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domingo, 25 de junio de 2017

Hotel, correr y carrera (segunda parte).

   
     En la habitación del hotel, Ricardo sonreía y se relamía mirando las fotos de su teléfono. Su única vestimenta era el albornoz blanco del hotel, de rizo suavísimo, prenda que también llevaba Carlota, que dormía a su lado, apoyada en su hombro. Después del primer ayuntamiento, habían pensado en bajar a cenar, pero Cardo recordó que habían dicho que eran primos (“lo dijiste tú, no pluralices” le recordó Lota) y, como no quería cenar sin darse el placer de besarse de vez en cuando o comportarse como pareja de cualquier otro modo, y puesto que no estaba dispuesto a dejar que nadie se diese cuenta de que eran lío (“claaaaaaro, porque los berridos que metimos antes y el ruido que hicimos con la cama, debieron salir de un documental”), decidieron pedir comida a la habitación. Tras la copiosa cena, se pusieron la tele y Lota se fue acodando en su hombro hasta quedarse dormida. Apenas ella se durmió, él aprovechó para buscar un canal erótico y al no encontrarlo, decidió hacerse él mismo los contenidos picantes.

      Con todo cuidado, para no despertarla, empezó a levantar con los dedos la solapa del albornoz de su compañera, y le sacó fotos del escorzo, de las tetas casi tapadas del todo… ¡qué cosa más verde! No podía evitar sonreír, ¡era tan perverso! Sabía que, si le pedía a Lota fotos de su cuerpo, ella se las daría con mil amores, pero era más divertido cogerlas así, daba más morbo, mmmh… Con mucho cuidado, le retiró el vuelo del albornoz y sacó fotos también a sus piernas. Casi se le veía lo más interesante, e intentó aflojar el cinturón para que la tela se retirase más. Lota gimió en sueños y se dejó caer un poco más sobre él. Al hacerlo, el albornoz se deslizó ligeramente debajo de ella; lo justo para que la prenda revelase su tesoro. A Cardo se le escapó una risa de triunfo y de inmediato lo fotografió. Era precioso. Lota lo llevaba arreglado de manera que el vello formaba el dibujo de una luna llena y, recortado en él, la silueta de un gato, como si mirase hacia la luna. También lo llevaba teñido de platino con una pintura especial que brillaba en la oscuridad; a Cardo le resultaba imposible mirarlo sin ponerse como un burro.

     Después de sacarle al menos treinta y cinco fotos, se puso a mirarlas en el móvil. Cada imagen le hacía sonreír más y más, y su albornoz ya no quedaba cerrado por la excitación que sentía. De pronto, Lota se acomodó de nuevo y separó las piernas, doblando una. Cardo casi dejó caer el móvil. Era demasiado bueno para no hacerlo. Acercó la mano muy despacio al pubis de Lota y lo cosquilleó. Esta dio un temblor y sonrió en sueños, y Ricardo jadeó; se sentía como si flotara. Acarició los labios, lampiños, de la vulva de Lota y ella dejó un escapar un “hmmmmmmh…” muy suave, apenas audible. Acercó los dedos a la rajita y notó que estaba húmeda, uff, su dedo corazón quedó empapado al momento. Lo subió al clítoris y empezó a cosquillearlo.

      —¡Mmh! – Lota respingó, pero no despertó, así que no se detuvo. Hizo caricias lentas, circulares, muy suaves, y su compañera no sólo no despertó, sino que pareció disfrutar de ellas. Cada tanto, Cardo la oía gemir en sueños. Se moría por penetrarla, pero si se movía, la despertaría, así que se aguantó por más que su polla, rígida contra el albornoz, le pidiera guerra a gritos. Su dedo se deslizaba, todo suavidad, contra la perlita de Carlota; estaba tan mojada que no precisaba moverse hacia su agujero en ninguna ocasión, su coño era un mar de jugos y, a juzgar por cómo ella gemía y le apretaba más el brazo en el que se apoyaba, también de placer. Cardo sólo lamentaba no poder grabar aquello, pero sólo disponía de una mano y la tenía muy ocupada acariciando sin cesar. Su dedo empezó a moverse de arriba abajo, frotando el indefenso clítoris, y Lota tensó las piernas. Sabiendo que iba a correrse, Cardo aceleró. Lota empezó a gemir sin miramientos y entonces sonó su teléfono a todo volumen. Ricardo se asustó y retiró la mano de golpe - ¡MIERDA!

      —¡Ah, Lota; puedo explicarlo, no es lo que piensas! – dijo Cardo muy deprisa.

    —¡Cállate, bobo, estaba despierta desde hacía horas! – gritó, fastidiada, e hizo un gesto casi de dolor, notaba las contracciones del orgasmo, pero ningún placer en ellas, sólo frustración, maldita fuera… -  ¿Quién será el imbécil que llama JUSTO ahora? – En la pantalla de su teléfono, aparecía la cara de Alvarito. Descolgó - ¡Alva, eres un CRETINO, y será mejor que te estés desangrando!

     —Yo también me alegro de oírte – sonrió Alvarito, contentísimo de molestar – Sólo decirte que se me ha chafado el curro, y que ¿tú no sabrás dónde ha podido ir a parar una tarjeta de “Todo Incluido” para hoteles de hasta cuatro estrellas que tenía yo como parte de mi pago, verdad?

     Cardo vio a Lota palidecer y se pegó al otro lado del teléfono.

      —¿Una tarjeta para hoteles? ¿De “Todo Incluido”? Pues no… no sé, no la he visto, ¿por?

     —Oh, por nada, porque resulta que ha volado, y si doy con el que la tiene, voy a usar su calavera para jugar a los bolos con ella y sus piernas. – A Ricardo no se le había bajado jamás una erección tan deprisa, y su cabeza se encogía más y más entre sus hombros, como si pretendiera ser una tortuga.

     —Ya, claro… - Lota se forzó a sonreír – Bueno, lo siento, si me entero de al… espera un momento, ¿dijiste que se te ha chafado el curro? ¿Quieres decir que vuelves?

     —Sí, justo eso. Vamos, de hecho ya estoy de vuelta, no me queda mucho para llegar; avisaba precisamente para no pescaros en faena. – Alvarito, desde su lado del teléfono, disfrutó del silencio horrorizado que oyó. Él no lo sabía, pero Ricardo tenía la boca tapada y los ojos de pez desencajados de terror.

     —¿No mucho? ¿C-cómo cuánto? – quiso saber Lota.

     —No lo sé seguro, una media hora quizá.

     —Ah, genial, pues… ¡pues voy a pedir una pizza, que seguro que vendrás sin cenar!

     —Mujer, no hace…

     —¡Que sí, que la pido para cuando llegues, hasta luego! – colgó sin más. Ricardo la miraba con cara de pánico, y ahora ya no se tapaba la boca: se había llevado las manos al culo, y le entendía - ¡No te quedes ahí parado! ¡Nos largamos, venga, venga!


     “Nunca más diré que somos primos. Nunca más iré a ningún hotel. ¡Nunca más me desnudaré en un sitio que no sea mi propia casa!” Pensó Ricardo, rojo como un pimiento morrón, mientras corrían por el vestíbulo aún con el albornoz puesto. Pese a lo avanzado de la hora, los clientes que aún quedaban en el vestíbulo no dejaron de mirarlos. Cardo hubiera querido que se le tragara la tierra, y no pudo evitar soltar la lengua:

     —¡Estábamos esperando el parto de mi hermana, y nos acaba de avisar; no podemos hacerla esperar! – gritó a los mirones

     —¡Déjate de excusas, a nosotros sí que nos van a “partir” si no espabilas! ¡Mueve el culo, veeenga! – Carlota le agarró del cordón del albornoz y tiró, con lo que su pecho blanco y lampiño quedó al descubierto. Cardo casi chilló y echó a correr, intentando pensar que lo que oía a su espalda eran toses y no risas. A toda prisa se metieron en el coche y Lota marcó el asfalto con los neumáticos al pegar una arrancada que hubiera hecho aplaudir a Schumacher, y que hizo que Ricardo se preguntara si tenía al corriente el pago del seguro. No, el del coche, no. El de vida.

     —Lota, mi amor… - musitó - ¿No te parece que quizá vas una pizca demasiado deprisa?

     —Coge mi móvil y llama al Pizzaexpress – dijo ella – Pide tres pizzas de lo que sea, y que las manden a casa. Si no estamos allí para cuando llegue Alvarito, estrellarte con el coche te va a parecer un plan estupendo.

     —Cre-creo que no lo estamos enfocando con serenidad… al fin y al cabo, ¡él es tu amigo, tú le has acogido en tu casa! ¡Duerme en tu cama! – recalcó - ¿De verdad, no estamos exagerando la importancia de su enfado?

     —Te diré… - contestó ella mientras cogía una curva a tal velocidad que las ruedas del lateral derecho se separaron del asfalto y Cardo pensó que iba a ensuciar unos pantalones casi nuevos – En cierta ocasión, para gastarle una broma, le dije que la cuerda de tender la ropa estaba hecha de cáñamo, provenía del cannabis y podía uno fumársela como si fuese marihuana; se lo creyó y lo intentó. Cuando vio que le había tomado el pelo, tomó represalias: cuando subí a casa me encontré la puerta entreabierta, y al abrir, me cayó encima la sartén de hierro, que había atado al techo y puesto encima de la puerta – Ricardo ya puso bastante cara de horror, pero como Lota sólo miraba la carretera, no lo vio y siguió contando. – En cada puerta de casa, ató el tío un regalito. La olla exprés, un cajón doble de la cómoda, y hasta el televisor de 21 pulgadas. Y eso fue por una bromita que no le costó dinero; ahora estamos hablando de ha perdido un finde a todo tren, ¿te parece que exageramos con él?

     —Si coges por la carretera de la Universidad, iremos más directos. – Contestó Ricardo y llamó al PizzaExprés. Lo que Lota no le había contado es que, después de aquello, ella llamó a Alvarito y le pidió que subiera, que se había hecho daño de verdad y no podía levantarse. Alva acudió corriendo, encontró la puerta entreabierta pero no sospechó nada y, al abrir, le cayó encima un altillo que Lota había preparado donde se encontraba TODO lo que él le había dosificado en diferentes puertas: sartén de hierro colado, olla exprés, cajón de la cómoda y lo que quedaba de la tele. Cuando Alvarito despertó, se encontró tumbado en el sofá y a Lota poniéndole hielo en el chichón de la frente. Ella abrió sendas cervezas, le ofreció una y dijo “¿tablas?”. Y aunque Alva no sabía qué significaba esa expresión, sí sabía que aquélla era “la birra de la paz”, de modo que brindó con ella y repitió “tablas”. No era preciso que Cardo supiera ciertos extremos acerca de su novia; ya estaba bastante asustado.




