregunté por la madre de la señorita Ocaso Expósito.

      -¿Es usted familia de ella?

      -Sí. Su esposo. Nos casamos hace muy poco… - contesté sin pensar, temiendo que si decía que era un amigo, no me dijesen nada. La recepcionista asintió.

     -Ahora mismo está en la Capilla. Pensábamos tenerla de velatorio esta noche, pero su mujer nos dijo que era preferible que la enterrásemos esta tarde. – Me dijo cómo llegar, y me dirigí allí. Había muchos ancianos allí. La mayoría estaban acompañados por alguien, enfermeras, celadores… unos cuantos tenían a algún familiar, alguien que les cogía la mano y les hablaba o escuchaba. Unos cuantos estaban solos. Pasé junto a una mujer mayor que se me quedó mirando.

      -Eres tan guapo como mi nieto. – sonrió, y no pude evitar detenerme.

     -Gracias.

      -Debe de tener tu edad, o así… no lo sé bien… hace diez años que no le veo. – sonreí, asintiendo, y seguí adelante, mientras la anciana me miraba marchar, muy sonriente. Al fin llegué a la Capilla. Empujé la puerta entreabierta, el interior estaba oscuro, sólo se veía la luz que iluminaba el Sagrario y al fondo, el Cristo. No me considero muy aprensivo, pero aquello parecía un poco de película de terror. Aún así, entré. En un lateral del edificio, había un cartelito en letra gótica “Capillas fúnebres”, que señalaba a un pasillo, tapado con una cortina negra. Levanté ligeramente la cortina. Allí estaba.

     Tenía ante mí una sala cuadrada, oscura, con sólo cuatro bancos sin respaldo que rodeaban un ataúd con media tapa abierta. La tapa daba hacia mí, de modo que no veía el cuerpo, y me alegré de ello. A quien sí veía era a Ocaso. Estaba sentada frente al ataúd, mirándolo sin verlo. A pesar de estar frente a mí, no me veía tampoco, no se había dado cuenta de mi llegada. Por una vez, bendije la costumbre de que nos hagan trabajar con traje, aunque no estemos cara al público, porque no había recordado ni ir a casa a cambiarme. Es cierto que mi traje era azul marino, pero podía pasar por lo suficientemente oscuro para una ocasión así. Me quedé contemplando a Ocaso por unos momentos.

      Llevaba un traje negro. Uno de los que a veces usaba cuando era Mariposa, entallado y ceñido, pero que le llegaba un poco más abajo de las rodillas, y estaba cerrado hasta el cuello, y de mangas largas. Llevaba guantes negros también, y en la cabeza llevaba… no era exactamente un sombrero, sino más bien un tocado, del que pendía un velo negro transparente, que me dejaba ver su rostro. Sus ojos grandes y tristes, pero sin lágrimas en ellos. Estaba tan perfectamente inmóvil que parecía esculpida en cera; durante un momento, me sentí un intruso allí, me pareció que estorbaba y que debería irme, y respetar su dolor, pero entonces, Ocaso tomó aire y lo soltó con esfuerzo, como si el aire le quemara, como si quisiera llorar pero se aguantara… y aquello no lo pude resistir, entré.

     Apenas moví un pie, ella levantó la cara, sorprendida, y su sorpresa aumentó al verme a mí allí.

      -¿Qué haces…. Qué quieres aquí? – hablaba muy bajito, con la voz entrecortada. Me acerqué despacio.

     -Me he enterado. Y he venido.

     -¿Por qué?

     -No podía dejarte aquí sola… sabiendo que estabas triste. – la tomé de las manos. Ocaso debía estar más afectada de lo que ella misma quería aparentar, porque no me lo impidió. Casi se dejó caer de nuevo sobre el banco más que sentarse, y yo me senté a su lado. – Lo siento. ¿Cómo ha sido?

     Sabía que mi ama detestaba que le hicieran preguntas. Pero yo ahora no estaba junto a Mariposa, sino junto a Ocaso, cuya madre acababa de morir, y tenía que desahogarse.

      -Cáncer. Dicen.

     -¿Y qué dices tú?

      -Él. – no necesitaba preguntar, sabía que se refería a su tío. – La ha estado matando desde siempre. La pegaba, y no dejaba de pegarla. Le pedí que parase, muchas veces, ¿sabes? Pero nunca lo hizo. – Ocaso me hablaba con una vocecita aguda, como de niña. La rodeé con el brazo de forma casi inconsciente. Y de la misma forma, ella se pegó a mí. – Cuando le abrió la cabeza contra el suelo… ahí ya la mató. Mató todo lo que era ella. Ahora, sólo es oficial.

