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domingo, 25 de junio de 2017

Hotel, correr y carrera (segunda parte).

   
     En la habitación del hotel, Ricardo sonreía y se relamía mirando las fotos de su teléfono. Su única vestimenta era el albornoz blanco del hotel, de rizo suavísimo, prenda que también llevaba Carlota, que dormía a su lado, apoyada en su hombro. Después del primer ayuntamiento, habían pensado en bajar a cenar, pero Cardo recordó que habían dicho que eran primos (“lo dijiste tú, no pluralices” le recordó Lota) y, como no quería cenar sin darse el placer de besarse de vez en cuando o comportarse como pareja de cualquier otro modo, y puesto que no estaba dispuesto a dejar que nadie se diese cuenta de que eran lío (“claaaaaaro, porque los berridos que metimos antes y el ruido que hicimos con la cama, debieron salir de un documental”), decidieron pedir comida a la habitación. Tras la copiosa cena, se pusieron la tele y Lota se fue acodando en su hombro hasta quedarse dormida. Apenas ella se durmió, él aprovechó para buscar un canal erótico y al no encontrarlo, decidió hacerse él mismo los contenidos picantes.

      Con todo cuidado, para no despertarla, empezó a levantar con los dedos la solapa del albornoz de su compañera, y le sacó fotos del escorzo, de las tetas casi tapadas del todo… ¡qué cosa más verde! No podía evitar sonreír, ¡era tan perverso! Sabía que, si le pedía a Lota fotos de su cuerpo, ella se las daría con mil amores, pero era más divertido cogerlas así, daba más morbo, mmmh… Con mucho cuidado, le retiró el vuelo del albornoz y sacó fotos también a sus piernas. Casi se le veía lo más interesante, e intentó aflojar el cinturón para que la tela se retirase más. Lota gimió en sueños y se dejó caer un poco más sobre él. Al hacerlo, el albornoz se deslizó ligeramente debajo de ella; lo justo para que la prenda revelase su tesoro. A Cardo se le escapó una risa de triunfo y de inmediato lo fotografió. Era precioso. Lota lo llevaba arreglado de manera que el vello formaba el dibujo de una luna llena y, recortado en él, la silueta de un gato, como si mirase hacia la luna. También lo llevaba teñido de platino con una pintura especial que brillaba en la oscuridad; a Cardo le resultaba imposible mirarlo sin ponerse como un burro.

     Después de sacarle al menos treinta y cinco fotos, se puso a mirarlas en el móvil. Cada imagen le hacía sonreír más y más, y su albornoz ya no quedaba cerrado por la excitación que sentía. De pronto, Lota se acomodó de nuevo y separó las piernas, doblando una. Cardo casi dejó caer el móvil. Era demasiado bueno para no hacerlo. Acercó la mano muy despacio al pubis de Lota y lo cosquilleó. Esta dio un temblor y sonrió en sueños, y Ricardo jadeó; se sentía como si flotara. Acarició los labios, lampiños, de la vulva de Lota y ella dejó un escapar un “hmmmmmmh…” muy suave, apenas audible. Acercó los dedos a la rajita y notó que estaba húmeda, uff, su dedo corazón quedó empapado al momento. Lo subió al clítoris y empezó a cosquillearlo.

      —¡Mmh! – Lota respingó, pero no despertó, así que no se detuvo. Hizo caricias lentas, circulares, muy suaves, y su compañera no sólo no despertó, sino que pareció disfrutar de ellas. Cada tanto, Cardo la oía gemir en sueños. Se moría por penetrarla, pero si se movía, la despertaría, así que se aguantó por más que su polla, rígida contra el albornoz, le pidiera guerra a gritos. Su dedo se deslizaba, todo suavidad, contra la perlita de Carlota; estaba tan mojada que no precisaba moverse hacia su agujero en ninguna ocasión, su coño era un mar de jugos y, a juzgar por cómo ella gemía y le apretaba más el brazo en el que se apoyaba, también de placer. Cardo sólo lamentaba no poder grabar aquello, pero sólo disponía de una mano y la tenía muy ocupada acariciando sin cesar. Su dedo empezó a moverse de arriba abajo, frotando el indefenso clítoris, y Lota tensó las piernas. Sabiendo que iba a correrse, Cardo aceleró. Lota empezó a gemir sin miramientos y entonces sonó su teléfono a todo volumen. Ricardo se asustó y retiró la mano de golpe - ¡MIERDA!