      En su propio coche, y a velocidad mucho más moderada, Alvarito estaba llegando a casa de Lota. Le había mentido como un bellaco, estaba mucho más cerca de lo que le había dicho. Su intención era pescarles llegando a casa y sacarles dónde habían estado; es posible que ella lograse soltar una trola convincente y atrincherarse en ella, pero él no. Él se desmoronaría, lo sabía bien. Con toda comodidad, aparcó el coche lo bastante lejos de la tienda de tatuajes y piercing de su amiga, encima de la cual ella tenía su vivienda, y caminó hasta ella tranquilamente. Una vez allí, abrió con su llave, tuvo buen cuidado de volver a cerrar, y se instaló en el tresillo de la sala de espera de la tienda. Él sabía que para entrar en la casa, era preciso pasar por la tienda.



     “Ya no falta nada para llegar”, pensó Lota, sin dejar de mirar la carretera. En menos de diez minutos estarían en casa. Estaba pensando en dar una vuelta de reconocimiento antes de aparcar, por si veía el coche de Alvarito, y en ese momento Ricardo preguntó:

     —Lota, una cosa que no me quito de la cabeza… si estabas despiertas mientras te acariciaba, ¿te estaba gustando?

     —¿Si me gustaba? ¡Joder, cuando paraste te hubiera partido los dientes! – contestó ella, y Ricardo puso carita de susto y se arrimó más a la puerta. La mujer suspiró. O aprendía a expresarse de otra manera, o él entendía que su manera de hablar era, eso, una simple manera de hablar. Se corrigió – Quiero decir que me estaba encantando, me estabas haciendo chiribitas en el coño y estaba pasándolo fenomenal; un segundo más y me hubiera corrido tan ricamente en tu dedo.

     La expresión del Cardo cambió radicalmente, dejó escapar una risa de orgullo y alivio, y se recolocó en el asiento. Eliminado el miedo, podía volver a sentarse más cerca de Lota, y ésta no se resistió a regalarle un poco los oídos:

     —Es verdad, me acariciabas de un modo que me hacía unas cosquillas muy dulces y un placer en olitas que me estaba volviendo loca. Me costaba muchísimo fingir que dormía, pero no quería dejar de hacerlo para que no parases, quería que me hicieras llegar así, con esas caricias tan deliciosas. Quiero que me lo vuelvas a hacer. De hecho, quiero que siempre que puedas, me despiertes así, con caricias en el coñ… en el clítoris. – Le pareció que quedaba más fino así. A Ricardo le temblaba un párpado y su sonrisa le daba pinta de lelo, pero de lelo feliz hasta el éxtasis. Lota fue frenando, estaban en casa.

     —No está su coche, podemos ir tranquilos. – sonrió Ricardo, y Lota le frenó.

     —Ni se te ocurra. No hagas ruido, camina agachado y no te acerques a las ventanas. Entraremos por detrás.

     Cardo sonrió con condescendencia, ¡Lota era demasiado desconfiada! ¡Se veía a la legua que Alva no había llegado aún, su coche no estaba por ningún sitio, y él siempre aparcaba pegado a la casa, para no tener que andar un metro! Si pudiera aparcar el coche en el salón, lo haría con tal de no caminar. Pero si así ella se sentía más segura, estaba dispuesto a ceder.

     Agachados, caminaron hasta la parte trasera del edificio. Alva no lo sabía, pero Lota pensaba que era muy razonable para una chica tener un medio que sólo conociese ella, para colarse en su propia casa. En una de las esquinas del edificio, donde debería haber un canalón, había una gárgola cuya boca cumplía el cometido del mismo, y que estaba situada entre las piernas de otra figura mucho más alta, con apariencia de demonio. La cabeza de la estatua llegaba al nivel de la gran terraza de la casa de Lota. Para asombro de Cardo, ella apoyó los pies en la cabeza de la gárgola, y empezó a trepar por la estatua del demonio, con toda facilidad.

     —¡Eh! – susurró en la oscuridad del césped trasero - ¡Eso podrás hacerlo tú, no yo!

     —Sí puedes. Prueba, no hay que trepar, es como subir por una escalera.

     “Supongo que esto vale la pena, a cambio de follar con regularidad” suspiró, y se agarró al cuerpo de piedra del demonio. Puso el pie derecho en la cabeza de la gárgola, y luego el izquierdo. Tanteó con la mano derecha, y encontró asidero con facilidad. Sí, había una hendidura perfecta, como el peldaño de una escalera de mano. Intentó no mirar hacia abajo y subió con relativa rapidez. Pero al llegar arriba, ¿cómo hacía para ganar la terraza? Lota se había aupado sin dificultad en la poca distancia que había y pasado al otro lado sin dificultad, pero él no se veía capaz de hacerlo. La barandilla era sólida y quedaba a una distancia que para él, era imposible de salvar mientras aún estaba agarrado a la estatua. De repente se dio cuenta que estaba atrapado; no podía llegar al balcón, estaba a tres metros del suelo y bajar le daba mucho más miedo que subir, y empezó a hiperventilar. Lota se dio cuenta de que iba a gritar y le agarró del brazo.

     —¡Eh, calma, calma! – susurró – No te vas a caer, no va a pasar nada. Es fácil, es muy fácil.

     —¡Nonononono, no es fácil, no es nada fácil, está muy alto! ¡Me caeré!

      —No te caerás. Tienes que fiarte de mí – sonrió. Por dentro pensaba que de buena gana le daría una colleja, pero en ese momento no cabía ser radical. Si no le convencía, se pasarían allí toda la noche. Se sentó a horcajadas en la barandilla de piedra rojiza y le tendió las dos manos. – Vas a darme la mano derecha. Y yo te tendré agarrado todo el rato, y te la pondré en la barandilla. Y cuando estés bien agarrado, me darás la izquierda, tiraré de ti, y estarás en la terraza.

      —No podrás con mi peso, nos caeremos los dos.

     —Cardo, dame la mano, por favor. – Ricardo se mordió el labio y cerró los ojos, pero soltó la mano derecha del asidero y Lota le colocó el brazo en la barandilla. – Así, ¿ves qué fácil? Ahora, el otro brazo. – Lota se apuntaló hacia atrás. Cardo tendió el brazo izquierdo, la mujer tiró de él, Ricardo perdió asidero y el estómago le dio un vuelco muy desagradable, pero enseguida notó que el tirón se hacía más fuerte y tenía la tripa contra la piedra roja, elevó las piernas y el peso de éstas le hizo caer al interior de la terraza, junto a Lota. La mujer emitió un débil gritito, como si se hubiera asustado, pero al instante, Cardo la dejó sin aire: estaba aferrado a ella con todas sus fuerzas.

     Ricardo no recordaba haber pasado tanto miedo en toda su vida. No estaba precisamente acostumbrado a las emociones fuertes, para él, lo más cercano a asumir riesgos, había sido masturbarse cuando sus padres todavía no se habían acostado. Y ahora, de pronto, había trepado por una pared vertical como Stallone en Máximo Riesgo, y había saltado sobre la barandilla de la terraza. Y todo por Lota. Ella le hacía descubrirse como el ser decidido, arrojado y valeroso que en realidad siempre había sido pero que, en su modestia, no había querido nunca reconocer. Sin ella, él seguiría siendo un pobre encargado de planta, gris y anodino, y no un feroz aventurero capaz de ir a hoteles con su amante sin ninguna vergüenza y de colarse en casas a medianoche… La deseaba, Dios, cómo la deseaba, ¡no podía contenerse!

     —¡Ahora no, aquí no! – dijo Lota muy deprisa, pero Ricardo se rio en su cuello diciendo “sí, sí”, y su mano se perdió en el interior de los vaqueros de la tatuadora. Ésta, aún llena de rabioso deseo y frustración por el orgasmo arruinado, intentó frenarle por un segundo, pero se dio cuenta de que no podía, ¡no en ese estado de lujuria ansiosa! Su clítoris se estremeció de gozo apenas él lo rozó, y ella misma pasó de negarse a desabrocharse el pantalón en un segundo.

     “Aaah, qué malo soy” pensó Cardo, encantado “La acaricio tan bien, que no puede resistirme, ¡qué mojada está!”. Los dedos del hombre resbalaban en la rajita de su compañera, impregnada de humedad, y éste se dedicó a pasearse por ella, arriba y abajo, tentando la abertura, pero enseguida volvió al clítoris y lo frotó en círculos. Círculos que hacían que el culo de Lota diese brincos sobre el enlosado y gimiese de placer.




      Alva no se podía creer lo que estaba viendo. Había oído el golpe en la terraza del piso superior, y subió a comprobar. Lota había preferido entrar a escondidas en su propia casa, antes de dejar que la pescaran. Sólo por eso, ya se merecía no echarle más en cara la dichosa tarjeta, pero lo que era de película es que a su chico le hubiera entrado el calentón justo en aquel momento. Y Lota debía ir tan quemada como él, porque no sólo no le paraba, sino que se había abierto ella misma el pantalón. Alvarito sonrió, travieso, y sacó el móvil. De acuerdo, la tarjeta era agua pasada, pero esto era demasiado apetecible. Era una lástima que al estar tumbada, de nuevo no se le viese la cara, pero daba igual; Zacarías le compraría también ese video, como el otro. Entre todos, estaban haciendo felices a todos los hombres de la barriada que alguna vez habían soñado con jincarse a Lota. Grabando…



     Qué sensación tan agradable, ¡qué dulce! Lota no sabía con cuánta intensidad deseaba su cuerpo ser tocado hasta que Cardo se lanzó. No era la primera vez que se le echaba a perder un orgasmo, pero sí la primera que volvían a tocarla tan pronto, cuando su cuerpo estaba ya recuperado pero aún con deseo, ¡y era maravilloso! Los dedos de su compañero resbalaban de una forma deliciosa y ella no podía dejar de sonreír ante el placer electrizante que la hacía temblar. Cardo movía sus dedos como si hiciese cosquillas en su clítoris, y así lo sentía ella, como cosquillas, unas cosquillas delirantes que la hacían ponerse más y más tensa mientras el placer aumentaba y se hacía más delicioso y más insoportable segundo a segundo. Ricardo, juguetón, sopló en su cuello y la hizo estremecerse y tiritar. Con la punta de la lengua, recorrió su cuello a golpecitos, subiendo hasta la mandíbula, y al fin lamió sus labios entreabiertos y se metió en ellos. Cuando su lengua rozó la de Lota, ella se puso rígida sobre el piso y se le agarró a la gabardina en una pura crispación orgiástica. Lota notó el estallido de su placer en la punta exacta de su clítoris. Como una cerilla que se enciende, sintió el chispazo y cómo después éste hacía surgir la llama que se expandía por todo su cuerpo en una ola de saciedad y gusto, de alivio, de dulzuraaaaah…