    Sentí rabia dentro de mí, una tristeza y una rabia dolorosas. Rabia por todo lo que la madre de Ocaso y la misma Ocaso, habían soportado. Su hija había logrado mal que bien salir adelante; su pobre madre, de cuerpo presente… mierda de vida. Ocaso, pegada a mí, respiraba con dificultad. No quería llorar, y menos, delante de mí, pero tenía que hacerlo. La apreté del brazo, acariciándola.

      -Ocaso… es bueno estar triste cuando sucede algo así. No es malo. Tienes derecho a estar triste y a llorar.

      -No… ya la lloré entonces. Ya lloré mucho de niña. Llorar no sirve de nada.

      -Tampoco… tampoco sirve de nada maldecir y cagarte en todo cuando te pillas un dedo con la puerta del coche, pero ayuda a pasar el dolor. Llorar, es lo mismo. Ayuda a que el dolor pase. Es lo mismo que decir “sana-sana-culito de manzana”.

     -A mí, nunca me dijeron eso. – la voz se le quebró. - ¿Es verdad que… es verdad que eso, alivia el dolor? ¿Una canción y un besito?

     -Sí. – dije sin vacilar. – Lo alivia. No tiene ninguna base científica, pero tu madre llega, te da un beso en el dolor, y ya te sientes mejor.

     -Dime una cosa. – la voz le sonaba nasal y cargada - ¿alguna vez, de niño, te sentaron en un regazo, y te besaron en la frente, y te mecieron hasta que te quedaste dormido, y te llevaron en brazos a la cama?

     -Sí – contesté, sintiendo cómo apoyaba su cabeza en mi pecho – muchas veces. Casi siempre mi madre, pero también mi padre lo hizo alguna vez.

     -¿Y… y alguna vez, tuviste una Navidad, como esas que salen en la tele? Toda la familia, y todos pasándolo bien, y nadie que te pegue, o que pegue a tu madre?

      Abracé a Ocaso con los dos brazos. Sabía que estaba llorando, pero si le secaba las lágrimas, la haría sentir incómoda.

      -Sí. Todavía las tengo… vienen a casa mis tíos, y algunos primos también, y mi hermano, mi cuñada y mis dos sobrinos, que son una pareja de gamberros… - Un suspiro interminable salió del pecho de Ocaso. – A veces son un latazo, a veces los odias, pero está bien tenerlos. Los quieres.

     -Me hubiera gustado tener lo que tú… - musitó.

     -Todavía puedes tenerlo. – contesté. Ocaso me miró. Tenía la cara congestionada, las lágrimas se le salían de los ojos sin que ella parpadease, y le goteaba la nariz. – Yo… yo puedo dártelo. Podemos tenerlo juntos, Ocaso, o Milady, o Mariposa, o quien quiera que seas. Yo también lo quiero. Y lo quiero contigo. – Ella sollozó, y se abrazó contra mí. Intentaba llorar sin ruido, pero un gemido ronco le rasgó la garganta. Me agaché, y cogiéndola de las corvas, la senté entre mis piernas, abrazándola y meciéndola. Ella se dejó hacer, abrazándome más fuerte, frotando su cara contra mí. Por un instante, tuve miedo de que más tarde dijera que simplemente la había pescado en la hora tonta, pero enseguida desterré ese miedo.

    “De acuerdo, yo no soy una madre…” pensé, mientras Ocaso se iba calmando y su respiración se normalizaba, aunque seguía notando sus lágrimas tibias en mi cuello. “…pero te garantizo que siempre estaré aquí para darte todo el cariño del mundo, mi vida”. Aunque me sentía triste por la tristeza de Ocaso, también sentía una felicidad calentita y dulce dentro de mí. Qué curioso… siempre había pensado que, si me llegaba a decir que sí, daría saltos mortales de alegría, oiría música de violines y querría gritar y reír a carcajadas… ahora resulta que esa alegría, era tranquila y natural, nada afectada. Yo había esperado una explosión, y era una cerillita. Pero una cerillita que encendía un papel, que a su vez se ponía encima de un lecho de paja, que encendían unos trocitos de carbón, y finalmente hacían arder lentamente gruesos troncos, haciendo una hoguera. Y así, me gustaba mucho más.