      —¡Ah, Lota; puedo explicarlo, no es lo que piensas! – dijo Cardo muy deprisa.

    —¡Cállate, bobo, estaba despierta desde hacía horas! – gritó, fastidiada, e hizo un gesto casi de dolor, notaba las contracciones del orgasmo, pero ningún placer en ellas, sólo frustración, maldita fuera… -  ¿Quién será el imbécil que llama JUSTO ahora? – En la pantalla de su teléfono, aparecía la cara de Alvarito. Descolgó - ¡Alva, eres un CRETINO, y será mejor que te estés desangrando!

     —Yo también me alegro de oírte – sonrió Alvarito, contentísimo de molestar – Sólo decirte que se me ha chafado el curro, y que ¿tú no sabrás dónde ha podido ir a parar una tarjeta de “Todo Incluido” para hoteles de hasta cuatro estrellas que tenía yo como parte de mi pago, verdad?

     Cardo vio a Lota palidecer y se pegó al otro lado del teléfono.

      —¿Una tarjeta para hoteles? ¿De “Todo Incluido”? Pues no… no sé, no la he visto, ¿por?

     —Oh, por nada, porque resulta que ha volado, y si doy con el que la tiene, voy a usar su calavera para jugar a los bolos con ella y sus piernas. – A Ricardo no se le había bajado jamás una erección tan deprisa, y su cabeza se encogía más y más entre sus hombros, como si pretendiera ser una tortuga.

     —Ya, claro… - Lota se forzó a sonreír – Bueno, lo siento, si me entero de al… espera un momento, ¿dijiste que se te ha chafado el curro? ¿Quieres decir que vuelves?

     —Sí, justo eso. Vamos, de hecho ya estoy de vuelta, no me queda mucho para llegar; avisaba precisamente para no pescaros en faena. – Alvarito, desde su lado del teléfono, disfrutó del silencio horrorizado que oyó. Él no lo sabía, pero Ricardo tenía la boca tapada y los ojos de pez desencajados de terror.

     —¿No mucho? ¿C-cómo cuánto? – quiso saber Lota.

     —No lo sé seguro, una media hora quizá.

     —Ah, genial, pues… ¡pues voy a pedir una pizza, que seguro que vendrás sin cenar!

     —Mujer, no hace…

     —¡Que sí, que la pido para cuando llegues, hasta luego! – colgó sin más. Ricardo la miraba con cara de pánico, y ahora ya no se tapaba la boca: se había llevado las manos al culo, y le entendía - ¡No te quedes ahí parado! ¡Nos largamos, venga, venga!


     “Nunca más diré que somos primos. Nunca más iré a ningún hotel. ¡Nunca más me desnudaré en un sitio que no sea mi propia casa!” Pensó Ricardo, rojo como un pimiento morrón, mientras corrían por el vestíbulo aún con el albornoz puesto. Pese a lo avanzado de la hora, los clientes que aún quedaban en el vestíbulo no dejaron de mirarlos. Cardo hubiera querido que se le tragara la tierra, y no pudo evitar soltar la lengua:

     —¡Estábamos esperando el parto de mi hermana, y nos acaba de avisar; no podemos hacerla esperar! – gritó a los mirones

     —¡Déjate de excusas, a nosotros sí que nos van a “partir” si no espabilas! ¡Mueve el culo, veeenga! – Carlota le agarró del cordón del albornoz y tiró, con lo que su pecho blanco y lampiño quedó al descubierto. Cardo casi chilló y echó a correr, intentando pensar que lo que oía a su espalda eran toses y no risas. A toda prisa se metieron en el coche y Lota marcó el asfalto con los neumáticos al pegar una arrancada que hubiera hecho aplaudir a Schumacher, y que hizo que Ricardo se preguntara si tenía al corriente el pago del seguro. No, el del coche, no. El de vida.