       Cardo gimió en la boca de su chica al sentir cómo ella se contoneaba debajo de él, se ponía tensa primero y se movía como una bailarina después, meneando las caderas bajo sus dedos. El travieso clítoris se había retirado a golpes, a contracciones que delataban su gozo, y él no había sido capaz de dejar de acariciarlo, sólo había bajado el ritmo. En la oscuridad del ambiente sólo distinguía la cara de Lota, pero sabía lo colorada que estaba por el calor que desprendía su cara. Le besó las mejillas, pero ella no le dio tiempo a ponerse tierno; le empujó del hombro y le montó. De inmediato comenzó a frotarse contra su erección mientras se bajaba más los pantalones y los dejaba en los tobillos, ¡estaba dispuesta a penetrarle ahí mismo, y le daba igual si Alvarito les pescaba, si la pizza estaba de camino, o si estaban a dos bajo cero! Ricardo se sentía demasiado feliz y demasiado erecto para hacerla parar. Él mismo se soltó el cinturón y se desabrochó el pantalón, y apenas lo hizo Lota le acarició el miembro aún cubierto por la ropa interior. Cardo se mordió el labio y se forzó a resistir, ¡quería aguantar!

     Lota le sacó la polla por la abertura de los calzoncillos y se la metió dentro de golpe. Temía que, si se ponía a jugar, la excitación de Ricardo le ganase una vez más, pero apenas le tuvo dentro de ella, no fue capaz de ponerse a brincar como había sido su primera intención, ¡era tan cálido y agradable, daba tantísimo gusto estar unidos…! No podía lanzarse como un animal, quería saborearlo. Se movió en círculos lentos, gozando de la simple felicidad de sentirse llena, y sus ojos se cerraron de gusto sin que pudiera evitarlo, ¡qué maravilla! Las manos de Cardo, entre temblores, pasaron de los muslos de Lota a sus tetas y las exprimieron. La mujer gritó, un gritito suave, y se tapó la boca, sin poder olvidar a los vecinos, pese a la oscuridad. Sonrió y se levantó la camiseta y, sin dejar de hacer círculos de calor y gusto sobre la polla de Cardo, metió las manos de éste bajo su sostén y mordió el borde la camiseta para que él pudiese mirarle las tetas todo el rato.


      Dentro de la casa, Alva llevaba ya tres vídeos y rogaba porque la memoria del móvil aguantase, ¡ese polvo era dinamita! ¡En el GirlZ se iban a matar por él! Aunque a Lota no se le viese la cara y estuviese oscuro, con la cámara nocturna se apreciaban bien su cuerpo y sus tatuajes, y lo que era más importante: su manera de follar. Al levantarse la camiseta, había dejado al descubierto su espalda… qué espalda. Sinuosa y flexible, y su precioso culo que no paraba de moverse en torno a la polla de su novio. Las piernas del Cardo daban temblores y se ponían rígidas a cada momento, y no le extrañaba. Alvarito había sido pareja de Lota durante algún tiempo y sabía bien que en la piltra era una puta pantera.


     —Si-sigue… - pidió Cardo con voz quejumbrosa, sin apartar las manos de las tetas de Lota – No pares, me… ¡me das mucho placeer…!

     Lota sonrió y siguió meneando las caderas, sin acelerar nada, llenándole la polla por igual de sufrimiento que de gozo. Y extasiándose a su vez en el sinfín de placeres que él le daba, oooh… Dentro de ella parecía enorme, tan ancho, tan caliente, y tan suave. Cada movimiento de su culo hacía que él tocase puntos sensibles de su interior, que su clítoris se rozase contra él, que su coño se contrajese y le abrazase, y cada apretón le daba escalofríos de lo delicioso que era. Era pícaro, era tierno y era salvaje a la vez. Quería ponerse en cuclillas, hacer sentadillas y vaciarle de dos envites y correrse ella al tercero, pero se contenía, ¡y era precioso! ¡Agradable y caliente! Iba a correrse de nuevo, y quería hacerlo dándole también el mayor gusto posible a él. Se tumbó sobre él, le tomó el lóbulo de la oreja entre los dientes y, después de un mordisco cariñoso, empezó a hablarle en susurros:

     —Fóllame, Cardito… - musitó, entre gemidos. – Agárrame del culo, y apriétame, eso es… Apriétame el culo y atraviésame con tu pollaaa… haaah… tu polla tan grande y caliente. Me encanta que estés ahí, tocando con tu polla mi coño dulce para ti, frotándote, entrando y saliendo… oooh… de mi coño… mmmmh… me matas de gusto. Me… mmmh… me haces correrme una y otra vez… me voy a correr con tu polla dentro, muy dentro, haaaaaaaaaaaah…

     Cardo daba empujones con las caderas como podía, y no podía muy deprisa, no podía moverse bien, y eso le fastidiaba a la vez que le encantaba. La voz de Lota en su oreja, sus gemidos susurrados le estaban volviendo loco de placer y deseo, ¡era insoportable! ¡Era demasiado excitante oírla decir esas cosas tan guarras encima de él! No aguantaba más, no podía... ¡No! ¡Sí! ¡Se corría!

     Lota sintió a su amante estremecerse y temblar, sus manos apresándole las nalgas con tal fuerza que dolían, y le vio cerrar los ojos de gusto y dar un empellón más con las caderas, y tiritar con fuerza mientras gemía lo más bajo que podía. Sintió las contracciones de su polla en su interior y enseguida una corriente cálida y espesa que se deslizaba hacia afuera. Y en ese momento, sí brincó.

      —¡No! ¡Oh, Lota, no… NO… OH, POR FAVOR! ¡SÍ! – Cardo no fue capaz de hablar bajo, ¡no con ese placer quemándole el miembro justo después de correrse; era insoportable! Lota rió a carcajadas y se dejó ir, botó sobre su amante y su placer creció hasta estallar en pocos segundos. Segundos que a Cardo se le hicieron larguísimos pero echó de menos cuando se acabaron; segundos que a Lota la llevaron al cielo y le hicieron agarrarse las tetas, poner los ojos en blanco y jadear de gusto. Un gusto maravilloso que la dejó en la gloria, con una sonrisa interminable en la cara. Cardo aún temblaba bajo ella y también él jadeaba. Nunca había probado a seguirse tocando después de acabar. Era estupendo, pero quemaba. O quemaba, pero era estupendo. La verdad que no se decidía.

     Lota sonreía aún, gozando de la dulce calma satisfecha de después del delicioso orgasmo y, aprovechando esa calma, su sentido común levantó la mano y pidió permiso para hablar ya que, hasta ese momento, intentarlo habría sido perder el tiempo. Y le recordó que Alvarito estaba de camino, que se habían apropiado de una tarjeta que era de él, y que si les pescaba fuera de casa les iba a arrancar los pulmones. Pequeños detallitos de nada. Lota pegó un brinco y sonó el timbre de abajo, ¡la pizza!

      —¡Reza porque Alvarito aún no haya llegado; corre! – dijo a Cardo y él también pegó un respingo del susto, ¡se había olvidado por completo del burro ese!  Entraron a la alcoba y cuando Lota vio la luz que llegaba del piso de abajo, casi se le paró el corazón. Alva estaba allí.

     —¡Chicos, pizza! – canturreó el vozarrón del portero. Ricardo se agazapó detrás de Lota, y ésta se fijó en que los dos estaban sin pantalones y en los pelos que llevaban. A lo mejor, colaba.

     —No te subas el pantalón. Quítate la gabardina y la camisa, corre. – Cardo entendió y obedeció, y bajaron. La luz les hizo entornar los ojos, pero a través de ellos, Lota vio a Alva sentado en su salón con las botazas encima de la mesa y tres cajas de pizza aún humeantes. - ¿Desde cuándo estás aquí? ¿Por qué no nos has avisado que habías llegado? – sonrió ella, todo inocencia.

     —Supuse qué estabais haciendo y no quise molestar. – abrió las cajas y olfateó – Mmmmmmmh… Barbacoa, Pepperoni y Cuatro quesos, ¿por cuál queréis empezar?

     A Lota le extrañó la actitud tan simpática de su mejor amigo, y su repentino olvido de todo lo concerniente a la tarjeta, pero ya que las cosas habían dado un vuelco tan oportuno, no pensaba estropearlo con preguntitas. Era mejor así, y… quién sabía si Alva no le tendría alguna preparada y por eso estaba tan amable, en cuyo caso era mejor no indagar; ya tendría tiempo de enterarse. Por el momento, lo más juicioso era saborear las pizzas y, entre charlas y bromas los tres disfrutaron de una buena cena. En cierto momento, el móvil de Alva sonó por un mensaje y éste sonrió con triunfo. Lota le preguntó si eran buenas noticias, y éste contestó que buenísimas, que le había salido un nuevo dinerillo que compensaba la tarjeta, que ya daba por inencontrable. Lota y Cardo se miraron, aliviados. No lo estarían tanto de haber podido leer el mensaje, que era de Zacarías, el dueño del GirlZ, y decía: “Vídeos sensacionales. Los partiremos en varios para sacar más dinero de ellos. Qué culo tiene la tía, te compro todos los vídeos de ella follando que puedas conseguir”.
    



sábado, 24 de junio de 2017

Hotel, correr y carrera (primera parte)

   
  —Teníamos habitación reservada, por favor. – sonrió Lota al recepcionista, mientras Ricardo permanecía un poco apartado de ambos, colorado como un tomate, y fingiendo que miraba las postales del expositor. No sólo disimulaba fatal, sino que además parecía una colegiala tímida y cada vez que alzaba la vista y notaba que alguien le miraba, se azoraba más aún; pegó un temblor y estuvo a punto de tirar el expositor, se cayeron varias tarjetas, se agachó a recogerlas y al alzarse de nuevo, se pegó un cabezazo contra el borde de la mesa de recepción. El viaje en coche hasta el hotel se le había hecho cortísimo, pero el recibidor del hotel le había parecido de mil kilómetros de largo.