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Cuatro años después.

     -“…Y vi de pronto un esquimal,  sensacional… era un acróbata muy fino…. Era el mejor de los atletas, dio veinte o treinta volteretas, y luego dijo… haciendo el pino…. “eh, tú… vente a mi iglú… no te quedes pasmado, que si… no eres de aquí… tendrás un resfriado”, por fin, tanto trajín, me dio buen resultado, así que respondí “muy bien....  ¡Yo te invito a un helado!*” Y ahora, princesa, a dormir. – He cantado muy bajito, y la canción tiene una cadencia repetitiva que le encanta. La beso, y me sonríe, haciendo una especie de “gueee….”. La acuesto en su cunita blanca, boca arriba, y le doy un último besito, mientras veo cómo cierra los ojos y se queda dormida. Aurora…. Miguel quería llamarla como yo, pero se lo quité de la cabeza.

     -Tu padre me ha hecho muchas cosas que no podré perdonarle jamás. Tú, eres la peor de todas – susurro, antes de salir silenciosamente del cuarto. Si Miguel quería quitarme la razón de la forma más burlona y despiadada que existe, lo consiguió. Con ella. Yo estaba convencida de que el amor, no existía, y en el fondo de mi corazón, alguien lo sigue pensando, pero la primera vez que sentí ese “¡bing!”, esa patada que me hizo darme cuenta de que mis tres faltas, eran un ser viviente que llevaba dentro… Yo pensaba que sentía cariño por Miguel, por Imbécil, pero eso… eso fue indescriptible. Imbécil se puso contentísimo cuando supo que yo estaba en estado, igual que se puso contentísimo años atrás, cuando nos fuimos a vivir juntos, y tuvo la poquísima vergüenza de pedirme matrimonio, ¡matrimonio a mí!, poniéndome un anillo de pedida en una copa de champán, no había visto casposidad mayor… y acepté. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Qué se puede hacer cuando no crees en el amor… pero te das cuenta que ya no puedes, que ya no quieres seguir viviendo sin una persona concreta?

     Imbécil me ha hecho muchas cosas imperdonables. Enamorarse de mí, casarse conmigo, dejarme en estado, pasar conmigo todas las clases de preparación al parto, tomarme de la mano durante el alumbramiento… eligió ser mío, en lugar de limitarse a obedecer. Y eso es algo que no puedo perdonarle. Quizá por eso, nuestra vida funciona tan bien. Siempre tengo motivos para castigarle. Cuando llego a la alcoba de matrimonio, la puerta está entreabierta. Sentada en el tocador, está Micaela, es mi Imbécil vestido de mujer, con su uniforme de colegiala, su maquillaje… vaya, ya tengo que regañarla otra vez.

     -Micaela, ¿cuándo te vas a enterar que el rojo, no es lo tuyo? – le digo, quitándole la barra de carmín de las manos. – Te hace una boca horriblemente grande. Necesitas un color más claro…. Rosa perla es lo tuyo.

      -Sí, pero… es que el dildo es rosa, si me dejo el carmín en él, no se notará, ¿no te gustará más si lo marco de rojo? – señala el arnés que está sobre la cama, que sabe que voy a usar con él ésta noche.

     -No, no, lo primero es que tú estés guapa. Ven aquí. – nos sentamos en la cama, y Micaela separa los labios para que la pinte. Me encanta cómo se deja llevar, tan sumiso, tan obediente… qué cortita le viene la falda. - Así… rosa coral. Mucho mejor, dónde va a parar. Tan guapa. – Tiro el lápiz de labios por encima de mi hombro, y la abrazo. – Estás tan guapa… - Le beso. Mis labios se deslizan sobre el carmín, y mi lengua acaricia la suya con tanta suavidad que mi sexo se desborda en un segundo, es increíblemente dulce. Empujo sus hombros y se deja tumbar en la cama, mientras sus manos intentan tímidamente despojarme de la bata de seda negra, bajo la cual, sabe que no llevo nada, pero entonces, su mano derecha deja mi hombro y agarra el arnés. – Ama, tened… no vayáis a olvidarlo.

     Sonreímos y nuestras narices se frotan.

Creo que esto, debe ser la felicidad. (Mariposa)

     Y si es algo distinto, no quiero saberlo. (Imbécil)



FIN. (...y principio)

*"¡...'Amos, anda!", de Javier Krahé.