     —Lota, mi amor… - musitó - ¿No te parece que quizá vas una pizca demasiado deprisa?

     —Coge mi móvil y llama al Pizzaexpress – dijo ella – Pide tres pizzas de lo que sea, y que las manden a casa. Si no estamos allí para cuando llegue Alvarito, estrellarte con el coche te va a parecer un plan estupendo.

     —Cre-creo que no lo estamos enfocando con serenidad… al fin y al cabo, ¡él es tu amigo, tú le has acogido en tu casa! ¡Duerme en tu cama! – recalcó - ¿De verdad, no estamos exagerando la importancia de su enfado?

     —Te diré… - contestó ella mientras cogía una curva a tal velocidad que las ruedas del lateral derecho se separaron del asfalto y Cardo pensó que iba a ensuciar unos pantalones casi nuevos – En cierta ocasión, para gastarle una broma, le dije que la cuerda de tender la ropa estaba hecha de cáñamo, provenía del cannabis y podía uno fumársela como si fuese marihuana; se lo creyó y lo intentó. Cuando vio que le había tomado el pelo, tomó represalias: cuando subí a casa me encontré la puerta entreabierta, y al abrir, me cayó encima la sartén de hierro, que había atado al techo y puesto encima de la puerta – Ricardo ya puso bastante cara de horror, pero como Lota sólo miraba la carretera, no lo vio y siguió contando. – En cada puerta de casa, ató el tío un regalito. La olla exprés, un cajón doble de la cómoda, y hasta el televisor de 21 pulgadas. Y eso fue por una bromita que no le costó dinero; ahora estamos hablando de ha perdido un finde a todo tren, ¿te parece que exageramos con él?

     —Si coges por la carretera de la Universidad, iremos más directos. – Contestó Ricardo y llamó al PizzaExprés. Lo que Lota no le había contado es que, después de aquello, ella llamó a Alvarito y le pidió que subiera, que se había hecho daño de verdad y no podía levantarse. Alva acudió corriendo, encontró la puerta entreabierta pero no sospechó nada y, al abrir, le cayó encima un altillo que Lota había preparado donde se encontraba TODO lo que él le había dosificado en diferentes puertas: sartén de hierro colado, olla exprés, cajón de la cómoda y lo que quedaba de la tele. Cuando Alvarito despertó, se encontró tumbado en el sofá y a Lota poniéndole hielo en el chichón de la frente. Ella abrió sendas cervezas, le ofreció una y dijo “¿tablas?”. Y aunque Alva no sabía qué significaba esa expresión, sí sabía que aquélla era “la birra de la paz”, de modo que brindó con ella y repitió “tablas”. No era preciso que Cardo supiera ciertos extremos acerca de su novia; ya estaba bastante asustado.




      En su propio coche, y a velocidad mucho más moderada, Alvarito estaba llegando a casa de Lota. Le había mentido como un bellaco, estaba mucho más cerca de lo que le había dicho. Su intención era pescarles llegando a casa y sacarles dónde habían estado; es posible que ella lograse soltar una trola convincente y atrincherarse en ella, pero él no. Él se desmoronaría, lo sabía bien. Con toda comodidad, aparcó el coche lo bastante lejos de la tienda de tatuajes y piercing de su amiga, encima de la cual ella tenía su vivienda, y caminó hasta ella tranquilamente. Una vez allí, abrió con su llave, tuvo buen cuidado de volver a cerrar, y se instaló en el tresillo de la sala de espera de la tienda. Él sabía que para entrar en la casa, era preciso pasar por la tienda.