    Lota le había propuesto pasar el fin de semana en un hotel. Por una parte, le encantaba la idea, por la otra, le parecía algo muy indecente. Sí, desde luego que hacía algún tiempo que salían juntos y se acostaban, claro, ¡pero en casa de alguno de ellos, no en un hotel donde les veía todo el mundo! Lota llevaba una bolsa de tamaño mediano, lo suficiente para disimular, pero aun así a él le parecía que todo el mundo iba a saber que eran lío. Poco equipaje, sin anillo, la habitación a nombre de ella “y acompañante”… el recepcionista le dio a Lota la tarjeta-llave y sonrió con descaro. Estaba muy claro lo que se imaginaba: guarradas. Se imaginaba que él y Lota eran amantes, quizá que iban allí a esconderse de sus cónyuges, pero sin duda a hacerlo sin descanso, seguro que no salían de la habitación ni para ventilar. Seguro que se estaba imaginando todo eso y más. Y conociendo a Lota, tendría mucha razón.

     —Muy bien, señorita Manrique y acompañante, que dis…

     —Soy primo suyo. – intervino Cardo. La estúpida sonrisita del recepcionista. No había podido soportarla ni un segundo más. Éste le miró con cara de no entender. – Apúntelo ahí, en el registro, que se vea. - El recepcionista intentó decir algo, Lota intentó decir algo, pero Ricardo continuó – Lo digo porque a un hotel, seguro que viene mucha gente sólo a revolcarse, pero quiero que quede claro que nosotros no somos de eso. – Tomó a Lota del hombro y la apretó contra él - ¡Es sólo mi prima, somos gente decente, quiero que eso quede claro! ¡Venimos aquí sólo por alojamiento y nada más! ¿Lo ha entendido?

     El chico de recepción había retrocedido un paso, pero se las arregló para contestar:

     —Perfectamente, señor; que disfruten de su estancia – dijo muy rápido. Y Cardo asintió con una sonrisa complacida. La mujer le hizo un gesto con la cabeza para que echase a andar y Cardo obedeció. Y pegó un salto y se llevó al culo las manos cuando ella le dio un azote en él ahí mismo, delante de todo el mundo.

     —Carlota… - susurró él, en tono de regañina. – Por favor, compórtate un poco.

     —¡Boh! Eres un aburrido. – protestó ella, mientras llamaba al ascensor. Cardo se sintió picado.

     —¡Yo no soy ningún aburrido! Soy muy divertido, muy apasionado. Puedo ser… ¡un salvaje! – se pavoneó – Pero no me gusta dar el espectáculo. 

     —…Desde luego que no. – Ricardo no entendía bien la mirada de Lota. Parecía como si no acabase de creerle.


*************


     “No les pienso llamar hasta que no esté ahí mismo, a ver qué me cuentan ese par” pensaba Alvarito en su coche, conduciendo de regreso. Le habían contratado para ser el guardaespaldas de una pareja y, además de pagarle, le habían dado una tarjeta de TodoIncluído para alojarse ese fin de semana en un hotel. Misteriosamente la tarjeta habíadesaparecido y, qué casualidad, que Cardo publicaba en su página que iba a pasar la noche con su pareja en un hotel con encanto (Ricardo era así; podía avergonzarse de ir a un hotel “como si fueran lío”, pero al mismo tiempo envanecerse de ello porque “no cualquiera” podía permitirse ir a pinchar a un hotel de cuatro estrellas). Aunque el trabajo al final se le hubiese estropeado porque la pareja sólo se había quedado en el hotel hasta después de comer y a él no le habían pagado más que un tercio de la cifra prometida, la preciosa tarjeta T.I. era SUYA y hubiera podido aprovecharla. Hubiera podido quedarse en el hotel todo el finde a gastos pagados, ponerse morado de lo que hubiera apetecido y, de haber conocido a alguien, haberla metido en su cuarto, puesto que la tarjeta era para dos.

     Alvarito no quería pensar que, a fin de cuentas, él había grabado un vídeo de Lota y su chico haciéndolo y lo había vendido a un local de strip-tease; puesto que eso no lo sabían ni Lota ni Cardo, no tenían derecho a pedir compensaciones. Aquí, el que había sufrido un abuso era él, e iba a resarcirse por ello. “Si cuando llegue a casa de verdad me los encuentro en un hotel con mi tarjeta, ¡si no los mando a la puta Luna de una patada, será porque me falle la puntería!”. Aceleró. Sabía que no llegaría hasta casi la medianoche.


*************

     Ricardo se retorcía de impaciencia, ¿pero qué demonios andaba haciendo Lota, que no salía ya? En el pasillo, aprovechando que estaban solos, él se había lanzado a besarla y habían abierto la puerta de la habitación entre besos y con las manos de Lota desabrochándole la camisa. Al cerrar la puerta, él le metió mano bajo la camiseta e intentó quitársela, pero Lota se retiró y se negó a dejar que la desnudara. Dijo que tenía una sorpresa para él y le pidió que se desvistiera y la esperara; ella saldría enseguida. Se metió en el cuarto de baño y estaba claro que ella, no tenía el mismo concepto de “enseguida” que él. Llevaba allí ya más de diez minutos, ¿se estaba depilando o qué? Cardo se miró en el espejo de la habitación. Ojalá hubiera traído el pijama, pero no cayó en hacerlo, de modo que, como no le gustaba andar desnudo ni acostarse vestido, había optado por un saludable término medio: llevaba puestos los calzoncillos y la camisa. Harto de dar vueltas en torno a la cama, se metió en ella. Tenía unas ganas tremendas, no podía dejar de temblar del deseo que sentía, hasta sintió la tentación de tocarse un poco, pero se contuvo. Para distraerse, decidió poner la tele.

      Dentro del baño, Lota se miraba al espejo, indecisa. Había traído consigo toda la ropa que había comprado aquélla mañana, y aunque sabía que le quedaba bien, le parecía que no le sentaba bien nada, que aquellas prendas no eran para ella. Tenía miedo de que a Cardo no le gustaran. Y le daba más miedo aún que le gustaran demasiado, leer en sus ojos que la Lota poco femenina que en realidad era, no le gustaba. Miraba aquellos camisones, suaves, brillantes, escotados, bonitos… y no se decidía por ninguno. Este le parecía demasiado corto, ese demasiado largo, aquél le hacía gorda, este otro le resaltaba demasiado las caderas anchas y el de más allá se le pegaba a la tripa. ¿Por qué nunca se sentía así cuando llevaba la camiseta y el pantalón corto? ¿Por qué siempre había adorado todos sus tatuajes, y en cambio llevando aquellos camisones, le parecía que no pegaban nada y que quedaban tan mal?

     —Lotaaaa… - canturreó Ricardo desde la habitación – Tu Cardito se impacientaaaa… - Carlota suspiró. No se había gastado todo ese dinero comprando lencería de batalla para, a última hora, rajarse y no usarla. Eligió uno de los camisones escotados y cortos. Era de color verde, Trudy lo había escogido porque era elegante, bonito y ligeramente erótico; Zafi lo había escogido por que era verde “como tus ojos”, había dicho, con encajes en dorado en el escote y el vuelo. “Verde y oro, como una botella de champán”. Se puso unas bragas también nuevas, de encaje en color asimismo verde, y abrió la puerta.

     Cardo apagó la tele al momento, y gateó por la cama, hasta el borde. La sonrisa le llegaba a las orejas, pero cuando Lota asomó por la puerta, se volvió todos ojos. Lo último que podía esperarse de ella, es que se pusiese encima ninguna prenda cuya tela no se bifurcara por las piernas. Carlota se apoyó en el vano de la puerta, jugueteando nerviosa con uno de los tirantes del picardías, y lentamente alzó la vista. Por lo que veía en la cara de Ricardo, le gustaba mucho, y eso la calmó un tanto. Sonrió y se acercó a él. Ricardo le echó las manos y estuvo de caerse de dientes, pero Lota le agarró, y como la cara le aterrizó en sus tetas, no hubo nada que lamentar. Lota le mantuvo las manos agarradas hasta que estuvo a su espalda y le abrazó por detrás, poniéndole los pechos en la nuca. A Cardo se le aceleró tanto el corazón que temió que le diera un infarto, pero sólo fue capaz de soltar una risa floja.

     —He pensado que podía gustarte que, en la intimidad, sólo para ti y para mí, usase algo un poco más delicado, ¿te gusta? – Deslizándole las tetas por el cuello, se puso a su lado y le dejó el escote muy cerca de los labios. Su compañero no era capaz de mirarla a los ojos, y de hecho, ni lo intentaba, toda su atención era mirarle el escote y sus ojos iban de una a otra de sus tetas, como si siguiera un partido de tenis en sus pezones. Lota empezó a desabrocharle de nuevo la camisa que Ricardo se obstinaba en llevar abotonada hasta el cuello, pero él le tomó de la mano y la llevó a su ropa interior, que hacía un bulto considerable. – Me parece que sí te gusta.

     Lota empezó a acariciarle por encima del slip blanco mientras él dirigía su mano al escote y lo recorrió con los dedos, siguiendo la V que formaba. Un escalofrío hizo temblar a Lota, y Cardo sonrió, y logró mirarla a los ojos al fin. La sonrisa ruborizada que encontró en ellos le hizo temblar como una hoja y, al ser consciente de que nunca ninguna mujer le había dedicado nada así, ni le había mirado con tanto cariño, ternura y deseo, su placer subió a cotas tan elevadas que hubieran roto el fotograma. Una deliciosa, exquisita sensación de picor nació en su polla y se expandió por su cuerpo en segundos, sin dejarle tiempo ni para advertir a Lota, aunque ya hubiese dado igual que parara; una ola de gusto infinito le hizo estremecerse entre sus brazos, cerrar los ojos y gemir desmayado mientras se le encogían los dedos de los pies descalzos… La boca de Lota casi atacó la suya y notó que le recostaba en la cama. Se tumbó sobre él y le apretó con brazos y piernas mientras las contracciones del orgasmo aún le hacían temblar hasta el ano y sus calzoncillos goteaban de gusto.

     “No sé ni para qué he comprado condones” pensó Cardo, sus manos perdidas dentro del camisolín, recorriendo la espalda de Lota de los hombros a las nalgas. “De veras que no lo sé, ¡si la mitad de las veces, me corro antes de metérsela!”. Carlota le besó la nariz, las mejillas, la frente que fruncía en expresión de desencanto por ser tan rápido. “Eres un penas… Eres, objetivamente, feo, con ese pelo ralo rubio y esos ojos azules de pez, y esa cara de natillas cortadas, pero me pareces tan guapo… ¿cómo haces para serme tan guapo, siendo tan penas?”. La mujer vio que una disculpa iba a salir de sus labios, y negó con la cabeza.