     “Ya no falta nada para llegar”, pensó Lota, sin dejar de mirar la carretera. En menos de diez minutos estarían en casa. Estaba pensando en dar una vuelta de reconocimiento antes de aparcar, por si veía el coche de Alvarito, y en ese momento Ricardo preguntó:

     —Lota, una cosa que no me quito de la cabeza… si estabas despiertas mientras te acariciaba, ¿te estaba gustando?

     —¿Si me gustaba? ¡Joder, cuando paraste te hubiera partido los dientes! – contestó ella, y Ricardo puso carita de susto y se arrimó más a la puerta. La mujer suspiró. O aprendía a expresarse de otra manera, o él entendía que su manera de hablar era, eso, una simple manera de hablar. Se corrigió – Quiero decir que me estaba encantando, me estabas haciendo chiribitas en el coño y estaba pasándolo fenomenal; un segundo más y me hubiera corrido tan ricamente en tu dedo.

     La expresión del Cardo cambió radicalmente, dejó escapar una risa de orgullo y alivio, y se recolocó en el asiento. Eliminado el miedo, podía volver a sentarse más cerca de Lota, y ésta no se resistió a regalarle un poco los oídos:

     —Es verdad, me acariciabas de un modo que me hacía unas cosquillas muy dulces y un placer en olitas que me estaba volviendo loca. Me costaba muchísimo fingir que dormía, pero no quería dejar de hacerlo para que no parases, quería que me hicieras llegar así, con esas caricias tan deliciosas. Quiero que me lo vuelvas a hacer. De hecho, quiero que siempre que puedas, me despiertes así, con caricias en el coñ… en el clítoris. – Le pareció que quedaba más fino así. A Ricardo le temblaba un párpado y su sonrisa le daba pinta de lelo, pero de lelo feliz hasta el éxtasis. Lota fue frenando, estaban en casa.

     —No está su coche, podemos ir tranquilos. – sonrió Ricardo, y Lota le frenó.

     —Ni se te ocurra. No hagas ruido, camina agachado y no te acerques a las ventanas. Entraremos por detrás.

     Cardo sonrió con condescendencia, ¡Lota era demasiado desconfiada! ¡Se veía a la legua que Alva no había llegado aún, su coche no estaba por ningún sitio, y él siempre aparcaba pegado a la casa, para no tener que andar un metro! Si pudiera aparcar el coche en el salón, lo haría con tal de no caminar. Pero si así ella se sentía más segura, estaba dispuesto a ceder.

     Agachados, caminaron hasta la parte trasera del edificio. Alva no lo sabía, pero Lota pensaba que era muy razonable para una chica tener un medio que sólo conociese ella, para colarse en su propia casa. En una de las esquinas del edificio, donde debería haber un canalón, había una gárgola cuya boca cumplía el cometido del mismo, y que estaba situada entre las piernas de otra figura mucho más alta, con apariencia de demonio. La cabeza de la estatua llegaba al nivel de la gran terraza de la casa de Lota. Para asombro de Cardo, ella apoyó los pies en la cabeza de la gárgola, y empezó a trepar por la estatua del demonio, con toda facilidad.

     —¡Eh! – susurró en la oscuridad del césped trasero - ¡Eso podrás hacerlo tú, no yo!

     —Sí puedes. Prueba, no hay que trepar, es como subir por una escalera.

     “Supongo que esto vale la pena, a cambio de follar con regularidad” suspiró, y se agarró al cuerpo de piedra del demonio. Puso el pie derecho en la cabeza de la gárgola, y luego el izquierdo. Tanteó con la mano derecha, y encontró asidero con facilidad. Sí, había una hendidura perfecta, como el peldaño de una escalera de mano. Intentó no mirar hacia abajo y subió con relativa rapidez. Pero al llegar arriba, ¿cómo hacía para ganar la terraza? Lota se había aupado sin dificultad en la poca distancia que había y pasado al otro lado sin dificultad, pero él no se veía capaz de hacerlo. La barandilla era sólida y quedaba a una distancia que para él, era imposible de salvar mientras aún estaba agarrado a la estatua. De repente se dio cuenta que estaba atrapado; no podía llegar al balcón, estaba a tres metros del suelo y bajar le daba mucho más miedo que subir, y empezó a hiperventilar. Lota se dio cuenta de que iba a gritar y le agarró del brazo.