     —No te atrevas a pedirme perdón por haberte ido. Ya sabes lo que te dije; si tú has terminado y yo no, ponte a trabajar.

     Cardo sonrió, aliviado, y metió las manos por los laterales de las bragas de su compañera. Al notar lo húmeda que estaba, se le escapó un suspiro, y no fue al único. Los dedos cálidos de Ricardo habían tocado directamente su clítoris, y habían hecho que Lota diera un brinco de placer. Esta se deslizó al costado de su amante y le llevó una mano al frente.

      —Así… - sonrió – con ésta, la pepita. Y con esta otra, méteme los dedos. Suavemente. – pidió. Cardo sonreía sin parar y con mucho mimo hizo lo que le pedían. Al segundo, Lota le abrazó con una pierna y le dejó más espacio para tocar, y empezó a besarle. Ricardo devolvió las caricias con su lengua y exploró la intimidad de Lota con todo detalle. Los dedos de su mano derecha resbalaban sobre la pequeña perla, lo acariciaban en círculos lentos y se detenían en la parte baja del mismo, allí donde Lota soltaba un gemidito cada vez que él tocaba. Su mano izquierda acariciaba la vulva y el dedo corazón se metía muy ligeramente en ella, apenas entraba, y hacía giros allí, presionaba con suavidad, jugaba con la humedad y el calor internos. En pocos minutos, Lota estaba hecha un flan entre sus brazos.

     —Oooh… oh, sí… sigue… sigue… sigueee… - pedía con vocecita desmayada, cada vez más colorada. Ricardo notaba que su polla se erguía de nuevo y pedía guerra, pero no pensaba parar ahora, ¡lo estaba pasando muy bien haciendo sufrir a Lota! Su compañera movía las caderas, buscando ensartarse en su dedo, hacer que se lo metiera más hondo, pero él seguía en la entrada, allí donde sabía que ella era más sensible y el deseo la enloquecía más que el placer. Carlota enterró la cabeza en el pecho de Cardo y se agarró a su camisa abierta. El vaivén de su cuerpo sobre los dedos del hombre hacía que el tirante del camisón se deslizase por su hombro más y más, dejando su pecho casi al descubierto. Los gemidos de Lota se volvieron entrecortados y su respiración más rápida. Sus piernas empezaron a ponerse tensas, y Ricardo supo que estaba llegando, ¡iba a correrse en su dedo! ¡Qué sensación!

      Lota tensó la mano con la que agarraba la camisa de su novio, y sintió el dulcísimo placer cambiar de intensidad; lo que antes habían sido cosquillas deliciosas que excitaban su deseo, se convirtió en un picor eléctrico que irritaba su ansia y exigía más y más. Rompió a sudar y sus gemidos subieron de tono. Entre jadeos pidió, rogo, notando que su orgasmo se acercaba, pero que necesitaba más velocidad para ser saciado, y Ricardo aceleró las caricias, pero apenas notó que ella cerraba los ojos, metió dos dedos de golpe hasta el fondo e hizo las caricias lentas. Muy largas y lentas.

      Carlota puso los ojos en blanco, ¡qué placeeeeeeeer…! Su orgasmo, en lugar de estallar, pareció desbordarse, caer como un alud de nieve. Lento, pero imparable, nació en el interior de su coño, reverberó en su clítoris y se extendió muy despacio por todo su cuerpo, pero con una intensidad arrolladora. Como la luz de un quinqué, empezó con un brillito, pero crecía y crecía hasta iluminar toda una habitación. El gemido de Lota pareció tan interminable como su placer, y aún después de quedarse sin aire, su misma manera de inspirar transmitía su bienestar. Una enorme sonrisa se abría en su rostro. Su cuerpo, desmadejado sobre la cama, tembló varias veces aún. Para Cardo, jamás había estado tan bonita; toda roja, sudorosa, con los ojos brillantes y una teta fuera. Las palpitaciones que su coño había dado en torno a sus dedos le habían parecido maravillosas, mágicas, y no pudo resistir la tentación de, al sacarlos de ella, aspirar el olor salado que había quedado en ellos. Era un olor fuerte, que llenaba toda su cabeza y se deslizaba, espeso, hasta la garganta, pero muy agradable. Olía a placer y a entrega, a travesuras y a secretos… y a triunfo. A fin de cuentas, ¿qué importaba si era un poco rápido en la cama, si con los dedos podía darle ese placer?


**************

     
     En otro lugar, cuatro días más tarde…


     El tic-tac del reloj mecía el tiempo suavemente en el silencio del pasillo, mientras Trudy se preparaba para marcharse. Aquel día había tenido que quedarse un poco más, pero a cambio, el viernes se marcharía antes. Estaba cerrando ya su bolso, cuando la cámara de la puerta se activó y vio entrar a un hombre. Apenas le prestó atención hasta que entró en el pasillo y le miró.

     —Buenas tardes, sr. Fíguerez – saludó a su jefe – Ya casi me marchaba. – El hombre sonrió, amistoso.

     —No es la primera vez que nos confunden. Buenas tardes, señorita, ¿está mi hermano?

     —¿Su her…? – y sólo entonces se dio cuenta Gertrudis de que aquél hombre, no estaba fumando. Zacarías no es que fuese fumador empedernido, es que fumaba hasta dormido; cuando se acostaba, dejaba un cigarrillo encendido sobre el cenicero de la mesilla de noche para oler el humo mientras se adormecía, y era frecuente que se despertase a mitad de la noche para encender otro, porque la ausencia de humo le despertaba. – Sí, sí está. – contestó, aún sorprendida, y llamó por el interfono. - ¿Sr. Figuérez?

     —¿Sí? – contestó el aparato.

     —Su hermano está aquí.

     —Un momento.

     —Tenga la bondad de esperar – sonrió la joven, y se sentó de nuevo.

     —Señorita…

     —Gertrudis. Trudy.

     —Creo que estaba usted a punto de irse; por favor, no se quede por mí, esperaré. – el hombre tenía una expresión un tanto ansiosa, parecía nervioso, y habló como si tuviera necesidad de hacerlo – Es probable que Zacarías me haga esperar un buen rato. Usted sabe… él y yo somos muy diferentes, apenas nos tratamos. No me tiene mucha simpatía. Es capaz de tenerme aquí una hora, y yo no quiero retenerla. Si desea irse, hágalo, se lo ruego.

     Gertrudis no pudo evitar evocar la vez, hacía ya más de medio año largo, que conoció a su jefe. Cuando le dijo su nombre, le faltó tiempo para plantarla dos besos, uno de ellos demasiado cerca de los labios, y llevarla de los hombros hasta su despacho para entrevistarla allí; había tenido que deslizarse con el hombro para que él la soltase. Durante el tiempo que duró la entrevista, Zacarías le había sacado el patrón mirándola a todas partes menos a la cara, y casi lo primero que le dijo fue que era un pervertido, apacible, pero pervertido, que no abusaría de ella ni la tocaría, pero que tenía que estar preparada para soportarle. Su hermano sólo la miraba a los ojos, permanecía a una distancia prudente y le había ofrecido marcharse. Zacarías vestía con trajes baratos de color azul o verde fosforito y chaquetas de raso negro, en cuyas hombreras se veían restos de caspa, con forro de leopardo, y combinaba el marrón con el amarillo limón, mientras que el recién llegado vestía un discreto traje negro; parecía un vendedor de seguros. A pesar del innegable parecido, Trudy lo tuvo que preguntar:

     —¿Es usted su hermano… de verdad? – El segundo Figuérez sonrió, dejando ver unos dientes que no tenían manchas amarillentas de nicotina.

     —Gemelos. – dijo. – Pero a veces creo que la genética tiene un extraño sentido del humor. No podemos ser más distintos. Él… verá, si trabaja para él, ya debe saber que mi hermano, no es lo que podríamos llamar un hombre muy sentado, ¿verdad? – Soltar un resoplido de asentimiento, no era en absoluto ser desleal, sino sólo no faltar a la verdad – Lo sé. Ha sido así desde que empezó a desarrollar. – bajó la voz – Nuestra madre le hacía dormir con mitones, pero ni eso podía pararle. No me extraña que haya terminado en un tugurio como éste. Oh, perdón. Olvidé que usted trabaja aquí también, no pretendía ofenderla.

     —No, no me ofende. Yo solamente soy su secretaria. – Gertrudis lo tenía ya todo guardado y el abrigo en la mano, pero la curiosidad era más fuerte. El hermano de Zacarías suspiró, apenado.

     —No me interprete mal, yo… quiero a mi hermano, le quiero mucho y me preocupo por él. Pero no puedo ver bien su estilo de vida. Y él no ve bien la mía. No puedo entender que queme el dinero en cartones y más cartones de tabaco, estropeándose la salud, ¡él, que encima es asmático! No puedo entender que malgaste su talento de empresario en un sitio como éste, no puedo entender que siga pensando como un adolescente, no puedo entender tantas cosas… Pero la estoy entreteniendo. – sonrió una vez más. – No quiero ser un pesado, usted tendrá ganas de irse a casa. Mucho gusto, señorita Gertrudis.

     Le ofreció la mano y ella la estrechó.

     —Mucho gusto, señor…

     —Malaquías. – se rió. – Cosas de padrinos, creyeron que sería muy gracioso ponernos nombres similares ya que éramos gemelos.

     —Malaquías – repitió con una sonrisa, se abrochó el abrigo y se marchó, pensativa. Era normal que su jefe tuviera familiares, se dijo. Pero nunca, jamás, había hablado de ellos, y Zacarías no era una persona precisamente introvertida, antes bien era una cotorra que no tenía secretos. Era indudable que estaba regañado con ellos y, viendo a su hermano, era fácil entender que no tenía en común con él nada más allá de lo físico, se notaba hablando con él sólo unos segundos como había hecho. No se acercaba a comerle el espacio a una, no la llamaba con apelativos ridículos… Y entonces cayó. Los apelativos ridículos. ¡Su jefe siempre los usaba! Siempre la estaba llamando vida mía, cariño, bombón y chorradas similares, pero al contestar por el interfono esa tarde, no lo había hecho.

     “Soy una estúpida” pensó “He estado a punto, a punto de creérmelo, ¡claro que se le parece tanto, como es ÉL!”. Volvió sobre sus pasos; sin duda Zacarías se había limitado a grabar un par de respuestas y había conectado el grabador al dictáfono para que se activase automáticamente cuando saltase comunicación. Era capaz de mucho más con tal de idear una estrategia para llamar su atención. Entró en el pasillo dispuesta a descubrirle, pero se quedó clavada al suelo cuando oyó la discusión:

     —…céntimo más, Malaquías, ¿lo oyes? ¡Ni un céntimo más!

     —Pero, Zaca, ¡es nuestro hermano también! ¡Y su hijo! Que lleva seis años desaparecido. ¡Tu ahijado! No me digas que no…

     —No pretendas juzgar cómo me siento. – Trudy sabía que debía marcharse. Ahora que oía las voces de ambos, sí notaba alguna diferencia; la de Malaquías no era tan ronca, sin duda porque no fumaba ni bebía tanto como su hermano gemelo. Si eso no era prueba suficiente, el enfado que se traslucía en la voz del último, sí lo era. Gertrudis jamás hubiera imaginado que hubiera nada en el mundo que pudiera hacer perder la cachaza a Zacarías Fíguerez. Pero precisamente por eso, no pudo resistir su curiosidad. – Sé lo que todos pensáis de mí: Zaca, el pervertido ese que se gana la vida llevando un club de fulanas y traficando con porno, qué asco, seguro que es un corruptor y un pederasta, seguro que se droga, seguro que le pegan el SIDA este año o el próximo… ¡pero cuando se trata de pedir, bien que tiráis del traficante de porno que tanto asco os da!

     —Eso no es cierto… ¡no, no lo es! ¡No conmigo! – contestó con voz amarga su hermano – No te negaré que mamá se avergüenza, que papá no quiere ni hablar de ti y no soporta que te mencionen, pero yo siempre te he defendido, Zaca, ¡siempre lo he hecho, y tú lo sabes! Y Jerónimo…

     —Jerónimo es un cabrón y un hipócrita.

     —¡Pero está en un apuro, y es nuestro hermano mayor!

     —¡Por mí, como si acaba durmiendo entre putos cartones en mitad de la Gran Vía! ¡Si le veo por ahí, me limpiaré las suelas con él! ¿Se te ha olvidado esto, eh? – Gertrudis veía dos figuras pasear por la rendija de la puerta, y vio a una de ellas extender un brazo. El dibujo granate con grecas negras de la chaqueta, delataba a su jefe – Tres meses enyesado. Nunca podré volver a estirarlo.

     —Lo sé, lo siento, ¡los dos sabemos que Jero no tenía paciencia, que era muy emocional!

     —¿Emocional? ¡Un tío emocional grita, le pega un puñetazo a una pared, tira un jarrón… pero no le retuerce el brazo hasta rompérselo a un crío de trece años! – Trudy se horrorizó. – Me pasé media vida con las manos envueltas, atadas, durmiendo en el suelo, rezando hasta quedarme sin voz, y duchándome con agua helada. Pero eso, de mamá aún podía soportarlo; ella estaba convencida de estarme ayudando y tenía otra educación. De Jero, no. Él me torturaba y lo sabemos los dos.

      —Zaca, eso es exagerar, él también pensaba que lo hacía por tu bien, que tu forma de ser no era…
 
      —No era normal, ya me sé ese disco – terminó Zacarías – Una mierda. Él había estudiado, y nos saca más de quince años. ¡El primero que se la pelaba igual que un mono, era él! Pero claro, hacerse el puritano daba más puntos delante de nuestros padres, oh, nuestro Jero, el hijo responsable que vela por sus  hermanos… Pregúntale a Matilde, a Angelino, a Zoylo, ¿qué opinan de él? – un silencio apurado fue la respuesta – Desengáñate, Mala. Nuestro querido hermano era un maltratador en potencia, y cuando creció, fue a más. No me extraña que su mujer se pirase, que su hijo viviese más conmigo que con él, y no me extraña que se largase sin avisar.

      —¡Zaca, eso es cruel!

     —No, hermano, ÉL es cruel. Pero aunque lo fuera, ¿qué? ¡Ya nos conviene ir admitiendo la realidad! ¡Por amor de Dios, elchico lleva seis años en paradero desconocido! ¡Creo que es hora de que todos nos hagamos a la idea de que no va a presentarse para la próxima Navidad!


     Se oyeron sollozos roncos y el sonido de alguien desplomándose en una silla. Desde donde estaba, Trudy pudo ver la espalda de su jefe palmeando a alguien que estaba sentado en ella. No necesitaba ver u oír más, ni quería hacerlo. De hecho, ya había oído muchísimo, demasiado. Sin pretenderlo, había sido muy indiscreta. Ahora le pesaba. Caminó en silencio hacia la puerta, oyendo todavía a Zacarías decir a su hermano que lo hacía por él, que cedía en darle una cantidad, pero que no le sacaría nunca ni un céntimo más. Sin hacer el menor ruido, Trudy recorrió el pasillo hasta la entrada de servicio, salió y cerró la puerta con todo cuidado. Jamás haría la menor alusión a lo que acababa de oír. 


(Continuará, ¡vuelve mañana!)

lunes, 12 de junio de 2017

Placer Fugaz.

     Las huellas que dejaban en la arena de playa se difuminaban enseguida, apenas llegaba de nuevo el mar. “¿Seremos así también los humanos?” pensó Nato, uno de esos pensamientos que sabía que no tenían los otros chicos de su edad. “Intentando dejar huella de nosotros mismos, de nuestra existencia, pero esta sólo dura un momento antes de ser barrida por la Eternidad”. Le molestaba un poco tener esas ideas, pero ya había aprendido a callárselas; sus primos y los otros chicos ya le tenían bastante por un marciano con todo lo que aprendía y sabía, como para darles más motivos aún. Decidió dedicarse a prestar atención a la niña que paseaba junto a él, su prima Tercero.

     —Pues al final la película de anoche, no estuvo tan mal. Pensé que iba a ser un peñazo, pero me gustó – decía ella. – El malo actuaba muy bien.

     —¿Sabías que también era el guionista? Usaba dos nombres, el nombre español para firmar el guion y dirigir, y el nombre inglés para actuar, porque sonaba mejor. – dijo el chico.

     —Sí, me lo dijo mi padre después, que el nombre inglés era el “nombre artístico”. – A Tercero ya no le sorprendía que su primo, de sólo doce años, supiera las mismas cosas, y a veces más cosas, que los adultos. Renato siempre sabía de todo. A veces, demasiado de todo, como demostró cuando preguntó:

     —¿Te gustó por que actuaba bien, o te gustó él sin más?

     —Bueno… - como el sol rojo del atardecer les daba de costado y les bañaba en ese color, no era fácil saber si ella se había ruborizado, pero Nato sabía que lo había hecho.

     —No tiene que darte vergüenza, a mí me gustó la actriz, la que hacía de mala.

     —¿Esa? ¡Si tenía cara de serpiente!

     —Digamos que en su cara, me fijé más bien poco – sonrió el chico, y los dos se rieron en risas apuradas. La noche anterior fueron al cine de verano y vieron una vieja película española de terror. Igual que el villano protagonista salía a pecho descubierto en más de una escena, su novia hacía lo mismo en buena parte del metraje. La curiosidad por los encantos femeninos era una de las pocas cosas que Nato compartía con los chicos de su edad, y con Tercero tenía suficiente confianza para hablar de ello.

     —Secreto por secreto; sí, me gustó él sin más – admitió la niña.

     —¿Sabes que el que te guste es porque te recuerda a tu padre?

     —¿¡Qué?! – Tercero puso gesto de asco.

     —¡No digo que te guste tu padre en ese sentido! Pero fíjate en el malo, y en tu padre: espaldas anchas, robusto, peludo, tipo de boxeador… son muy parecidos. Es un hecho psicológico que, cuando una chica empieza a fijarse en chicos, inconscientemente busca patrones parecidos al paterno, porque se siente segura con ellos, y piensa que van a tratarla como…

     —Te garantizo que ése, no me recuerda a mi padre. – la voz de Tercero había cambiado en un segundo. De repente, no tenía nada del timbre infantil que la caracterizaba, se había hecho grave y parecía propio de una mujer adulta. Renato la miró, y vio que se había quedado inmóvil mirando un punto del horizonte, con los labios entreabiertos y los ojos muy brillantes. Siguió su mirada, y le vio.

     Un extraño montón de sentimientos golpearon el pecho del chico con un impacto casi físico. Rabia, envidia, dolor, autocompasión… la terrible consciencia de que nunca, jamás, sería ni remotamente como aquél hombre en ningún aspecto. Ni en altura, ni en belleza, ni en presencia física, fortaleza y no, tampoco en inteligencia. Renato, consciente de su propio intelecto desde muy temprana edad y que ya el curso anterior había empezado la carrera de Matemáticas y Ciencias Exactas, se sintió peor que tonto; se sintió un gusano.

     El desconocido salía del mar vestido sólo con un calzón negro. Era alto y calvo, y su piel atezada parecía relucir en tonos dorados, como si estuviera hecho de oro. Era armonioso y cada músculo de su cuerpo se perfilaba en su piel al moverse; parecía una estatua griega que se pudiera mover. A pesar de salir del mar, estaba completamente seco. Notó que los niños le miraban y volvió la cara. Una sonrisa de picardía apareció en su hermoso rostro y se acercó a ellos. Por instinto, Nato se colocó entre él y su prima, como hubiera podido hacerlo si se hubiera acercado un perro, pero el desconocido acentuó su sonrisa. Alzó dos dedos y los movió en el aire, y Nato sintió que le apartaban con desprecio, pese a que él no le tocó.

     Las rodillas de Tercero temblaban y sintió que se ruborizaba. No podía ni parpadear. El desconocido la miraba sólo a los ojos, y ella había oído acerca de los hombres que la desnudaban a una con la mirada, pero este no lo necesitaba. Este estaba desnudando mucho más que su cuerpo. Tercero tuvo miedo a la vez que sentía ganas de tomarle la mano y decir “llévame contigo”. De forma maquinal, agarró la mano de su primo. Cuando éste la apretó, la niña pudo soltar aire y pensar con claridad. Por primera vez, aquél hombre pareció tomar nota de la presencia de Nato y se dirigió a él.

      —Cuida bien de tu novia. – También su voz era bellísima. Grave, modulada, acariciadora, insultantemente hermosa.

     —No es mi novia. – espetó el chico. El desconocido le dedicó una mirada extraña. Parecía reírse de un chiste que sólo entendiera él.