     —¡Eh, calma, calma! – susurró – No te vas a caer, no va a pasar nada. Es fácil, es muy fácil.

     —¡Nonononono, no es fácil, no es nada fácil, está muy alto! ¡Me caeré!

      —No te caerás. Tienes que fiarte de mí – sonrió. Por dentro pensaba que de buena gana le daría una colleja, pero en ese momento no cabía ser radical. Si no le convencía, se pasarían allí toda la noche. Se sentó a horcajadas en la barandilla de piedra rojiza y le tendió las dos manos. – Vas a darme la mano derecha. Y yo te tendré agarrado todo el rato, y te la pondré en la barandilla. Y cuando estés bien agarrado, me darás la izquierda, tiraré de ti, y estarás en la terraza.

      —No podrás con mi peso, nos caeremos los dos.

     —Cardo, dame la mano, por favor. – Ricardo se mordió el labio y cerró los ojos, pero soltó la mano derecha del asidero y Lota le colocó el brazo en la barandilla. – Así, ¿ves qué fácil? Ahora, el otro brazo. – Lota se apuntaló hacia atrás. Cardo tendió el brazo izquierdo, la mujer tiró de él, Ricardo perdió asidero y el estómago le dio un vuelco muy desagradable, pero enseguida notó que el tirón se hacía más fuerte y tenía la tripa contra la piedra roja, elevó las piernas y el peso de éstas le hizo caer al interior de la terraza, junto a Lota. La mujer emitió un débil gritito, como si se hubiera asustado, pero al instante, Cardo la dejó sin aire: estaba aferrado a ella con todas sus fuerzas.

     Ricardo no recordaba haber pasado tanto miedo en toda su vida. No estaba precisamente acostumbrado a las emociones fuertes, para él, lo más cercano a asumir riesgos, había sido masturbarse cuando sus padres todavía no se habían acostado. Y ahora, de pronto, había trepado por una pared vertical como Stallone en Máximo Riesgo, y había saltado sobre la barandilla de la terraza. Y todo por Lota. Ella le hacía descubrirse como el ser decidido, arrojado y valeroso que en realidad siempre había sido pero que, en su modestia, no había querido nunca reconocer. Sin ella, él seguiría siendo un pobre encargado de planta, gris y anodino, y no un feroz aventurero capaz de ir a hoteles con su amante sin ninguna vergüenza y de colarse en casas a medianoche… La deseaba, Dios, cómo la deseaba, ¡no podía contenerse!

     —¡Ahora no, aquí no! – dijo Lota muy deprisa, pero Ricardo se rio en su cuello diciendo “sí, sí”, y su mano se perdió en el interior de los vaqueros de la tatuadora. Ésta, aún llena de rabioso deseo y frustración por el orgasmo arruinado, intentó frenarle por un segundo, pero se dio cuenta de que no podía, ¡no en ese estado de lujuria ansiosa! Su clítoris se estremeció de gozo apenas él lo rozó, y ella misma pasó de negarse a desabrocharse el pantalón en un segundo.

     “Aaah, qué malo soy” pensó Cardo, encantado “La acaricio tan bien, que no puede resistirme, ¡qué mojada está!”. Los dedos del hombre resbalaban en la rajita de su compañera, impregnada de humedad, y éste se dedicó a pasearse por ella, arriba y abajo, tentando la abertura, pero enseguida volvió al clítoris y lo frotó en círculos. Círculos que hacían que el culo de Lota diese brincos sobre el enlosado y gimiese de placer.




      Alva no se podía creer lo que estaba viendo. Había oído el golpe en la terraza del piso superior, y subió a comprobar. Lota había preferido entrar a escondidas en su propia casa, antes de dejar que la pescaran. Sólo por eso, ya se merecía no echarle más en cara la dichosa tarjeta, pero lo que era de película es que a su chico le hubiera entrado el calentón justo en aquel momento. Y Lota debía ir tan quemada como él, porque no sólo no le paraba, sino que se había abierto ella misma el pantalón. Alvarito sonrió, travieso, y sacó el móvil. De acuerdo, la tarjeta era agua pasada, pero esto era demasiado apetecible. Era una lástima que al estar tumbada, de nuevo no se le viese la cara, pero daba igual; Zacarías le compraría también ese video, como el otro. Entre todos, estaban haciendo felices a todos los hombres de la barriada que alguna vez habían soñado con jincarse a Lota. Grabando…



     Qué sensación tan agradable, ¡qué dulce! Lota no sabía con cuánta intensidad deseaba su cuerpo ser tocado hasta que Cardo se lanzó. No era la primera vez que se le echaba a perder un orgasmo, pero sí la primera que volvían a tocarla tan pronto, cuando su cuerpo estaba ya recuperado pero aún con deseo, ¡y era maravilloso! Los dedos de su compañero resbalaban de una forma deliciosa y ella no podía dejar de sonreír ante el placer electrizante que la hacía temblar. Cardo movía sus dedos como si hiciese cosquillas en su clítoris, y así lo sentía ella, como cosquillas, unas cosquillas delirantes que la hacían ponerse más y más tensa mientras el placer aumentaba y se hacía más delicioso y más insoportable segundo a segundo. Ricardo, juguetón, sopló en su cuello y la hizo estremecerse y tiritar. Con la punta de la lengua, recorrió su cuello a golpecitos, subiendo hasta la mandíbula, y al fin lamió sus labios entreabiertos y se metió en ellos. Cuando su lengua rozó la de Lota, ella se puso rígida sobre el piso y se le agarró a la gabardina en una pura crispación orgiástica. Lota notó el estallido de su placer en la punta exacta de su clítoris. Como una cerilla que se enciende, sintió el chispazo y cómo después éste hacía surgir la llama que se expandía por todo su cuerpo en una ola de saciedad y gusto, de alivio, de dulzuraaaaah…

       Cardo gimió en la boca de su chica al sentir cómo ella se contoneaba debajo de él, se ponía tensa primero y se movía como una bailarina después, meneando las caderas bajo sus dedos. El travieso clítoris se había retirado a golpes, a contracciones que delataban su gozo, y él no había sido capaz de dejar de acariciarlo, sólo había bajado el ritmo. En la oscuridad del ambiente sólo distinguía la cara de Lota, pero sabía lo colorada que estaba por el calor que desprendía su cara. Le besó las mejillas, pero ella no le dio tiempo a ponerse tierno; le empujó del hombro y le montó. De inmediato comenzó a frotarse contra su erección mientras se bajaba más los pantalones y los dejaba en los tobillos, ¡estaba dispuesta a penetrarle ahí mismo, y le daba igual si Alvarito les pescaba, si la pizza estaba de camino, o si estaban a dos bajo cero! Ricardo se sentía demasiado feliz y demasiado erecto para hacerla parar. Él mismo se soltó el cinturón y se desabrochó el pantalón, y apenas lo hizo Lota le acarició el miembro aún cubierto por la ropa interior. Cardo se mordió el labio y se forzó a resistir, ¡quería aguantar!