     —Así será, puesto que tú lo dices. – Nato tiró de la mano de su prima y los dos niños se fueron corriendo de allí. Tercero estuvo a punto de volver la cabeza en más de una ocasión para mirar por última vez a aquél hombre, pero se contuvo. Ninguno de los dos mencionó aquello de nuevo.

     Bael los vio marchar sin retenerles. Hubiera podido quedarse con la niña si hubiera querido, pero el chico hubiera armado jaleo y habría tenido que matarle. No le convenía. Se agachó en la orilla y tomó agua del mar en el hueco de la mano. Con la izquierda, pellizcó el agua y la sacó convertida en tela de color azul. Después tomó un puñado de arena y lo estrelló contra la tela, y sobre la misma se formaron cenefas doradas. Extendió la tela y se la puso como un blusón que le llegaba un poco más abajo del calzón. Con el cuerpo que había elegido, en realidad daría igual si llevase papeles de periódico; estaría impresionante de todos modos. Echó a andar por la playa camino al paseo. La arena no se pegaba a sus pies descalzos.



     En casa de Nim y Magda, el cabo Arcadio Fugaz se acababa la taza de café que ella le había ofrecido mientras los tres hablaban en voz baja. No es que nadie les fuese a escuchar, pero se trataba de cosas que invitaban a ser conversadas en voz baja.

     —Si necesitas más, pídelo; sin problema – decía Nim.

     —Fugaz, te lo digo de nuevo: yo puedo ir a hablar con Aura. No es que seamos amigas, pero ya que ella ha hecho algo por mí, estoy dispuesta a lo que sea.

     —Muchas gracias, pero no. Creo que no será preciso.

     —Tío, si llega a serlo y no lo dices, no me sentará bien. – apostilló su compañero, y Fugaz sonrió. En ausencia de sus padres, el resto de agentes no sólo eran compañeros y, por más que supiera que el mejor amigo de Fontalta siempre iba a ser el sargento Buenavista, sabía también que podía contar con él de todas-todas. Se terminó su café y recogió el paquetito de papel albal que el cabo le había preparado, y con él subió a su casa. Ya en ella, hizo algo que era poco usual en la casa-cuartel y que sólo se hacía de noche o, como era el caso, cuando uno estaba haciendo algo en lo que no deseaba ser molestada: cerrar la puerta de casa.

     Arcadio Fugaz había tenido una aventuracon Aura, la mujer que regentaba el chiringuito de la playa y de quien se decía que era bruja. Él sabía que era cierto, y no sólo porque ella se lo hubiese confesado. Después de un par de encuentros sexuales, ella le había dejado. Según decía, porque se había cansado de él, porque ya “se había dado el capricho”, pero la nariz de policía de Fugaz le decía que había algo más hondo allí, y también su orgullo masculino le exigía razones que Aura no le daba. Pero creía conocer un modo de averiguarlas.

     En las veces que habían hecho el amor, ella se había introducido en su mente y recogido de ella un sortilegio que también ella misma había puesto allí. La primera vez que lo intento, Arcadio, sin saber cómo, logró encerrarla en su mente. La segunda vez, ella fue tan delicada y rápida que no lo logró, pero sí notó que había entrado, algo, según le hizo entender la propia Aura, que jamás había notado nadie. Sabía pues, que a la hora del sexo, tenía posibilidad de contactar con ella de algún modo. De lo que no podía estar seguro es de si sería en toda clase de sexo, porque Aura no iba a prestarse a hacer el experimento con él, de manera que tendría que intentarlo él solo; para ayudarse, había pedido a Fontalta parte de la hierba que sabía que tenía (lo sabía él y lo sabía medio barrio, pero el único que sabía a quién pertenecía el pestazo, era Fugaz). Esperaba que le diese el empujoncito de inconsciencia que necesitaba.

     En el salón de su casa, se desnudó casi por completo y se encendió el porro. Había pensado en mirar algo por internet, pero pensó que era preferible dejar actuar a su cerebro sin interferencias; si se excitaba pensando en Aura, sin duda podría llegar a ella más deprisa. Pegó una calada y el humo le hizo toser. Hacía un par de inviernos que no fumaba y desde luego nunca había tenido una hierba como aquella. Fontalta le había asegurado que era maría, no hachís, y él se fiaba pero, jodó, cómo pegaba. Una calada y ya estaba medio ido. Se recostó en el sofá y dejó que sus ideas vagasen hacia Aura.

     Recordó aquella vez en la playa de noche, cuando se metió bajo su falda y le besó el coño recostados contra la pared del chiringuito, sin importarles un cuerno si alguien, desde el paseo marítimo, miraba y les veía. Recordó la sal de su cuerpo, cómo el sabor parecía quemarle la lengua y el modo en que ella se reía y brincaba sobre su boca cada vez que él lamía. El modo en que ella gimió y sus muslos temblaron cuando él le metió la lengua y le frotó el clítoris con los dedos. Gimió al dar la segunda calada y ya no tosió. Su miembro se alzaba con cierta pereza; conservó el porro entre los labios y empezó a acariciarse, aún por encima del calzoncillo.

    Un travieso cosquilleo le hizo estremecer, y su polla pareció pedir más. Se bajó la prenda y dejó libre su erección. A pesar de que el deseo le pedía agarrarse y tirar con fuerza, se acarició muy despacio, buscando el frenillo, sin dejar de pensar en el cuerpo de Aura. Sus preciosas tetas, su gloriosa boca… aquella vez que la encerró en su mente sin querer, pudo sentir todo lo que ella sentía al tener sexo con él, ¡fue increíble! Dio un respingo en el sofá, su dedo había acariciado su punto más sensible y un escalofrío cosquilleante le hizo encogerse y gemir. Se sacó el porro de la boca y le pareció que flotaba. Sin dejar de tocarse, con el dedo índice aleteando en su punto dulce, miró el humo ascender en volutas e imaginó que él también era humo. Que podía flotar y volar. Podía salir de su casa por el balcón abierto y flotar por el cielo, recorrer la playa y mirar a la gente que recorría el paseo, hasta llegar a la casita blanca de Aura y entrar por su ventana. Allí podía verla. Estaba sacando hielos del congelador y echándolos en una jarra de cristal. Con mucho cuidado se acercó a ella y se metió en su oreja.


       En su casa, Aura estaba haciendo té frío cuando notó algo extraño en el ambiente, como si hubiera entrado un abejorro o algo así, pero antes de poder preguntarse qué sería, lo notó en su oído. Se llevó la mano al mismo, pero enseguida supo de quién se trataba.

     “Sólo soy yo” dijo la voz nasal de Fugaz, dentro de su cabeza “No te asustes, sólo soy yo. Quería verte, y como no me dejabas, se me ocurrió que quizá esto funcionara… parece que funciono”.  Aura oyó la risita y se forzó a conservar la frialdad. Fugaz no podía saber la verdad, pero estaba dentro de su cabeza. Si dejaba que la dominase la ira, sus motivos brillarían como un faro.

     “Yo no quiero verte a ti. Y no sé si te das cuenta de que has entrado en mi cuerpo sin mi permiso; señor policía, eso es un delito con un nombre muy feo, seguro que sabes cuál”. Pensó Aura y pudo sentir cómo Fugaz se avergonzaba ante la indudable razón de ella.

     “Lo siento… no lo sabía, ¡pero tenía que hablar contigo!” se disculpó “Me rehúyes, no me hablas, ni siquiera me miras, ALGO tenía que hacer. Podría entender que no quisieras seguir conmigo pero, ¿ni siquiera hablarme? ¿Qué daño te he hecho yo?”

     “No se trata de que me hayas hecho daño, Arcadio” contestó ella “Se trata de que…” intentó encontrar una razón de peso que justificase el no querer ningún trato en absoluto con él, pero no daba con ninguna que no pudiera ser rebatida. Acortó. “Mira, se trata de que no quiero volver a hablar contigo, me resulta incómodo y ya está, no es tan difícil entenderlo”.

     “Aura, te recuerdo que ya tuvimos esta conversación y te dije lo mismo que ahora: soy policía, sé cuándo me mienten. Pero es que ahora, estoy dentro de tu cabeza; si me dijeras la verdad, tendría que haber una luz que no hay”. El cabo, en el cerebro de Aura, se hallaba dentro de una vivienda muy oscura en la que había mesas y libros por todas partes, y muchas habitaciones cerradas y pasillos tenebrosos. No parecía un sitio acogedor salvo desde el punto de vista de un amante del terror gótico, pero aún así, él se había internado por aquellos pasillos. Cuando ella dijo que no quería verle, una luz lo iluminó todo por unos segundos, igual que cuando dijo “no se trata de que me hayas hecho daño”. La mente de Aura estaba envuelta en una densa oscuridad de secretismo pero, cada vez que decía una verdad, se iluminaba. La joven bruja estaba perdiendo la paciencia; no era nada cómodo hablar así con alguien, se cargaba toda la diplomacia, las mentiras piadosas, la delicadeza y la privacidad.

     “Podría matarte ahí dentro, no sé si lo sabes.” Dijo. “Podría mandarte a un monstruo de pesadilla y hacer que murieras dentro de mi mente. Nunca volverías a tu cuerpo, te quedarías el resto de tu vida como un vegetal”.

      “Pero no vas a hacerlo”. La voz de Fugaz no era de superioridad, sino de esperanza. “Sé que me ocultas algo, y sé que es grave. Mira, me da igual si no vuelves conmigo, ¡de veras! Pero para mí has sido más que dos revolcones, has sido una amiga, hace años que te conozco y me caes muy bien, aunque nunca más volvamos a acostarnos. Me gustaría ayudarte, si puedo”.

     Aura se sintió desarmada, ¿por qué tenía que ser tan estúpidamente bueno? ¿No podía darse por vencido y ya está? ¿No se daba cuenta que se estaba poniendo en el punto de mira de un demonio? No, no se la daba.

     Fugaz intentaba escuchar los pensamientos que Aura tenía. Sabía que estaba feo pero, caray, se había metido en su cerebro, no venía de una. No obstante, era como si Aura pensase por otro canal y éste le llegase mal sintonizado y a través de una tormenta. “Temoño” le pareció entender, pero no estaba seguro.

    Un bufido, y Sócrates, el gato tuerto de Aura, salió huyendo de la casa. La bruja supo quién se acercaba y su sorpresa hizo que empezasen a sonar alarmas en su cerebro. “¿Qué pasa?” preguntó el policía. “Debes irte, tienes que irte ahora”, le apremió Aura. Fugaz quiso contestar, oyó cómo Aura pensaba de nuevo, y antes de que terminase el pensamiento, Aura estaba allí con él. Se le abalanzó encima y le besó con lujuria.