     Lota le sacó la polla por la abertura de los calzoncillos y se la metió dentro de golpe. Temía que, si se ponía a jugar, la excitación de Ricardo le ganase una vez más, pero apenas le tuvo dentro de ella, no fue capaz de ponerse a brincar como había sido su primera intención, ¡era tan cálido y agradable, daba tantísimo gusto estar unidos…! No podía lanzarse como un animal, quería saborearlo. Se movió en círculos lentos, gozando de la simple felicidad de sentirse llena, y sus ojos se cerraron de gusto sin que pudiera evitarlo, ¡qué maravilla! Las manos de Cardo, entre temblores, pasaron de los muslos de Lota a sus tetas y las exprimieron. La mujer gritó, un gritito suave, y se tapó la boca, sin poder olvidar a los vecinos, pese a la oscuridad. Sonrió y se levantó la camiseta y, sin dejar de hacer círculos de calor y gusto sobre la polla de Cardo, metió las manos de éste bajo su sostén y mordió el borde la camiseta para que él pudiese mirarle las tetas todo el rato.


      Dentro de la casa, Alva llevaba ya tres vídeos y rogaba porque la memoria del móvil aguantase, ¡ese polvo era dinamita! ¡En el GirlZ se iban a matar por él! Aunque a Lota no se le viese la cara y estuviese oscuro, con la cámara nocturna se apreciaban bien su cuerpo y sus tatuajes, y lo que era más importante: su manera de follar. Al levantarse la camiseta, había dejado al descubierto su espalda… qué espalda. Sinuosa y flexible, y su precioso culo que no paraba de moverse en torno a la polla de su novio. Las piernas del Cardo daban temblores y se ponían rígidas a cada momento, y no le extrañaba. Alvarito había sido pareja de Lota durante algún tiempo y sabía bien que en la piltra era una puta pantera.


     —Si-sigue… - pidió Cardo con voz quejumbrosa, sin apartar las manos de las tetas de Lota – No pares, me… ¡me das mucho placeer…!

     Lota sonrió y siguió meneando las caderas, sin acelerar nada, llenándole la polla por igual de sufrimiento que de gozo. Y extasiándose a su vez en el sinfín de placeres que él le daba, oooh… Dentro de ella parecía enorme, tan ancho, tan caliente, y tan suave. Cada movimiento de su culo hacía que él tocase puntos sensibles de su interior, que su clítoris se rozase contra él, que su coño se contrajese y le abrazase, y cada apretón le daba escalofríos de lo delicioso que era. Era pícaro, era tierno y era salvaje a la vez. Quería ponerse en cuclillas, hacer sentadillas y vaciarle de dos envites y correrse ella al tercero, pero se contenía, ¡y era precioso! ¡Agradable y caliente! Iba a correrse de nuevo, y quería hacerlo dándole también el mayor gusto posible a él. Se tumbó sobre él, le tomó el lóbulo de la oreja entre los dientes y, después de un mordisco cariñoso, empezó a hablarle en susurros:

     —Fóllame, Cardito… - musitó, entre gemidos. – Agárrame del culo, y apriétame, eso es… Apriétame el culo y atraviésame con tu pollaaa… haaah… tu polla tan grande y caliente. Me encanta que estés ahí, tocando con tu polla mi coño dulce para ti, frotándote, entrando y saliendo… oooh… de mi coño… mmmmh… me matas de gusto. Me… mmmh… me haces correrme una y otra vez… me voy a correr con tu polla dentro, muy dentro, haaaaaaaaaaaah…

     Cardo daba empujones con las caderas como podía, y no podía muy deprisa, no podía moverse bien, y eso le fastidiaba a la vez que le encantaba. La voz de Lota en su oreja, sus gemidos susurrados le estaban volviendo loco de placer y deseo, ¡era insoportable! ¡Era demasiado excitante oírla decir esas cosas tan guarras encima de él! No aguantaba más, no podía... ¡No! ¡Sí! ¡Se corría!

     Lota sintió a su amante estremecerse y temblar, sus manos apresándole las nalgas con tal fuerza que dolían, y le vio cerrar los ojos de gusto y dar un empellón más con las caderas, y tiritar con fuerza mientras gemía lo más bajo que podía. Sintió las contracciones de su polla en su interior y enseguida una corriente cálida y espesa que se deslizaba hacia afuera. Y en ese momento, sí brincó.

      —¡No! ¡Oh, Lota, no… NO… OH, POR FAVOR! ¡SÍ! – Cardo no fue capaz de hablar bajo, ¡no con ese placer quemándole el miembro justo después de correrse; era insoportable! Lota rió a carcajadas y se dejó ir, botó sobre su amante y su placer creció hasta estallar en pocos segundos. Segundos que a Cardo se le hicieron larguísimos pero echó de menos cuando se acabaron; segundos que a Lota la llevaron al cielo y le hicieron agarrarse las tetas, poner los ojos en blanco y jadear de gusto. Un gusto maravilloso que la dejó en la gloria, con una sonrisa interminable en la cara. Cardo aún temblaba bajo ella y también él jadeaba. Nunca había probado a seguirse tocando después de acabar. Era estupendo, pero quemaba. O quemaba, pero era estupendo. La verdad que no se decidía.

     Lota sonreía aún, gozando de la dulce calma satisfecha de después del delicioso orgasmo y, aprovechando esa calma, su sentido común levantó la mano y pidió permiso para hablar ya que, hasta ese momento, intentarlo habría sido perder el tiempo. Y le recordó que Alvarito estaba de camino, que se habían apropiado de una tarjeta que era de él, y que si les pescaba fuera de casa les iba a arrancar los pulmones. Pequeños detallitos de nada. Lota pegó un brinco y sonó el timbre de abajo, ¡la pizza!

      —¡Reza porque Alvarito aún no haya llegado; corre! – dijo a Cardo y él también pegó un respingo del susto, ¡se había olvidado por completo del burro ese!  Entraron a la alcoba y cuando Lota vio la luz que llegaba del piso de abajo, casi se le paró el corazón. Alva estaba allí.

     —¡Chicos, pizza! – canturreó el vozarrón del portero. Ricardo se agazapó detrás de Lota, y ésta se fijó en que los dos estaban sin pantalones y en los pelos que llevaban. A lo mejor, colaba.

     —No te subas el pantalón. Quítate la gabardina y la camisa, corre. – Cardo entendió y obedeció, y bajaron. La luz les hizo entornar los ojos, pero a través de ellos, Lota vio a Alva sentado en su salón con las botazas encima de la mesa y tres cajas de pizza aún humeantes. - ¿Desde cuándo estás aquí? ¿Por qué no nos has avisado que habías llegado? – sonrió ella, todo inocencia.

     —Supuse qué estabais haciendo y no quise molestar. – abrió las cajas y olfateó – Mmmmmmmh… Barbacoa, Pepperoni y Cuatro quesos, ¿por cuál queréis empezar?

     A Lota le extrañó la actitud tan simpática de su mejor amigo, y su repentino olvido de todo lo concerniente a la tarjeta, pero ya que las cosas habían dado un vuelco tan oportuno, no pensaba estropearlo con preguntitas. Era mejor así, y… quién sabía si Alva no le tendría alguna preparada y por eso estaba tan amable, en cuyo caso era mejor no indagar; ya tendría tiempo de enterarse. Por el momento, lo más juicioso era saborear las pizzas y, entre charlas y bromas los tres disfrutaron de una buena cena. En cierto momento, el móvil de Alva sonó por un mensaje y éste sonrió con triunfo. Lota le preguntó si eran buenas noticias, y éste contestó que buenísimas, que le había salido un nuevo dinerillo que compensaba la tarjeta, que ya daba por inencontrable. Lota y Cardo se miraron, aliviados. No lo estarían tanto de haber podido leer el mensaje, que era de Zacarías, el dueño del GirlZ, y decía: “Vídeos sensacionales. Los partiremos en varios para sacar más dinero de ellos. Qué culo tiene la tía, te compro todos los vídeos de ella follando que puedas conseguir”.