     El beso le cogió tan de sorpresa como la presencia y más aún cuando ella le tumbó y cayeron flotando a un vacío sin fondo. “¿Qué…?” intentó preguntar el policía, pero Aura le sonrió y le montó. Estaba húmeda. Suave y caliente, muy caliente, y la sensación era plena de dulzura. De inmediato comenzó a botar sobre él, y sus tetas se movían al compás, en un bamboleo hipnótico mientras ella gemía y se sonrojaba. “Ooooh… Oh, Fugaaz…”

     El cabo no era capaz de pensar, sólo apretó las tetas de su compañera y se dejó llevar. El tacto de sus pechos era blando y cálido, y notaba cómo su polla era apretada de un modo maravilloso, cómo ella se movía con la única intención de complacerle, de vaciarle, ¡jamás se había sentido así, el placer era inmenso! Y entonces, cayó en que sí se había sentido así en alguna ocasión: cuando era adolescente y tenía sueños húmedos. Eran igual que esto; sin preliminares, sin preocupaciones de si su amante gozaba o no, de si la protección sería eficaz o no, de si…, sólo existía su placer y nada más. Sólo su placer, sólo… su… ¡placeeeeeeeeeeeer...! ¡Qué placer! Sus caderas dieron un último empellón y su polla se vació en medio de esplendorosas olas de gusto que le recorrían el cuerpo como caricias eléctricas y le estremecían de pies a cabeza. Su miembro latía en el interior caliente de Aura. Sintió frío. Y despertó.
    

      Abrió los ojos y le extrañó encontrarse en su casa, pero enseguida recordó lo sucedido. No había sido un sueño, estaba seguro. Estaba desnudo, empapado en sudor y un espeso   manchurrón de semen le escurría por el vientre hasta los muslos. Aún jadeaba y, cuando intentó incorporarse, las piernas le temblaron. No pudo evitar sonreír, había sido increíble, aún le zumbaba la picha hasta el culo y todavía estaba erecto.  No había sacado gran cosa en claro, pero ahora sabía con certeza no sólo que Aura estaba en un apuro, sino también que ella, por lo menos, sentía simpatía por él, al punto que había sido capaz de dedicarle un potente sueño erótico con tal de protegerle contra lo que fuera que la amenazaba a ella.


     La bruja y el demonio se miraron. Aura no se dejaba engañar por la imponente belleza física de Bael, sabía que en su interior no era más que una criatura malvada y envidiosa, de patas y cara de cabra, que sólo buscaba manipularla. Bael sonreía. Parecía encontrar aquello muy divertido, e intento traspasar el umbral de la puerta, pero apenas acercó la mano, la retiró al momento. La bruja luchó por no reír ante la cómica expresión de dolor y desconcierto de su adversario.

     —Cómo lo siento – ironizó – Pero no te puedes quedar en mi casa, no tengo sitio. – Se suele decir que “si las miradas mataran…”. En el caso de Bael, sí, su mirada mataba, pero se contuvo; sería más divertido cuando ella misma le suplicase que entrara. Y eso, él lo conseguiría. Se miró por un momento la mano y descubrió la piel quemada y con ampollas. No estaba acostumbrado a sentir dolor, ni a que nada pudiera dañarle, y aquello le indignó. Le puso la mano a Aura bajo la nariz con gesto de exigencia.

     —Si en lugar de asumir que puedes pasar, lo hubieras preguntado, no te hubiera sucedido. – El demonio le dio un golpe mental, y Aura volvió la cara, como si la hubiese abofeteado. Bael sonrió, pero la sonrisa se le cortó de golpe. Se llevó las manos al vientre y se dobló de dolor. Con aquello no había contado, y le dedicó a la bruja tal mirada de piedad que hubiera conseguir arrancar lágrimas a los tigres. Aura sabía que Bael era astuto, podía parecer inocente si le daba la gana, pero de cualquier manera no le podía matar, así que aflojó la presa. Bael notó que su estómago era liberado de la presa y pudo volver a respirar.

     —No has debido venir a mi casa, Bael. – advirtió ella – No has debido venir con una forma mortal a mi propio terreno. – El demonio sonrió de nuevo. “Arcadio Fugaz” pensó para ella. Aura trató por todos los medios que su cara no la traicionase. – Un hombre con el que me he acostado un par de veces para conseguir su semilla, eso es todo. No significa nada para mí.

     Bael había recuperado su expresión cínica de malvada sonrisa. Bajo la forma humana no hablaba si podía evitarlo y con Aura no lo precisaba, así que simplemente pensó en su cabeza: “Eso, lo averiguaré. De todos modos, si él no te importa, habrá gente aquí que sí lo haga. El chico que trabaja para ti. Tu gato. La niña cuya vida salvé para ti…”.

     —¿Qué quieres? Pide lo que sea y lárgate. – atajó la bruja. “Todo. Ya sabes lo que quiero, Aura; te quiero a ti sirviéndome. Quiero tu talento entre mis filas, y quiero a todo este maldito pueblo que te desprecia, debiéndome favores. Eso es lo que quiero y lo que tú me darás”. Aura sabía que no debía discutir con él; hacerlo era como alimentar a un troll: una vez le das un poco de pan, y ya no dejará nunca de acosarte para que sigas dándole comida hasta matarte de hambre. Tomó un aire indiferente.

     —Haz lo que quieras. Pero fuera de mi casa y de mi jardín; aquí no puedes quedarte. – Bael hizo un vago gesto con la mano sana, como si para él careciese de importancia, dio media vuelta y se alejó. Aura se obligó a sí misma a mirarle, quería comprobar que se marchaba de veras. Mientras lo hacía, una parte de sí misma que detestaba con todo su corazón, una parte de sí misma que chillaba como una mona estúpida, le estuvo recordando lo guapísimo que estaba Bael con forma humana y con esa camisa hecha de agua y con bordados dorados de arena, ¡hasta se veía cómo las olas ondulaban en el tejido, ¿se había fijado, eh, eh?! Cuando al fin desapareció de su vista, entornó la puerta y se metió en su casa. Había sido pura suerte que Bael no se diese cuenta de la presencia de Fugaz en su cabeza. El demonio estaba tan hinchado de vanidad, que no se fijó nada más que en la reacción que producía en Aura y ésta había dejado manifestarse a su parte estúpida para distraer a Bael, mientras por dentro distraía a Fugaz a su vez. Apenas había sido un minuto, y había estado a punto de volverse loca; había sido como mantener dos conversaciones telefónicas a un tiempo con dos personas distintas que te hablan de dos temas totalmente diferentes, y no quieres que ninguna se entere de que también estás hablando con la otra.

     “Pero lo esencial era que no notase a Fugaz, y no le ha notado”, se felicitó. De momento, Arcadio estaba a salvo. No le gustaba pensar que estaba encariñándose con él, ni que le echaba de menos, pero sabía que debía mantenerle al margen; Bael le rompería como quien arruga un papel. Mientras tanto, tenía que saber qué tramaba el demonio y hallar la manera de neutralizarlo y mandarlo de regreso; Bael no era tan poderoso como para mantenerse en el mundo humano bajo una forma mortal indefinidamente. Si encontraba una manera de debilitarle y cortarle el acceso a la magia, tendría a la fuerza que volver a su mundo, pero no se trataba sólo de eso: se trataba también de que no tuviera ganas de volver.



     El capitán Bruno y el sargento Buenavista volvían a buen paso hacia la casa cuartel. Generalmente, la ronda de la tarde la acababan a eso de las ocho y permanecían hasta las nueve en algún bar del paseo, único sitio donde había gente, por si se daba el poco probable caso de que alguien, tuviera algo que denunciar. Aquella noche, ya de vuelta a paso lento, pasaron por la casa de Aura. El sargento había tenido bastante antipatía hacia Aura debido a que ella dejó a Fugaz pero, después de la extraordinaria reacción vigoroso-afrodisíaca que le habían producido los caramelos que había cogido de su chiringuito, la gratitud le hacía no saber bien qué pensar sobre ella, de modo que, cuando él y el capitán vieron a aquél tipo altísimo frente a su casa y ella negándole el paso, se quedaron a mirar desde una distancia prudente, que no les permitía oír, pero sí ver. “Si le levanta la mano, intervenimos”, dijo el capitán. “¿Quién a quién?” preguntó Buenavista, y su ocurrencia se llevó una Mirada del capitán. Nadie continuaba una broma después de una mirada como aquélla.

     Cuando vieron que el tipo se marchaba sin causarle problemas a Aura, también ellos reemprendieron su camino, pero llevaban bien pocos pasos cuando el capitán le preguntó al sargento qué opinaba de lo visto.

     —Capitán, yo no creo que ese tipo sea un cliente de Aura. No es del pueblo, y no tenía pinta de que no la conociese. – dijo Buenavista. Aura sólo vivía en el pueblo durante el verano; apenas llegaba septiembre y se marchaban los veraneantes, ella echaba el cierre de su chiringuito y se iba a su casa de invierno, una chocita situada montaña arriba en la que hacía cestos y leía las cartas y donde también, según se decía, preparaba conjuros por encargo. Conocía no sólo a gente de los pueblos vecinos, sino también de la capital y también a muchos cazadores, pescadores, viajeros que hacían el Camino de Santiago…

     —¿Sabes lo que creo yo? Creo que ese tipo es un algún antiguo novio suyo; nunca he visto a nadie que le hable a Aura con esa confianza que tenía él. Y yo diría que ha debido maltratarla de algún modo.

     —A ella no le caía bien, estaba claro. – corroboró el sargento.

  —Si Aura se figuraba que iba a aparecer, eso explicaría por qué despachó a Fugaz. Si se encontraban, lo mismo el tío ese se ponía violento. – el jefe Bruno permaneció pensando unos momentos. – Creo que debemos decírselo a él. Quizá a Fugaz le haya contado algo de ese tío y pueda decirnos más.

     —Pero, capitán, ¿por qué…? – quiso preguntar Buenavista, pero el capitán le interrumpió, impaciente.

     —Buenavista, no pensarás ni por un momento que voy a consentir que nadie maltrate a una mujer de éste pueblo, ¿verdad que no? Y como no tenemos pruebas de que lo haga, lo primero es ver si Fugaz sabe algo, y lo segundo hablar con él y con Aura. Y como vea yo que ese tipo pretende ir de listo en mi pueblo, le saco de él a patadas, ¡andando!